El Introito o canto de ingreso es la primera y más antigua pieza del rito de entrada. Es la salmodia que abre la función religiosa, y como tal, lo mismo que las lecturas y las letanías, exige que se la cierre con una oración sacerdotal. Pero esta conclusión no es tan rotunda y hermética como para que no se le puedan añadir otros elementos litúrgicos, como de hecho sucedió con los que ahora vamos a estudiar: los kyries.
Kyrios (Señor) era el título que se daba a personas de quienes se creía habían llegado a dioses y cuyo culto podía hacer partícipes a los hombres de una felicidad semejante. San Pablo utiliza esa denominación para hacer ver a los neocristianos que el verdadero Kyrios (el hombre también verdaderamente Dios) es Cristo.
Los kyries (Señor, ten piedad) constituyen el único elemento griego del ordinario de la Misa, no porque sea un resto de la época en la que la liturgia romana se celebraba en griego sino porque se tomó posteriormente de ritos orientales tras la impresión que había causado entre los occidentales este nuevo modo de orar en común usado en Oriente. Por eso lo adoptaron sin apenas cambiarlo.
En Oriente aparece el “Kyrie eleison” por vez primera a fines del siglo IV. La peregrina hispana Eteria cuenta de la liturgia de Jerusalén que mientras el diácono decía los nombres de cada uno de las personas por las que se rezaba a modo de letanías mientras los niños respondían continuamente Kyrie eleison con voces infinitas.
Ya las Constituciones Apostólicas (Const. Apost., VIII, 6.9) de esta misma época, dan el texto de estas letanías, siendo el primer documento que reporta el texto litúrgico ya formado.
Pero lo verdaderamente interesante es conocer las razones que movieron al Occidente a hacer suya esta plegaria sin traducirla.
La primera noticia que tenemos sobre los kyries en Occidente es el canon 3 del Concilio de Vaison del año 529. El occidente católico había sufrido durante la última centuria nada menos que cuatro invasiones de los bárbaros. Cuatro veces en menos de cien años los germanos y los hunos habían devastado a Italia. La Iglesia occidental gemía pues bajo el yugo duro de los bárbaros y también del arrianismo, religión de la mayor parte de los pueblos germánicos y que precisamente niega el “Señorio divino” de Cristo. Fue precisamente San Cesáreo de Arles, uno de los padres del Concilio de Vaison, quién más persecuciones tuvo que sufrir de los reyes arrianos. Cantar “Kyrie eleison” refiriéndose a Cristo es afirmar su naturaleza divina: es una profesión de fe antiarriana.
Junto a esta cuestión teológica debemos recordar además que los católicos de Occidente miraban con nostalgia y algo de envidia hacia Oriente donde en el año 517 subía al poder un emperador católico, Justino, quien ayudado por su pariente Justiniano, echaba los cimientos de una nueva edad de oro para el Imperio bizantino.
Sea como fuere y según el canon del concilio de Vaison, la letanía de los kyries debió introducirse en la liturgia romana hacia el año 500 pero no directamente para la misa.
En efecto, entre los textos litúrgicos aislados de la Misa que conservamos, encontramos la “Deprecatio Gelasii” (492-496) atribuida al Papa Gelasio.Tal letanía se rezaba de la siguiente manera: uno de los clérigos indicaba la contestación al pueblo, después se invocaba a la Santísima Trinidad y venían 16 intenciones (por la Iglesia, los sacerdotes, la paz, las cosechas, los fieles…) a las que se contestaba con el Kyrie eleison. A partir de la 15 la respuesta era “Praesta, Domine, praesta” (Concédelo, Señor, concédelo) terminando con “Domine, miserere” (Señor, apiádate).
Letanía estacional Miércoles de ceniza
Lo más probable es que durante la mayor parte del siglo VI esta letanía se usase sólo en las procesiones penitenciales.
Lo que sí sabemos es que diciéndose aún entonces en la misa la antigua oración común de los fieles (reinstaurada en el Novus Ordo de Pablo VI del 69) esta acabó asimilada como respuesta a los kyries. Posteriormente San Gregorio Magno, queriendo abreviar la letanía, substituyó la oración común de los fieles por los Kyries en el rito de entrada.
