LA MISA ROMANA (14): El ofertorio, parte 4ª

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Las oraciones de ofrecimiento 

Razón del método: Misal del 62 y Novus Ordo del 69
 
Intentaré explicar lo más brevemente posible el orden histórico-genético de las oraciones de ofertorio en las dos formas, extraordinaria y ordinaria, del actual Rito Romano, en los dos misales actualmente en vigor, el de 1962 y el de 1969. 
 
Misal de 1962
 
Las oraciones de ofertorio que se rezan no son sino unas cuantas del sinnúmero de oraciones en los misales de la Edad Media. Como se las consideraba cosa privada del sacerdote, no había en ellas ni limitación ni orden. Por eso es casi imposible clasificarlas. Las que pasaron a nuestro Misal Romano hacia el siglo XI están calcadas de las del Misal de San Galo del siglo IX, y que pronto sirvieron para la celebración de la misa en la corte pontificia.
 
El ofrecimiento del pan

Suscipe Sancte Pater

Al principio, en algunas regiones, ambas materias, pan y vino, eran entregadas y ofrecidas a la vez. En otras, principalmente en Italia, se entregaban ya en el siglo XI por separado el cáliz y la patena. La oración que entonces se decía al ofrecer la hostia fue el “Súscipe Sancte Pater” que se encuentra por vez primera en un misal del norte de Alemania, la llamada “Missa Illyrica”. En Italia aparece por aquel mismo siglo el elevar la patena y el cáliz cuando se ofrecen, cosa poco corriente en otras regiones. Desde luego, la oración iba acompañada siempre de muchas otras fórmulas. Su redacción en singular nos confirma su carácter de oración privada del sacerdote. La mención de los “innumerables pecados” la sitúa entre las apologías, oraciones de acusación propia que tanto abundan en la Missa Illyrica. Después de ofrecer la forma, el sacerdote traza una cruz con ella, puesta sobre la patena. El primero que atestigua esta ceremonia es Durando obispo de Mende (siglo XIII), aunque la encontramos como acción diaconal ya en el siglo XI.

La bendición y la mezcla del agua
 
 
Una vez ofrecido el pan se pasa a la preparación del cáliz, consistente en echar agua y vino en él. Se trata en el fondo de una preparación meramente material, sin trascendencia religiosa, por eso lo hacían a veces en la sacristía o antes de empezar la misa, como es costumbre del rito dominicano, o durante el salmo o el canto del evangelio como en el rito carmelitano. No obstante ya en el siglo XI encontramos esta ceremonia en el sitio que actualmente ocupa, en algunos misales del norte de Alemania y algo más tarde en Italia. Se trata sin duda del ordinario creado en San Galo y por su colocación, entre dos actos eminentemente litúrgicos como es el ofrecimiento del pan y del vino, es de suponer que se le daba un sentido más profundo. Esto se saca con toda seguridad de las fórmulas con que desde entonces se la acompaña: la bendición del agua, su mezcla con vino y la oración “Deus qui humanae substantiae”.
 
En Occidente, la mezcla del agua y del vino, adquiere una explicación simbólica. Así como el vino absorbe el agua, así Cristo se apodera de nosotros y de nuestros pecados. Cuando el agua cae en el vino, los fieles se unen con Él, ha quien han seguido por la fe; y esta unión es tan fuerte, que nada ni nadie la romperá, como no es posible separar el agua del vino. Esa es la explicación que nos propone San Cipriano. Otra explicación nos la propone San Ambrosio. Basándose en el evangelio de San Juan, interpreta el agua que se mezcla con el vino, con el agua que salió del costado de Cristo en la que están representados los pueblos redimidos por Él y pues, los sacramentos y la Iglesia. De ambas premisas se dedujo la especulación teológica medieval: la mezcla del agua indica que en la misa no sólo se ofrece Cristo, sino la Iglesia con Cristo. Y fue por esta significación, por la que Lutero, cuando todavía admitía la misa, calificó de impropia la mezcla del agua, porque para él la obra divina quedaba desvalorizada al fundirse con ella la colaboración humana. De aquí que el Concilio de Trento amenazara con excomunión a quien la rechazara.

