En La Bellota, donde las conversaciones se cuecen a fuego lento y los silencios pesan más que las palabras, el sargento, el tío Caldú, el Aurelio, el Trisca y este cojico nos reunimos aquella calurosa tarde bajo la protección del aire acondicionado de nuestra taberna.
No era ya una tertulia costumbrista, ni un desahogo de pueblo: era un intento de comprender por qué, ante el suicidio asistido de Noelia, tantas voces que deberían haber hablado callaron. Y por qué, en cambio, quienes no tenían nada que ganar – y sí mucho que perder- levantaron la voz con dignidad.
El sargento, hombre de pocas palabras, fue el primero en romper el aire espeso:
—Aquí hay silencios que no son prudencia, sino cobardía. Nadie le contradijo.
Entonces me lancé:
-La muerte de esa pobre zagala, como guinda de una vida cargada de un cúmulo de desgracias personales e institucionales y ejecutada bajo el marco de la ley de eutanasia aplicada prevaricadoramente como “suicidio asistido”, exigía una palabra clara, pastoral, firme y católica. No una arenga política, sino un gesto de humanidad. Lo que le faltó a la desventurada Noelia. Sin embargo, la Conferencia Episcopal Española optó por una actitud que aquí en La Bellota podemos describir con precisión: el silencio de los cobardes.
El tío Caldú, que fumaba un caliqueño que parecía un mondadientes entre sus manazas de viejo labrador, espetó:
-¡Cierto! No se trataba de pedir estridencias ni condenas altisonantes, sino de recordar que la vida humana, especialmente cuando sufre, merece acompañamiento, presencia cristiana y verdad: la vida, toda vida es un don que nos regala la Providencia divina.
- Sí, todo lo que quieras – dijo el Aurelio -, pero los obispos, atrapados entre cálculos, temores y la obsesión por no incomodar al que les paga, eligieron el mutismo. Y ese silencio, en un momento así, fue una forma de abandono.
El tío Caldú, que nunca ha leído un documento episcopal en la vida, pero que sabe distinguir la rectitud del disimulo, lo resumió con su habitual claridad:
—Cuando uno calla para no molestar, ya ha elegido bando. Aunque en el último minuto quiera marcar un gol con un miserable comunicado al que antes le metió diez.
Entonces, nuestro benemérito sargento, que tiene familia en Molins de Rey y sabe de lo que se habla, nos explicó:
-En el hospital ¡de los Padres Camilos!, donde se produjo el “suicidio asistido”, bajo jurisdicción del obispado de Sant Feliu, tampoco hubo palabra episcopal alguna. Ni un comunicado, ni una reflexión, ni un gesto pastoral. ¡Menudo pelele! Será por eso que han pensado en él como sucesor del pobre Omella…
La ausencia del tal Xabier Gómez fue tan sonora, que en La Bellota se interpretó ya entonces como una renuncia: renuncia a acompañar, renuncia a iluminar, renuncia a ejercer el ministerio en su dimensión más elemental.
Aurelio, que suele hablar poco pero con hondura, lo expresó así:
—Cuando la vida se apaga, el pastor tiene que estar. Aunque sea para decir que está. Y para denunciar la injusticia y el crimen. Flagrante en este caso… Y no estuvo porque no quiso estar. ¡Y éste era el bueno!
En el otro extremo del escenario, el caso de Noelia volvió a poner en evidencia la hipocresía política de Salvador Illa, el socialista meapilas peligroso amigo de Juanjo, nuestro paisano.
Fue Illa precisamente como presidente de la Generalidad, el que en último término autorizó y defendió el suicidio asistido de Noelia, presentándolo como un avance civilizatorio. Una ley que, en la práctica, abre la puerta a que el Estado autorice (¡u ordene!) el asesinato de sus ciudadanos.
Y fue el mismo Illa quien, hace apenas unas semanas, se mostró en la Sagrada Familia, en actitud reverente y obsequiosa, buscando la foto amable junto al Papa, como si la contradicción no existiera ni fuera con él.
El Trisca, que tiene un olfato especial para detectar el pelotilleo, lo dijo sin rodeos:
—Hay quienes se acercan al altar no para rezar, sino para salir en la foto. ¡Fariseos!
La Bellota, que no es lugar de ingenuos, entendió que la política de gestos vacíos no puede ocultar la responsabilidad moral de haber impulsado una acción que permitió el infame crimen.
Yo quise poner un poco de esperanza entre tanto desánimo y recordé:
-En medio de silencios episcopales y contradicciones políticas, hubo una institución que sí actuó: Abogados Cristianos. No por oportunismo, sino por convicción. No por cálculo, sino por fidelidad a la dignidad humana. Su labor —jurídica, pública, persistente— ha sido un recordatorio de que la defensa de la vida no es una consigna, sino una tarea concreta. Han señalado irregularidades, han pedido explicaciones, han exigido transparencia. Y lo han hecho sin miedo, sin complejos y sin plegarse a la presión mediática.
El sargento, que rara vez elogia a nadie, lo reconoció:
—En tiempos de canguelo, quien habla con verdad es como un faro que ilumina la negrura más profunda.
Y fue entonces La Bellota como espejo, y Calanda con sus cinco voces reunidas, que se convirtió en caja de resonancia de lo que muchos españoles sienten:
Que la muerte de Noelia no es solo un drama personal, sino un síntoma de una sociedad (¿incluida la episcopal?) que empieza a considerar la vida un ente fútil y la muerte como un servicio a la sociedad.
Que los obispos, cuando callan, pierden autoridad moral y ese prestigio que han dilapilado a base de componendas.
Que la política, cuando se contradice, pierde credibilidad.
Que la defensa de la vida, cuando se ejerce con valentía, ilumina incluso en la noche más oscura.
El tío Caldú lo resumió con la sabiduría de quien ha visto pasar muchas tormentas y granizadas:
—Aquí, los que tenían que hablar no hablaron. Y los que no tenían obligación, hablaron por todos.
Y es que la verdad va que arde. Aunque La Bellota no es un lugar de grandes discursos, es de grandes verdades.
Y la verdad que arde hoy es esta:
Noelia merecía acompañamiento, claridad y valentía. No silencio.
La sociedad y la Iglesia merecían coherencia. No gestos vacíos por parte de sus obispos.
