“Nos han sacudido en Gérminans… y con razón”

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Entré en La Bellota este domingo con la tranquilidad del que cree que no ha hecho nada malo. Error de cálculo. Nada más abrir la puerta, el tío Caldú me recibió con un grito:
—¡Cojo! ¡Que nos han puesto finos en Gérminans! ¡Finos como el bacalao de Cuaresma! 
El sargento benemérito levantó el Heraldo como si fuera un parte oficial:
—Aquí lo tengo —dijo—. “Madre mía, qué garganchón se os debió de quedar en La Bellota”. ¡Garganchón! Eso es una acusación en toda regla.
El Aurelio, que ya había leído el comentario tres veces, añadió:
—Y que entrar aquí un domingo es más peligroso que arrearle un viaje a una colmena con la gayata. ¡Cojo, nos han llamado enjambre cabreado!
El Trisca, que siempre llega tarde, pero con lengua rápida, remató:
—Pues razón no les falta. Aquí un domingo hay más ruido que en la plaza de toros de Alcañiz cuando toreaba el Litri.
Me senté, resignado, y pedí un carajillo. Si íbamos a comentar el comentario, mejor hacerlo con cafeína y fuego. Cuando te describen mejor de lo que quisieras…
—A ver —empecé yo—, que nos digan que escuchar al tío Caldú, al sargento y al Aurelio da ganas de rezar un rosario o llamar a los bomberos… eso es casi un elogio.
El tío Caldú se encogió de hombros:
—Hombre, Cojo, yo lo del rosario lo acepto. Pero lo de los bomberos… ¡qué exageración! Si aquí lo único que arde es la cafetera.
El benemérito sargento, solemne como siempre:
—No, Caldú. Aquí arde la verdad. Y la verdad, cuando se dice sin rodeos, quema.
El Aurelio añadió:
—Y lo del “culico de carajillo”… ¡Eso sí que me ha dolido! ¿Cómo que nos ahogamos en un culico? ¡Si aquí se bebe con dignidad!
El Trisca soltó una carcajada:
—Dignidad, dice. Si tú con dos carajillos ya estás filosofando sobre la Trinidad. 
—Pero vamos al meollo —dije yo—. Lo de los treinta y cuatro cánones… ¡Treinta y cuatro! Y que eso es como quitarle las ruedas a un tractor y ponerle el manillar de un patinete eléctrico.
El tío Caldú golpeó la mesa:
—¡Eso es verdad como un templo! Mira, Cojo, tú imagínate a Juanjo bajando por la Vía Layetana en patinete. ¡Que se mata! ¡Que se mata fijo!
El Aurelio añadió:
—Y lo de “hacer el ganso por el Vaticano”… ¡Eso es poesía! Si es que nos han retratado. Porque estos reformistas son capaces de convertir la curia en un parque temático. 
El sargento, con tono de sentencia, afirmó:
—La Iglesia no es un patinete. Es un barco. Y si empiezan a quitarle piezas, se hunde.
El Trisca sentenció:
—Pues que no se olviden de ponerle luces, que luego vienen los sínodos y no se ve nada. El Papa tosiendo, y los otros aprovechando…
—Y luego —continué— lo del Papa “cabizbajo y fastidiado del pulmón”. Y que algunos aprovechan que el pastor tose para cambiarle las ovejas por cabras.
El tío Caldú se santiguó:
—¡Eso sí que es verdad! Cuando el jefe está pachucho, siempre salen los listos.
El Aurelio añadió entonces:
—Y el sargento mentando al Tucho… ¡Ay, el Tucho! Que dice Gérminans que si le das un bolígrafo te deja el Vaticano hecho unos zorros. 
El sargento se defendió:
—Yo sólo dije que ese hombre tiene afición a tocarlo todo. Y cuando uno toca demasiado, acaba rompiendo.
El Trisca intervino:
—Pues yo digo que si Tucho monta una empresa de reformas en Teruel, nos deja la catedral como un gimnasio de yoga. Democracia en la Iglesia… y en Alcañiz.
—Y lo mejor —dije— es cuando citan al Trisca: “Si quieren democracia, que se presenten a las municipales en Alcañiz”.
El Trisca se puso recto, orgulloso:
—¡Eso lo dije yo! Y lo mantengo. Que voten allí, que allí sí que se discute con fundamento.
El tío Caldú añadió:
—Y lo del obispo pidiendo permiso al consejo de laicos para comprar cera… litúrgica, la de abeja, no la parafina de los chinos. ¡Eso sí que sería un espectáculo! “Señores, votemos si el cura usa sotana o chándal”. ¡Qué paparrucha!
Aurelio metió cucharada:
—Al final, el párroco parecería animador de hotel. Y el obispo, presidente de comunidad de vecinos. ¡Qué imagen, Cojo! La Iglesia no es una cooperativa.
El sargento tomó la palabra, solemne:
—La Iglesia no es una cooperativa. Ni un club de lectura. Ni un taller de manualidades. La Verdad viene de arriba. Y lo sagrado no se vota.
El tío Caldú levantó su vaso:
—¡Eso! Que si votamos todo, acabamos diciendo que el vino de misa sea sin alcohol. ¡Y eso sí que no!
El Aurelio añadió:
—O que el infierno tenga calefacción central. ¡Qué disparate!
El Trisca remató:
—Pues yo digo una cosa: si empiezan a votar esas cosas, yo me paso a los ortodoxos. Que esos por lo menos no votan tonterías.
Al final, me levanté despacio, apoyándome en mi bastón:
—Mirad, amigos. Que nos hayan sacudido en Gérminans… pues bien. Señal de que nos leen. Señal de que les importamos. Señal de que lo que decimos aquí, entre carajillos y humo, tiene un eco casi universal. ¿Y qué me decís del cariño con que nos han sacudido? ¡Eso no tiene precio! Es todo aprecio.
El tío Caldú brindó:
—¡Por los carajillos petaos y por la fe intacta!
El Aurelio se sumó: 
—¡Y por mantener a los Tuchos lejos del Vaticano!
El sargento concluyó:
—¡Y por la jerarquía en su sitio!
El Trisca remató:
—¡Y por La Bellota, que es más sincera que muchos sínodos!
Y así terminó la tertulia. Con risas, con retranca, con verdad. Y con la certeza de que, aunque nos critiquen, seguimos siendo lo que somos: La Bellota de Aragón, donde se habla claro y se bebe mejor.
El Cojo de Calanda 

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