La tarde caía sobre La Bellota con ese color de cobre viejo que anuncia tormenta. Aurelio limpiaba vasos, tío Caldú jugaba con el mechero como quien calibra una sentencia, el benemérito sargento hojeaba un Hola del 2003 —porque el hombre siempre lee cosas antiquísimas— y yo, el Cojo, entré renqueando con el periódico bajo el brazo y una indignación que se me salía por las muletas.
—¿Qué traes ahí, Cojo? —preguntó Aurelio, sin levantar la vista.
—Un artículo que dice que las diócesis agonizan —respondí—. Y un libro que pretende convertir esa agonía en negocio. Su larguísimo título, Parroquias dirigidas por laicos. Configurados bautismalmente con Cristo para el servicio. ¿Qué tal te suena?
Tío Caldú soltó un bufido:
—¿Negocio? ¿De quién? Esto me suena al tardofranquismo, cuando la carrera militar estaba en sus momentos más bajos. Todos sabíamos de sus vicios, pero no de sus virtudes. Algo así le pasa a la carrera eclesiástica.
—Pues ya ves, negocio de los de siempre —dije—. De los que han degradado la carrera sacerdotal los que ya no creen en el sacerdocio y han renunciado a promocionarlo. Es que van locos por acercarse a los hermanos protestantes y han empezado por convertir la misa en una asamblea comunitaria lo más “dinámica” posible, lo más “cercana al pueblo” (guitarras, bongos, parabienes y aleluyas). En fin una iglesia protestante de saldo, un chiringuito en el que colocar laicos meapilas, que no estaría bien despreciar el enorme patrimonio eclesiástico que tan bien afianzó Omella, Y a vivir del momio, que son dos días.
El sargento dejó caer el Hola como quien oye un disparo:
—Eso ya lo vi yo en mis tiempos: cuando uno deja de hacer su trabajo, inventa cargos para que parezca que trabaja. Las diócesis que se mueren… y el libro que las remata. ¡Menuda majadería! El artículo que presentaba el libro hablaba de Solsona, pero podría hablar de tantas otras. Diez años sin ordenaciones, parroquias vacías, templos convertidos en salas de reuniones donde ya no se celebra la Misa sino “celebraciones en ausencia de presbítero”. Misas sin cura.
El Aurelio, que es hombre de pocas palabras, murmuró:
—Ausencia de presbítero… Eso es como llamar “vino” al agua con colorante. Y así es. La Iglesia, en vez de preguntarse por qué no hay sacerdotes, ha decidido que la solución es prescindir de ellos. Una vez aguada la misa, que ya no es sacrificio (para el que es imprescindible el sacerdote), sino “asamblea” para la que vale cualquiera, el gran remedio es el genial libro del tal Bartomeu. Hecha la conveniente reforma litúrgica, la cosa va sobre ruedas. Lo que hace falta no es el sacerdote que celebre la misa, sino La Asamblea de los Fieles. Y, efectivamente, para dinamizar la asamblea valen tanto un cura de los modernos, como un pastor protestante, como un simple laico –o laica, que para dirigir las sambleas no importa el género
El tío Caldú golpeó la mesa:
—¡Pero si eso es protestantismo puro!
—Exacto —dije—. Es la renuncia explícita a la vocación sacerdotal, a la tradición, al ministerio ordenado. Es convertir la parroquia en una ONG gestionada por comités, equipos motores y delegaciones Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como.
El sargento, que siempre habla con tono de parte oficial, añadió:
—Cuando el mando desaparece, proliferan los suboficiales. Y cuando el cura desaparece, prolifera la soldadesca desatada… los laicos clericalizados. ¿El libro de Bertomeu? Manual para la protestantización.
Les expliqué entonces a los parroquianos de La Bellota que el libro de Bertomeu es pura claudicación, es tóxico. Escrito “entre aeropuertos y vuelos”, como presume el autor, parece redactado en las salas de espera de la decadencia y la decrepitud más absoluta. Su tesis es simple: como no hay sacerdotes, pongamos laicos a dirigir parroquias. Si ya no se celebra la misa de verdad, ¿qué más da? Y como no hay vocaciones, dejemos de buscarlas.
Aurelio levantó la ceja:
—Eso es como decir: como no hay panaderos, que el pan lo haga cualquiera.
—Peor —respondí—. Porque el panadero hace pan, pero el sacerdote celebra el santo sacrificio de la Misa. Y como nuestros hermanos protestantes no celebran misa, sino “asamblea” de fieles, con “La Palabra” como núcleo de la celebración (y en esas asambleas hasta “comulgan” a su manera), pues para eso, cualquiera vale.
Tío Caldú, que no es teólogo, pero tiene más sentido común que muchos doctores, sentenció:
—Si la Iglesia deja de ser Iglesia, ¿qué queda?
—Un chiringuito —respondí—. Un chiringuito donde colocar laicos meapilas con cargo, sueldo y despacho. Las diócesis agonizan porque han dejado de llamar. Porque han dejado de anunciar el Evangelio con claridad, de enseñar la fe y la moral – también el sexto mandamiento- sin complejos; han dejado de proponer la vida sacerdotal como camino grande y hermoso. Y como no llaman, no vienen. Y como no vienen, inventan sucedáneos.
El sargento se ajustó la boina:
—En la Guardia Civil, cuando faltan agentes, se pide más agentes. No se pone a los vecinos a patrullar.
—Pues en la Iglesia —dije— han decidido poner a los vecinos a hacer cada uno la misa que mejor le cuadre.
Aurelio, que siempre piensa en lo práctico, preguntó:
—¿Qué pasa, pues, con la Misa aquí en Calanda, cuando nos falte el cura?
—Que desaparece ya del todo —respondí—. Que la sustituyen por liturgias de la Palabra donde se comulga sin haber oído Misa. Acabando así con el precepto dominical, que cada vez somos menos los que lo cumplimos. Y yo me pregunto: ¿no es ésa una comunión sacrílega, puesto que asistiendo a esas no-misas, una estafa espiritual, me estoy saltando el precepto dominical.
Tío Caldú masculló:
—¡Eso no es católico!
—No —dije—. Es protestante. Y el libro de Bertomeu es el manual de instrucciones.
La Bellota quedó en silencio. Afuera, la tormenta empezaba a descargar.
—Mirad —dije—. La Iglesia no agoniza porque falten laicos. Agoniza porque faltan curas. Y faltan curas porque han dejado de buscarlos. Porque han renunciado a crecer, a evangelizar, a llamar, a proponer. Porque han preferido la comodidad de los comités, a la incomodidad del sacerdocio.
El libro de Bertomeu – sentencié- no es oportuno: es oportunista. No es valiente: es cobarde. No es pastoral: es funeral. Es el intento de convertir la agonía en estructura, la decadencia en modelo, la renuncia en programa.
El Trisca se levantó.
—Pues habrá que decirlo claro, Cojo.
—Eso hago —respondí—. Porque si no defendemos a nuestros curas, nos quedamos sin nada. Y si dejamos que la Iglesia se convierta en un chiringuito protestante, manejado por meapilas a sueldo, lo siento mucho: esto ya no es Calanda, ni Calanda está en España.
El Cojo de Calanda