Era lógico que ante un simbolismo tan profundo de la mezcla se le dedicara especial atención entre las ceremonias. Quien dirige la ceremonia y la bendice es el mismo celebrante, aunque luego el diácono (o el subdiácono en el misal del 62) sea quien eche materialmente el agua en el cáliz. Aunque junto a la fórmula “Deus qui humanae substantiae” abundaban otras tantas basándose en el simbolismo del agua y de la sangre del costado del Señor explicando la misa en referencia a la pasión de Cristo, la que se impuso hace referencia al misterio de la Encarnación y a nuestra participación en la natura divina de Cristo.Se trata de una antigua colecta romana de Navidad, en la que se intercalaron las palabras “per hujus aquae et vini mysterium” (por este misterio del agua y del vino). La oración se refiere a nuestra participación en la naturaleza de Cristo “…que participemos de la divinidad de aquel que se dignó participar de nuestra humanidad”. Con esto, se acerca visiblemente a la alusión oriental de las dos naturalezas, divina y humana de Cristo. Esta oración, tal cual, la encontramos en el grupo de misales de los siglos X y XI, calcados sobre el ordinario renano de San Galo, llevado a Italia y Roma por los benedictinos.

El ofrecimiento del vino

 
No es del todo casual el que la fórmula “Offerimus” que encontramos por vez primera en un manuscrito de San Galo del siglo IX, perteneciente al Sacramentario Gelasiano, esté redactada en plural, en evidente contraste con el singular del “Suscipe Sancte Pater”, pues la primera aparece como fórmula que dice el diácono cuando en nombre del celebrante coloca el cáliz sobre el altar. Aún actualmente, en el misal del 62, la rezan en la misa solemne el celebrante y el diácono juntos. En este rito se ha conservado algo de la costumbre antigua de considerar el “ministerio del cáliz” como propio de los diáconos, aunque esta concepción se refería más bien al cáliz con que se daba la comunión bajo la especie de vino a los fieles, conforme veremos más adelante.
  

Ceremonias y oraciones restantes

Entre las oraciones más antiguas del grupo de fórmulas introducidas por los francos en la misa romana, se cuenta el “In spiritu humilitatis” y, aún hoy en el misal del 62 el “Suscipe Sancta Trinitas”. El primero aparece ya en el documento más antiguo de esta época, el Sacramentario de Amiens, como segunda parte de una oración de ofrecimiento. Se trata de una cita del libro de Daniel 3,39 que luego se aisló. Debe considerarse precursora de la otra (el “Suscipe Santa Trinitas”). Ambas fórmulas son las primeras con que los francos llenaron las escasas ceremonias del ofertorio del antiguo rito romano cuando el pontífice, sin más, depositaba sus ofrendas personales sobre el altar. La antigüedad de estas oraciones se descubre por el puesto que ocupan al final del ofertorio y el modo de rezarlas con el cuerpo inclinado. El “Suscipe Santa Trinitas” (desaparecida con el Novus Ordo del 69) tiene raíces muy antiguas. Recordemos las costumbres bizantinas, lo mismo que galicanas e hispanomozárabes, de conmemorar y honrar mediante determinadas partículas los misterios de nuestra fe, como se valían del mismo procedimiento para encomendar a las personas e intenciones más diversas: antiguamente, valiéndose de las partículas aplicaban una serie de intenciones; ahora lo hacían repitiendo el Súscipe (más breve) tantas veces como intenciones había. Más tarde se agrupan todas las intenciones bajo una única fórmula, la que hoy en día (misal del 62) poseemos y que es la última antes del “Orate fratres”

El “Veni Sanctificator”



En el Misal de 1962, justo después del “In spiritu humilitatis” encontramos esta oración que procede del Misal de Store, mezcla de ritos occidentales que se llama generalmente rito irocelta y data de principios del siglo IX. Lo llevaban los monjes irlandeses cuando recorrieron toda Europa fundando monasterios, como por ejemplo, San Galo. Formaba parte del Misal de la Curia Romana y por eso entró en el Missale Romanum de San Pío V. Es una oración fabulosa porque junto al movimiento ascendente de oblación y ofrecimiento, esta se coloca en dirección opuesta: movimiento descendente. Es como una “epíclesis menor”, es decir una invocación al Espíritu Santo para que derrame su virtud santificadora y consagrante. Emparenta así ideológicamente con las famosas fórmulas de las oraciones eucarísticas orientales. Resulta pues muy discutible su desaparición con el Novus Ordo de 1969.

Misal de 1969

Así ha quedado el Ofertorio con la publicación del Misal del 69. El aspecto más llamativo resulta el carácter responsorial de cada “presentación” de las ofrendas. A destacar también la pérdida del carácter oblativo del ofertorio convirtiéndose en una “bendición a Dios” (no de las materias sacrificiales) por los dones que nos procura. Lo más discutible: haber despreciado toda la historia del ofertorio en los ritos cristianos para echar mano del texto de unas “berajás” judías tomadas de las “Berajot” de la Pascua Judía. (Pessah).


