OBJETIVAMENTE CISMÁTICOS. ¿QUIÉNES?

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Lo que ha provocado la ordenación de los cuatro obispos el pasado día 1 de julio por la Fraternidad Sacerdotal san Pío X, ha sido la explosión sumamente ruidosa del gravísimo problema que viene sufriendo la Iglesia desde el Concilio Vaticano II (sí, sí, desde tan atrás), ampliado hasta la aberración por el postconcilio, y sobre todo por el misterioso, inextinguible e increíble “Espíritu del Concilio”, tan bien acogido, consentido y hasta alentado por la Santa Sede, en el que cupo absolutamente de todo. No nos engañemos, que es ahí donde empieza a cocerse el cisma: y no precisamente a fuego lento. De esos polvos, de esa tremenda polvareda, estos lodos: tremendo cenagal. 

Y como el medio siglo transcurrido en esta agudísima crisis, nos provee de perspectiva suficiente, difícilmente cabe acusar a la Fraternidad de precipitación. Una Fraternidad que, para agudizar aún más el problema, alegó “estado de necesidad” (por la inevitable extinción biológica de los defensores de la Fe genuina, la del Credo). Fue, en efecto, la clara percepción de ese “estado de necesidad”, la que precipitó este desafío. Porque si no hay obispos que ordenen a los sacerdotes necesarios para continuar esta defensa y servicio de la fe auténtica, esta fe es condenada a la extinción: desplazada por la nueva fe de la nueva iglesia, promovida desde las más altas cúpulas de la Santa Sede.

Los términos del debate son totalmente transparentes: por la parte de la Fraternidad y en su favor, está la fidelidad al Depósitum Fidei. La seguridad sobre cuál es el depósito de la fe, no es materia de teólogos, sino que está al alcance de cualquier católico a partir del Credo que reza al menos cada domingo y del catecismo más básico, el que estudió para la primera comunión. Y por parte de la alta jerarquía de la Iglesia, está la fidelidad al sucesor de Pedro, es decir al papa. Y parece que eso es todo, que ése es el gran dogma sobre el que se asienta y se sostiene la Iglesia. Esos son los términos visibles del debate-enfrentamiento que ha hecho estallar esa ordenación de obispos sin el mandato del papa.
 

El dilema evidente se plantea cuando el fiel de a pie percibe que la alta jerarquía de la Iglesia, con el papa a la cabeza, no está siendo fiel al depósito de la fe. No sólo eso, sino que se está empleando a fondo en el adoctrinamiento concienzudo de todos los fieles, en las novedades morales y dogmáticas que se apartan gravemente del depósito de la fe. Lo más extremo, la Fiducia súpplicans, precedida por la Amoris laeticia y redondeada en las infumables Magnífica humánitas y la Dígnitas infinita que, en vez de poner su foco en Dios, lo ponen en el hombre. La táctica de estas novísimas doctrinas es engordar al hombre para ocultar a Dios detrás de sus obesas (y obsesas) carnes. Los maquillajes (discretos algunos, y grotescos otros) no acaban de tapar la grave fealdad del disparate. Y de fondo, Traditionis custodes (“custodios de la traición” –sin la “d”-), reinventando la misa. Es que no hay más que ver lo que le ha pasado a la misa desde el Concilio Vaticano II para ver y entender qué le ha pasado a la Iglesia. Así de simple.

Lo que exige el papa, en aras de la unidad de la Iglesia, es que ningún católico se atreva a cuestionar la ortodoxia de un cúmulo creciente de heterodoxias, con el Tucho al frente. Exige que ningún sacerdote ose cuestionar siquiera la Fiducia súpplicans. Por eso, no queda más remedio que entender que el sacerdote que se niegue a bendecir a las parejas homosexuales que se lo soliciten, incurre en desobediencia a la Santa Sede.

Si para mantenerse en comunión con el papa, se le exige a un católico que reniegue de la fe que aprendió en el catecismo de la primera comunión, se le hace entender que el papa es el monarca absoluto de la Iglesia y está por encima de ella. Con lo que viene a ser el remedio peor que la enfermedad. Porque para no romper la unidad de la Iglesia es imprescindible que los fieles se mantengan unidos al papa. Pero igual de imprescindible es que el papa se mantenga unido a la fe inmutable de la Iglesia: que el papa no cambie la Iglesia a su antojo, o arrastrado por los antojos del Tucho.   

