Cuando leí por primera vez la inclusión del cardenal Bustillo entre los favoritos para suceder a Omella en Barcelona, pensé que era un absoluto disparate: traer a un obispo de Francia suponía una bofetada no solo para el episcopado catalán, sino para el español en general. Y, a su vez, representaba un bofetón mayúsculo al episcopado francés, llevándosele a uno de los dos únicos cardenales residenciales con los que cuenta actualmente.
Francisco-Javier Bustillo, franciscano conventual, nacido en Pamplona y ordenado sacerdote en Francia, fue una de esas peculiares creaciones cardenalicias de Francisco. Se prefirió al titular de la sede de Ajaccio, que ni siquiera es arzobispal, postergando a diócesis históricas como Paris, Lyon o Burdeos. Con el agravante de que la diócesis corsa tiene como metropolitano al arzobispo de Marsella, que es el otro cardenal francés. Una provincia eclesiástica con dos purpurados y el resto de Francia sin capelo.
Como les decía, me parecía esa candidatura pura fantasía. No obstante, después se ha venido repitiendo el nombre en medios de distinto signo, creándose un runrún reiterativo bastante sintomático.
Pese al extravagante nombramiento como cardenal, era consciente de que Bustillo no se iba a quedar como obispo en Córcega y que le esperaban destinos de mayor enjundia. Obviamente en Francia. Por su categoría intelectual y pastoral, está llamado a ser una figura del Sacro Colegio. Sucede que en Francia no pasa como en España y actualmente no existe ninguna sede vacante y solo cuatro obispos pasados de fecha, todos ellos nacidos en 1951.
Entonces, ¿por qué no Barcelona? Repasando su biografía, podría ser un nombramiento muy interesante.
Bustillo escogió seguir su vida religiosa en Francia porque la consideraba un desafío debido a su descristianización. Y fue en el convento de San Buenaventura de Narbona donde tuvo su primera experiencia de lo que después desarrollaría como una verdadera teología de la “reparación”. Se encontró con una comunidad religiosa en franca decadencia y, en lugar de resignarse a su desaparición como muchas otras, emprendió su renovación desde sus propios fundamentos: recuperó la identidad franciscana, hizo del hábito un signo visible de esa identidad y puso nuevamente la vida comunitaria al servicio de una misión pastoral.
La liturgia y la espiritualidad ocuparon un lugar central, como fuente de actividad misionera sostenida. La comunidad recuperó así una presencia espiritual continuada con catequesis, sacramentos, acompañamiento y participación de laicos. No se trató, por tanto, de mantener artificialmente con vida una estructura moribunda, sino de reconstruir una comunidad para devolverle capacidad evangelizadora.
Ahí se encuentra quizá una de las claves del pensamiento de Bustillo: la renovación cristiana no comienza por multiplicar actividades, sino por recuperar una identidad y una vida espiritual capaces de generar una nueva misión. Así lo dejó escrito en una de sus obras: La vocation du prêtre fase aux crises: La fidelité créatrice.
Pero el libro de Bustillo que ha tenido mayor repercusión ha sido Reparación ¿Una sociedad rota puede sobrevivir?, editado este año en español por Palabra. Su tesis fundamental es que nos hallamos ante una sociedad humanamente deteriorada, en la que la antropología cristiana contiene recursos para reconstruirla, pero esos recursos no se reducen a una ética humanística. Para Bustillo, la fuente de reparación es Cristo. Tras el encuentro con Él se produce la transformación interior que permite una nueva relación con los demás.
Lo interesante es que esta idea no parece haber nacido únicamente de una reflexión intelectual, pues, antes de hablar de ella, la había experimentado en Narbona ante la posibilidad de reparar una comunidad concreta.
Pese a la predilección bergogliana por el padre Bustillo, no ha sido un obispo bien visto por el progresismo francés. La revista Golias, exponente máximo del cristianismo de izquierdas, no solo no lo ha incluido entre sus favoritos, sino que ha emprendido una campaña en su contra, acusando de haber tolerado en Narbona actividades de sanación y prácticas carismáticas.
Por otro lado, también debe destacarse su postura favorable y abierta hacia la misa tradicional. En 2025 manifestó que “el rito tridentino no es un problema en sí mismo dentro de la Iglesia” y en diciembre de ese año administró personalmente la confirmación según el antiguo Pontifical Romano a 32 fieles vinculados a comunidades tradicionales de Bastia, contando con la presencia del provincial francés de la Fraternidad de San Pedro.
Todo ello dibuja el perfil de un pastor que confía más en la recuperación de la entidad cristiana que la simple adaptación de la Iglesia a una sociedad descristianizada. Por eso, la idea empieza a resultar menos fantasiosa: un obispo que no solo escribe sobre la reparación de la sociedad, sino que la ha experimentado (y logrado) en su actividad pastoral. Justo lo que necesita Barcelona.
Pensándolo bien, no sería ningún disparate la designación de este obispo franco-español. Después de dos prelados curiales como Sistach y Omella, Barcelona necesita un obispo-pastor. Si, además, es ajeno a todas las polémicas y polarizaciones que vienen contaminado esta diócesis desde años ha, mejor que mejor. Si, por ende, tampoco está viciado por la política nacionalista que ha emponzoñado el episcopado catalán, ya sería de nota.
Pero hay algo más, Barcelona no necesita únicamente una administración eclesiástica eficaz ni una nueva gestión de sus equilibrios internos. Necesita reconstruir una comunidad cristiana capaz de volver a evangelizar. La cuestión no sería simplemente traer a Barcelona a un obispo francés, sino comprobar si el hombre que consiguió devolver vida a una comunidad religiosa en declive podría aplicar esa misma lógica a una comunidad en la que -pese a algún brote verde- el cristianismo se está reduciendo a mera anécdota.
En tal caso, la elección de un obispo reparador sería verdaderamente necesaria y aconsejable. Y quizá aquel disparate que me pareció al principio no lo sea tanto.
Oriol Trillas




Creo que Bustillo es de lo mejor del colegio cardenalicio y me gustaría que fuera nombrado arzobispo de Barcelona, pero el otro día me decepcionó verlo en una foto junto al arzobispo de Pamplona con esta pinta tan poco cuidada y tan poco propia de un cardenal, acostumbrado como estoy a verlo casi siempre de hábito:
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