La tarde cayó sobre La Bellota con ese color entre cobre y polvo que anuncia que el alisio anda pensando si soplar o no. El tío Caldú estaba en su mesa de siempre, palillo en boca, como si mascara la paciencia del mundo. El Trisca, sudando tinta, jugueteaba con un vaso vacío, dándole vueltas como quien afila una idea. El tío Aurelio hojeaba un periódico viejo, buscando la sección donde los obispos vuelven a pedir perdón por pecados ajenos. Y el benemérito sargento, con su eterna rectitud de espalda, miraba de reojo como quien ya sabe que la conversación va a levantar ampollas. Entonces entré y me hicieron hueco.
—Cojo, siéntate —dijo el tío Caldú—, que hoy venimos cargados.
El Aurelio abrió fuego:
—Mira, Cojo, cada vez estoy más harto de la hipocresía con que nos ha tocado vivir. ¿Te imaginas a un mando cualquiera del ejército, que sale de una derrota vergonzosa, pidiendo perdón por “el comportamiento” de sus soldados? Sí, lo que hacen los obispos empleando ese plural episcopal: “Hemos fallado”, “hemos hecho daño”, “hemos decepcionado a las víctimas de los abusos”. ¡Hemos! ¿Quiénes hemos? ¿El cura de pueblo que lleva treinta años enterrando muertos, consolando al afligido y aguantando impertinencias? ¿El párroco que no ha dado de qué hablar a nadie en toda su vida? ¿O los obispos que ordenaron a esos energúmenos qué no han parado de dar mal? Lo mismo que en la invasión de Ceuta. Aún serán los pobres ceutíes los responsables del desastre. Pero ni el presidente del gobierno, ni ninguno de sus ladinos ministros. Entre todos la mataron y ella sola se murió. Y Marruecos, tampoco: si no hay manera de probarlo, ¿cómo se nos ocurre hacer una acusación tan grave?
El Trisca añadió visiblemente encabronado:
—Ese plural es como una manta corta: tapa al obispo y deja los pies del cura honrado al aire. Y encima, cuando el obispo pide perdón, parece que lo hace por humildad. ¡Humildad! Yo lo llamo encubrimiento incensado. ¿Pero cómo se le ocurre al jefe de esa tropa, pedir perdón por lo que ha hecho la tropa, como si él, que es el comandante, no tuviese ninguna responsabilidad en la derrota?
El sargento golpeó la mesa con dos dedos, gesto suyo de inapelable sentencia:
—El plural es un arma. Diluyen la culpa en la masa y así nadie pregunta quién firmó la ordenación, quién dirigió el seminario, quién miró hacia otro lado cuando el aspirante a cura ya enseñaba la patita. No, no, aquí nadie se enteró de que ante las murallas de Ceuta se reunieron 80.000 invasores. No, a nadie le correspondía responder por eso. Fue una suerte fe fenómeno meteorológico.
Yo asentí:
—Porque aquí está el quid: esos curas infames no cayeron del cielo. Pasaron siete años estabulados en un seminario, vigilados, evaluados, escrutados, acompañados —en teoría— por un equipo de formadores nombrados por un obispo. ¡Siete años, 24 horas al día, de lunes a viernes! Y nadie vio nada. En Ceuta, tampoco. Nadie sospechó nada. Nadie dijo nada. Pues si nadie vio nada, alguien no sabía mirar.
El tío Caldú escupió el palillo en el cenicero lleno de colillas:
—Y luego está lo del Jorge Alexander ese. El presunto abusador del menor. ¿Quién lo ordenó? ¿Quién lo acompañó? ¿Quién lo sostuvo? ¿Quién lo protegió cuando ya olía a chamusquina? ¿Quién metió en el ejército, en el gobierno y en las distintas administraciones, a los traidores que hicieron posible la invasión?
El Trisca remató cual avezado torero:
—Y lo mejor: el cardenal Omella, que lo escondió como quien guarda medio purito en el bolsillo. Y les ha salido gratis a los dos: al cura y al obispo. Ni una sanción, ni una reprimenda, ni una disculpa personal. Nada. El silencio episcopal es más espeso que el humo del caliqueño del tío Caldú. Se tapan el uno al otro, y el otro al uno. Empezando por el de más arriba.