Mn. Francesc M. Espinar Comas 
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

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10 comentarios

  1. Un artículo importante, y desearía hacer unas aportaciones para que fueran criticadas y para poder dar un poco de información.

    Principios: los tres planos y los cuatro estados de la materia

    1. Conviene distinguir tres planos que la exégesis litúrgica suele entremezclar.

    a) El primero es el plano ontológico: antes de la consagración solo hay pan y vino, y después, por la transubstanciación definida en Trento (sesión XIII, can. 2), solo Cuerpo y Sangre de Cristo bajo las especies, presentes verdadera, real y sustancialmente (sesión XIII, can. 1).

    b) El segundo es el plano litúrgico-ritual, en el que los dones quedan separados del uso profano y dedicados al culto.

    c) El tercero es el plano simbólico-alegórico, en el que comentaristas como Germán de Constantinopla, Amalario de Metz o Durando de Mende leen en las acciones rituales las etapas de la vida y de la Pasión del Señor. Esta lectura es legítima y venerable, pero no es doctrina definida, y sus autores no siempre coinciden.

    2. Sobre esa base se ordenan los cuatro estados de la materia.

    a) La materia remota es el trigo y la uva, todavía en la naturaleza.

    b) La materia próxima es el pan y el vino ya elaborados conforme a la disciplina canónica: pan de trigo, recién hecho, y vino natural de vid no corrompido, con un poco de agua (can. 924 del Código de 1983); en la Iglesia latina, pan ázimo (can. 926), mientras que la tradición bizantina usa pan fermentado (ἔνζυμος). En 1962 están en el altar o la credencia desde el principio; en 1969 pueden estar en la credencia o venir de la nave. En el bizantino es distinto: la Prótesis ocurre antes de la liturgia de la palabra y ya convierte la materia en oblata, así que allí la materia próxima es solo la prosfora y el vino previos a ella.

    c) La materia oblata no es una categoría física, sino un estado cultual: el pan y el vino siguen siendo sustancialmente lo que eran, pero han sido ofrecidos y constituidos en materia del sacrificio. En los ritos romanos va desde el ofertorio hasta las palabras de la institución, porque el Canon sigue llamando «oblación» a los dones antes de consagrar (Hanc igitur oblationem, Quam oblationem). No termina, pues, con el ofertorio, importante. En el bizantino empieza en la Prótesis, no en la Gran Entrada.

    d) La materia consagrada es el Cuerpo y la Sangre, con presencia real, verdadera y sustancial. Santo Tomás trata la materia en la Suma teológica (III, q. 74) y la conversión en la q. 75. Quien obra la consagración es Cristo mismo, por medio del sacerdote que actúa in persona Christi (can. 900 §1). Fuera del ofertorio.

    Del estado oblato conviene retener una consecuencia: el cambio es de relación con Dios, no de sustancia. De ahí la fórmula segura: la oblata es figura del Cristo que se encamina libremente a la Pasión, pero no es Cristo: el cordero separado y seleccionado destinado para el sacrificio expiatorio.

    3. La economía histórica ofrece el esquema de referencia: encarnación y vida oculta, entrada en Jerusalén, entrega voluntaria o traditio, prendimiento, Pasión, muerte, sepultura, resurrección y fruto de la Redención.

    El principio lex orandi, lex credendi obliga a preguntar, en cada rito, cuál de estos momentos expresa la acción litúrgica y con qué grado de anticipación. Los tres bloques siguientes recorren los ritos bizantino, romano de 1962 y romano de 1969 en el mismo orden, y el quinto los sintetiza.

    Se puede hablar de un ORDO OFFERTORII, "el orden del ofertorio"

    Hay 3 criterios son legítimos por el concepto: una unidad ritual que (1) trata la materia oblata, es decir, el paso de la materia próxima a la ofrecida; (2) lleva implícito un relato de la economía histórica de Cristo, ya sea explícito, como en la Prótesis, proléptico, como en 1962, o atenuado, como en 1969; y (3) tiene una eucología propia, con oraciones que la delimitan. Concepto unificador de 3 realidades que los libros rotulan de forma distinta: el apartado Offertorium de 1962, la praeparatio donorum de 1969 y la pareja Prótesis (la lectura de la palabra que los separa) y Gran Entrada oriental

