Claro que nos gustaría a todos tener la seguridad de que nuestra percepción de lo que nos rodea y nos afecta, se ajusta a la realidad. Pero no podemos pretender que somos tan privilegiados, que nunca nos dejemos engañar por las apariencias y finalmente seamos capaces de percibir la realidad tal como es. Más, cuando estamos metidos en un teatro de ficción, donde todo el mundo se empeña en aparentar lo que no es. En efecto, nuestra percepción está mediatizada por un auténtico caudal de informaciones cuyo fin es, precisamente, configurar de una manera muy bien estudiada, cuál ha de ser nuestra percepción de la realidad. El objetivo evidente de esas avalanchas informativas es que los consumidores de esos empachos de información nos apuntemos a lo que hoy llaman “el relato” y nos quedemos con la percepción de la realidad que nos venden. Ahí en el relato se decide quién es el bueno y quién es el malo, sin dejar la menor rendija a la duda y a la discusión.
En este momento, la Iglesia está inmersa en una magna operación (una más) destinada a tejer el relato por el que ha apostado su imponente aparato de imagen. El primer dogma con el que opera el poderosísimo aparato de imagen, cada vez más elefantiásico, del Vaticano, es la identificación de la Iglesia con el papa. Sí, sí, primer y máximo dogma. El objetivo es que tanto para los católicos como para los demás, no haya más imagen de la Iglesia que la del papa. Él ha de ser el referente de la doctrina, con sus escritos, discursos y homilías; él ha de ser la única imagen del esplendor litúrgico de la Iglesia, mediante la difusión urbi et orbi de sus ceremonias públicas, él ha de ser la imagen viva de la Iglesia ante todos los poderes del mundo. Exactamente como si estuviéramos en campaña electoral perpetua. Promoviendo a su candidato (efectivamente, vestido de blanco, que por eso los llamaron candidatos). Atención, promocionando al candidato, no al programa.
Porque con el revolcón que está sufriendo la Iglesia a causa del escandaloso cambio de programa, tan escandaloso, que ya va siendo sumamente difícil reconocerla, ya sólo le queda la promoción del líder. Un líder que, al no elegirlo los fieles, no les queda ya más opción que convertirlo en “el amado líder”. Se trata de trabajar constantemente, sin descanso, para hacerlo amable (digno de ser amado) tanto para los fieles como también (y quizás especialmente) para los infieles. Y para eso, las oficinas de propaganda (no de propaganda fide) de la Iglesia han de estar hiperactivas.
Ahí tenemos, en efecto, las cocinas vaticanas organizándole al papa un viaje tras otro, con la mayor repercusión mediática posible, para “vender” por todo el mundo al papa con su variopinto mensaje. No, no son misiones de evangelización del mundo, que la Iglesia ya no está para esos trotes, sino para acercarse al mundo y escucharlo. “La escucha” se ha hecho vital. No se trata de que el mundo escuche el mensaje que tiene la Iglesia para transmitirle, sino que, en el nuevo paradigma, es la Iglesia la que debe escuchar al mundo, para hacerse cargo de las nuevas inquietudes que configuran su nueva estética moral. Y para eso, es imprescindible pasear al papa por el mundo y hacerle intervenir en el máximo de foros mundiales. El objetivo es que la figura del papa impacte mediáticamente en el mundo. Y que tanto el mundo como los católicos, identifiquen al papa con el actual catolicismo, que no para de actualizarse.
Y una vez más, estamos asistiendo al gran acontecimiento mediático de un nuevo viaje del papa. Ayer fue a España, hoy es a Francia. ¿A predicar el Evangelio a estos países que fueron las más nobles joyas de la tiara papal? Pues no, el objetivo no es de ningún modo confirmar en la fe a los fieles de estos países. El objetivo es la promoción de la figura del papa, y de paso tomarle el pulso a la fidelidad al papa de las altas autoridades eclesiásticas del país visitado. Sí, según sea el éxito del recibimiento, así es el nivel de la fidelidad. Y eso es lo que hay, es así como funcionan los resortes del poder. Lo demás es hojarasca.
Es que el papa está siendo contestado en el seno de la Iglesia, porque no todos están de acuerdo con su forma de gobernarla. Y para contrarrestar y desactivar esos movimientos de oposición, es necesario multiplicar al máximo esas estampas de adhesión a la figura del papa. Y eso (para estos, no vale la escucha) ayuda a mantener en los altos palacios, la ilusión de normalidad y de aceptación universal de la autoridad papal. Lo importante es que los malos sean claramente percibidos como los malos de la película.
Es que, efectivamente, ahí está la disidencia y la resistencia al papa, que va erosionando su autoridad y su figura. De momento, cualquier tipo de disidencia, cualquier género de objeción a lo que hace y dice el papa, el relato oficial lo coloca en el lado de los villanos herejes y cismáticos dispuestos a poner en peligro la unidad de la Iglesia.
Pero algo hay en el relato oficial, que no cuadra. Cada vez son más los escritos de todo género (incluídas encíclicas) que se apartan de lo que fue siempre doctrina de la Iglesia; y no paran de crecer los que abren los ojos a esa realidad y ven la obediencia ciega al papa (perínde ac cadáver), incompatible con la obediencia al Evangelio.
Y lo más grave es que no falten quienes, amplificando estas voces cada vez más, se atrevan a presentarlos como héroes. Parece que el relato empieza a volcarse hacia el lado opuesto: por eso se entiende tan claramente el empeño del poder central de la Iglesia por aupar la figura de “su amado líder”, por encima del auténtico líder de la Iglesia que, antes de serlo el papa, lo fue Jesucristo.
En fin, estamos inmersos en esta auténtica papolatría, de la que el actual viaje a Francia no deja de ser una rutina. Se producirán las imágenes esperadas y todo seguirá tal como está en la Iglesia y en el mundo. Y gracias a Dios se seguirá cumpliendo prácticamente en silencio, la promesa de Jesús a su Iglesia: et portae ínferi nos praevalebunt adversus eam. Las puertas del infierno no prevalecerán en su lucha contra la Iglesia. No contra el papa, que ni siquiera hacen fuerza contra él, sino contra la Iglesia. No olvidemos que esta promesa viene justo a continuación del Tu es Petrus. Y obviamente no dice Jesús que las puertas del infierno no prevalecerán contra él, contra Pedro. No, no dice eso. El compromiso de Cristo no es con Pedro, que sabe defenderse muy bien, sino con la Iglesia, que está pasando un mal trago: en presencia de Pedro. Es ésta una percepción de la Iglesia que va calando.
Virtelius Temerarius