El sargento entonces añadió:
—Aquí, si un guardia civil encubre a un delincuente, lo echan del cuerpo. En la Iglesia, si un obispo encubre a un cura, ¡hasta lo ascienden a cardenal!
Yo dije:
—Y luego, para arreglarlo, sacan el plural: “¡Hemos fallado!”. No, señor. ¡Ha fallado usted! Y ha fallado quien ordenó a ese individuo sin ver lo que tenía delante.
El Aurelio pasó página con cierta desgana:
—Y lo del cura de Málaga, que abusó de varias mujeres y encima grabó sus crímenes… ¡Grabarlos! Eso ya no es perversión: es soberbia criminal.
El tío Caldú gruñó:
—¿Y el obispo Satué? El protegido de D. Juan José, gimoteando en rueda de prensa, pidiendo perdón por el cura… pero resistiéndose a pagar la indemnización como responsable civil subsidiario. ¡Ahí ya no lloraba! Ahí ya era un contable.
El sargento levantó entonces la ceja:
—En mi época, si un subordinado cometía un delito, el mando respondía. Aquí, el obispo llora, pide perdón y luego dice que pagar ya… tal.
Yo concluí:
—Ese es el problema: nuestro gobierno se parece cada vez más a nuestros obispos, que piden perdón por los pecados de otros, pero nunca por los suyos. Es que el pecado más grave de un obispo no es cometer él mismo los abusos: ése es el pecado menor. El tremendamente grave es no haber gobernado la porción de Iglesia que le tocó, es no haber sabido evitar que un pervertido llegara al altar. Ese es su pecado. Y ese no lo confiesan. Como en Ceuta: el pecado más grave del gobierno fue no hacer nada, no saber nada; fue ser un gobierno que se niega a gobernar, porque algunos actos de gobierno pueden incomodar a alguien… y frustrar la traición.
Hubo un silencio, mientras el humo del tabaco parecía empotrarse en el techo amarillento de la taberna.
El tío Caldú levantó el vaso de Duralex:
—Pues yo lo digo claro: mientras los obispos sigan usando el plural para esconder su responsabilidad, los curas honrados seguirán pagando por los crímenes de cuatro demonios.
El Trisca añadió, cada vez más enfadado:
—Y mientras sigan ordenando sin discernir, seguirán entrando lobos con alzacuellos.
El sargento quiso cerrar la Caja de Pandora:
—La Iglesia no necesita más perdones. Ni tampoco los necesita el gobierno, que no comete más que aciertos. Necesita responsables. Y necesita que cada cual cargue con sus muertos. ¡Y haga penitencia! Y que se deje de mutualizar las culpas con ese plural hipócrita y beatorro.
Yo levanté mi vaso también:
—En La Bellota lo tenemos claro: menos lágrimas de cocodrilo episcopales, menos plural mayestático y más verdad. Porque la verdad, aunque duela, cura. El plural, en cambio, solo infecta.
Brindamos.
Y el humo de los caliqueños, otra vez, se apartó para escuchar. Pero sólo el eco de las campanas de nuestra iglesia nos devolvió un tanto la serenidad.
El Cojo de Calanda



Curiosa la foto del obispo Satué, camisa blanca para que no se note el alzacuellos también blanco, una forma de pasar desapercibido como sacerdote, un intermedio entre llevar clergyman y llevar traje de pecador. En la Cartuja cuando un fraile se viste de paisano para ir a fuera del cenobio dicen "vestirse de pecador".
ResponderEliminarVeo Señor Garrell, y perdone la expresión, una de dos, o yo soy daltónico o lo es usted.
EliminarYo veo una camisa azul claro y usted la ve blanca.
Dr. Borrell es un clerygman de verano y no es ninguna novedad. Se ha de tener clemencia meteorológica. Los hermanos de La Salle en las misiones también llevan habito blanco y no negro.
EliminarOtro día podemos hablar de los cartujos.