Preces u Oración de los fieles
El que no se pusiera en el lugar preciso de la antigua oración de los fieles, es debido a las innovaciones introducidas después del Evangelio, cuando en ese lugar se formó y colocó el ofertorio, como veremos más adelante. Pero también debido a la circunstancia de que al entrar en la iglesia, en el rito de entrada, se cantaba la letanía los días de penitencia.
Al trasladarse la liturgia romana al Imperio carolingio se fija el número de repeticiones del Kyrie y del Christe eleison en nueve por influjo de la desaparecida liturgia galicana deseosa de demostrar en sus ceremonias el misterio de la Santísima Trinidad y determinando que cada invocación se repita 3 veces: triple invocación del Kyrie atribuyéndolo al Padre, triple Christe al Hijo y triple Kyrie al final atribuido al Espíritu Santo. Además determina que se canten los kyries a dos coros.
Esta triple repetición de las tres invocaciones fue reducida a doble repetición en el Misal del 69.
El canto de los kyries en la Edad Media: los “tropos”
Al enriquecerse en la Edad Media las melodías se introdujeron melismas en abundancia (muchas notas con una sílaba). Este cantar era muy familiar a los pueblos latinos, pero muy desagradable a los pueblos nórdicos. Para hacer desaparecer esta impresión, se introdujeron los tropos: mientras medio coro canta el melisma con una sílaba, el resto recita con la misma melodía una ampliación de los kyries hasta coincidir en la palabra final “eleison”. Al suprimirse en el siglo XV esos tropos sobrevivieron únicamente en los nombres de las diversas misas gregorianas: Lux et origo, Cunctipotens genitor Deus, Orbis factor, etc (las primeras palabras de los antiguos tropos). Ejemplo: Kyrie, lux et origo, eleison (Señor, luz y origen, ten piedad) Kyrie, orbis factor, eleison (Señor, creador del mundo, ten piedad) y así todas.
De todas maneras, por muchos siglos no rezó el celebrante los kyries, como no rezaba otros textos que no fueran propios suyos. En la época carolingia suplía el celebrante este silencio suyo mientras la schola cantaba, con una o varias apologías. Pero cuando estas se suprimieron, empezó el celebrante a rezar los kyries en voz baja, y como solían alternarse entre dos coros, también en el altar los alternaba el celebrante con sus ministros. El modo no era uniforme. Decía, por ejemplo, el celebrante dos veces el Kyrie eleison y los ministros contestaban el tercero.
Tanto en la misa solemne como en la privada el sitio donde se recitaban los kyries no era el medio del altar como acabó consolidándose sino el lado de la epístola, como lo conservaron los dominicos en su rito propio.
Actualmente según el Novus Ordo del 69 el celebrante los recita o canta desde la sede.
Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet







Un interesante artículo, ampliando el final: "Actualmente según el Novus Ordo del 69 el celebrante los recita o canta desde la sede.", y para ello, hago esta propuesta de estudio para ver cómo queda. La reforma de Bugnini-Pablo VI fue rupturista de la tradición orgánica latina (los orientales se quedaron libres de ello).
ResponderEliminarPunto de partida: Vetus Ordo de la Tradición Orgánica
La concentración tridentina y la ruptura conciliar
En el Vetus Ordo, el altar era el único locus significante de la Misa, y además tenía una orientación única: ad orientem, es decir, sacerdote y pueblo mirando en la misma dirección, hacia el tabernáculo donde reside sacramentalmente Cristo, signo cósmico-escatológico de la espera del Señor que vuelve.
Todo —sacrificio, palabra, presidencia— convergía en ese único eje. El Kyrie se decía en el lado de la epístola porque no existía todavía diferenciación de lugares: la unidad de orientación era tan fuerte que ni siquiera había necesidad de distinguir funciones espaciales: Altar= centro.
Bugnini, autor de la Liturgia Racional-Laboratorial, introduce sacándose de la manga dos operaciones distintas, que conviene no confundir aunque históricamente vinieron juntas:
- primero, la división funcional del presbiterio en varios loci (altar, ambón, sede);
- segundo, tercero y cuarto: versus populum, desaparición del Tabernáculo y comunión de pie y en la mano. El giro del eje de celebración, de la orientación común hacia el Este (u orientación simbólica hacia el tabernáculo) a la disposición versus populum, cara al pueblo. Esta segunda operación es de un calado teológico distinto y más profundo que la primera, porque no reparte funciones dentro de un mismo eje, sino que sustituye el eje mismo: el Tabernáculo, en decenios, pasó de verse en el centro del Altar Mayor a ser expulsado a una sala escondida, la Capilla del Santísimo (eso lo vi en mi parroquia por el 2010: adiós al Tabernáculo típicamente central en el Altar Mayor; sustituido por una caja lateral para tener repuesto y dejar las sobras); a ello se suma la eliminación de la comunión de rodillas en comulgatorio y en la boca.