Lo objetivo es que se está produciendo una evidente discordancia entre lo que manda la Iglesia a través del Credo, las Sagradas Escrituras y el catecismo, por una parte, y lo que manda el papa concreto de este momento, contradiciendo lo que se le ha exigido creer y obedecer a todo católico desde hace más de mil años. Y aquí es cuando aparece la pregunta obvia: ¿es lo mismo la Iglesia que el papa? Y la respuesta fluye fácilmente.
 
Y a partir de aquí, surge la gran pregunta: ¿quién es el cismático? ¿El fiel y el sacerdote a los que les cuesta obedecer en eso? ¿O quizá más bien la “Santa Sede” que se desvía de la doctrina milenaria de la Iglesia y pide obediencia en ese desvío?

¿Y qué tal si nos remitimos al verdadero origen de ese cisma que ahora le ha explotado a la Iglesia con tremendo escándalo? El origen inmediato es el empeño de la Santa Sede por imponer a toda la Iglesia, al servicio de las modernidades litúrgicas postconciliares, una uniformidad litúrgica que nunca ha existido. Lo más razonable hubiera sido abrirle al Vetus Ordo un espacio igual al de la variedad de ritos que ha habido siempre en la Iglesia, incluso después de la unificación tridentina de San Pío X. Cierto que el origen remoto del cisma, convertido en pretexto, está en el rechazo frontal sostenido por la Fraternidad, respecto a algunos de los documentos del Concilio Vaticano II que se han apartado ostentosamente de la Tradición. Y detrás, de rondón, el Novus Ordo Moral.

Pero, veamos: con la tremenda facilidad que viene teniendo la Santa Sede (llamémosla así por no personalizar) para darles la vuelta a algunas doctrinas como a un calcetín (en especial las referentes al 6º mandamiento y al matrimonio que, por cierto, no vienen del Concilio), ¿de verdad quieren hacernos creer que la cosa va de la “profesión de fe” de los lefevrianos sobre la totalidad de los documentos del Vaticano II?
 

¿De verdad quieren convencernos los autores de la Fiducia súpplicans y documentos doctrinales complementarios, que les preocupa la inmutabilidad de la doctrina porque en ella basan la unidad de la Iglesia? ¿Pretenden que nos creamos eso, cuando la apariencia es que el objetivo de estos últimos documentos es inducir un giro copernicano en la doctrina de la Nueva iglesia, para la que están trabajando intensamente?

Hay quien piensa que ha sido mucho mayor la ligereza con que ha actuado la Santa Sede en este cisma (sintomática la recalcitrante negativa del papa a recibir al máximo representante de la fraternidad, cuando no para de recibir a toda clase de cismáticos); hay quien, a la vista de estas y otras actuaciones análogas de la Santa Sede, considera que no es nada evidente que haya sido la Fraternidad la que ha echado más leña al fuego para hacer crecer este incendio. Sin ir más lejos, el apalancamiento de la Nueva Misa (el Novus ordo) con la Traditionis custodes, con toda la política restrictiva a más no poder que la ha acompañado, es percibida por muchos (y no sólo por la Fraternidad) como una acción totalmente incendiaria. Novus ordo litúrgico, que la Fiducia súpplicans traduce en Novus ordo moral.

Y siendo éste el panorama, son muchísimos los católicos que, sin restarle ni un ápice de gravedad a la ordenación de obispos sin mandato papal, ven a la Fraternidad como los buenos de la película. Los ven como héroes que asumen altísimos niveles de riesgo, por defender unos valores de la Iglesia católica que redundan en beneficio de toda ella. Son muchísimos los católicos que ven con toda claridad que es una bendición para la Iglesia la existencia de la Fraternidad y su lucha heroica en defensa de la tradición. Ven, asimismo, horrorizados, que la Iglesia que está diseñando la Santa Sede con sus últimos documentos (más sus últimas políticas supuestamente “pastorales”), no se parece a la Iglesia de Cristo que ellos conocen y aman. Por eso cuesta tanto ver a los miembros de la Fraternidad como únicos y máximos causantes del cisma, cuando es de la otra parte, y desde hace tiempo, de donde vienen las tremendas provocaciones que han desembocado finalmente en el cisma.

Y ya, para que quien quiera entender entienda, va la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y “escenifica” el supremo “acto cismático” con una liturgia imponente, sobrecogedora, que te traslada a los momentos más sublimes de la Iglesia. Y esos son los “cismáticos”. ¡Ya!

Virtelius Temerarius

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