La taberna estaba como siempre: olor a madera vieja, la cafetera bufando, el ventanuco dejando entrar una luz que parecía muy cansada.
El tío Caldú removía el carajillo con la parsimonia de quien ha visto demasiadas cosas. El Aurelio hojeaba el periódico, hurgando para ver si sacaba tema para la tertulia. El Trisca entró con su sonrisa torcida; y el benemérito sargento mantenía la compostura, como si aún estuviera de servicio. Y un servidor de ustedes, báculo en ristre, dispuesto a escuchar y a tomar nota. He de confesar mi inclinación a lo sagrado (así me educaron mis padres y el venerable cura párroco de Calanda). Por eso me alegré un montón cuando un amigo mío se me presentó con un báculo de verdad, de obispo, muy discreto. Sabía que me encantaría, y me encantó. Lo llevo los domingos y en las grandes festividades. Por eso, a mi cachava me gusta llamarla también báculo.
El tío Caldú abrió el fuego:
—Aurelio, deja ese papel, que ya me estás poniendo nervioso. ¿Han operado ya al papa? ¿Se sabe ya el diagnóstico? Y, por cierto, ¿qué dice ahora la comisión esa del Sínodo? ¿Que quieren cambiar treinta y cuatro cánones? ¿Treinta y cuatro? Esto ya no es reforma: es despiece. No estarán aprovechando los mangoneros de siempre, la baja del papa.
—Pues sí, Caldú —dijo el Aurelio sin levantar la vista—. Que quieren separar la potestad de gobierno del orden sagrado. ¿Te imaginas? A este paso cualquier día nos encontramos de papa a un señor con corbata, elegido por señores y señoras que se han reunido democráticamente para el asunto. Que los laicos gobiernen. Que los consejos pastorales sean obligatorios. Que el obispo tenga que pedir permiso al consejo presbiteral y al pastoral, para decidir según qué cosas. Sí señor, es el nuevo Camino. Sinodal, claro está.
—¡Permiso! —escupió Caldú—. El obispo pidiendo permiso… Mira, hijo, eso no es Iglesia: eso es una comunidad protestante con Papa, como dice ese canonista americano. Y encima lo dicen tan tranquilos. Es el Camino, es el Camino.
El benemérito sargento, intervino con voz grave:
—Yo he servido treinta años. Y siempre tuve clara la ordenanza: el guardia civil ha de ser político, ¡pero sin bajeza! Y esa bajeza es precisamente lo que veo aquí. No política noble, sino esa que consiste en ceder terreno para caer bien. Pues claro clarísimo, como lo de Ceuta.
—Pues esto —añadió el tío Caldú— es caer bien a los que quieren una Iglesia sin sacerdotes. Una Iglesia sin jerarquía. Fíjate, sin poder sagrado. Se han propuesto desacralizarlo y desmantelarlo todo. Una Iglesia sin nada. Una Iglesia que se gobierne por asambleas, como las asambleas de “El Partido”, como las cooperativas de los años setenta.
—Y todo esto —terció el sargento— cuando el Papa está enfermo. Cuando el Papa lucha contra un carcinoma pulmonar (eso dicen los papeles). Cuando la Iglesia debería estar rezando, no aprovechando la debilidad del pastor para cambiarle el rebaño.
Aurelio, más templado, pero firme, añadió:
—Lo grave es que lo presentan como “democratización”. Como si la Iglesia fuera un parlamento. Como si la modernidad que nos ha traído el modernismo, exigiera que la verdad se decida por votación.
—¡La verdad no se vota! —interrumpió Caldú—. Se recibe. Y si empiezan a votar, acabarán votando que Cristo no resucitó porque eso “no es inclusivo”.
—El informe —continuó el Aurelio— dice que el Pueblo de Dios, ungido por el Espíritu, no puede equivocarse cuando cree. Y eso es verdad, pero no sin la Tradición de la Iglesia. Lo que quieren es poner al Magisterio por debajo de la asamblea.
—¡Como si el Papa fuera un moderador de tertulia! Pues ahora, con el Papa enfermo —espetó el sargento—, más fácil les resulta. El enfermo no pelea. El enfermo no discute. El enfermo firma lo que le ponen delante. Y como eso va con el talante del papa, pues qué lástima, han sido los malos de siempre. Como El Tucho que se nos infiltró
Entró entonces el Trisca, la verdad es que un poco cruzado:
—¿Qué pasa, maños? ¿Ya estáis hablando de la Nueva Iglesia S.A.? Que yo lo he visto en la tele: “Participación de los laicos”, “democratización”, “sinodalidad”… Y yo digo: si quieren democracia, que se presenten a las municipales, ¿no? Que den la cara, que con suerte se la parten. ¿A quién quieren engañar? .
—Trisca, no me provoques —gruñó Caldú—. Que esto no es cosa de chistes. Están desmontando la Iglesia pieza a pieza. Como quien desmonta un tractor para venderlo por partes.
—Pues yo lo digo —respondió el Trisca—. Si ponen jueces laicos, consejos obligatorios, votaciones y consensos… Al final tendremos una Iglesia donde el cura será un animador sociocultural. Y el obispo…, un presidente de comunidad de vecinos.
El sargento sentenció:
—Un obispo que necesita permiso para gobernar… Un Papa debilitado que quiere cambiar treinta y cuatro cánones. Una Iglesia que se convierte en asamblea… Esto no es reforma: es demolición controlada.
—Y lo peor —añadió Caldú— es que lo hacen con palabras bonitas: “Participación”, “escucha”, “comunidad”… Como si la Iglesia fuera un club de lectura.
—La Iglesia —afirmó el sargento ahuecando la voz— no es un club. Es el Cuerpo de Cristo. Y el Cuerpo de Cristo no se democratiza: se vive.
Entonces metí cucharada:
—Yo lo digo como lo siento: La democratización que proponen no es para fortalecer la Iglesia, sino para destruirla desde dentro. Para convertirla en algo que ya no moleste, que no predique, que no enseñe, que no tenga autoridad. Una Iglesia que no sea Iglesia. Y que nos hablen de todo esto, justo ahora, cuando el Papa lucha contra un cáncer que le roba el aliento, tiene delito. Cuando la barca necesita capitán, ellos quieren cambiar el timonel por una asamblea.
En La Bellota se hizo silencio. Sólo se oía la cucharilla del tío Caldú golpeando el vaso. Casi como si marcara el ritmo de una Iglesia que algunos quieren desguazar mientras el Papa tiene suficiente únicamente con respirar.
El Cojo de Calanda