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  2. RITO BIZANTINO

    En la Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo el ofertorio se despliega en dos momentos separados:

    1. Prótesis o proscomidia
    2. Gran Entrada.

    a) En la Prótesis el sacerdote toma la prosfora, el pan fermentado ya cocido (materia próxima), y de ella extrae con la lanza litúrgica (ἡ λόγχη) el cubo central, el Cordero (ὁ Ἀμνός). La imagen evoca al cordero pascual apartado el día diez de nisán para ser inmolado el catorce (Éx 12, 3-6), y la tradición tipológica ha visto en la entrada en Jerusalén la elección del verdadero Cordero (cf. Jn 12, 1.12). Mientras corta, el sacerdote recita pasajes de Isaías 53 («como oveja fue llevado al matadero») y, al verter el vino y el agua en el cáliz, evoca Jn 19, 34, el costado abierto por la lanza.

    La materia oblata se presenta así en figura de Cordero ya inmolado, y no solo destinado a la inmolación, aunque sigue siendo pan y vino. El asterisco, que evoca la estrella de Belén, y los velos, que evocan los pañales y luego el sudario, enlazan además la Prótesis con la encarnación y la sepultura.

    Alrededor del Cordero se disponen sobre el disco (δίσκος) las partículas por la Madre de Dios, por los nueve órdenes de santos, por los vivos y por los difuntos: la Iglesia entera agrupada en torno a Cristo, sin que esas partículas reciban un estatuto eucarístico propio.

    Según la recensión griega usual, los nueve órdenes santorales son el Precursor y los profetas; los apóstoles; los jerarcas; los mártires; los padres ascetas; los anárgiros (médicos que sanaban gratis); los santos Joaquín y Ana; el santo del templo y del día; y el santo cuya liturgia se celebra. Los órdenes séptimo a noveno varían entre las recensiones griegas y las eslavas.

    La Gran Entrada es la procesión solemne de los dones desde la mesa de la Prótesis hasta el Altar, durante el himno querúbico, y su interpretación no es unánime.

    - El himno habla de recibir «al Rey del universo», lo que sugiere un cortejo triunfal.
    - Germán de Constantinopla, en su Teoría mística, lee un cortejo fúnebre: el altar es el sepulcro y el velo grande (ἀήρ), el sudario.
    - Simeón de Tesalónica subraya más bien el camino hacia la Pasión.

    El rito superpone, pues, escenas simbólicas y no sigue un orden cronológico: la Prótesis anticipa en figura la inmolación; la Gran Entrada, el cortejo real o la sepultura; la anáfora, la realización sacramental. En todos los casos los dones siguen siendo materia oblata, aunque ya se llamen «Cordero».

    La anáfora culmina con las palabras institucionales y con la epíclesis, en la que se invoca al Espíritu Santo sobre los dones.

    La teología oriental subraya el conjunto anafórico; la latina, las palabras de la institución. Con la consagración la materia pasa a ser Cuerpo y Sangre. Tras la fracción, la partícula depositada en el cáliz (conmixtión) y el agua caliente que se le añade (zéon) expresan la resurrección y la plenitud del Espíritu, y la comunión, el fruto de la Redención.

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  3. VETUS ORDO: RITO ROMANO DE 1962

    El Misal de 1962 carece de lanza y de procesión de los dones de los fieles; en la misa solemne, los ministros llevan el cáliz preparado al altar.

    El ofertorio comienza con el Dominus vobiscum, la antífona del ofertorio y el ofrecimiento de la patena (Suscipe, sancte Pater), y sigue con la mixtión del agua y el vino (Deus, qui humanae substantiae), el ofrecimiento del cáliz (Offerimus tibi, Domine), la oración de humildad (In spiritu humilitatis), la invocación del Espíritu Santo (Veni, sanctificator), la incensación (en la misa solemne) y el Lavabo, la ofrenda trinitaria (Suscipe, sancta Trinitas), el Orate, fratres y la secreta. En este conjunto la materia próxima pasa a oblata.

    Lo característico del rito es el lenguaje proléptico (del griego prólēpsis, «anticipación») es lo que designa algo futuro como si ya fuera presente, y en el ofertorio de 1962, el Suscipe, sancte Pater llama «hostia inmaculada» al pan antes de la consagración: habla de lo que será, no de lo que es todavía. Es un modo de hablar por anticipación: designa lo que el pan va a ser, no lo que ya es, y la teología lo explica así para no confundir la materia oblata con la consagrada. Esa anticipación sostiene la lectura alegórica medieval, que ve la economía histórica de Jesús:

    - en el "ofertorio" la entrega voluntaria del Señor
    - en el Canon la Pasión y la Muerte (Qui pridie quam pateretur)
    - en la fracción y la conmixtión la Resurrección
    - en la comunión el fruto de la Redención.