La ruptura del eje único: de la orientación cósmica a la asamblea cerrada sobre sí misma
En la disposición tradicional Vetus Ordo, sacerdote y fieles forman un solo cuerpo que se dirige juntos hacia un punto exterior a la asamblea: el Oriente simbólico, el tabernáculo, la Cruz.
Es una estructura que los liturgistas clásicos —Jungmann incluido, pese a ser un consultor del propio Consilium— describían como actio dirigida hacia Dios, no hacia la comunidad.
Al girar el altar y colocar al sacerdote de cara al pueblo, la asamblea deja de mirar hacia un mismo punto trascendente y pasa a mirarse a sí misma: el círculo se cierra sobre la mesa y sobre el propio grupo reunido, con el sacerdote convertido en el vértice visual de una comunidad que se contempla celebrando.
La Misa Novus Ordo, al contener tantas fórmulas opcionales, tantas plegarias eucarísticas (I a Va, b, c y d; penitenciales), pasó a ser como si echaran la película del fin de semana: todas cambian cada semana, para que el "hombre moderno de 1960" tuviera "variedad, cambio", su distracción semanal: "¿A ver qué versión tenemos hoy?". Pero al final, se ha consolidado la misa más breve, la plegaria eucarística II, una reconstrucción hipotética de un fósil litúrgico del que ni se sabe si realmente existió funcionalmente.
Si el sacerdote mira al pueblo, ya no mira al tabernáculo, porque el tabernáculo —cuando permanecía en el centro del altar mayor— quedaba entonces a su espalda, entre él y el pueblo, en una posición que muchos liturgistas del Consilium consideraron incómoda o "contradictoria" con la nueva orientación.
De ahí surge la medida complementaria: la instrucción Eucharisticum Mysterium de 1967 y después la propia Instrucción General recomiendan que el sagrario, cuando el altar mira al pueblo, se traslade a una capilla lateral distinta, apta para la adoración privada, separada del altar de la celebración.
Es decir: la reserva eucarística deja de ser el centro geométrico y visual de la nave y pasa a ser un espacio secundario, contiguo pero no central.
ResponderEliminarPero como es necesario tener una reserva eucarística, ésta queda desplazada a un lateral en forma de caja metálica simple, un depósito de Sagradas Formas: si faltan, las tomas; si sobran, las echas.
Pero si se observa atentamente, la propia Instrucción General nunca abrogó la orientación ad orientem ni prohibió la misa así celebrada; lo que hizo fue recomendar el altar exento "en la medida de lo posible" para permitir la celebración de cara al pueblo (IGMR §299), dejando la puerta abierta en el texto normativo. Fue la práctica pastoral generalizada, no el texto en sí, la que convirtió una posibilidad en costumbre casi universal, y lo mismo pasó cuando eliminaron físicamente los comulgatorios que rodeaban el presbiterio, algunos de alta belleza artística (¿qué fue de ellos, los fundieron, los vendieron?) para que el fiel nunca jamás recibiera la comunión de rodillas y en la boca, sino en la mano y de pie.
Este matiz es importante porque es uno de los puntos que Benedicto XVI, ya como Ratzinger, subrayó para relativizar la idea de que el versus populum fuera una imposición absoluta del texto de 1969, aunque él mismo fue muy crítico del resultado práctico, y por eso, habló de la "reforma de la reforma" litúrgica, pues vio que estaba viciada con diversos pecados originales de origen y su desarrollo sería una catástrofe para la Iglesia.
La lógica del nuevo locus litúrgico bugniniano y su concreción en el Kyrie
3.1. El principio rector: sustituir el símbolo unitario por el organigrama funcional
Toda la operación de 1969 puede resumirse en una sola frase: donde la tradición latina tenía un símbolo único y polivalente —el altar orientado, que era a la vez ara de sacrificio, cátedra silenciosa de la Palabra leída y trono implícito de la presidencia—, Bugnini instala un organigrama de funciones repartidas, cada una con su lugar, su agente, su acción y su objeto propios.