Parece que el nuevo "lefebrismo inverso" está a punto de aparecer por el obispo de Amberes, ya seria hora después de tantos. https://infovaticana.com/2026/09/17/la-necesidad-me-obliga-el-obispo-de-amberes-avanza-en-su-plan-para-ordenar-sacerdotes-a-hombres-casados-en-2028/
ResponderEliminarEs triste que el obispo Bonnh, nada menos que de Amberes, Flandes haya dejado su diócesis convertida en un erial y ahora declare un "estado de necesidad" que él creó. Parece la mano alargada del cardenal belga Daniels...jefe d la Mafia d Sankt Gallo que aupó a Bergoglio
EliminarLo del usar el plural por estos malos obispos para cubrir su dejadez es solo doctrina comunista. Repartir culpas/perdidas entre los de abajo y quedarse ellos con ganancias y méritos. Malos pastores al servicio de los espíritus mundanos.
EliminarSr. Garrell, tómese un buen descanso. Creo que le conviene y su mente se lo va a agradecer.
EliminarDel «hemos fallado» a la responsabilidad nombrada
ResponderEliminarSobre el uso del plural episcopal en los casos de abuso clerical
I. El escenario
En «La Bellota», cuatro voces desmontan, entre caliqueños y vino de Duralex, una fórmula que se ha vuelto litúrgica en los comunicados eclesiásticos: el mayestático «hemos fallado» que anonimiza a los fallones.
La comparan, con eficacia retórica, con un gobierno que pide perdón por una invasión que «nadie vio venir». El paralelismo es certero porque desnuda el mismo mecanismo en dos instituciones distintas: cuando la responsabilidad se reparte entre todos, deja de pertenecer a nadie, y el lenguaje corporativo empieza a funcionar como refugio para quien tenía un deber concreto y no lo cumplió.
Esa intuición es correcta; necesita, sin embargo, la disciplina de la distinción, porque una denuncia certera en lo literario puede resultar vulnerable en lo doctrinal si no se acompaña de las categorías precisas que la sostienen.
La sátira es que la justa indignación en realidad busca exactamente que se haga justicia con nombre propio, tanto a la víctima como al inocente injustamente sospechado.
II. Lo que hay que sostener sin concesión
«Actus sequitur personam»: el pecado y el delito son actos de una voluntad concreta. El canon 1321 §1 lo formula con exactitud: nadie es sancionado si la violación de la ley no le es gravemente imputable por dolo o culpa.
Ni la Iglesia como Cuerpo Místico, ni un presbiterio, ni una diócesis «fallan» en sentido propio: falla cada bautizado que en un momento dado tuvo un deber, un conocimiento y una capacidad de actuar.
Por eso, cuando un obispo dice «hemos fallado» sin nombrar sujetos activos, autores materiales e intelectuales, cómplices, encubridores, cooperadores y colaboradores necesarios, hecho, deber incumplido y consecuencia, no está confesando: está diluyendo la imputación en un sujeto gramatical que no puede comparecer ante ningún tribunal, ni canónico ni civil, ni ante su propia conciencia: "Hemos": ¿quién, cómo, cuándo, dónde, organigrama, funciones, competencias, procedimientos, motivaciones, resoluciones, conocimiento, disimulo y tolerancia, equidad agravada? Es un sistema vital que conecta nodos con relaciones y fluye información, no son nubes platónicas desconectadas las unas de las otras, donde cada una canta con su lira...
El cura de pueblo que ha ejercido su ministerio con fidelidad durante décadas, sin dar jamás motivo de escándalo, no tiene absolutamente nada que expiar por el crimen de otro. Cargarle esa sospecha colectiva es una injusticia distributiva, y el relato de «La Bellota» hace bien en denunciarla con toda su fuerza narrativa: la honra del clero fiel no puede convertirse en moneda de cambio para que la institución parezca contrita sin que nadie en concreto rinda cuentas.
Quien confunde solidaridad corporativa con anonimato protector no está siendo humilde: está siendo, sin quizá advertirlo, injusto con dos partes a la vez —la víctima, a la que no se nombra a su responsable, y el sacerdote fiel, al que se salpica sin motivo.
El plural bíblico y la cadena de responsabilidad
ResponderEliminarIII. Lo que hay que matizar para no perder autoridad
El plural no es el problema; lo es lo que le falta después. La Escritura lo usa con toda legitimidad: Daniel, Nehemías y los salmos dicen «hemos pecado» (cf. Dn 9, 5; Sal 106, 6) no como confesión de autoría material universal, sino como asunción de solidaridad pastoral ante Dios: el pecado social o estructural que por ejemplo comete Cataluña matando en aborto 20.000 niños inocentes, creando una masa de homicidios que asciende desde 1984 a unos 660.000 abortados, más la generación que nunca nacerá (quizás sube a 1 millón).