Los fieles merecían verdaderos pastores. No perros mudos.
Y España merece instituciones que defiendan la vida sin miedo, como lo ha hecho Abogados Cristianos.
El Aurelio, antes de levantarse, dejó caer la frase que cerró la tertulia:
—Cuando la vida está en juego, el silencio es una forma de mentira, aunque la digan los obispos.
En La Bellota, nadie lo discutió. Simplemente nos tentamos la ropa, no sea que, algún día, el desgraciado destino de Noelia acabe siendo también el nuestro.
El Cojo de Calanda




Muy buen artículo del Cojo esta vez, felicidades. Resulta que si los apóstoles ordenados de Cristo callan, luego el Cristo hace salir sus predicadores de entre las piedras y estas "piedras" son los Abogados Cristianos.
ResponderEliminarSr. Garrell, ahora que veo que usted no vacaciona, puede indicar dónde está el cardenal Cristóbal? También parece que guarda silencio....
EliminarCómo se nota que tuvimos a tres pontífices excepcionales que vivieron el increíble siglo XX: en parte Pablo VI por su valentía de Humanae vitae de 1968, casi en pleno con San Juan Pablo II y Benedicto XVI. Y cómo se nota que Bergoglio-Prevost vivieron el peronismo y la Chicago de los 1970.
ResponderEliminarWojtyła y Ratzinger: dos pontífices marcados por las grandes ideologías del siglo XX
Karol Wojtyła vivió primero la ocupación nazi de Polonia (atropellado por un camión alemán), después el régimen comunista de inspiración soviética (reprimido y espiado por obra y gracia de la Służba Bezpieczeństwa (SB) ("Servicio de Seguridad") asesorada por la STASI, KGB), ya como Papa, ejerció su ministerio en un mundo de la Guerra Fría (con el pacto San Juan Pablo II-Ronald Reagan para destruir la URSS) cada vez más globalizado y marcado por el capitalismo de mercado tras la caída del bloque comunista. Su experiencia personal le llevó a denunciar tanto el totalitarismo nazi como el comunista, sufriendo el famoso atentado del 13 de mayo de 1981, al tiempo que advirtió sobre los peligros del consumismo del capitalismo, el materialismo y un capitalismo sin fundamentos éticos, así como la teología de la liberación y las izquierdas europeas.
Por su parte, Joseph Ratzinger creció en la Alemania nazi, sirviendo por obligación en el la Luftwaffe, Reichsarbeitsdienst (Servicio de Trabajo del Reich) y Wehrmacht, de la que fue un crítico desde joven, y vivió la división de Alemania y el Muro de Berlín, más toda la Guerra Fría y desarrolló gran parte de su trayectoria teológica durante el período posterior al Concilio Vaticano II. Presenció las fuertes corrientes de renovación y también las tensiones doctrinales y litúrgicas surgidas en las décadas posteriores, lo que influyó en su insistencia sobre la continuidad de la tradición, la correcta interpretación del Concilio y la necesidad de una reforma en continuidad, frente a lo que consideraba interpretaciones rupturistas.
Recordar que Ratzinger vivió a unos 300 km del polvorín de la Brecha de Fulda, una espada de Damocles, un volcán apagado a punto de explotar, un lugar de paso arrollador de la posible invasión de la URSS en su plan "Ofensiva de 7 días hasta el Rin", es decir, a 3 días del festival bélico que se hubiera desarrollado (habían minas atómicas tácticas).
Históricamente puede resumirse así:
Juan Pablo II: nazismo: comunismo soviético estalinista: sociedad occidental de economía de mercado.
Benedicto XVI: nazismo: posguerra alemana: debates teológicos y progresismo eclesial de la posguerra y del posconcilio.
Conviene distinguir entre capitalismo como sistema económico y las críticas morales que Juan Pablo II formuló a determinadas formas de capitalismo. En encíclicas como Centesimus Annus, no condenó la economía de mercado en sí, sino un capitalismo desprovisto de límites éticos y orientado exclusivamente al beneficio. Del mismo modo, Benedicto XVI criticó determinadas corrientes del progresismo eclesial, pero no identificó toda renovación posterior al Concilio con un fenómeno negativo.
La historia no solo condiciona a los hombres: a menudo los marca de manera decisiva, y en el caso de los papas recientes, revela un contraste abismal en la gravedad de las experiencias formativas.
ResponderEliminarDos pontífices —Karol Wojtyła (Juan Pablo II) y Joseph Ratzinger (Benedicto XVI)— fueron forjados directamente en el corazón de las mayores catástrofes del siglo XX europeo:
San Juan Pablo II vivió dos totalitarismos, uno malo y el otro peor aún: el nazismo y el comunismo soviético estalinista, la ocupación de Polonia por la opresión comunista rusa
Ratzinger, la división de Alemania, con sus refugiados, expatriados, viudas, huérfanos, familias separadas, enfermos, heridos, empobrecidos, mutilados y traumatizados, que fueron cientos de miles.
Los otros dos americanos —Jorge Mario Bergoglio (Francisco) y Robert Francis Prevost (León XIV)— se formaron en contextos considerablemente más “protegidos” o periféricos respecto a aquellos horrores totalitarios:
- La Argentina peronista y posperonista, y la Estados Unidos de la segunda mitad del siglo XX, respectivamente.
El contraste Europa convulsa contra la “América protegida”
Wojtyła vivió la invasión nazi de Polonia (1939), la brutalidad de la ocupación (trabajó en cantera y fábrica bajo régimen de terror), la destrucción de su país y, luego, décadas de opresión comunista. Esa doble experiencia totalitaria lo marcó con una prioridad existencial: la libertad humana frente a los sistemas que la aplastan. Su pontificado fue una defensa apasionada de la dignidad de la persona contra el Leviatán estatal, tanto nazi como marxista.
Ratzinger, por su parte, creció en la Alemania nazi (fue enrolado obligatoriamente en Hitlerjugend y en unidades antiaéreas como adolescente), vio la guerra, el colapso del Tercer Reich y, después, la crisis cultural y teológica de la posguerra y el posconcilio. De ahí su énfasis obsesivo en la verdad, la razón, la continuidad doctrinal y la resistencia a las dictaduras tanto políticas como intelectuales (relativismo, marxismo cultural). Su familia era anti-nazi, y el régimen le dejó una profunda alergia a cualquier ideología que subordinara la verdad al poder: "la mentira repetida mil veces es la verdad" (Goebbels la aplicó, Hitler la teorizó): algo que sucede en la Iglesia de hoy, que nos hacen creer que Amoris laetitia y Fiducia supplicans son "correctas".
