LA ESTRAMBÓTICA UNIDAD DE LA IGLESIA

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Si la Iglesia, respecto a la fe que sostiene y practica, es una en Alemania, otra en Roma, otra en África, otra en Estados Unidos y otra en Econe, no podemos decir que la Iglesia es “Una”; porque si todos ellos declaran ser “Iglesia católica” (y algunos, incluso, “La Iglesia católica”); y en esta Iglesia, en cuestiones de fe, cada uno proclama y practica cosas distintas; si ésa es la realidad que percibe en la Iglesia el fiel de a pie, no hay que ser teólogo, canonista ni especialista en nada; basta haber hecho la catequesis básica de la Primera Comunión, para afirmar sin el menor titubeo que la unidad de la Iglesia así configurada, es una ensoñación o un engaño.

Más aún, siendo tan evidente y a menudo escandalosa la gravísima escisión doctrinal en la Iglesia, de lo que se puede hablar es de diversidad y libertad doctrinal, que es el modo en que se gestiona, desde el mando único, esta diversidad: que goza de total libertad en la mayoría de “singularidades” doctrinales y morales. Y como a eso no le cabe el título de “unidad” de ningún modo, esa realidad sólo puede ser calificada de cismática. Es decir que evidentemente la Iglesia está de hecho escindida en tantos girones o cismas como tendencias doctrinales: violentamente opuestas entre sí. 

Podemos hablar, por ejemplo, de la Iglesia pro-sodomita, cismática a carta cabal, enfrentada visceralmente a la Iglesia de los 2.000 años pasados desde su fundación. Y por señalar cismas evidentes, podemos nombrar también el de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en el extremo opuesto, que abomina tanto de esas doctrinas, como de su asentamiento nada menos que litúrgico, que avanza impunemente en la Iglesia alemana y otras afines. Avanza, claro está, gracias a la “bendición” que les concedió la Santa Sede (el mando único de la Iglesia) a través de la Fiducia súpplicans. Y tenemos algo más lejos, la Iglesia africana, que no acepta ni oír hablar de todo eso. Estado de cisma.


Cada vez se me parece más la “Unidad” de la Iglesia católica, a la unidad con la que se define la Federación Rusa: multiétnica, multirracial, multinacional y multirreligiosa. En efecto, en la Federación Rusa caben todos (creo que no “todos-todos-todos”; al menos, no como caben en la Iglesia); y al paso que vamos, en la futura “Federación católica”, a la que nos proponemos llegar a través de la sinodalidad, además de caber todos-todos-todos, alcanzaremos la condición de “Federación Católica Multirreligiosa”, de puertas abiertas de par en par a la inclusividad más inclusiva; porque, camino lleva de que acaben cabiendo en ella todas las religiones. Parece, en efecto, que en la preparación del viaje de León XIV al Perú, está ocupando un lugar central la recuperación del culto a la Pachamama (muy bien documentado en imágenes), con participación directísima y explícita del esbelto monseñor delegado por el Vaticano para este menester.

La Iglesia sinodal del mañana ha descubierto, en efecto, que todas las religiones llevan a Dios, y que para salvarse ya no es necesaria la Redención que nos trajo Jesucristo. Ni es necesaria la perpetuación de su sacrificio en la liturgia de la Iglesia. Porque lo que nos ha traído el Órdine Nuovo litúrgico es una grande, enorme diversidad y libertad, en la que caben con holgura tanto los ritos protestantes como las celebraciones culturales de la comunidad respectiva (por ahí anda el video de los miriñaques para celebrar el “mito” de la Asunción), como, finalmente, tiempo al tiempo, los ritos amazónicos, ya muy en boga, y los distintos ritos paganos de la región que se llamarán, sencillamente, “ritos inclusivos”.

Sí, claro, la Iglesia se está labrando su nueva Unidad, caracterizada fundamentalmente por la diversidad y la inclusividad. Evidentemente, tal como están enfocadas para la Iglesia del mañana la diversidad y la inclusividad, no atentan en absoluto contra la sacrosanta Unidad de la Iglesia. Lo dicen los más altos doctores de la Iglesia.
 

En cualquier caso, la Nueva Iglesia del Novus Ordo está poniendo un riguroso freno a cualquier movimiento o tendencia que amenace el desarrollo de este nuevo concepto de Unidad de la Iglesia. Unidad en la diversidad y en la inclusividad. ¡Faltaría más!  

Lo que está claro es que afirmar y predicar la “Unidad” de la Iglesia en unos momentos más graves que los del arrianismo, con una situación de cisma (más bien de cismas) más peligrosa que la de entonces, son ganas de engañarse, para así poder engañar a los demás de forma más convincente.

A no ser que la táctica de la Santa Sede sea ir bendiciendo sobre la marcha todo lo que presenten los Sínodos locales por contradictorio que sea, en aras de la “sinodalidad”, que se impondrá como nueva nota constitutiva de la Iglesia, que pasará por delante de las demás (santa, católica y apostólica).

Grave, grave. La única causa por la que excomulgan es por negar la legitimidad del papa. Éste es el dogma de los dogmas. Ahí sí que se mueven. Pero sodomía y demás, no son causa suficiente para poner advertencias y sanciones en marcha. Y si han podido integrar la sodomía en la doctrina de la Iglesia, ya cualquier cosa está a su alcance. 

Es evidente que a partir de los nuevos horizontes marcados por el diálogo interreligioso, la Iglesia ha entrado en una flexibilidad doctrinal inconcebible en los siglos pasados. De ahí que en realidad han caído ya todas las barreras doctrinales que nos separan (que nos separaron) de la iglesia ortodoxa y de las diversas denominaciones protestantes, siendo ya mera cuestión de conversaciones y acuerdos meramente diplomáticos, recuperar los lazos de unidad con los cristianos separados, con los que volveríamos a ser una sola Iglesia bajo la alta potestad del obispo de Roma. Porque, como dice el papa que impulsa estos movimientos, ni los católicos individualmente, ni la Iglesia pueden simplemente “seguir haciendo las cosas como siempre las hemos hecho”.

Claro que sus críticos objetan que la Iglesia debe regresar a Cristo (que ya no es su centro, evidentísimamente, sino que se ha centrado en las cuestiones que crean en ella las enormes tensiones cismáticas: como la santidad de la sodomía). Regresar a Cristo, si no quiere ser arrastrada por la ideología caduca que ha adoptado.

Y por el camino emprendido, no nos extrañe que algún día la Iglesia descubra su unidad con el budismo o con el taoísmo (continuando con la línea abierta nada menos que por la liturgia amazónica). Y que, andando el tiempo, acabe proclamando su unidad con el islam y con el judaísmo. Por ese camino alcanzaría el summum de la unidad religiosa, ya; pero esa no sería la Iglesia de Jesucristo, sino otra cosa, totalmente adaptada al gusto del mundo. 
 
Virtelius Temerarius

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