Es el paso de una liturgia simbólico-orgánica procedente casi del bajoimperio y altomedioveo, donde el sentido se comunica por la unidad misma del signo, a una liturgia analítico-funcional, weberiana-burocrático-funcionarial, racional-intelectual, técnico-científica, humano-artificial, donde el sentido se comunica por la distinción visible de las partes.
Este es el rasgo más profundo de toda la reforma, y del que se derivan, como consecuencias particulares, tanto la triple división del presbiterio como el giro del eje de celebración que analizamos antes.
3.2. El agente: de la persona sacerdotal única a la pluralidad de sujetos litúrgicos
En el Vetus Ordo el agente por excelencia es el sacerdote, que concentra en su persona casi todas las acciones rituales, incluidas las que hoy corresponden a lectores o cantores; el pueblo es sujeto pasivo-receptivo, y su participación es principalmente interior.
En el sistema bugniniano el agente se multiplica y se especializa: el sacerdote in persona Christi capitis actúa en el altar; el ministro de la Palabra —lector, salmista, diácono— actúa en el ambón; el sacerdote qua presidente de la asamblea actúa en la sede; y el pueblo mismo se convierte en agente litúrgico activo, con partes que le son propias (respuestas, cantos, ademanes comunes).
La causa de esta multiplicación es la aplicación al culto del principio conciliar de la participatio actuosa: se entiende que cuanto más visible y repartida esté la acción entre distintos sujetos, más "participa" activamente la asamblea y con ello, habrá una "nueva primavera católica" que hará estallar el catolicismo por todo el mundo.
El fin buscado es artificioso, pedagógico-eclesiológico: hacer visible, mediante la pluralidad de agentes, que la Iglesia reunida es un cuerpo orgánico de funciones diversas, no una masa silenciosa ante un solo actor.
3.3. La causa formal de cada acción: sacrificio, palabra, presidencia
ResponderEliminarCada locus queda definido por una razón formal distinta:
- el altar por la razón de sacrificio,
- el ambón por la razón de anuncio kerigmático,
- la sede por la razón de presidencia doxológica de la asamblea orante.
Lo que añade coherencia al conjunto es que esta triple distinción funcional se superpone y se refuerza con el nuevo eje versus populum: al mismo tiempo que se reparten las funciones, se reorienta el conjunto hacia la asamblea, de modo que las tres funciones —sacrificar, anunciar, presidir— quedan visualmente ofrecidas al pueblo y no ya, como en el rito antiguo, ofrecidas con el pueblo hacia un punto trascendente común.
Esta es la clave que explica por qué las dos operaciones —reparto de loci y giro de eje— se ejecutaron juntas: ambas obedecen al mismo fin último, hacer de la asamblea visible el centro de referencia del rito.
3.4. La palabra, el gesto y el objeto: coherencia interna del sistema
En cada locus, palabra, gesto y objeto quedan ajustados a la función asignada.
En el altar, la palabra es de consagración y ofrenda, el gesto es la elevación y la genuflexión, el objeto es el pan, el vino, los vasos sagrados.
En el ambón, la palabra es proclamación, el gesto es erguirse ante el atril elevado, el objeto es el libro —Leccionario o Evangeliario, nunca un simple misal portátil.
En la sede, la palabra es invitación, súplica y bendición, el gesto es estar de pie o sentado presidiendo sin manipular objetos sagrados, y no hay, propiamente, objeto ritual asociado, porque su función es puramente vocal y presidencial, no manual ni sacrificial.
Esta correspondencia estricta entre lugar, palabra, gesto y objeto es precisamente lo que Bugnini y el Consilium entendían como "claridad" del rito: cada elemento significante debe leerse desde el lugar donde ocurre, sin ambigüedad funcional, pero borrando la tradición orgánica de dos mil años.
3.5. Qué pretende el sistema en su conjunto
Recapitulando: la intención declarada del sistema —lo que sus propios artífices formulan como principio, no como confesión secreta— es transformar un rito de estructura jerárquico-sacrificial concentrada en un rito de estructura comunitario-participativa distribuida, donde la inteligibilidad se logra por la separación visible de funciones y por la orientación de todo el conjunto hacia la asamblea reunida, en vez de hacia el signo trascendente compartido.