En cambio:
Bergoglio se formó en la Argentina del peronismo, las dictaduras militares de los 70, la crisis económica crónica y las tensiones sociales. El peronismo —con su mezcla de populismo, nacionalismo, justicia social retórica y autoritarismo práctico— moldeó un horizonte donde lo central es la demagogia policia, el conchabeo con todos, la cuestión social, la “periferia”, los pobres y una cierta desconfianza hacia las élites liberales y el “capitalismo” (aunque él fue "élite": Papa). Su experiencia no fue la de los campos de exterminio o el Gulag, sino la de un país hispanoamericano afectado por la emoción y la lealtad, por el peronismo, el evitismo (Eva Perón, mesianismo de los humildes y pobres, santa laica y mártir) y el isabelismo (Isabel Perón, el caos peronista).
Prevost (León XIV), nacido en 1955 en Chicago, creció en la prosperidad y la abundancia de los EEUU de la Guerra Fría, la sociedad de la abundancia plena de la posguerra (cada día era Navidad), la cultura urbana 1970 y luego la experiencia misionera en el Perú del Tercer Mundo, corrupto y violento con Sendero Luminoso, medio pagano (Pachamama) y desestructurado estatalmente, con gran división social. Su contexto fue el de una superpotencia occidental estable (problemas internos: Vietnam, derechos civiles, secularización), el auge del laxista y relativista catolicismo progresista y modernista contracultural, fuera del totalitarismo europeo. Su lente parece más influida por la cultura norteamericana pragmática, la movilidad social y la misión global del Tercer Mundo peruano. Vitalmente es ajeno a Juan Pablo II y Benedicto XVI, son de un mundo totalmente diferente.
La experiencia histórica de Juan Pablo II estuvo profundamente marcada por la ocupación nazi de Polonia y por la persecución de judíos y polacos durante la Segunda Guerra Mundial.
ResponderEliminarKarol Wojtyła nació en 1920 en Wadowice y vivió su juventud bajo dos ocupaciones totalitarias:
La invasión nazi de Polonia (1939-1945): como joven trabajador en Cracovia, vio la destrucción de la vida cultural polaca, la persecución de intelectuales, sacerdotes y líderes sociales, las ejecuciones y las deportaciones.
Supo del genocidio del bosque de Katyn, donde los comunistas mataron a la oficialidad polaca, no admitieron su culpa y se la endosaron falsamente a los nazis.
El exterminio de los judíos polacos: conoció de cerca la desaparición de la comunidad judía de Cracovia. Muchos de sus antiguos vecinos y compañeros de escuela fueron asesinados en el Holocausto.
El gueto de Cracovia: estuvo cerca de esa realidad; no vivió dentro del gueto de Varsovia, pero conoció sus consecuencias y la destrucción de las comunidades judías polacas.
El gueto de Varsovia: fue destruido por los nazis en 1943 tras el levantamiento de sus habitantes. Wojtyła no estuvo allí como testigo directo, pero como polaco de su generación conoció ese acontecimiento y su impacto nacional.
Sobre los hornos crematorios, como papa visitó lugares de exterminio como Auschwitz-Birkenau en 1979, donde pudo ver las instalaciones del campo, los crematorios conservados y las pruebas materiales del genocidio. Su visita tuvo un enorme peso simbólico: era un polaco visitando el lugar donde los nazis habían intentado destruir a millones de personas, incluidos muchos compatriotas suyos.
Vivió el holocausto de Polonia por partida doble: población de Polonia en 1939: aproximadamente 35 millones de habitantes. Muertos durante la guerra: se calcula entre 5,6 y 6 millones de ciudadanos polacos. Esto supone aproximadamente un 16–17 % de la población total de antes de la guerra. Opresión comunista: el 100% de la población, de 1945 a 1991.
Además, Wojtyła vivió después otro trauma histórico: el régimen comunista soviético impuesto en Polonia tras 1945. Por eso su pensamiento estuvo muy marcado por la defensa de la dignidad humana frente a los dos grandes totalitarismos del siglo XX: nazismo y comunismo.
Esta biografía explica su fuerte énfasis posterior en temas como la libertad religiosa, los derechos humanos, la memoria histórica verdadera (el nazismo y el comunismo estalinista opresor de su nación) y la oposición a cualquier forma de reducción del ser humano a una ideología que puede ser destruido y manipulado por el Estado corrupto, comunista y opresor (o nazi, que es lo mismo) si no lo sirve.
I. Autoridad magisterial del documento y grado de vinculación doctrinal
ResponderEliminarSan Juan Pablo II ofrece la condena más solemne, extensa y sistemática de la eutanasia en la encíclica Evangelium Vitae (25 de marzo de 1995), particularmente en los números 64 a 67.
El Papa actúa «en virtud del mandato encomendado a Pedro y a sus Sucesores» y «en comunión con los Obispos de la Iglesia Católica», confirmando de modo definitivo —es el verbo empleado en el texto original: confirmo— que la eutanasia constituye una grave violación de la ley de Dios.
La enseñanza se apoya en un cuádruple fundamento:
1. la Sagrada Escritura,
2. la ley natural inscrita en la razón,
3. la Tradición eclesial bimilenaria,
4. y el Magisterio ordinario y universal de los obispos dispersos por el mundo en comunión con el Sucesor de Pedro (cf. Lumen Gentium 25).
Por este modo solemne de proponerla, la doctrina pertenece al depósito de verdades definitivamente enseñadas (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2277) y obliga en conciencia a todo católico: no es una opinión pastoral revisable según circunstancias culturales ni sensibilidades de época, sino una verdad moral irreformable, confirmada después por la Congregación para la Doctrina de la Fe en la carta Samaritanus Bonus (2020) de Francisco (el peor pontífice de la historia eclesial, pero aquí estuvo bien), que reafirma y desarrolla estos mismos principios ante las nuevas legislaciones eutanásicas.
...
II. Principio supremo: Dios, único Señor absoluto de la vida y de la muerte
El fundamento teológico primero y más elevado —del que dependen jerárquicamente todos los demás— es la soberanía divina sobre la existencia humana.
