La campana de la iglesia volvió a sonar a las ocho en punto, como cada día. Las mujeres entraban en misa parloteando animadamente…
En cambio, en La Bellota no hacía falta convocar a nadie: los calandinos habituales ya estaban allí, a cumplir, a su manera, el precepto dominical, cada uno con su silla marcada por años de discusiones, cafés, carajillos y algún que otro disgusto episcopal.
Sobre la mesa, como siempre, el Heraldo de Aragón doblado con descuido y una pregunta flotando en el aire: “¿Habéis leído el artículo de Infovaticana sobre “El fracaso de León XIV?”
El tio Caldú fue el primero en romper el espeso silencio:
—Yo lo he leído dos veces —dijo, ajustándose las gafas—. Y cada vez me parece más claro que el Papa León no es tan listo como nos lo han querido vender. Mucho gesto, mucha solemnidad, mucho populismo en Canarias y en Lampedusa, pero bien poca sustancia. Cada vez parece más un mandado que no puede escaparse del papel que le han asignado…
Nuestro benemérito sargento sonrió con esa mezcla de insolencia y entusiasmo que solo tienen los que han descubierto en su vejez la Misa de siempre como si fuera un tesoro recién hallado (otra singularidad de la moderna Iglesia modernista, para hacérselo mirar):
—Caldú, lo que dice el artículo es que la excomunión ya no asusta a nadie. Y que si la firma Tucho bésame mucho (que es a quien la Iglesia le ha asignado ese menester), pues menos todavía. Es como si el sereno tocara el pito en mitad de la Gran Vía: nadie se vuelve ni para mirar.
El Trisca, que llevaba toda la tarde removiendo el carajillo de cazalla sin beberlo, levantó la vista:
—El problema no es sólo la excomunión —dijo—. Es que Roma lleva décadas vaciando de sentido sus propios signos (incluida la señal de la cruz, para bendecir cualquier aberración). Cuando todo es negociable, contextualizable, reinterpretable… ¿qué autoridad queda para imponer algo con fuerza?
El Aurelio, siempre dispuesto a citar a alguien, añadió:
—Max Weber ya lo explicó: la autoridad no vive solo de la orden. Vive del crédito acumulado. Y Roma ha gastado ese crédito como quien gasta la paga del mes en dos tardes jugando al tragaperras. Ya nadie teme la maldición del papa.
La tertulia se animó cuando el tío Caldú, con su voz grave, recordó el pasaje del artículo que hablaba del “esperpento” y del Callejón del Gato:
—Valle-Inclán estaría encantado —dijo—. Porque lo que se ha hecho con la excomunión de la FSSPX es exactamente eso: deformar la realidad hasta que se vuelve grotesca. No porque la Fraternidad sea perfecta, que los tíos van de guays, sino porque la técnica jurídica empleada es… digamos… creativa.
Nuestro sargento golpeó la mesa con la mano abierta, como si nos sometiese a un interrogatorio en el cuartelillo:
—¡Una Nota! ¡Una simple Nota para declarar cismáticos a sacerdotes y fieles! ¿Pero en qué cabeza cabe? Eso no es Derecho Canónico ni natural, es teatro de barrio.
El tío Caldú añadió:
—Y además, ¿qué autoridad tiene quien firma? Si llevas años diciendo que todo es flexible, que todo depende del contexto, que todo se puede reinterpretar… ¿cómo pretendes que ahora te tomen en serio cuando sacas el sable y pretendes llenarles el cuerpo de sangre?
Entonces intervine casi con desidia, pero dándoles la razón:
—El Vaticano ha bendecido las parejas homosexuales “siempre que no recen en latín” (que eso sería un oxímoron), ha permitido experimentos doctrinales en Alemania, ha tolerado obispos nombrados por el Partido Comunista chino… y ahora, de repente, descubre que hay un límite infranqueable: Écône. Es una selectividad de la excepción que canta demasiado. Como aquel que se confesaba del sexto mandamiento y para intentar justificarse de sus tropelías morales decía: “Padre, ¡con la puntita nada más!”
Aurelio, que nunca pierde ocasión de traer literatura a la mesa, citó a Saint-Exupéry:
—El artículo lo dice bien: el rey del Principito era prudente. Mandaba al sol ponerse justo cuando el sol ya se estaba poniendo. No daba órdenes que nacieran vencidas. Pero León XIV… ¡ay!… ha estrenado su pontificado con una orden que nace derrotada.
El bueno del Trisca suspiró:
—Queriendo aparecer como garante de la comunión (mediante la excomunión, claro está), León ha quedado como heredero de una autoridad malgastada. Y encima ha confiado la tarea a quien simboliza la peor deriva doctrinal. ¿Qué esperaba que saliera de ahí?
Tuve entonces que intervenir de nuevo:
—El Papa León no es tonto. Pero tampoco es tan listo como parece. Ha querido mostrar músculo, pero ha mostrado costura. Ha querido imponer orden y autoridad, pero ha levantado acta de que no la tenía. Y eso, en gobierno, es letal.
Entonces Caldú, que por su acendrado amor a la contestación ha seguido con sumo interés los avatares de la FSSPX, habló con serenidad pasmosa:
-En primer lugar, estoy convencido de que la Fraternidad está prestando el mejor servicio a la Iglesia; porque ellos también son Iglesia: mucho más que tantos zampabollos que, como el Tucho, viven opíparamente del cuento oficial. Y en segundo lugar, Pagliarani, el director de la orquesta tradicionalista, lo ha dicho claro: “Queremos la fe de la Iglesia para permanecer en la Iglesia”. No están, pues, pidiendo extravagancias. Están pidiendo lo que la Iglesia siempre enseñó. Y Roma responde con la pena máxima. Es como darle una piedra (o una pedrada) al hijo que te pide pan.
El Aurelio añadió:
—Demasiados católicos hemos sufrido los incendios doctrinales de estos años como para aceptar sin más que los refugiados sean ahora los incendiarios. La Fraternidad no es perfecta, pero tampoco es el infierno que algunos pintan.
El sargento remató:
—Y mientras tanto, Alemania sigue con su cisma por fascículos. Pero ahí todo es “proceso”. Con Écône, en cambio, límite absoluto. ¿No es sospechoso?
Yo intenté cerrar la tertulia con mi habitual tono de sentencia, aunque no tan inapelable y definitiva como las del papa:
—No sé si el fracaso es de León XIV o de quienes le rodean. Pero está claro que la primera gran escena de su pontificado ha sido la administración solemne de una fractura. Y eso no engrandece a nadie. Eso no es una derrota de los “enemigos” ni una victoria del papa.
Caldú añadió con energía:
—La autoridad se recupera con coherencia, proporción, justicia y fidelidad al depósito de la fe. Y Roma no ha dado ni el primer paso.
Y el Trisca concluyó devotamente:
—Esperemos en Cristo que la bendición del papa también llegue a los hijos de la Fraternidad. Porque, al final, lo que está en juego no es una nota ni una firma. Es la fe de la Iglesia. Y eso, queridos paisanos, no se negocia.
Cuando la tertulia hubo terminado, el dueño, casi inmediatamente, apagó la luz.
En la penumbra, todos sabíamos que la discusión no había terminado y que el pontificado de León XIV apenas empezaba. Y que, si quiere recuperar autoridad, tendrá que demostrar que sus decisiones son algo más que gestos solemnes y firmas inapelablemente apresuradas. Porque en La Bellota, como en la Iglesia, las palabras pesan.
Y los actos, más.
El Cojo de Calanda



