Agapéseis ton plesíon sú hos seatón
Díliges próximum tuum sicut teípsum
Mateo 22:39
Precisamente a cuenta de la inmigración, conviene examinar atentamente este precepto evangélico: amarás a tu prójimo (en griego, tiene también el significado de “vecino”, con igual frecuencia que el de “al que tienes cerca”, que el latín traduce como “el que tienes más carca”: próximus (superlativo del adjetivo derivado del adverbio prope, cerca (en catalán, aprop); le amarás “como” a ti mismo. Nunca “más que a ti mismo”, que es con lo que nos toca luchar hoy en Europa. los que no siendo nuestros más cercanos, nuestros prójimos, se nos han acercado (no siempre de buenos modos: ahí están Ceuta y las innumerables pateras) para convertirse en nuestros nuevos prójimos, se llevan una cantidad importante de recursos que se les detraen a nuestros auténticos y legítimos prójimos necesitados tanto del ágape cristiano como de la “solidaridad” presupuestaria.
Está claro que no es nada difícil hacerse a la idea de quiénes son el plesíos griego y el próximus latino, que traducimos correctamente como “prójimo” y que significa, exactamente, “el que está más cerca”. El griego afina algo más en ese sentido de cercanía, porque al tener igualmente el significado de “vecino”, “el que está más cerca” se convierte en “el que vive más cerca”: con lo que, nuestro prójimo no es el que ocasionalmente se ha puesto cerca de nosotros, sino el que “está” habitualmente, el que “vive” cerca de nosotros.
Porque, claro, invocar este precepto del Evangelio para cargar sobre tu conciencia y sobre tu presupuesto el cuidado del que se ha acercado a ti (es el caso de los miles de inmigrantes que se nos cuelan en casa: los más recientes, los de Ceuta), es como para tirar la toalla. No hay fuerza humana ni presupuesto (ni que sea el de todo un país) capaz de afrontar esa especie de caridad universal, obligada a abrazar a todos los pobres de la tierra. y tratarlos como prójimos tuyos.
Porque, al llegar a la segunda parte del precepto, “como a ti mismo”, lo que se entiende es que has de compartir tus recursos “igualitariamente” con tu prójimo. Siguiendo el sabio principio popular que dice: “Donde comen tres, comen cuatro”. Pues sí, está bien que, si sobreviene a tu mesa un prójimo más, se repartan los recursos de tres, entre cuatro. Sin que eso represente dejar sin cenar a ninguno de los tres que componían inicialmente la mesa. Lo que es totalmente impensable es estirar el principio hasta convertirlo en “Donde comen tres, comen treinta”. Y mucho menos si han entrado esos treinta forzando la puerta.
En fin, que la virtud que nos propone el Evangelio está al alcance de todo el que esté dispuesto a contribuir con su conciencia cristiana a construir un mundo más habitable. Amar al que “es” tu vecino, tu conviviente, como a ti mismo. No se trata de ninguna virtud heroica. Y menos, si sigue al primero de los dos mandamientos más importantes: amar a Dios sobre todas las cosas. Poner a Dios por delante y por encima de todo. Asentado este gran principio de construcción moral-emocional (el deber sustentado en el amor) todas las demás piezas se colocan en su sitio por su propio peso: no hay que forzar nada.
Es que nos toca luchar hoy con una caterva de gobernantes descreídos que se han propuesto ser el paradigma del bien. Y a la hora de intentar superar en bondad a los cristianos, han decidido que ellos, más buenos-buenísimos que nadie, irán un paso más allá, y en vez de amar al prójimo como a ti mismo (incluso al que se te arrima para convertirse en prójimo tuyo), en vez de amarlo como a sí mismo y como a sus auténticos prójimos, lo que han decidido es que, a esos nuevos prójimos sobrevenidos, los amarán más que a sí mismos y a sus prójimos de toda la vida, que forman parte vital de sí mismos. Sí, han decidido declarar prójimo a todo el que se les arrime sea como sea.
Y como no hay presupuesto en el mundo, por rica que sea una nación, que pueda con esa carga, he aquí que en toda Europa está desparramándose por las calles esa “caridad” o solidaridad universal e infinita. Los que debido a la presión migratoria sufren el encarecimiento de los alquileres (porque, al final, todos viven en viviendas), por ser mucho mayor la demanda que la oferta, se han lanzado desaforados a la calle para protestar por la exagerada proliferación de nuevos prójimos, que se están llevando los recursos que se destinaban antes a los prójimos necesitados más antiguos, a los de siempre.
Y como, en el colmo del despropósito, los países europeos se han estado endeudando para atender además a esa caridad universal, olvidando la que les deben a sus auténticos prójimos, y están tan asfixiados por los intereses de la deuda que no pueden atender a sus propias necesidades (los franceses, a la enseñanza; los españoles, a la vivienda), pues ahí están con las calles incendiadas.
Porque han olvidado ese principio tan elemental y tan sabio que dice que “la caridad bien entendida empieza por uno mismo” (y por los tuyos, como es natural). En perfecta consonancia con el precepto evangélico de amar al prójimo (al que tienes más cerca, al que es tu vecino de siempre) como a ti mismo; nunca más que a ti mismo y a los tuyos, sino únicamente como a ti mismo, ¡que no es poca virtud!
Virtelius Temerarius