La Escritura lo proclama sin ambigüedad:
«Yo hago morir y hago vivir» (Dt 32,39);
«El Señor da la muerte y la vida» (1 Sam 2,6);
«En su mano está el alma de todo viviente» (Job 12,10).
El hombre recibe la vida como don gratuito del Creador, no como propiedad privada de la que pueda disponer a su arbitrio.
Disponer directamente de la propia vida o de la ajena —incluso por compasión— equivale a usurpar una prerrogativa que pertenece exclusivamente a Dios, Creador y Redentor.
Santo Tomás de Aquino lo explica con precisión clásica: quien mata a un inocente peca contra Dios mismo, «cuyo es el dominio de la vida y de la muerte», del mismo modo que quien mata al siervo ajeno peca contra su dueño (Summa Theologiae II-II, q. 64, a. 5).
De este principio se sigue que ningún parlamento, tribunal ni consenso social puede legitimar lo que la ley divina prohíbe:
- la vida humana NO ES POLITIZABLE, NO es materia de deliberación política, sino realidad DIVINO-NATURAL SUSTRAIDA a la disposición humana DE TODO PARLAMENTO DEMOCRÁTICO.
...
III. La dignidad intrínseca e inviolable de toda persona humana
Todo ser humano posee, desde el instante de su concepción hasta su muerte natural, una dignidad ontológica inviolable, fundada en haber sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27) y redimido por la sangre de Cristo.
Esta dignidad es intrínseca al ser mismo, no adquirida ni graduable:
- NO NO NO depende de la edad, el estado de salud, la autonomía funcional, la utilidad social ni la llamada «calidad de vida», categoría de raíz utilitarista ajena por completo a la antropología cristiana, que juzga la vida por su origen y destino trascendentes, no por su rendimiento, COMO EL NAZISMO Y COMUNISMO.
Atentar directamente contra una vida inocente —cualquiera que sea su condición física, mental o social— es PROFANAR la imagen misma de Dios impresa en ella, y constituye, según la expresión de Evangelium Vitae, un «crimen» inexcusable ante el cual no cabe atenuante moral alguno: INTRINSECE MALUM.
IV. La eutanasia como acto intrínsecamente malo (intrinsece malum)
ResponderEliminarEvangelium Vitae 65 define la eutanasia como
«una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor».
Esta acción es intrínsecamente mala: su malicia reside en el objeto mismo del acto —la eliminación deliberada de un ser humano inocente— con independencia de toda intención subjetiva o circunstancia atenuante.
Como enseña Veritatis Splendor 80, existen actos cuya elección es «siempre gravemente ilícita por razón de su objeto», de modo que ninguna intención buena (compasión, altruismo, ahorro de recursos sanitarios) ni circunstancia particular puede transformar en bueno un acto cuya materia es gravemente inmoral.
Se trata, por tanto, de un mal objetivo, absoluto y no negociable, cerrado a cualquier ponderación proporcionalista de consecuencias:
- la Instrucción Iura et Bona de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1980) ya había fijado esta misma calificación moral, que Evangelium Vitae eleva a condena solemne.
...
V. Violación directa del quinto mandamiento
La eutanasia contradice frontalmente el mandamiento divino
«No matarás» (Ex 20,13; Dt 5,17),
que en la tradición moral católica protege no solo contra el homicidio directo, sino contra toda cooperación, formal o material inmediata, en la muerte de un inocente.
Juan Pablo II equipara expresamente esta práctica al homicidio voluntario y al aborto: toda eliminación directa de vida humana inocente constituye una ofensa grave contra el Evangelio de la Vida y contra el orden moral instituido por Dios: es cultura de la muerte y contra la Civilización del Amor.
La equiparación no es retórica: aborto y eutanasia comparten idéntica estructura moral —supresión deliberada de un inocente en los umbrales de la existencia, al inicio o al final de la vida— y reciben en el Magisterio idéntica calificación de máxima gravedad.
VI. Pecado que clama al cielo: paralelismo con el fratricidio de Abel
ResponderEliminarLa eliminación intencional de vidas inocentes —aborto y eutanasia— constituye, en la categoría bíblica clásica, un pecado que clama al cielo, semejante a la sangre de Abel que gritaba desde la tierra contra Caín (Gn 4,10).
La tradición moral incluye estos pecados entre los que, por su gravedad y por la indefensión radical de la víctima, exigen reparación urgente y claman justicia divina de modo singular.
Estas muertes (aborto, eutanasia) rompen el vínculo fraterno más elemental —el reconocimiento del otro como hermano por participar de la misma naturaleza humana creada— y ofenden gravemente la santidad de Dios, autor de toda vida.
VII. Los tres totalitarismos antropológicos: nazismo, comunismo y capitalismo liberal extremo
San Juan Pablo II identificó una raíz común en las grandes ideologías del siglo XX que redujeron al hombre a algo inferior a su dignidad personal, sustituyendo su valor intrínseco por un criterio funcional o colectivo.
1. Bajo el nazismo, el hombre quedó reducido a su pertenencia racial, biológica o nacional: la persona dejó de valer por sí misma para valer según una categoría colectiva impuesta desde fuera.
2. Bajo el comunismo marxista aplicado en los regímenes totalitarios, el hombre quedó reducido a una pieza de la lucha de clases y del proyecto histórico del Estado revolucionario, subordinado por entero a un fin colectivo que legitimaba su sacrificio: explotado en el gulag, aplastado sufriendo y borrado inmisericorde de la historia.
3. Bajo un capitalismo liberal extremo, sin referencia ética, el hombre queda reducido a materia: consumidor, productor, inversor, tributador y ahorrador; y cuando su mantenimiento entra en déficit —económico, sanitario o social—, el mercado se erige en criterio absoluto y disfraza el aborto y la eutanasia de mera «libre disposición del individuo».
Juan Pablo II habló expresamente de estos tres totalitarismos del siglo —comunismo, nazismo y un liberalismo sin alma ética— y de la urgencia de recuperar una antropología fundada en la persona como fin en sí misma, nunca como medio.
En la encíclica Centesimus Annus (1991) criticó tanto el colectivismo marxista como los excesos de un capitalismo desligado de toda referencia moral, mostrando que ambos extremos comparten idéntico error de fondo: subordinar a la persona a una construcción ideológica, económica o política que la trasciende y termina por disponer de ella.
