RARÍSSIMA HUMÁNITAS

0
 
Pues no, no hay manera de que me encuentre a gusto leyendo la “Magnífica humánitas” (cuya autoría es atribuida por muchos al dúo Francisco-León XIV). Según éstos, sería la última encíclica inacabada de Francisco, que hizo suya y completó León XIV, quizá con la colaboración del Dicasterio del cardenal Fernández, con lo que tendríamos una obra a tres manos, cuyo estilo está bastante definido. En fin, que leyendo el texto, no sabe uno a qué autor adjudicárselo; a no ser que se diese la circunstancia de que quien la firmó (León XIV) se haya identificado totalmente con quien la ideó y decidió incorporarla al magisterio de la Iglesia (Francisco).

He de confesar que los textos magisteriales de estos dos últimos pontificados, no tengo manera de digerirlos. En este que ahora comento, me incomoda especialmente que se haya apropiado de una palabra que pertenece totalmente al ámbito de María, con su celebradísimo Magníficat, para “celebrar” no la grandeza de Dios, sino la grandeza del hombre (bueno, de la “humanidad”, por no incurrir en inconveniencias de género). Una humanidad en la que precisamente la mujer, a la que la Iglesia le labró un trono tan digno, brilla por su ausencia: una ausencia muy notoria. Tanto que, por no estorbar la línea argumental, ni siquiera se le ha hecho un hueco a “la Mujer por excelencia” del cristianismo más genuino, desde el Concilio de Éfeso. En efecto, la Virgen aparece como un ligero apéndice de compromiso al final de la encíclica.

Como si en el análisis de la humanidad, fuera más importante su deriva hacia la inteligencia artificial, que su esencialidad sexuada en el orden natural de los mamíferos. En efecto, como al fin y al cabo se trata de una encíclica transhumanista, la presencia en la humanidad de hombres y mujeres queda como algo totalmente irrelevante. Y pasa por encima del enorme esfuerzo de la Iglesia (y también del mundo) por “magnificar” el lugar que le corresponde a la mujer en esa magnífica humanidad que, en el cristianismo más auténtico se centró en la persona de María (“la mujer del Magníficat”, en expresión cicatera de la encíclica). 
 

Pero no es sólo eso, sino que es totalmente impropio de la Iglesia olvidarse del hombre caído y olvidar por tanto su necesidad de redención. Es impropio de la Iglesia ponerse a ensalzar, a magnificar esa misma humanidad, saltándose el lamentabilísimo episodio del pecado original en el que se tuerce nuestra naturaleza y nuestra historia. Y saltándose por consiguiente el remedio de la Redención obrada por Jesucristo. 

Efectivamente, viendo el enfoque de esta encíclica (evidentísimo desde el mismo título), uno tiene la impresión de que es ahí donde con más claridad se percibe el empeño de la Iglesia por celebrar al hombre en toda su magnificencia (elevada a lo más alto de sí mismo con la inteligencia artificial). Tiene uno la impresión de que es ahí donde es más evidente que la Iglesia está apostando por un cambio en profundidad y quizá en esencia, de doctrina, de moral, de pastoral y de liturgia. Es ahí donde se descubre la herencia del papa Francisco, su testamento, para cuya ejecución destinó y preparó a su sucesor como albacea.

Pues sí, oiga, me suena eso tan impropio de la Iglesia, como el hecho evidente de que ha enarbolado como suya la bandera de la homosexualidad (de la “sodomía”, en el lenguaje de la Iglesia de siempre). En efecto, tengo la impresión de que ésa no es mi Iglesia, que me la han cambiado. Y abundo en esa sensación ante esta encíclica. ¿Con este material se construye hoy el magisterio de la Iglesia? Porque resulta que ése de la sodomía es un grado especial de dignidad (¡infinita!) que airea la nueva Iglesia con mayor convicción. Mucha mayor convicción que la que muestra en la mayoría de los dogmas de siempre. No, efectivamente, no es esa la humanidad por la que viene luchando la Iglesia desde hace 2.000 años. Se trata, evidentemente, de otra humanidad (crecidísima en dignidad y en magnificencia); se trata de otra Iglesia, tan tan tan enamorada del hombre, que ha sobrepasado al hombre de tal modo que ha perdido total relevancia se distinción esencial entre hombre y mujer (“hombre y mujer los creó”). 