    La entrada triunfal se asocia con frecuencia al Benedictus qui venit que sigue al Sanctus, eco del Hosanna de Ramos. La sepultura carece de rito propio; solo la sugiere Amalario de Metz (Liber officialis), que en su lectura de la fracción veía en la partícula reservada sobre el altar a Cristo en el sepulcro, interpretación que no llegó a prevalecer.

    El Canon romano conserva además un dato notable: antes de la consagración llama «oblación» a los dones (Hanc igitur oblationem, Quam oblationem… benedictam, adscriptam, ratam), en una fórmula de valor casi epiclético (de epíklēsis, «invocación») la oración que invoca a Dios, en particular al Espíritu Santo, sobre los dones para que se hagan Cuerpo y Sangre de Cristo. En el Canon romano, el Quam oblationem pide a Dios que haga la ofrenda «bendita, aprobada, válida»; por eso lo llamo de «valor casi epiclético»: sin invocar al Espíritu por su nombre, pide lo mismo que la epíclesis oriental.

    La materia oblata se mantiene, así, como oblata hasta las palabras de la institución, que son la forma del sacramento. Tras la doble elevación, el Unde et memores, el Supra quae y el Supplices te rogamus ofrecen sacramentalmente la Víctima ya presente. En esta lectura el ofertorio es el vestíbulo del Canon, y no su centro.

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  4. Ordo offertorii bugniniano (4)1 de octubre de 2026 a las 4:49

    NOVUS ORDO BUGNINIANO: RITO DE 1969

    El Ordo Missae de 1969, hoy recogido en la tercera edición típica del Misal (2002), sustituye las oraciones del ofertorio por la presentación de los dones (Institutio generalis, nn. 72-77).

    Las fórmulas Benedictus es, Domine, Deus universi son bendiciones de tipo berakah, de raíz judía anterior a la Iglesia, redactadas por el Consilium, cuyo secretario era Annibale Bugnini.

    Son, a nuestro juicio, una intrusión de arqueologismo litúrgico sin tradición orgánica católica, al ser oraciones propias de una ya superada economía de la salvación, la pre-cristiana, sinagogal, en tensión con la advertencia de Mediator Dei contra el arqueologismo (nn. 61-64) y con la exigencia de Sacrosanctum Concilium de que las formas nuevas broten orgánicamente de las ya existentes (n. 23) que eran del Vetus Ordo trindentino de 1570 y de que se conserve la sustancia de los ritos (n. 50) en tradición orgánica, sin innovaciones, simplificaciones y opcionalidades: son fruto de una mentalidad progresista de los 1960, que querían una misa variada, innovada y con opciones.

    Son además fórmulas en futuro y no proyectan sobre la oblata la figura del Cristo-Víctima: el pan es «fruto de la tierra y del trabajo del hombre» que «será para nosotros pan de vida».

    La materia próxima se sitúa así en la creación y el trabajo humano.

    La mixtión (Per huius aquae et vini mysterium) remite a la encarnación y a la participación de la naturaleza humana en la divina, con lo que aparece el primer momento de la economía histórica, y la referencia explícita al sacrificio se concentra en el Orate, fratres y en la oración sobre las ofrendas.

    La procesión de los dones, de raíz antigua, es aquí sobre todo una acción de los fieles, pero muy deformada por los graves abusos que se producen (deben traer la materia de pan y vino y recursos a los pobres, y muchas veces se ponen acciones antilitúrgicas: ladrillos (casa de Dios), cañerías (Jesús agua de vida)...

    Entre las plegarias eucarísticas, la II, la III y la IV incorporan una epíclesis consecratoria sobre los dones antes del relato de la institución y otra de comunión después.

    El rito se aproxima así al bizantino en la estructura anafórica, aunque se aleja casi por completo de él en la riqueza dramática de la preparación.

    Presenta además un defecto grave: confunde al multiplicar las plegarias eucarísticas (cuatro en el Ordo Missae y otras más para ocasiones particulares, según la edición, V (a-d), conforme al principio, ajeno a la tradición orgánica, de una misa plural, diversa, variada, con opciones, innovada, abreviada y simplificada, de acuerdo con la mentalidad de los años sesenta.