Benedicto XVI prolongó esta misma línea en Caritas in Veritate (2009), donde defendió la legitimidad de la economía de mercado cuando se orienta al bien común, pero denunció con firmeza la economía desligada de la ética y de la dignidad humana como fuente de nuevas formas de exclusión.
La doctrina social católica propone frente a estos tres totalitarismos una tercera vía, que no es término medio ideológico sino afirmación positiva de la persona: ni el colectivismo que absorbe al individuo en el todo social, ni el individualismo económico que lo abandona sometido a las leyes impersonales del mercado y la ley, sino una sociedad ordenada a que la persona sea siempre fin y nunca medio.
La eutanasia y el aborto son, en esta clave, síntomas convergentes de un mismo error antropológico de fondo —cualquiera que sea el ropaje ideológico que lo revista—: la sustitución del valor absoluto de la persona por un criterio funcional, biológico, económico o colectivo que decide, en último término, quién puede seguir viviendo.
VIII. Rechazo de la Providencia divina y falta de confianza teologal
ResponderEliminarAceptar o practicar la eutanasia implica afirmar, de modo implícito pero real, que el hombre puede decidir autónomamente el momento y el modo de su muerte, o la de otro.
Esto niega prácticamente la Providencia divina, la soberanía de Dios sobre cada existencia particular y la esperanza cristiana en la vida eterna como horizonte último del sufrimiento humano.
La muerte deja de ser el misterio pascual que se acoge con fe —tránsito confiado hacia el Padre— para convertirse en un acto técnico de dominio humano sobre lo que, por naturaleza, escapa a su competencia.
Late aquí una tentación tan antigua como el pecado original:
«seréis como dioses» (Gn 3,5),
aplicada ahora al dominio sobre la vida y la muerte que hicieron el nazismo, el comunismo y el liberalismo.
IX. Falsa misericordia y ausencia de caridad cristiana auténtica
La eutanasia se presenta frecuentemente bajo el ropaje de un acto de piedad o compasión —de ahí el término mismo, «buena muerte»—, como derecho humano.
Sin embargo, constituye una perversión radical de la verdadera misericordia. La caridad cristiana auténtica no suprime al que sufre, sino que lo acompaña, alivia su dolor en la medida de lo posible mediante los cuidados paliativos, y comparte su cruz hasta el final.
Eliminar al sufriente para evitar el sufrimiento es, en realidad, abandonar al hermano en el momento más dramático de su existencia, sustituyendo la comunión eclesial y la solidaridad y fraternidad humana fundamental por una solución expeditiva que resuelve el problema eliminando al sujeto que lo padece.
X. Desprecio del valor redentor del sufrimiento
Cristo redimió a la humanidad precisamente a través de su Pasión y muerte en la Cruz.
El cristiano está llamado a unirse libremente a los padecimientos de Cristo, completando en su carne
«lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Col 1,24),
y a conocer
«el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos» (Flp 3,10).
La eutanasia rechaza este misterio pascual en su raíz: prefiere eliminar la cruz antes que iluminarla y transfigurarla con la esperanza de la Resurrección.
De este modo empobrece decisivamente el sentido cristiano del dolor y del sacrificio, reduciendo el sufrimiento a un mal puramente físico que debe suprimirse a cualquier precio, disfrazado de derecho humano, y promovido con felicidad por el estado liberal (uno menos que no produce, no gasta, no invierte, no ahorra, no tributa: es un número deficitario, una carga fiscal), en vez de un lugar teológico de unión con Cristo paciente.
XI. Consecuencias éticas, sociales y políticas de la legalización de la eutanasia
ResponderEliminarCuando el Estado legitima jurídicamente la eutanasia, aplica en el terreno concreto de la política sanitaria la misma lógica de fondo descrita más arriba:
- se atribuye un poder totalitario sobre la vida humana, decidiendo qué existencias son «dignas» de ser vividas y cuáles pueden ser lícitamente eliminadas, resucitando de hecho la categoría de
- «vida sin valor vital»
que precedió a los grandes crímenes del siglo XX, castigando a médicos, enfermeros y auxiliares, farmacéuticos, residencias, hospitales y familiares que se opongan a un "derecho humano".
Esto invierte el orden ético fundamental:
- en vez de proteger especialmente a los más débiles —enfermos terminales, ancianos, discapacitados, dependientes—,
- la sociedad los suprime por considerarlos una carga económica o emocional, dando cumplimiento práctico a la reducción funcional del hombre ya denunciada como raíz común de los totalitarismos del siglo XX.
Se consolida así lo que Juan Pablo II denomina «cultura de la muerte», en la que prevalecen criterios utilitaristas de eficiencia y placer sobre la dignidad inviolable de la persona, y en la que la compasión y el derecho humano se convierte, paradójicamente, en instrumento de descarte de los más vulnerables.
XII. Distinciones esenciales para evitar equívocos doctrinales
La Iglesia rechaza sin ambages la eutanasia, pero no defiende el encarnizamiento terapéutico ni la obstinación en tratamientos desproporcionados.
Es moralmente lícito, y a veces obligatorio, renunciar a medios médicos extraordinarios o desproporcionados a los resultados esperados cuando la muerte es inminente e inevitable, dejando que esta sobrevenga por su curso natural.
Asimismo es legítimo administrar analgésicos que alivien el dolor, aunque indirectamente puedan acortar la vida, en aplicación del clásico principio moral del doble efecto —formulado con precisión por Pío XII en su alocución de 1957 a los anestesiólogos—, siempre que la intención primaria y directa sea aliviar el sufrimiento y no causar la muerte, y que esta última sea solo un efecto secundario tolerado, no buscado ni querido en sí mismo.
La eutanasia, por el contrario, tiene como objeto directo e inmediato provocar la muerte, lo que la distingue radicalmente tanto de la limitación del esfuerzo terapéutico como de la analgesia proporcionada, y hace imprescindible mantener con rigor estas distinciones frente a la confusión terminológica hoy extendida.
XIII. Llamado concluyente a la civilización del amor y de la vida
Juan Pablo II concluye exhortando a todos los creyentes y a la sociedad entera a construir una auténtica civilización de la vida que acoja, respete y cuide la existencia humana en todas sus etapas y condiciones, con particular atención a las más frágiles.