San Agustín explica que el profeta habla como intercesor de su pueblo, no como reo de cada pecado ajeno; hay un plural de intercesión y otro de evasión, y solo el contexto —lo que sigue después de la frase— revela cuál de los dos está en juego.
San Gregorio Magno y san Carlos Borromeo se acusaban a sí mismos de fallos de gobierno sin haber cometido personalmente los males de su tiempo, y nadie los acusó jamás de encubrimiento por ello, precisamente porque ese reconocimiento abría procesos de reforma efectivos, no los cerraba.
El criterio decisivo es siempre el mismo:
¿a qué determinación concreta conduce ese «hemos»?
Si se detiene en el plural, usa la Escritura como coartada.
Si continúa con hechos, procesos y reparación, cumple su función bíblica: reconocer el daño ante la comunidad mientras la instrucción avanza hacia los nombres y las consecuencias que corresponden a cada uno.
IV. La cadena de responsabilidad que sustituye a la responsabilidad difusa
En lugar de preguntar
«¿quién tiene la culpa?»,
la pregunta rigurosa se descompone en una secuencia comprobable:
— ¿Qué obligación correspondía a cada interviniente (formador, rector, obispo, responsable de protección de menores)?
— ¿Qué conocía cada uno, y desde cuándo lo conocía?
— ¿Qué capacidad real de actuación tenía en ese momento?
— ¿Qué hizo, y qué omitió hacer pudiendo hacerlo?
— ¿Qué relación existe entre esa omisión y el daño finalmente producido?
El Derecho Canónico ya distingue la responsabilidad material del autor de la eventual responsabilidad por omisión del superior —lo que la tradición canónica describe como culpa in eligendo, in vigilando o in instruendo, sin que ese deber canónico equivalga automáticamente a una imputación probada—, apoyándose en los cánones sobre el oficio de gobierno del obispo (c. 384), la investigación previa (c. 1717) y la proporcionalidad de la pena (c. 1341).
Ninguna responsabilidad se presume por el mero hecho de la jerarquía: ambas, la del autor y la del superior, requieren prueba concreta, del mismo modo que un mando no responde por la falta de quien no estaba bajo su vigilancia efectiva.
Pero si el obispo conocía y omitió pudiendo actuar, esa responsabilidad es propia, no de «la Iglesia» en abstracto, y exige nombre y proceso, no fórmula.
A esto se añade una dimensión estructural que no debe silenciarse ni sobredimensionarse: una diócesis puede tener procedimientos de selección deficientes, mecanismos de denuncia ineficaces o una cultura de silencio instalada durante años, sobre todo por laicos que saben pero no denuncian, represalias duras a los denunciantes, indiferencia a las víctimas, grupos de presión e interés que resuelven en Justicia Diocesana con injusticia: lo peor de lo pésimo.
Eso puede describirse como estructura de pecado en el plano moral. Pero una estructura está hecha de decisiones personales acumuladas; señalarla no exime a nadie de examinar, además, qué persona concreta la sostuvo con su silencio o su negligencia.
Discernimiento vocacional y gravedad comparada**
ResponderEliminarV. El discernimiento sacerdotal: «lobos con alzacuellos»
La imagen de «La Bellota» —siete años de seminario, veinticuatro horas al día, y «nadie vio nada»— es literariamente eficaz, pero jurídicamente exige traducirse a una pregunta más precisa.
El hecho de que un clérigo cometa posteriormente un delito no demuestra, por sí solo, que existieran necesariamente señales anteriores que debieron detectarse: la psicología forense y la experiencia canónica muestran que algunos sujetos ocultan eficazmente sus tendencias durante años, incluso ante formadores diligentes. El caso Maciel y Rupnik es paradigmático: esconden los frutos malos, pero al final, no hay nada que no se sepa, pero mientras, hace el mal
El razonamiento retrospectivo simplista
—«como luego cometió un delito, alguien tuvo que verlo venir»—
es una presunción, no una prueba.
La pregunta correcta no es
«¿cómo pudieron no darse cuenta?»,
sino:
¿qué información existía entonces, quién la conocía, qué credibilidad tenía objetivamente en aquel momento, y qué facultad y qué decisión correspondía a cada responsable con lo que sabía?
