La tarde cayó sobre Calanda con ese calor que aplasta las ideas y deja sitio sólo para la indignación. En La Bellota, donde se cuecen las grandes reflexiones del Bajo Aragón, yo entré cojeando más de lo habitual, como si cada paso fuera una protesta contra la estupidez humana. Traía el móvil en la mano, temblando de rabia:
—Mirad esto —dije, sin saludar siquiera.
El Trisca, que estaba intentando resolver un crucigrama desde hacía tres días, levantó la vista. El sargento benemérito, que siempre se sienta de con la espalda pegada a la pared “por si acaso”, dejó el carajillo de coñac asaltaparapetos.
El tío Caldú, que ya lo había visto todo en esta vida, se ajustó la boina con resignación…
—¿Qué pasa ahora, Cojo? —preguntó el Aurelio, limpiando un vaso con la parsimonia con que un monje trapense limpia su vaso y sus cubiertos en el refectorio.
—¿Que qué pasa? Pues que el emisario romano, el comisario del dogma, el clérigo esbelto que va por ahí dando lecciones de ortodoxia y pureza doctrinal y pulcritud económica, ha aparecido en un vídeo en Cuzco, depositando coca en un rito de pago a la tierra. Sí, sí, coca. En un cuenco. Con devoción. Como quien celebra un sacramental, casi un sacramento.
El silencio fue tan grande que se oyó agonizar el ventilador del techo.
—¿El funcionario económico-doctrinal? —preguntó el Trisca, incrédulo—. ¿El mismo que va por ahí fiscalizando doctrinas y dineros y guillotinando a los herejes con patrimonio? ¿El que va por esas tierras abundantes en coca, enderezando conductas eclesiásticas?
—Ese mismo —respondí—. Con los ojos cerrados, respirando hondo, para que no se le escape el hálito sagrado de la coca, como si estuviera en un retiro de mindfulness. Y luego soplando hojas de coca a la Pachamama. A la Pachamama, Trisca. Que si mi abuela lo ve, lo manda a rezar trescientos rosarios y a limpiar la acequia del Mas del Ventorrillo con un cepillo de dientes.
El sargento benemérito se cuadró en la silla:
—Esto es incompatible con el uniforme. Y con la sotana (bueno, con el alzacuello que calza el monseñor. Y con cualquier cosa que no sea un curso de yoga para jubiladas. ¿Pero qué hace un oficial doctrinal participando en un rito pagano? ¿Y encima con coca? ¿Qué será lo próximo? ¿Misa con quinoa? ¿Confesiones con médiums por teléfono? ¿Bendición de las pirámides incas?
El Aurelio, que siempre encuentra el ángulo filosófico, se quedó mirando el techo:
—Esto es como si el Papa enviara a su hombre de confianza a un aquelarre a desfacer entuertos y luego, al volver, dijera que no vio nada porque estaba mirando al público. Que, por cierto, también ha pasado eso: en el vídeo de su ponencia, la cámara enfocaba al público, no al comisario del dogma enviado por el papa. Como si hubiera pedido no salir. Como si supiera que aquello era un despropósito monumental.
—Despropósito, no —corrigió el tío Caldú. Esto es camelo. Camelo del bueno. Camelo de feria. Camelo de esos que se ven venir desde la plaza del Ayuntamiento. ¿A quién pretenden engañar? Porque tú me dirás: acto “eclesial” sin una sola oración cristiana, rito pagano completo, respiraciones, soplidos, agradecimientos a la Madre Tierra, obispos presentes callados como muertos… y el emisario papal allí, como oferente principal, con gesto de monje zen de buena planta. Y luego, cuando acaba, gira el cartel con su nombre para que no se vea. Eso lo hacía yo cuando me colaba en el cine.
Me pasé la mano por la cara, sudoroso y desesperado:
—Y lo mejor es que Vatican News lo presenta como un acto preparatorio de la visita del Papa al Perú. Pero el informativo oficial omite la coca, omite la Pachamama, omite el rito, omite la presencia del delegado papal, la más significativa… omite todo. Como si la realidad fuera un inconveniente. Como si la verdad estorbara. Como si el vídeo pudiera existir sin existir.
—Eso es lo que pasa —dijo el sargento— cuando uno se cree más espiritual que los indios y más listo que la Iglesia. Se mete en un lío y luego intenta esconder el nombre. Pero claro, la cámara lo pilla igual. Y ahí lo tienes: el hombre que va por el mundo dando lecciones de moral, sentenciando quién es bueno y quién es malo, ahí lo tenemos: soplando coca a la Madre Tierra (a la Pachamama) como si estuviera invocando a los espíritus del altiplano.
El Trisca estaba rojo como un tomate:
—Yo ya no entiendo nada, Cojo. ¿Esto es la nueva evangelización? ¿La Iglesia evangelizada? ¿Esto es lo que nos espera? ¿Ritos paganos a cargo de los enviados del papa para velar por la rectitud de la doctrina? ¿El esbelto monseñor enviado por el papa, haciendo de chamán en esa ceremonia? ¿Y luego nos dirán que es “inculturación”? Pues mira, yo he visto inculturación en Calanda, y nunca ha hecho falta coca. Aquí con un buen vino y un sonoro tambor se arregla todo.
El Aurelio asintió:
—La decadencia siempre empieza así: primero se ríen de la tradición y de lo que son; luego se avergüenzan de ella, y de sí mismos; y al final acaban soplando hojas de coca en un cuenco. Es el camino natural de la tontería.
El tío Caldú dio el golpe final:
—Esto acabará mal. Ya lo digo yo. Porque cuando la Iglesia empieza a hacer el indio sin saber hacerlo, el indio de verdad se ríe, y el cristiano se escandaliza. Y entre risas y escándalos, se pierden el sentido común y el sentido cristiano.
Entonces me levanté, apoyándome en la muleta:
—Pues yo sólo digo una cosa: si ésta es la nueva pastoral, si ésta es la Nueva Misión que les trae la Iglesia a los indígenas, que Dios nos coja confesados. Y, por favor, que al comisario del dogma le quiten la coca, ¡que se nos pierde! A este paso, ni cura ni chamán. No da la imagen.
El sargento pidió otro carajillo y el Trisca volvió al crucigrama, derrotado. El Aurelio siguió filosofando y el tío Caldú se ajustó la boina.
Y en Calanda, como siempre, la realidad era más absurda que cualquier ficción.
El Cojo de Calanda


