La Iglesia católica está sumergida en una crisis como no la ha habido nunca a lo largo de sus 2.000 años de historia. Ni siquiera la crisis del arrianismo (cuando estaba abierto de par en par el debate sobre la divinidad de Jesucristo), ni siquiera esa tremenda crisis que estuvo a punto de triturar y pulverizar el cristianismo; ni siquiera en esa corrosiva crisis estuvo la Iglesia en situación de tan alto riesgo como la que afronta ahora.
Y no sería nada bueno que nos hiciésemos los sorprendidos de esta situación, porque la peor manera de hacer frente a un problema, es negarlo: o su existencia misma, o negar su gravedad. Y simular total normalidad en medio del caos más absoluto.
Es bien cierto que, al estar construida la antropología cristiana (la teoría cristiana sobre qué es realmente el hombre) sobre la teología, Dios era el centro y guía del hombre: la construcción del hombre se sustanciaba en Dios. Y obviamente, al negar la mayoría de los obispos (y en algunos momentos, también el papa) la divinidad de Jesucristo, ponían en gran zozobra el viaducto que convertía a Dios y al hombre en vasos comunicantes: la posibilidad de contemplar la humanidad y la divinidad como un contínuum. Ése era el núcleo de la crisis del arrianismo.
La situación actual es que, una vez que el mundo proclama solemnemente la muerte de Dios, a partir de ese supuesto, desarrolló éste toda la ciencia y organizó la vida y toda la filosofía como si efectivamente Dios hubiera muerto. Frente a esta nueva forma de entender y hacer funcionar el mundo, la Iglesia guardó “respetuoso” silencio, para no despertar de su letargo al papa y a los obispos, pasados la mayoría de ellos, en el plano conceptual (científico lo llaman), al bando del mundo, sin darse cuenta de que habían mudado la antropología, negando incluso la existencia del pecado como motor potente de la conducta humana.
En efecto, con el pretexto de la ciencia (la nueva fuente de fe), en la Iglesia adquirieron carta de normalidad el evolucionismo y las doctrinas impuestas por la Ilustración, con su revolución francesa, tan buenista, celebrada por el papa en su reciente viaje a Francia y, sobre todo, la revolución social-comunista que arrastró a tantos sacerdotes como si se tratase del más auténtico Evangelio; sin darse cuenta todos ellos, que se habían pasado a la antropología anticristiana del mundo.
La verdad es que les falta convicción religiosa. Claro que por imperativo litúrgico recitan el menos todos los domingos, el Credo: la profesión de fe de la Iglesia. Pero la mayoría de ellos no se sienten en condiciones de defender públicamente todos y cada uno de los actos de fe que proclaman en el Credo.
Y al final resulta que, como tan gráficamente explica el Evangelio (Mt. 15:14 y Lc. 6:39), si un ciego guía a otro ciego, ambos caen en el hoyo. Pero, claro, ahí surge el problema en toda su crudeza, porque llega el momento en que, a pesar de que los guías se empecinen en su ceguera, son muchos los fieles de a pie que no llevan ni antifaz ni anteojeras, con lo que esa advertencia evangélica no afecta sólo a los guías ciegos, sino también a los que aceptan ser guiados por esos guías ciegos. Vae caecis ducéntibus! (¡Ay de los guías ciegos!), dice san Agustín. Y añade: Vae caecis sequentibus! (¡Ay de los que siguen a los ciegos!) En efecto, no son sólo los guías ciegos los que se la juegan, sino también los que se dejan guiar por guías ciegos. Es que, cuando las tendencias alcanzan su mayor extremo, cuesta muy poco darse cuenta de la ceguera evidente del que se ha colado en el gremio de los guías.
Y cuando la mayoría de los guías deciden optar por las “variaciones” de la doctrina que mejor les acomodan, dejan en la zozobra a los fieles que sienten invencible repugnancia por las “variaciones de doctrina” que han elegido la inmensa mayoría de sus pastores, a cuyo servicio han puesto el invento de la “sinodalidad”. No, no es el número el que determina la Verdad. Nunca lo ha sido (y, sin embargo, el sinodalismo persigue ese objetivo tan “democrático”: que sea el número el que determine y decida la verdad.
Claro que la proclamación de los principios de la revolución francesa como aplicación del Evangelio, no es una herejía formal; pero es un tremendo disparate hermenéutico que abre paso a toda la secuela de desbordamientos doctrinales a que nos ha traído el modernismo. Es una clara decantación por las claves mundanas de explicación del hombre y de la sociedad, relegando las del Evangelio. Es declarar a los inspiradores del lema de la revolución, como vencedores en la pugna contra el Evangelio. Es la batalla por erigirse en la más auténtica y universal fuente del bien. Es implantar en el cristianismo la idea de que es imposible ser buenos sin ser de izquierdas. ¡Y coló!
Es que en la Ilustración se enfrentan a muerte dos antropologías: la judeocristiana y la de la revolución ideológica en marcha, liderada por Rousseau. Lo que entra en pugna ahí es la eterna batalla entre el Bien y el Mal, con concepciones totalmente antagónicas. La revolución está empeñada en superar al hombre caído e inclinado al mal, impuesto por la religión, sustituyéndolo por el Buen Salvaje, el Emilio que sólo pensaría en hacer el bien si no lo hubiese envenenado la religión.
Y mal que nos pese, es ahí donde tenemos colocada a la Iglesia, dispuesta a abrevarse de las nuevas ideologías imperantes en el mundo (buenistas a más no poder), más que del Evangelio. Y, naturalmente, el primer frente de batalla (ahora llaman a eso “guerra híbrida”) es totalmente nominal: quien es capaz de ponerles nombres a las cosas, es el que gana. En la columna vertebral de la Iglesia, no tenemos más que ver lo que arrastra consigo la revolución de la “sinodalidad”. No, no, no es una palabra, es un revolcón.
¿Y qué me decís de la Amoris laetitia que parece que se dignan someter a discusión estos días? ¿Y de la Fiducia súpplicans? ¿Y de la magnífica humánitas? ¿Y de todas las encíclicas tan, tan, tan acomodadas al Bien tal como lo entiende el mundo? ¿Y de tantos documentos “doctrinales” que no ha parado de promulgar la Iglesia? Sí, al final no hay manera de discutirlos sin entrar en el juego de palabras y significados. Pero lo que en ellos se pone y se impone, no son sólo palabras, son doctrinas, son no sólo cambios de moral (que no es poco), sino cambios de modelo antropológico. Es que, mal que nos pese, en el plano de la construcción doctrinal, la antropología precede a la religión. El Génesis es, ciertamente, un texto religioso; pero en él se establece la antropología en que se sustenta la religión: primero, la judía; y luego, la cristiana. Y, efectivamente, lo primero que hacen los enemigos del cristianismo, su quehacer más urgente es demoler cualquier vestigio de la antropología sobre la que está construida la religión.
Virtelius Temerarius