Solo así se evita, a un tiempo, la ingenuidad institucional y el juicio retrospectivo injusto contra formadores que actuaron con la diligencia razonable de la que disponían. Pero eso implica investigaciones que a lo mejor los obispados no quieren realizar porque revelarían tramas grupales que a su vez elevarían el escándalo, como pasó con el escándalo MacCarrick en EEUU, donde por cierto, tiene 40 diócesis en quiebra por pagar indemnizaciones por abusos. Más vale callar, asumir la culpa, y tapar con dinero a las víctimas con acuerdos con cláusulas de confidencialidad.
VI. Gravedad comparada
«La Bellota» insinúa que la responsabilidad del obispo que encubre es «más grave» que el abuso mismo.
Según santo Tomás (S. Th., I-II, q. 73), la gravedad del pecado se mide por el objeto moral y por la dignidad del bien lesionado: el abuso sexual de un menor lesiona directamente la integridad corporal, psíquica y espiritual de una persona inocente, y es materia gravísima por sí misma, no por comparación con ninguna otra falta.
La responsabilidad de gobierno obispal o religioso pertenece a otro orden —comisión y omisión difieren en especie, aunque ambas puedan ser materia grave (cf. S. Th., I-II, q. 71, a. 5)— y es también gravísima cuando se prueba, pero no en virtud de una jerarquía retórica que la sitúe por encima del delito original.
Son dos faltas distintas; ninguna absorbe ni disculpa a la otra.
El encubrimiento no atenúa el abuso, y la condena pública del abusador no salda la eventual negligencia de quien debía vigilar: el cual debió de tener un procedimiento prudencial de prevención general activa, exhortar, admonicionar, sermonear, avisar, hacer protocolos, verificar, revisar y luego, denuncia ante una notitia criminis.
Esta formulación exacta precisamente es inatacable ante cualquier lector formado, para transmite la gravedad real de ambas faltas.
Analogía política y conclusión
ResponderEliminarVII. La analogía política
El paralelismo con Ceuta ilumina el mecanismo retórico —diluir la responsabilidad de quien debía gobernar mediante un sujeto colectivo indeterminado— y por eso funciona como recurso literario en el relato.
No debe convertirse, sin embargo, en equivalencia eclesiológica. La Iglesia, según enseña el Concilio Vaticano II, es «santa y siempre necesitada de purificación» (Lumen Gentium, 8): su Cabeza es impecable, mientras que muchos de sus miembros están sujetos al pecado y a la negligencia.
La Iglesia no es una sociedad de orden meramente natural o burocrático, regida por un presunto psicópata como Sánchez, rodeado de ineficacia, corrupción y errores graves, ya al final del mandato, sin sus apoyos, desgastado, sino una realidad sobrenatural cuyo gobierno pastoral responde a fines distintos de los de un Estado o un ejército.
El obispo no es un mando militar, ni la sede episcopal un puesto de mando: es un pastor a quien se ha confiado el cuidado de almas concretas, y precisamente por eso su negligencia es más, no menos, imputable cuando se prueba, canon 1752 CIC.
La analogía sirve para desenmascarar la falacia del sujeto difuso, una nube de azúcar y vapor líquido, con música y unicornios dando cabriolas con luces de colores que pretende tapar a todos los grupos de interés y poder que quieren manejar al obispado según su egoismo: "Hemos fallado"... pero ¿quiénes, cómo, cuándo, dónde, por qué?
VIII. Conclusión: la fórmula que debería sustituir al «hemos fallado»
Non sufficit dicere: «peccavimus». Oportet etiam determinare quis peccaverit, quo modo peccaverit, et quis de peccato respondeat.
Traducción: No basta decir «hemos pecado». Hace falta además determinar quién pecó, de qué modo pecó y quién responde por ese pecado.
No basta decir «hemos fallado». Hace falta determinar, en este orden: quién es el sujeto responsable, qué deber concreto incumplió, en qué momento tuvo conocimiento de los hechos, qué capacidad real tenía para actuar, en qué omisión concreta incurrió y qué relación existe entre esa omisión y el daño producido. Solo esa secuencia convierte una fórmula piadosa en un acto de justicia verificable.