Es, en sus propios términos, sustituir la misa tradicional de siglos por un paso de la actio dirigida verticalmente hacia Dios a través del sacerdote, a la actio de una comunidad que se congrega, se instruye, ofrece y es presidida, mirándose mutuamente en el proceso: era el Año I de una supuesta "Nueva Primavera".
La crítica tradicionalista sostiene que este paso, lejos de ser un desarrollo orgánico del rito romano, es una construcción racionalista de mesa de trabajo, influida por sensibilidades ecuménicas protestantes documentalmente presentes en su elaboración, que sustituye el crecimiento histórico natural de la liturgia por un diseño deductivo de funciones.
3.6. Concreción final: el Kyrie dentro de este sistema
Aplicado el sistema completo, el Kyrie queda determinado en tres niveles simultáneos, no solo uno:
Por su causa formal, no es acto sacrificial ni acto de proclamación de la Palabra, sino súplica de la asamblea dirigida por su presidente: cae, pues, necesariamente en la sede.
Por su agente, corresponde al sacerdote actuando no in persona Christi sacrificantis sino como caput que convoca y expresa en nombre de todos la petición de misericordia: de nuevo, sede.
Por su orientación, al recitarse ahora de cara al pueblo en vez de hacia el punto común anteriormente compartido, el Kyrie deja de ser una súplica que sacerdote y fieles dirigen juntos hacia Dios, para convertirse en una invocación que el sacerdote, mirando a la asamblea, pronuncia ante ella y con ella mirándolo a él —lo cual, siguiendo el argumento del punto anterior, no es un detalle menor, sino la aplicación exacta a este momento concreto del cambio de eje analizado como el núcleo teológico más profundo de toda la reforma.
ResponderEliminarPor tanto, el Kyrie no es un caso aislado ni un capricho: es el punto exacto donde convergen, de forma mínima pero perfectamente legible, las dos operaciones que definen todo el sistema bugniniano —el reparto funcional del espacio y el giro del eje de celebración— aplicadas a un solo elemento ritual de apenas unas palabras.
La hipótesis del origen protestante: lo que consta documentalmente
Hay una base real y bien documentada, que conviene distinguir de las versiones más especulativas. Es un hecho verificable, no una leyenda tradicionalista, que en los trabajos del Consilium participaron seis observadores no católicos invitados oficialmente:
- el anglicano Ronald Jasper
- los pastores Massey Shepherd, Raymond George y Eugene Brand
- el luterano-calvinista Friedrich-Wilhelm Künneth
- el reformado Max Thurian de la comunidad ecuménica de Taizé.
Existe fotografía oficial de Pablo VI con ellos, publicada en La Documentation Catholique del 3 de mayo de 1970, en la recepción final del Consilium.
El propio Max Thurian declaró en 1968, antes de que se le acusara de nada, que el énfasis del canon romano sobre la noción de sacrificio resultaba problemático desde un punto de vista ecuménico —una frase que los cardenales Ottaviani y Bacci citarían después en su célebre Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae (1969), donde sostienen que el nuevo rito representa, en su totalidad y en sus detalles, una desviación notable de la teología tridentina de la Misa.
Ronald Jasper, por su parte, confirmó que los observadores recibían toda la documentación de trabajo y asistían a los debates, aunque sin derecho a voto formal, lo cual matiza, pero no anula, la acusación de influencia real, dado que la sola presencia consultiva de ministros no católicos en la redacción de un rito sacramental católico es, en sí misma, un hecho sin precedente en la historia litúrgica romana: nunca antes intervinieron representantes de comunidades separadas de Roma, heresiarcas cismáticos beligerantes, en algo tan sagrado como la Sagrada Misa Católica Romana.
Es razonable como hipótesis de trabajo la influencia protestante y luterana, porque la misa luterana clásica —la Deutsche Messe de 1526— ya había ensayado siglos antes elementos estructuralmente semejantes:
- lengua vernácula
- comunión bajo las dos especies
- un ministro que preside de cara a la congregación en muchas iglesias reformadas,
- y sobre todo la renuncia del carácter propiciatorio-sacrificial del rito en favor de su carácter conmemorativo-comunitario.
