Realmente, los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz (Lucas 16:8). Algo tan elemental como la “disciplina dogmática”, los hijos de este siglo lo llevan con un rigor militar. En cuestión de dogmas, no están para bromas. Preguntádselo a los de los dogmas socialista y comunista, y a los del dogma nacionalista. La disciplina dogmática es lo más cuartelario e intransigente que existe. Y si nos vamos a los dogmas de género, el epítome de la modernidad, el listón está aún más alto. Con los dogmas no se juega. Eso en el mundo, pero no en la Iglesia católica.
Es que resulta que el día de la Asunción, anduve dudando a qué iglesia acudir a cumplir con el precepto dominical (de todos los días domínicos señalados por la Iglesia). Pensé en la Sagrada Familia (ahí estuve el año pasado a celebrar esta fiesta), y me dio apuro, porque me temía un sermón modernista (¡qué menos, en el monumento modernista por antonomasia!) Pensé también en la iglesia de la Concepción. No lo veía claro. No llegué a pensar en la catedral, que hubiese sido otra opción (de ahí, tengo grabada a fuego una experiencia de confesionario). Por fin, me decidí por una iglesia de proximidad, de las que no se plantean dar la batalla dogmática en el sermón, porque lo liquidan en tres o cuatro minutos, justo con lo preceptivo. Es que, con la tremenda indisciplina dogmática que lucen un gran número de “profesionales” de la Iglesia, no todos “vocacionales”, que además tienen la condición de “consagrados”, en la que cada vez creen menos, no queda más remedio que elegir con cuidado a qué iglesia va uno, porque está dentro de la más absoluta normalidad encontrarse con sorpresas celebrativas y doctrinales, que te dejan totalmente fuera de juego.
Y, ¡mira por dónde!, me tropiezo en internet con todo un espectáculo esperpéntico: la solemne conculcación del dogma que se celebraba, el de la Asunción; en la iglesia (que los lugareños llaman catedral) dedicada a esta prerrogativa de la Madre de Dios. Y ya de paso, se quedaron a gusto pisoteando a placer la liturgia de la misa. A esa celebración, en la que las autoridades del pueblo tenían también su fuerte protagonismo, puesto que eran los destinatarios preferentes de esa exhibición de ultramodernidad de la Iglesia, acudió la televisión de la comunidad autónoma, con lo que quedó inequívoca constancia, ad perpetuam rei memoriam, de lo que quiso ser y fue esa celebración.
El gran protagonista del evento fue el párroco, cuyo nombre no vale la pena recordar, ya que responde a un prototipo de párroco muy abundante hoy en la Iglesia. Ataviado con los ornamentos litúrgicos que le daban mayor prestancia, se paseó por el largo pasillo central, micrófono en mano, como un perfecto showman, para dar esa sensación de proximidad con el pueblo que se ha convertido en el alma del Nuevo Orden litúrgico. “Órdine Nuovo” en italiano. Sólo le faltaba llevar colgada del cuello una guitarra para arrancarse de vez en cuando con alguna entonación más musical y resaltar de vez en cuando sus palabras con unos arpegios.
Y efectivamente, en la preciosa iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Torrevieja, precisamente en la Misa Mayor de las fiestas de la Virgen Grande, es decir en la fiesta de la Asunción, no se le ocurre otra cosa al descosido y deshilachado del párroco, que “proclamar” el “mito” de la Asunción y de los demás títulos marianos, incluyendo de paso, la figura misma de María: «Dios elige a María, una mujer humilde, una mujer de pueblo. La mitología nos la ha hecho y nos la ha ensalzado tanto, y le ha puesto muchos collares, muchas coronas, muchos privilegios, muchos títulos, porque a veces tenemos que acudir a la mitología para hablar de realidades que son terrenas […] son realidades mundanas que nos cuesta decir con palabras y entonces tenemos que recurrir a la mitología».
Son palabras textuales del celebrante. Y no son las únicas, que ha quedado constancia en la grabación televisiva, de toda la arquitectura doctrinal del protagonista del evento. Es decir que nada menos que en la fiesta de la Asunción de María al cielo en cuerpo y alma, dogma proclamado solemnemente por la Iglesia, nos viene este iluminado y nos dice, entre otras lindezas, “hoy celebramos que María sube al cielo en cuerpo y alma. Evidentemente que no tenemos que ir al pie de la letra. Ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma. El cielo no es ningún lugar físico. El cielo es un estado del alma, de plenitud, de felicidad». Y tan fresco y tan ufano y tan pagado de sí mismo.