Una fórmula íntegra, fiel a la vez a la tradición penitencial bíblica y a la exigencia canónica de determinación, podría enunciarse así:
«He fallado en mi deber de vigilancia. Por eso he abierto proceso canónico contra quien tenía el deber de informar y no lo hizo, he apartado de su oficio a quien encubrió los hechos, y ofrezco a la víctima la reparación que le es debida».
Ese es el único uso del plural que honra a la vez la Escritura y la justicia: reconoce el dolor de toda la comunidad sin que ese reconocimiento sustituya jamás a la investigación de los hechos.
Esa es la única forma en que el plural penitencial deja de ser anestesia y vuelve a ser lo que fue en boca de Daniel y de Nehemías: el primer paso de una confesión verdadera, no el último recurso de quien no quiere confesar nada.
Defender al clero fiel de la sospecha colectiva y exigir cuentas nombradas al que fue negligente no son gestos opuestos: son la misma justicia, aplicada en las dos direcciones en que hace falta ejercerla. Un acto de gobierno eclesial que solo hiciera lo primero sería apologética de parte; uno que solo hiciera lo segundo sería anticlericalismo con sotana prestada. Hacer ambas cosas a la vez —distinguiendo con precisión la autoría material del hecho, la culpa por omisión ya probada, un discernimiento vocacional razonable y no retrospectivo, la responsabilidad propiamente estructural, la gravedad específica de cada falta, la naturaleza sobrenatural de la Iglesia, el respeto al debido proceso, la defensa de la fe y, por encima de todo, la salvación de las almas— es lo único que sirve de verdad a las víctimas, a la verdad y al bien común de la Iglesia.
Y la verdad, aunque duela —como bien sabían los parroquianos de La Bellota—, es la única que cura. El plural sin nombre, en cambio, solo prolonga la infección.
Excurso: un precedente que sí determinó — la carta de Benedicto XVI a Irlanda (2010)
ResponderEliminarEn 2010, tras los informes Ryan y Murphy sobre abusos sistemáticos en instituciones católicas irlandesas, Benedicto XVI escribió una carta pastoral que ilustra, en la práctica, la diferencia que este artículo defiende entre el plural que cierra el caso y el plural que lo abre. El Papa no se limitó a decir «hemos fallado»: nombró, distinguió por destinatario, y exigió remedio a cada uno según su responsabilidad concreta.
1. A los sacerdotes y religiosos que habían abusado de menores, el Papa se dirigió sin atenuantes: «habéis traicionado la confianza depositada en vosotros por jóvenes inocentes y por sus padres», les dijo, y añadió que debían responder de ello ante Dios y ante los tribunales debidamente constituidos, y que habían perdido la estima del pueblo irlandés y arrojado deshonor sobre sus hermanos sacerdotes.
2. A los obispos, en cambio, no les aplicó ese mismo verbo: les imputó, tras convocarlos personalmente a Roma para rendir cuentas, graves errores de juicio y fracaso de gobierno de muchos de ellos, por no aplicar correctamente los procedimientos canónicos ante las denuncias de abuso (sí habían procedimiento contra abusos, sólo que no los aplicaron, por eso se endurecieron con el tiempo).
Es una distinción deliberada y jurídicamente exacta:
a) traición presbiterial es la categoría propia del autor material que quebrantó un sacramento y una confianza directa;
b) negligencia de gobierno episcopal es la categoría propia de quien, sin haber cometido el delito, omitió el deber de vigilancia que le correspondía.
El texto separa ambas imputaciones en vez de mezclarlas bajo un "habéis fallado" indiferenciado, precisamente lo que este artículo pide.
La consecuencia no quedó en el papel, sino que recayeron duramente sobre las espaldas de los malos obispos: semanas después, el obispo de Kildare y Leighlin, James Moriarty, dimitió tras las críticas por ocultar abusos cometidos por sacerdotes en la diócesis de Dublín, y el Papa aceptó su renuncia.
3. A las víctimas y a los fieles, el Papa se dirigió de un tercer modo, propio de quien no tiene autoridad de gobierno sobre ellos: compartió su dolor. Reconoció la desazón y el sentimiento de traición que muchos experimentaron al conocer los hechos y su gestión, y a las propias víctimas les pidió perdón explícitamente, reconociendo que su confianza había sido traicionada y su dignidad violada.