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  5. Bloque 5. Síntesis: economía histórica, estados de la materia y consagración

    La economía histórica no se reproduce igual en los tres ritos: el bizantino superpone escenas, el de 1962 las reparte por toda la misa y el de 1969 apenas las dibuja en el ofertorio.

    En el rito bizantino la materia remota (trigo y uva) pasa a próxima en la prosfora y en el vino mezclado, y a oblata en la Prótesis, donde el pan recibe ya el nombre de Cordero. La escena es doble: el nacimiento (cueva, asterisco, pañales) y la Pasión en figura (lanza, Is 53, Jn 19, 34). La Gran Entrada añade una lectura que los comentaristas no unifican: cortejo real, sepultura o camino hacia la Pasión. La consagración llega en la anáfora: tras el relato de la institución y el ofrecimiento, la epíclesis invoca al Espíritu Santo y la materia oblata pasa a consagrada; la fracción, la conmixtión y el zéon prolongan esa lectura hasta la comunión.

    En el rito romano de 1962 no hay Prótesis ni Gran Entrada. La materia próxima pasa a oblata en el ofertorio, cuyo lenguaje proléptico llama ya hostia al pan: no hay un episodio concreto de la vida de Cristo, sino el ofrecimiento voluntario de la Víctima. El resto se reparte por toda la misa:

    - Canon: la Pasión
    - Consagración, la inmolación sacramental, expresada en la doble consagración que separa místicamente el Cuerpo y la Sangre
    - Fracción y la conmixtión, la resurrección
    - Comunión, el fruto de la Redención

    En el rito de 1969 hay presentación de dones, no Prótesis. La oblata es aquí, ante todo, don del hombre que será pan de vida, más que figura de la Víctima, y las plegarias II, III y IV colocan una epíclesis consecratoria antes del relato.

    Se repite, pues, en los tres ritos el orden remota, próxima, oblata y consagrada, y cambia el relieve del ofrecimiento:

    - dramático y pasional en el bizantino
    - proléptico en 1962
    - de bendición en 1969

    A nuestro juicio, el Novo Ordo bugniniano es el menos nítido a la hora de unir la materia con la historia económica de Jesús, por su dispersión y por carecer de tradición orgánica.

    La consagración es, en los tres, el punto en que la economía histórica deja de ser figura y se hace presencia sacramental. Cristo es siempre la referencia principal del ofertorio, por anticipación: la Iglesia presenta los dones que el único sacrificio de la Cruz asumirá en el Canon, e incluye en ellos la ofrenda de los fieles. La finalidad última es la gloria de Dios y la salvación de las almas, ley suprema de la Iglesia (can. 1752).

    A ello responde la expresión «reforma de la reforma», asociada a Joseph Ratzinger, y el enriquecimiento mutuo de las dos formas del rito romano que propuso Benedicto XVI (Summorum Pontificum, 2007). El programa tiene dos tiempos.

    Primero, celebrar con pulcritud la forma ordinaria de 1969, sin los abusos que contradicen que nadie, ni siquiera un sacerdote, puede cambiar nada por iniciativa propia (Sacrosanctum Concilium, 22 §3): danzas con miriñaques, «consagraciones» de religiosas, inválidas sin sacerdocio ministerial (can. 900 §1), añadidos improvisados, «un signo de fraternidad» en lugar de «daos la paz» y el «todos y todas».

    Segundo y final, acercar esa forma a la tradición orgánica del Vetus Ordo trindentino de 1570 con desarrollo dentro de la tradición orgánica.

    La ruptura bugniniana, a nuestro juicio, no tiene precedente comparable en 2000 años con los más de 20 ritos católicos: el nuevo Ordo generalizó, sobre la base de instrucciones de 1964 y 1967 impulsadas por el Consilium, la celebración de cara al pueblo, frente a la orientación común del sacerdote y los fieles hacia el Señor (ad orientem), y suprimió las oraciones al pie del altar.

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  6. Polémicas imágenes del Papa, no saluda al negro. https://www.facebook.com/reel/1657119332513993

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  7. Sr super rollo yo no tengo problema pues con el dedito paso en la tablet sus largos comentarios a velocidad del rayo

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  8. Sinceramente no sé porque Mosen Espinar se molesta en escribir un artículo muy interesante, para que alguien ( anónimo por cierto) en un juego de corta pega y un poco de IA, añada un comentario que supera en mucho el artículo original. sinceramente no sé qué criterio emplea el administrador de la página que permite este tipo de comentarios.

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