Mi mayor objeción a esa encíclica es que constituye el paso más firme de la Iglesia para proyectar una enmienda a la totalidad de su inapreciable contribución a lo largo de toda su historia, a la exaltación de la mujer, a través de la exaltación de la excelsa figura de la Madre de Dios. Sí, digo que se trata de una enmienda a la totalidad. Y eso lo hace esta encíclica usurpándole precisamente el Magníficat a la Virgen. Sí, sí, tengo la impresión de que, en esta encíclica, ya desde el título, nos han robado el Magníficat.

Es sumamente chocante que la encíclica ponga sumo cuidado en mantener el máximo comedimiento a la hora de reconocerle títulos a la Virgen. Por evitar llamarla “Madre de Dios”, la llama “Madre de Cristo”, en línea con Nestorio, que consideraba excesivo el atributo de Theótokos (Madre de Dios). La elección del título, no es inocente: lo que busca es acercarse todo lo posible a los “hermanos separados”, a los protestantes que son precisamente los que tienen puesta una enmienda a la totalidad respecto al culto católico a la Madre de Dios. Un culto que los protestantes rechazan con determinación: quizá por el extraordinario enraizamiento popular del que goza. Y es precisamente este culto a la Madre de Dios, uno de los pilares doctrinales en que el protestantismo discrepa del catolicismo. Así que, si hay que seguir trabajando por la unidad con los “hermanos separados”, hay que evitar con sumo cuidado incidir en títulos excesivos para la Madre de Dios (perdón, la “Madre de Cristo”).
 

Y hablo de “raríssima humánitas”, rebajando el título de la encíclica; porque, ¡vaya sorpresa!, se trata de una humanidad prácticamente asexuada, en la que la condición de mujer es apenas un apéndice irrelevante. Por supuesto que en la encíclica tiene mucho mayor peso la prolongación de esa humanidad en la inteligencia artificial, que la corporeidad física y anímica que determina la forma de ser, de pensar y de sentir de los seres que componemos esa humanidad: hombres y mujeres, o mujeres y hombres. 

En fin, que sólo con ojos totalmente mundanos y cuidadosamente distanciados de lo que ha sido la Iglesia a lo largo de su historia, es posible apreciar la magnificencia de esa humanidad en cuya exaltación se ha empleado a fondo la encíclica. Y no, tampoco hay manera de encontrar en el texto de esta encíclica ni la más remota intención de “edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”, que es lo que induce a esperar la encíclica en su introducción.

Virtelius Temerarius

Entradas que pueden interesarte

Sin comentarios

ESCRITOS INTERESANTES ANTERIORES

ESCRITOS INTERESANTES ANTERIORES
Barcelona ya tiene todos los voluntarios para recibir a León XIV, faltan Madrid y Canarias
El Himno Nacional suena tres veces en Mataró al paso de las procesiones
La Conferencia Episcopal reacciona tarde al caso Noelia con un breve mensaje en redes
Los curas guapos. Un llamamiento a los sacerdotes que se están planteando tirar la toalla, contra la palabra que empeñaron.
¿Roselló refuerza su perfil en el horizonte sucesorio de Omella en Barcelona?
Diumenge de Resurrecció: un metge català explica lo que va passar
Estado de necesidad en la Iglesia rural
La muerte de un obispo
La colosal proporción de la cruz que corona la torre más alta de la Sagrada Familia comparada con un humano
El Papa ha puesto en marcha el proceso para nombrar los nuevos cargos de la Iglesia en España