5, En cuanto a los remedios, pidió a los obispos supervivientes de las sanciones y disciplinas aplicar plenamente el derecho canónico y cooperar con las autoridades civiles en sus respectivas competencias, y
a) ordenó una Visita Apostólica a diócesis, seminarios y congregaciones religiosas irlandesas —un instrumento de gobierno verificable, no una declaración de intenciones;
b) convocó a toda la comunidad católica de Irlanda a un acto penitencial colectivo con forma concreta:
- ofrecer los viernes de un año entero en ayuno, oración y obras de misericordia,
- más un tiempo de adoración eucarística en cada diócesis, como reparación por los pecados de abuso y su encubrimiento: pecado social estructural
Ese es el modelo que este artículo reclama: tres imputaciones distintas para tres responsabilidades distintas
a) traición para el autor,
b) negligencia de gobierno para el superior,
c) dolor compartido y petición de perdón para las víctimas,
d) seguidas de remedios verificables y no de una fórmula que las mezclara a todas, o peor aún, omitir su deber de disciplinar, tolerando, omitiendo, disimulando, aplicando equidad injusta.
El plural penitencial que cerró la carta no sustituyó nada; llegó después de nombrar a cada cual lo suyo, y cascar a cada mitra episcopal el baculazo papal correspondiente.
En España, nada de eso hemos visto con las aberraciones esperpénticas de Santander, donde estaban las supuestas apariciones marianas de San Sebastián de Garabandal y que profetizaron este desastre episcopal:
ResponderEliminar«Como no se ha cumplido y no se ha hecho conocer al mundo mi Mensaje del 18 de octubre [de 1961], os diré que este es el último. Antes la copa se estaba llenando; ahora, está rebosando. Muchos cardenales, muchos obispos y muchos sacerdotes van por el camino de la perdición, y con ellos llevan a muchas más almas. A la Eucaristía cada vez se le da menos importancia. Debéis evitar la ira de Dios sobre vosotros con vuestros esfuerzos. Si le pedís perdón con alma sincera, Él os perdonará. Yo, vuestra Madre, por intercesión del ángel san Miguel, os quiero decir que os enmendéis. Ya estáis en los últimos avisos. Os quiero mucho y no quiero vuestra condenación; pedídnoslo con sinceridad y os lo daremos. Debéis sacrificaros más; pensad en la Pasión de Jesús.»
1. Torrelavega — Misa Mayor del 125º aniversario (15-08-2026)
El escenario es significativo: la parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de Torrelavega, actualmente en trámite para obtener el título de Basílica Parroquial, celebró su Misa Mayor del 125º aniversario el mismo día de la solemnidad de la Asunción, con retransmisión en directo por Cantabria Televisión —es decir, con exposición pública máxima. Presidió el párroco Juan Carlos Rodríguez del Pozo, concelebrado por los religiosos amigonianos Félix Martínez y Juan Manuel González.
En la misa pasaron dos cosas:
(A) La danza contemplativa con miriñaques nuevaeranos, no folcloricos, insertada entre la proclamación del Evangelio y la homilía —es decir, interrumpiendo la Liturgia de la Palabra en su punto de mayor densidad, justo antes de la exposición doctrinal—, y descrita por el propio celebrante como "círculo de amor y solidaridad". A esto se suma, ya en el ofertorio, la actuación de folclore cántabro de la Agrupación de Danzas Ntra. Sra. de las Nieves de Tanos, que es un hecho de naturaleza distinta: la danza folclórica en el ofertorio tiene arraigo cultural local y una tradición de inserción litúrgica menos problemática que la danza "contemplativa" entre Evangelio y homilía, cuyo origen simbólico tú mismo apuntas a explorar como hipótesis —posibles raíces en la danza circular sagrada de Bernhard Wosien (difundida desde Findhorn, foco de espiritualidad de Nueva Era), con ecos sufíes, griegos y eslavos—, frente a la ausencia de raíz alguna en la tradición litúrgica católica o cántabra para ese lugar preciso del rito.
(B) Negación del dogma de la Asunción y todos los marianos en la homilía del mismo acto, dogma definido solemnemente por Pío XII en Munificentissimus Deus (1950). El hecho se encuadraría en los cc. 750-751 CIC (deber de adhesión a las verdades de fe definitivamente propuestas) y, en su caso, en los cc. 1364 y 1369 (delito de herejía y contumacia en su forma agravada).