Solo la compasión verdadera, la caridad concreta ejercida en los cuidados paliativos, el acompañamiento espiritual integral y la esperanza cristiana en la vida eterna pueden superar la tentación de resolver el sufrimiento mediante la eliminación del que sufre.
Esta doctrina conserva plena vigencia y obliga en conciencia a todo católico: no se trata de una opinión pastoral adaptable a las circunstancias culturales de cada época, sino de una verdad moral definitiva, per se, semper et pro semper, in omnibus locis et circumstantiis, propuesta con la autoridad suprema del Magisterio de la Iglesia, y confirmada por el Magisterio posterior hasta nuestros días.
I. Descripción objetiva del evento de Tucho sobre Dignitas Infinitas en 2025 y su grave deriva hacia la cultura anticatólica
ResponderEliminarEl 17 de febrero de 2025, cuando aún estaba vivo Francisco pero ya mostraba sus primero síntomas de la enfermedad terminal que acabaría con él en el 21 de abril de 2025, lunes de Pascua, a las 7:35 de la mañana, en la Casa Santa Marta (Ciudad del Vaticano), a los 88 años el cardenal argentino, ictus cerebral, seguido de coma y colapso cardiovascular irreversible. Se indicaron como antecedentes médicos una insuficiencia respiratoria aguda por neumonía bilateral multimicrobiana, bronquiectasias, hipertensión arterial y diabetes tipo II. Curiosamente, el día anterior, Domingo de Resurrección (20 de abril de 2025), había aparecido públicamente por última vez para impartir la bendición Urbi et Orbi desde la Plaza de San Pedro.
Recordar que Tucho-Francisco aprobaron la terrible declaración Fiducia supplicans el 18 de diciembre de 2023, un horrible regalo de pre-Navidad, por el papa Francisco (fue una causa de la ruptura lefebrista) impelido por las bendiciones rituales y públicas del apostático camino sinodal alemán bajo el luteranismo radical, fundamentalista y revolucionario. Fue publicada por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe (DDF), entonces presidido por el cardenal Víctor Manuel Fernández. El documento recibió la aprobación del papa Francisco en forma de approbatio specifica, es decir, con aprobación específica del Pontífice.
Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (DDF) desde julio de 2023, intervino por videoconferencia en un congreso organizado por la Facultad de Teología Católica de Colonia (Katholisch-Theologische Hochschule Köln, KHKT), Alemania.
Su ponencia, titulada «La dignidad ontológica de la persona en Dignitas infinita. Algunas aclaraciones», fue publicada posteriormente en el sitio web del DDF como comentario oficial a la declaración Dignitas infinita, documento sobre la dignidad humana que el propio Dicasterio había publicado el 25 de marzo de 2024.
En su intervención, Fernández explicó el sentido del término «infinita» aplicado a la dignidad humana (criticado porque sólo Dios tiene dignidad infinita) —fundada en que Dios ama a cada persona con amor infinito— y distinguió varios planos de dignidad: ontológica (inalienable, ligada al ser creado a imagen de Dios), moral (según se viva conforme o contra la naturaleza), social (según los recursos disponibles) y existencial (según las circunstancias de enfermedad, dependencia o conflicto).
A continuación abordó la ideología de género, criticando su «pretensión de omnipotencia» y afirmando que el cambio de sexo no es una simple intervención estética, sino la pretensión de un cambio de identidad. Sostuvo que la libertad humana, apoyada en la tecnología, pretende crear a voluntad una realidad alternativa.
Inmediatamente después introdujo la matización que generó la controversia.
Afirmó que la Iglesia «no quiere ser cruel» ni ignorar los condicionamientos y el sufrimiento profundo que existe en algunos casos de disforia, manifestada incluso desde la infancia. Precisó que, cuando Dignitas infinita utiliza la expresión «por regla general» al condenar el cambio de sexo (n. 60), esa fórmula no excluye la existencia de casos fuera de la norma: disforias intensas que pueden conducir a una existencia insoportable o incluso al suicidio, situaciones excepcionales que, según sus palabras, deben evaluarse «con gran cuidado» y «extrema cautela». El contexto era, por tanto, la aplicación de Dignitas infinita a la disforia de género y a las intervenciones médicas de afirmación de género —no la eutanasia—, aunque, como se verá, varios críticos señalaron que la estructura lógica del argumento es extrapolable a esta y a otras materias.
II. Jerarquía de las críticas: criterio de ordenación
ResponderEliminarLas críticas formuladas desde el catolicismo ortodoxo, clásico y tradicional no negaron la realidad del sufrimiento psicológico asociado a la disforia, sino que impugnaron los efectos doctrinales que Fernández extrajo de ese sufrimiento.
Se ordenan aquí de mayor a menor gravedad formal: primero la objeción que ataca el fundamento mismo de la moral de los actos humanos (más grave, porque si prospera invalida cualquier prohibición absoluta, incluida la del aborto y la eutanasia); después la objeción de coherencia textual con el propio documento comentado; a continuación la objeción antropológica de fondo; y finalmente la objeción prudencial sobre las consecuencias previsibles de introducir excepciones casuísticas.
III. Crítica primera y más grave: la destrucción del concepto de acto intrínsecamente malo
Esta es, con diferencia, la objeción más rigurosa desde la teología moral clásica, porque no discute un matiz sino el núcleo mismo del sistema moral católico. Dignitas infinita, n. 60, califica toda intervención de cambio de sexo como una acción que «por regla general» amenaza la dignidad única recibida desde la concepción, y contempla como única excepción los casos de anomalías genitales objetivas presentes o sobrevenidas, en los que la intervención no constituye propiamente un «cambio de sexo» sino una cirugía reparadora de una patología física verificable. La Nuova Bussola Quotidiana —fuente que la propia FSSPX recoge y que fue la primera en advertirlo— señaló que Fernández traslada esa cláusula de excepción a un terreno completamente distinto: ya no una anomalía genital objetiva, sino un trastorno psicológico, la disforia, cuando es grave. Con ello, el prefecto desplaza el criterio de licitud: ya no depende de la especie moral del acto —qué se hace—, sino de la intensidad subjetiva del malestar de quien lo pide —por qué se pide—.