La coincidencia estructural con varios rasgos del Novus Ordo es innegable y ha sido señalada tanto por críticos católicos como por historiadores luteranos que constatan con satisfacción ese acercamiento.
El caso anglicano no sirve como término de comparación
La liturgia anglicana no es una misa católica pretridentina conservada intacta. Es exactamente lo contrario: el Book of Common Prayer de Thomas Cranmer (1549, y sobre todo la versión mucho más radical de 1552) fue una revolución litúrgica protestante deliberada, anterior en cuatro siglos a Bugnini, que:
- Suprimió el Canon romano y con él todo lenguaje de oblación propiciatoria del sacrificio.
ResponderEliminar- Convirtió los altares de piedra en mesas de madera desplazables, frecuentemente colocadas en el centro del coro con el ministro situado del lado norte, no ya en disposición sacrificial ad orientem.
- Introdujo la lengua vernácula de forma sistemática y completa, no parcial.
- Fue diseñado explícitamente, según las propias palabras de Cranmer y de la Reforma inglesa, para erradicar la doctrina de la transubstanciación y del sacrificio propiciatorio de la Misa, es decir, exactamente los dos puntos que el Concilio de Trento definió como dogma frente a los reformadores.
Por tanto, si hay un término de comparación válido para el argumento de un Novus Ordo con influencias anglicanas, es el llamado Anglo-Catholicism del movimiento de Oxford (Newman antes de convertirse, Pusey, Keble), que en el siglo XIX intentó "recatolizar" ritualmente una liturgia que en su origen era netamente protestante.
Sobre la alegación de masonería: estatuto documental
Como parte de este mismo expediente circula desde mediados de los años setenta la acusación de que Bugnini pertenecía a una logia masónica, lanzada primero por el periodista Mino Pecorelli en su publicación Osservatore Politico y recogida después por autores como Tito Casini y Michael Davies.
La base documental son dos cartas mecanografiadas de procedencia nunca verificada, entregadas por un supuesto espía a cardenales como Siri y Staffa; su autenticidad no ha podido confirmarse ni refutarse de forma concluyente.
Bugnini negó siempre cualquier vínculo masónico. Lo único fácticamente establecido es que fue apartado de su cargo en Roma en julio de 1975 y nombrado pro-nuncio en Irán en enero de 1976, oficialmente por otras razones administrativas (la proliferación descontrolada de plegarias eucarísticas no autorizadas), y que el episodio nunca fue aclarado del todo por la Santa Sede.
Es un dato real de archivo periodístico-histórico, pero de estatuto probatorio débil: es una alegación seria y ampliamente citada, no un hecho judicialmente o históricamente probado (y es casi imposible de probar por definición: si un alto prelado fuera masón, eso es excomunión, y por lógica, se procura que nunca se sepa).
Balance: racionalismo geométrico más ruptura de eje
Lo que Bugnini realiza no es solo una distribución racional de funciones (altar-ambón-sede) dentro de un eje único clásico conservado —eso por sí solo sería una operación más bien inocua, casi escolástica en su lógica—.
Es, además:
- la sustitución de ese eje único orientado (ad Deum, hacia el tabernáculo, hacia el Oriente) por un eje cerrado sobre la asamblea (versus populum),
- con el consiguiente desplazamiento físico del Santísimo fuera del centro visual del templo a un lateral apartado, la Capilla del Santísimo.
- la comunión sin comulgatorio (de rodillas y en la boca) y promoción a la comunión de pie y en la mano (que además no se cumple): físicamente no se toma mística y espiritualmente el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo Rey, es un acto de igual (fiel) a igual (Cristo) por un igual (sacerdote).
Estas tres operaciones —reparto funcional del locus y giro del eje y comunión desacralizada— son lógicamente independientes (se podría haber hecho la primera sin la segunda y tercera), pero se ejecutaron juntas, y es esa combinación, sostenida por la participación consultiva de observadores protestantes en el diseño del rito, la que constituye el núcleo real de la crítica tradicionalista: no una mera reordenación arquitectónica racionalizadora, sino una reorientación teológica del sentido mismo del acto de culto, de la adoración dirigida hacia Dios presente en el tabernáculo hacia la celebración de una asamblea que se congrega y se mira a sí misma.