EL MAL MENOR: DIFÍCIL ELECCIÓN

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Mal, muy mal andamos de moral, cuando a la hora de orientar tu conducta (tu voto en el sistema democrático) yo no puedes pensar en “lo mejor”, y ni tan siquiera en lo bueno, sino que te ves obligado a prestar tu asentimiento y tu apoyo a una opción “claramente mala”, por evitar darle tu apoyo a una opción aún peor; o por contrarrestar con tu voto, “la peor opción” en juego. Te ves en la necesidad de apoyar “el mal”; pero te consuelas pensando que tu verdadero acierto ha sido elegir “el mal menor”.

Y, no nos engañemos, muy mal ha de estar la Iglesia para que, de hecho, todos los fieles nos veamos forzados a elegir entre las opciones evidentísimamente heréticas (ahí está el camino sinodal alemán) con las que flirtea la Santa Sede, hasta el extremo de inventar la sinodalidad como mejor opción para “acompañar” al herético Camino Sinodal por ver si se da la ocasión de confluir con él; que nos veamos obligados a elegir entre aceptar eso como un mal menor, u optar, como ha hecho la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, por plantarle cara a la Santa Sede, y decir: “hasta aquí”. Estamos ante el cruel dilema del “mal menor”.
 

Claro que la mínima discreción exigible, nos impone pasar de puntillas sobre los graves problemas dogmáticos, morales, litúrgicos, etcétera, con que ha de convivir el papa (y de paso, la Iglesia), por evitar enfrentarse a los herejes que van surgiendo, al margen de cuál sea su posición al respecto: la del papa y la de la Iglesia. Efectivamente, al papa le ha tocado convivir con todos esos problemas con mayor o menor comodidad, sin que podamos saber cuál es su nivel de “connivencia”, es decir, hasta qué punto comparte él las posiciones heréticas con las que ha decidido convivir y ha determinado que conviva también la Iglesia; por más que no las haya creado él, sino que le vienen de herencia. Lo difícil de discernir, es cuánto de “connivencia” tiene esa “convivencia obligada” que le ha impuesto él, como supremo pastor, a la Iglesia. Lo sorprendente (auténtica confesión de parte) es que siempre se invocan razones pastorales (es decir personales y saltándose todas las normas vigentes) para justificar todas esas convivencias y connivencias. 

No está claro que la unidad de mando sea un bien mayor per se; lo que sí está claro, en cambio, es que se trata de un bien estructural, de los imprescindibles para mantener la estructura en pie, por escaso que sea su valor doctrinal. Las instituciones a menudo están servidas por personas que dañan tremendamente a esas instituciones. Pero no podemos tirar al niño con el agua sucia, no podemos cargarnos las instituciones por problemáticos e incluso indignos que sean los que las sirven. Porque eso es optar por la revolución. Y lo que queda al final, es que todas las revoluciones que conocemos (recordemos nuestras revoluciones por antonomasia: la francesa y la soviética), han sido tremendamente destructivas. La revolución no es una opción: puesto que, no siendo la institución propiedad de cada uno de nosotros, sino de todos, no tenemos derecho de volarla.
 
 
Y justamente porque la Iglesia, con sus instituciones, es de todos los católicos, tenemos el derecho y la obligación de luchar por mantenernos en ella aunque cueste, aunque se produzcan movimientos más o menos explícitos por dejarnos fuera. Somos Iglesia, y ni nos conviene a nosotros, ni le conviene a la Iglesia, aceptar que se nos deje fuera sin tan siquiera luchar por permanecer en ella. 

Puede no gustarte el papa; pero no puedes dejar de defender el papado; no puedes poner en riesgo la institución. Aunque crecen las voces que señalan al mismo papa (ocurrió en especial con el anterior pontífice) como el peor enemigo del papado.

Por otra parte, es tremendamente llamativo (un mal síntoma, diría yo), que en momentos tan turbulentos para la Iglesia, se produzcan unos despliegues impresionantes para dar la imagen de que el papado (y en especial, el papa en ejercicio) goza de una espléndida salud; fomentando de paso una papolatría tremendamente peligrosa, que convierte los viajes del papa en lo más importante que ocurre en la Iglesia católica. Tanto para los fieles como para los ajenos a la fe. Y eso que tiene tan buena apariencia, tan buena prensa y da tan buena imagen, resulta muy peligroso: porque distorsiona la figura del papa y sobre todo, la misión de la Iglesia, y en ella, la del papado. 

En fin, que esa focalización de la Iglesia en la figura del papa, en momentos en que la Iglesia va dando tumbos tras una inexplicable pasión reformista (lo del sínodo y lo de la sinodalidad es justamente el mecanismo para dejar abierto el camino reformador); esta focalización en la figura del papa cuando por oficio es el líder de todos los cambios y de todas las reformas, de manera que sin su asentimiento son totalmente imposibles; esa focalización en el papa cuando tiene todo el sentido cargar sobre él la responsabilidad de todo lo que ocurre en la Iglesia (porque lo promueve o porque lo consiente) no deja de ser un grave riesgo para el papado. 

Porque resulta que históricamente, el espíritu reformador corresponde a Lutero y a los suyos. Tan cierto, como que la Iglesia, para luchar contra esa fiebre reformista, tuvo que instituir la “Contrarreforma”: que fue la manera de luchar contra el cisma producido por los protestantes y su reforma. Y que hoy tengamos al papa al frente de todas las reformas habidas y por haber (empezando por la litúrgica), para acabar en el fantasma de la reforma integral de la Iglesia, que es lo que estamos viendo; una reforma bastante más audaz que la que lideró Lutero, es como para que nos planteemos en serio adónde nos puede llevar el tremendo fomento de la papolatría.
 

Bien, muy bien que defendamos el papado; pero peligrosísimo que lo identifiquemos con un papa concreto. Tenemos un ambiente tan enrarecido en la Iglesia, con la sodomía como bandera enarbolada más alto, que ya se habla sin rubor de la chantajeabilidad del papa. Es el último recurso que se invoca para explicar tantas cosas inexplicables.

Al final venimos a parar al mal menor, que tampoco es tan menor, a ojo de buen cubero. ¿De verdad que es menor el mal de comulgar con el papa en las sinodalidades alemanas y en las aberraciones que le consiente a su cardenal puesto ahí para defender la fe; es menor ese mal, que el mal evidente de criticarlo precisamente en esas actuaciones y el de poner en duda su buena fe y su fiabilidad como pastor de la Iglesia?

Está claro que la elección es realmente dificilísima. ¿Alguno de los dos males es menor que el otro?
 
Virtelius Temerarius

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2 comentarios

  1. Referente a males menores y mayores, esta web nos demuestra que siendo el mosén Temerarius (que se ha ganado el calificativo de mosén), nos demuestra repito que ni un ordenado aunque sea para distraerse es capaz de escribir un un buen artículo aquí, lo hacen cuatro aficionados padres de familia como mosén Temerarius y otros, con la excepción del pesadísimo plomo del usurpador con texto larguísimo que le puse el nombre de "Copipasteano". Tan mal estamos que en GG que todavía no aparece un intelectual de talla como el obispo Sanz Montes. La pregunta es: Si el celibato de los ordenados les habilita mejor en cerebro para escribir o más bien los inutiliza para estas artes apostólicos. En Catalunya Religió un libro del obispo Gordó sobre controlar parroquias por laicos.

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  2. https://www.catalunyareligio.cat/ca/bisbe-sergi-gordo-disminucio-preveres-no-es-pot?utm_campaign=website&utm_medium=butlleti&utm_source=enviament&utm_term=butllet%C3%AD

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