La objeción teológica de fondo: un acto intrínsecamente malo, por definición, no puede volverse lícito por la gravedad del sufrimiento que motiva su elección, precisamente porque su malicia reside en el objeto y no en la intención ni en las circunstancias (cf. Veritatis Splendor 80; Evangelium Vitae 65). Admitir que basta un sufrimiento suficientemente intenso —una existencia insoportable, con riesgo de suicidio— para reconsiderar la licitud de una intervención sobre el cuerpo sano, equivale a introducir un criterio proporcionalista allí donde la moral católica exige un criterio absoluto. FSSPX Actualidad lo formuló con crudeza: si se acepta esta excepción, ya no hay moral, porque el mismo razonamiento —sufrimiento extremo, incluso con riesgo de suicidio, como puerta a una excepción— podría aplicarse letra por letra a quien pide la eutanasia por un dolor insoportable o a una embarazada que amenaza con quitarse la vida si no puede abortar. En los tres casos, el acto en cuestión es intrínsecamente malo y ninguna intensidad de sufrimiento subjetivo puede legitimarlo directamente; lo contrario abre, con la misma estructura lógica, la puerta a excepcionar cualquier prohibición absoluta de la moral católica.
IV. Crítica segunda: incoherencia con el propio texto de Dignitas infinita
La 2ª objeción, de rigor filológico y hermenéutico: la reinterpretación de Fernández no se sostiene en el texto que dice aclarar. El n. 60 usa la fórmula «por regla general» para dejar a salvo, explícitamente, un único supuesto: intervenciones médicas sobre anomalías genitales objetivamente verificables desde el nacimiento o sobrevenidas, en las que la operación no constituiría propiamente un cambio de sexo.
Es decir, la excepción prevista es de naturaleza física y diagnóstica, no psicológica ni subjetiva. Extender esa misma cláusula a la disforia grave —un sufrimiento psíquico ante la propia identidad corporal, no una anomalía orgánica objetivable— no es aclarar el documento, sino sustituir su criterio de excepción por otro completamente distinto, sin que el texto original lo autorice.
Los críticos señalan aquí una falacia de equivocidad: se emplea la misma expresión para justificar dos excepciones de naturaleza radicalmente diferente, y de esa ambigüedad terminológica se extrae una conclusión que el documento comentado no permite.
ResponderEliminarV. Crítica tercera: antropológica y tomista — separar dignidad ontológica de verdad corporal
Un tercer orden de críticas, de raíz tomista y antropológica, distingue con precisión los planos que el propio Fernández había enumerado —dignidad ontológica, moral, social, existencial— para volverlos contra su conclusión. La dignidad ontológica de la persona, siendo inalienable e independiente de toda circunstancia, es —señalan estos críticos— radical o fundamental, pero no la instancia última desde la que se decide la licitud moral concreta de un acto: esa instancia es la dignidad moral, es decir, si el obrar humano se ajusta o no a la naturaleza y a la ley moral objetiva. Confundir ambos planos —invocar la dignidad ontológica e infinita de la persona para legitimar, aunque sea excepcionalmente, un acto contrario a la naturaleza del propio cuerpo— es un salto lógico no justificado: de la premisa «la persona tiene dignidad infinita e incondicional» no se sigue que la percepción subjetiva que la persona tiene de su propio cuerpo deba ser médicamente validada.
Desde la perspectiva tomista clásica, la pregunta decisiva es distinta de la que plantea Fernández: no «¿cuánto sufre esta persona?», sino si ese sufrimiento procede de una injusticia externa que debe corregirse, o de un conflicto interior entre percepción y realidad que debe integrarse mediante la razón, la gracia y el acompañamiento, sin alterar la realidad objetiva del cuerpo. La medicina, en esta tradición, está ordenada a curar un desorden respecto de una norma objetiva —la integridad psicofísica de la persona—, no a remodelar la realidad exterior para ajustarla a toda percepción interior, por intensa y dolorosa que sea. Aplicar aquí el argumento del suicidio como umbral de excepción resulta especialmente problemático: que una persona con depresión grave sienta su vida como insoportable exige la máxima atención compasiva y clínica, pero de esa percepción —por real y dolorosa que sea— no se sigue que sea la verdad objetiva sobre su existencia, ni que la respuesta correcta sea confirmar médicamente esa percepción en lugar de tratar su causa.
VI. Crítica cuarta: riesgo de pendiente resbaladiza y precedente casuístico
Un cuarto nivel de crítica, de tipo prudencial más que estrictamente especulativo, advierte sobre las consecuencias previsibles de institucionalizar una excepción basada en la intensidad subjetiva del sufrimiento. El mecanismo señalado es el clásico «efecto de la pendiente resbaladiza»: se admite una excepción para el caso límite, extremo y dramático; con el tiempo, la práctica pastoral y clínica tiende a ampliar los límites de lo que cuenta como caso excepcional; la excepción, pensada como frontera, termina funcionando como precedente que erosiona la norma general. Este es precisamente el patrón que la moral católica ha denunciado en la despenalización progresiva del aborto y de la eutanasia en numerosas legislaciones civiles. Que un prefecto del DDF introduzca, aunque sea con intención pastoral, una lógica de excepción estructuralmente idéntica resulta, para estos críticos, particularmente grave: proviene precisamente del organismo encargado de custodiar la doctrina frente a este tipo de erosión.
VII. Síntesis jerárquica y valoración final
ResponderEliminarOrdenadas de mayor a menor gravedad formal, las cuatro críticas son: (1) la disolución del concepto de acto intrínsecamente malo, que socava el fundamento mismo de la moral católica y es extrapolable, con idéntica estructura lógica, a la eutanasia y al aborto; (2) la incoherencia hermenéutica con el propio texto de Dignitas infinita, que no autoriza la excepción que se le atribuye; (3) la confusión de planos entre dignidad ontológica y dignidad moral, que legitima indebidamente la autopercepción subjetiva como criterio médico-moral; y (4) el riesgo prudencial de pendiente resbaladiza en la aplicación pastoral y clínica de la excepción. La fórmula que mejor resume estas objeciones sostiene que la compasión cristiana exige acompañar sin reservas a quien sufre, pero no exige, ni permite, convertir la autopercepción del sufriente en criterio de verdad moral: la caridad auténtica une siempre misericordia con verdad antropológica, sin sacrificar la segunda a la primera. Los defensores de Fernández replican que su intención fue evitar una aplicación fría y abstracta de la norma ante personas concretas en situaciones dramáticas, y que no pretendió modificar la doctrina; la controversia sigue abierta en torno a si es posible sostener simultáneamente esa intención pastoral y la integridad del principio moral comprometido.