Oiga, caballero, mosén, don o lo que sea, que en todas las organizaciones existe una “disciplina dogmática”: lo cual no quiere decir que todos creen a pies juntillas desde el fondo de su corazón cada uno de los dogmas en que se sostiene la organización, sino que la disciplina más elemental te obliga a respetar y venerar los dogmas que profesa la organización, a adherirte sin más a ellos. Y sobre todo a no manifestarte ni en broma contra cualquiera de esos dogmas; porque eso te coloca fuera de la organización, incluso aunque tu inmediato superior no te pida cuentas de lo que haces y dices.
Pero resulta que esto ha llegado a ser tan normal, tan vulgar, que cuando vas a misa no te queda más remedio que plantearte si el cura será uno de esos muchísimos curas montaraces que con el Concilio Vaticano II se sintieron imbuidos del Espíritu del Concilio y en su virtud, autorizados a contribuir con su privilegiadísimo ingenio a la demolición de la vieja y arcaica Iglesia que les había tocado sufrir. Es ahí donde nos encontramos.
Y para confirmarme que no andaba muy desencaminado dudando si me llevaría alguna sorpresa en la misa de la Asunción, salta el escándalo de Torrelavega. Un escándalo no porque lo que ahí ocurrió sea infrecuente e increíble, sino porque ese tipo de cosas ha adquirido tal nivel de normalidad, que al cura que perpetró tamaños disparates (no sólo doctrinales, sino también litúrgicos) le pareció que dejando constancia televisada de sus ocurrencias, ganaría en consideración no sólo ante las autoridades civiles, que estarían más que encantadas, sino también ante su obispo, que le felicitaría y le encomendaría cargos y responsabilidades pastorales de alcance diocesano.
Pues ahí estamos: que, de hecho, esos bailes con miriñaques en torno al altar, tan bien vendidos por el cura como nobles actos de culto (incluidos sus colores, ¡faltaría más!) y esos aplausos para cada actuación, no hacen más que pronosticar el destino de esa que llaman la catedral del pueblo: el más lujoso y venerable local multiusos del Ayuntamiento para exhibir en él todo lo que pueda redundar en la gloria del municipio.
Virtelius Temerarius



Este mal sacerdote debería leer el Corán. Sí, el Corán habla extensamente del Paraíso, y a diferencia de la interpretación simbólica que plantea ese intelectualoide sobre el cielo cristiano, la tradición islámica mayoritaria —especialmente en el Corán y los hadices— describe su literalidad, incluyendo existencia corporal. En 3:133 se habla sobre la existencia del Paraíso y su naturaleza: "Y apresuraos a obtener el perdón de vuestro Señor y un Jardín tan vasto como los cielos y la tierra, preparado para los temerosos de Dios."
ResponderEliminarEl sacerdote en cuestión debería dar un repaso a su Biblia.En Salmos 23:6 se habla de morar en la casa del Señor "por largos días" (como referencia a la eternidad con Dios).
Efectivamente se proclaman como "mitos" ciertos pasajes del Evangelio y de la Bíblia. Tuve alguna discusión con un sacerdote del Opus muy piadoso que sobre el Diluvio decía que nunca existió y era una metáfora. Pues ya lo vemos incluso los del Opus andan desencaminados pero con tan solo que se peguen al confesionario ya valen para ejercer su oficio. Por lo que vemos la Fe es multiforme a gusto de cada uno.
ResponderEliminar"Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo".
ResponderEliminar*(Este Dogma fue proclamado por el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950, en la Constitución Munificentisimus Deus).
"La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos" (966).
*(Catecismo de la Iglesia Católica).
María Santísima nos muestra el destino final de quienes `oyen la Palabra de Dios y la cumplen' (Lc. 11, 28). Nos estimula a elevar nuestra mirada a las alturas, donde se encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, y donde está también la humilde esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial"
*(San Juan Pablo II, 15-agosto-1997).
El Obispo tiene la obligación de hacer una Homilía ,en desagravio por semejantes declaraciones del Mosén incrédulo.
ResponderEliminarDe paso, que le dé un par de collejas y lo mandé a estudiar un poco de Dogmática.
Por favooorrrrr!!!!