2. Monasterio de la Santísima Trinidad de Suesa (Ribamontán al Mar)
ResponderEliminarSegún el vídeo difundido el 20-08-2026 — presentado como práctica reiterada y no como incidente aislado—, un sacerdote no identificado habría alterado la fórmula de consagración eucarística en al menos tres puntos: la feminización del lenguaje sacramental, la sustitución de "por muchos" (pro multis) por "por toda la humanidad", y la modificación del mandato dominical "Haced esto en conmemoración mía". Durante ese momento, la comunidad de religiosas trinitarias habría rodeado el altar con las manos extendidas, gesto reservado litúrgicamente al celebrante. Ilicitud e invalidez de la consagración.
El marco canónico que manejas aquí es el c. 927 (prohibición absoluta de alterar materia y forma sacramental, con la consiguiente cuestión de la validez misma de la consagración) y la eventual simulación de un acto litúrgico reservado al ministro ordenado por parte de quienes no lo son —cuestión doctrinalmente más grave que Torrelavega, porque no afecta solo a la disciplina, sino potencialmente a la validez del sacramento.
3. Virgen de la Paloma, Madrid (15-08-2026)
En la misa presidida por el cardenal José Cobo Cano, arzobispo de Madrid, el hecho que señalas es puntual pero preciso: en el momento mismo de pronunciar las palabras de la consagración, el cardenal mostró o extendió la especie eucarística del Pan ya consagrado hacia la multitud, en vez de ceñirse a la rúbrica del Misal Romano, que prescribe la genuflexión, la elevación reverente y no la exhibición hacia la asamblea como gesto explicativo o pedagógico durante la fórmula sacramental misma. Gesto litúrgicamente ilícito, distinto en gravedad de los dos casos cántabros —no afecta a la validez ni a la ortodoxia doctrinal, sino a la disciplina rubrical y al respeto debido al momento de mayor densidad sacramental de la misa.
Así está el patio: obispos, presbíteros, religiosas y fieles, los que más deberían de saber sobre catolicismo, son unos verdaderos ígnaros, manipuladores, preconizadores del plurimorfismo anarquizante protestante, escandalosos y confundidores, atacantes del bien común de la Iglesa, que ponen en peligro la salvación de las almas y el bien común de la unidad de la Iglesia en Fé, moral, liturgia y eclesiologia.
Yo no les he visto pedir perdón, ni he visto que nadie se los obligue, o sancione, como por ejemplo en el Vaticano. Y lo peor, dicen que esto es habitual desde hace muchos años.
Obispos y cardenales destructores. Coméntenos el uktimo documento emanado de la dicasterio del cardenal Fernández que destapa el objrtivo de CV-II...la de justifocar la creación del estado de Israel
EliminarCada dia menos y claro hay que llenar con el copipestano animos
ResponderEliminarDice el sargento que el "gobierno no comete más que aciertos". Aliquando bonus dormitat Homerus. No esperaba uno oír del sargentpo semejante alanza de un gobierno criminal y traidor. Con un presidente de gobierno que mintió en su tesis doctoral, lo que en Alemania supuso la fulminación inmediata de dos ministros, no tanto por el hecho en sí cuanto por el pésimo ejemplo para los jóvenes. Aquí tenemos un presidente que copió la tesis, por no hablar de otras fechorías personales (manipulación de las urnas del partido, enchufes domésticos, etcétera, etcétera). Para el país la criminalidad del sujeto comienza en la pandemia, cuando impulsa una manifestación letal al estar ya el ARNvirus en Canarias y en la Lombardía. Cuando deja desasistidos a sanitarios (sin epis) y pacientes (repiradores en los hospitales), a los ancianos (excluidos de un triaje criminal). Por si fuera poco, la traición constante a su patria, siendo Ceuta el último ejemplo de una sucesión de hechos contra España y la unidad nacional.
ResponderEliminarIgual que hoy el sargento ha venido desnudo de ropaje (le faltan las famosas tiritas rojas de la bocamanga) ha dejado la cabeza en casa. Salvo que la frasecita de marras sea un lapsus que se quería evitar.
Totalmente de acuerdo con el Sr. Valderas Gallardo.
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