LOS 15 MINUTOS QUE MARCARON A ROCHE

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El cardenal Roche, todavía prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, tuvo la mala suerte de ser el monaguillo de un mal sacerdote, muy mal sacerdote, que entendía que la misa no tenía que durar más de 15 minutos, y así se lo manifestaba (y se lo demostraba) cada día a su monaguillo. Y le convenció hasta los tuétanos. Este pobre monaguillo, de nombre Arthur Roche, entendió que el problema estaba en la misa, no en el sacerdote que, al fin y al cabo, era una buena persona y un sacerdote que se desenvolvía bien en el plano pastoral.
 
Y el monaguillo, también él llegó a ser sacerdote. Pero traía una mala influencia: la del sacerdote al que sirvió como monaguillo; influencia que, por lo visto, le duró hasta la vejez. Lo que ocurre es que, tanto el sacerdote exprés como el monaguillo, no llegaron a entender que la misa forma parte esencial del sacerdote. Muy bueno, sí, pero… le fallaba la misa. Fallo grave para un sacerdote. Y tanto uno como otro entendieron, cada uno en su momento, que lo necesario, lo urgente, lo imprescindible era la reforma de la misa. No acertaron a ver ni el uno ni el otro, ni el común de la Iglesia, que lo que necesitaba una reforma en profundidad, era precisamente el sacerdote. Que recuperase la misa, que la tenía perdida, y conformase su espíritu al espíritu de la misa. Pero lo que finalmente hizo la Iglesia fue conformar la misa al espíritu, ya muy decadente, de los sacerdotes.
 

¿Tanto pudo un sacerdote que consideraba la misa una obligación que tenía que sacarse de encima cuanto antes y que tenía que dedicarle el menor tiempo posible? ¿Tanto pudo el mal ejemplo de un sacerdote? No, no fue un solo sacerdote, fueron muchísimos, sobre todo del clero secular. Es que, al no ser el culto, sino la pastoral (la atención a los fieles) la mayor responsabilidad de los sacerdotes destinados a parroquias (generalmente, con una importante carga horaria), tienen el culto y la liturgia como un segmento menor y complementario de su ministerio sacerdotal. Y resulta que la misa auténtica, la que rechazaban lo sacerdotes, quedó reducida a la nada. Y en su lugar crearon otra misa a su estilo sacerdotal: la Nueva Misa, una misa muy muy muy pastoral, que no había manera de distinguirla de la no-misa protestante.

Es oportuno recordar que frente al clero secular (el que está en “el siglo”, en el mundo), está el clero regular, el monástico, cuya principal ocupación es el culto, la liturgia: sin fieles (hay iglesias monásticas que ni siquiera tienen previsto en la iglesia, un espacio para los fieles). Se trata de congregaciones llamadas “contemplativas”, cuya liturgia no tiene prevista la “interacción” con los fieles: elemento que caracteriza fuertemente a la “reforma” litúrgica del postconcilio Vaticano II. 

Al actual prefecto del Dicasterio para el Culto Divino, le tocó hacer de monaguillo en pleno postconcilio, con una auténtica fiebre de reforma en el abundantísimo clero tanto secular como regular. Una fiebre que había alentado el Concilio Vaticano II, que llegó a ser “el Concilio”, como si fuese ya el definitivo, el del aggiornamento: palabra mágica tras la que se escondía un ansia enorme de reformar una Iglesia muy anticuada (y era justo la misa en latín lo que le daba ese aire arcaico). Es decir que, tal como la Reforma le ha dado a la liturgia un giro impresionante, dando, en momentos, la apariencia de que la misa tiene como destinatarios a los fieles (empieza el problema con el abandono de la orientación del sacerdote ad orientem y colocando el altar, ya más parecido a una mesa, lo más cerca posible de los fieles). Sí, sí, en general la misa reformada (protestantizada, dicen los más críticos) es muy difícil de reconocer como la misa de siempre, la que era igual de válida para una misa conventual como para una misa parroquial. 

Precisamente en esa época del postconcilio se inició con fuerza la deserción masiva del clero que, a pesar del tremendo acelerón que les imprimió a las reformas el infladísimo Espíritu del Concilio, entendieron que la Iglesia no era el destino de sus vidas. O quizá lo que ocurrió fue que quienes habían entregado sus vidas a la Iglesia, sintieron que ésa no era la Iglesia a la que habían soñado dedicarse, sino que aquellas alocadas reformas se la estaban desnaturalizando. 


Fue el momento de la tremenda relativización de la moral por parte de la Iglesia, que se dejó arrastrar poderosamente por el recentísimo Mayo del 68 (el concilio terminó el 62). Por ahí andaba la moral que se impartía a los fieles, tanto en las homilías como en la catequesis y el confesionario. En este sentido, fue una época muy dura para la Iglesia: fue de ahí, precisamente de ahí, de donde arrancó el tremendo problema de los abusos, que hoy tiene descolocada a la Iglesia. Fue un auténtico desarme moral (primero, de los fieles; pero que rebotó casi de inmediato en el clero). Desarme moral en el que la Iglesia sigue empeñada, abriendo de par en par las puertas a toda inmoralidad, como lo demuestra en sus últimos documentos doctrinales: que huelen a azufre, que apestan.     

El caso es que todavía hoy, el cardenal Roche sigue convencido de que es la misa lo que necesitaba la reforma, no el sacerdote. Porque, por lo visto, esa convicción que le viene de su época de monaguillo, se sustenta en el hecho de que al sacerdote que celebraba precipitadamente lo vio como un sacerdote normal. Incluso como un buen sacerdote. Porque, no nos engañemos, los que se sacudían la misa en 15 minutos eran muchos, y lo hacían por atender a sus importantes obligaciones parroquiales. Y, obviamente, con esa forma de celebrar desvirtuaban el valor litúrgico. El caso es que a esos sacerdotes les tiraba más lo pastoral (éste fue el nuevo calificativo para dignificar su dedicación a los fieles) que la vida de oración. Y detrás de todo ello, nos hemos perdido la oración y la acción. Porque a estas alturas, cuando celebramos el centenario del Domund, ya nadie sabe qué es eso. Porque el proselitismo está severamente condenado por Francisco. Con eso, a la Iglesia lo único que le queda es hacer de Oenegé subordinada; que las grandes, muy bien sostenidas, están en manos del poder político. 

Y ahí estamos con las reformas desorientadas. Eran los sacerdotes, y no la misa, los que necesitaban reformarse. Porque, en efecto, se ha producido en los seminarios una gran reforma; y precisamente en la línea de la misa reformada, protestantizada, desacralizada. Y es ésa la línea en que se ha reformado la formación religiosa; y el clero que sale con esa formación, queda configurado a imagen y semejanza de la Misa Reformada. 
 
 
Queda demostrado, una vez más, que la lex orandi acaba siendo, inexorablemente, la lex credendi. Y por ahí anda la de nuestros sacerdotes, que no sabemos por dónde anda. Sacerdotes y obispos hay por ahí -esas encuestas se hicieron básicamente en Alemania, los del Camino Sinodal que ni se sabe adónde lleva; y no pocos (siempre demasiados) se confesaban ateos. Sí, un cura ateo, un obispo ateo, un cardenal ateo. ¿Y qué hacen ahí? Sí, claro, hacen carrera eclesiástica.

Y para consolarnos, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe promulga una especie de artículo de opinión sobre la belleza de la liturgia (evitando especificar si es la de antes o la de ahora. Es para alimentar la esperanza, ya que no la fe.

Virtelius Temerarius

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