Por eso, en estos momentos de grave y real ruptura de facto doctrinal y disciplinaria de la Iglesia Católica, consentidas las rupturas de la Iglesia Patriótica china (sumisa al partido comunista) y al apostático camino sinodal alemán (sujetos al luteranismo radical fundamentalista), se hace necesario toda inquisición inspectora de todo lo aprobado por el Dicasterio de la Doctrina de la Fé, del llamado Tucho "Bésame mucho", y de un León XIV que aún parece carecer de personalidad propia suficiente, una especie de Francisco II, que aún mantiene a las Amoris laetitia y Fiducia supplicans, que según Seifert, grandes teólogos y las incontestadas Dubia de 2016, han impugnado como doctrina católica al ser destructoras de los Mandamientos VI y IX y de la moral objetiva católica. Hay que vigilarlos: la doctrina católica se mantiene formalmente, pero materialmente, por dentro, está hueca, huera, vacua, vacía, deshuesada, por una inventada pastoral de la misericordia que la desmiente totalmente. Vigilancia.
Los órganos trasplantados tenían un precio asequible para los amiguitos del mayor criminal que tenemos en nuestra malhadada Cataluña.
ResponderEliminarAdivinen quien es!
Salvador Illa solo es un judas al que una amalgama de partidos oportunistas nacional-progres, eligieron para que sus chiringuitos no caigan. E implementar aborto, eutanasia e inmigración descontrolada
EliminarSalvador Illa és un pobre home que no un home pobre.
EliminarEl obispo X. Gómez amonestó a la Rosalía (extraño que no se la hubieran llevado a la final del Mundial ), defendió a L. Yamal (puntuación máxima para el plan Sánchez/von der Layen/ Prevost de reemplazo poblacional pero no fue a partirle el báculo sobre los lomos del padre prior de los Camilos ni sobre los del fúnebre Illa. Uhm...y luego salen tertulianos que nos hablan de obispos masones en Sant Pacià...
ResponderEliminarALGUNAS CONSIDERACIONES EXTRAÍDAS DE DIVERSOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN A RAÍZ DEL "CASO NOELIA"
ResponderEliminarI
La Dirección General de Atención a la Infancia y la Adolescencia (DGAIA) de la Generalitat de Catalunya ha estado en el centro de la polémica durante los últimos años, pero lo que antes eran presentadas como denuncias aisladas ahora se demuestran parte de un patrón sistemático de malas praxis, opacidad institucional y negocio con la vulnerabilidad (izquierda.diario.es, 09.06.2025). Una parte de la opinión pública que habría llorado su suicidio si lo hubiera conseguido llevar a cabo en 2022, tras ser abusada sexualmente, lo celebró esta semana como una conquista. Un progreso hacia el precipicio (Ana Iris Simón, El País). El estado no puede renunciar a cuidar a sus enfermos. Es una renuncia al futuro, al progreso, a la maquinaria de la medicina que avanza cada día. Dar por definitivamente perdida una vida enferma a los 25 años es no entender el tiempo que nos ha tocado vivir. Hablar de enfermedades crónicas y dolores irreparables en una época de descubrimientos farmacéuticos diarios es faltar al principio de realidad. Dar la muerte a una joven de 25 años no es el ejercicio de una sociedad “ética y democrática”, como se ha dicho. Es la sociedad de los cuidados repartiendo la pastilla de la muerte (Elena García Dalmau, Ara). Resulta siniestro que en el mundo posmoderno donde la depresión se expande entre jóvenes, se presente la eutanasia como una solución, como una opción del mundo de libertades de la modernidad (Irene González, Vozpópuli). Noelia es ya pasado. Le quitaron ayer la vida en Barcelona. Era lo que ella deseaba. Y el estado, fiel a su conquistada condición de pater familias, acudió puntual y con bata blanca a sellar su pasaporte a la muerte (Josep Martí Blanch, El Confidencial). Tras la muerte de Noelia Castillo por eutanasia asistida el pasado 26 de marzo se ha dado una sorprendente coincidencia a la hora de evaluar lo sucedido como un fracaso del Estado y de la sociedad. La responsabilidad moral se ha trasladado así a la estructura colectiva, diluyéndose la individual. Ya lo afirmaba Émile Durkheim refiriéndose precisamente al suicidio en su estudio del mismo nombre: «El suicidio debe depender necesariamente de causas sociales y constituir por esto un fenómeno colectivo»; y esto se debe, según él, a que existe una conciencia colectiva con vida propia que configura las conciencias individuales. Podríamos preguntarnos, no obstante, si no son causas individuales las que han conducido a un hecho tan terrible como este. Ya se lo preguntaba también san Pablo: «¿Dónde está, muerte, tu aguijón?», a lo que él mismo respondía: «El aguijón de la muerte es el pecado» (1 Cor 15, 55-56). Efectivamente, el mal moral individual, personal, es la verdadera causa de los dramáticos efectos propios de la cultura de muerte: eutanasias, abortos, experimentación con embriones humanos, etc. (Enrique Martínez, Univ. Abat Oliva CEU, ABC). Nunca suprimimos la vida humana, que consideramos siempre digna, y algunos de nosotros sagrada. Aceptamos que tiene un final y ayudamos a que sea lo menos penoso posible. Ayudamos, acompañamos, pero nunca matamos, salvo quienes aceptan acatar esta ley o practicar abortos. Entonces sí matan. Puedo afirmar como médico cristiano que una ley que conduce a la muerte de una persona es inmoral, y una ley inmoral nadie tiene que cumplirla (Ángel García Forcada, Vida Nueva). La dignidad no depende de la autosuficiencia y no todo va de libertades y derechos. Debemos frenar la tentación de resolver el sufrimiento mediante el suicidio asistido, porque aunque de manera superficial esto puede ser compasivo, también puede ocultar una forma de cansancio colectivo, una incapacidad para acompañar al necesitado (Cristina Casabón, The Objective).
II
ResponderEliminarEste triste evento de Noelia no debemos verlo como simple noticia que llegó y se deja pasar, sino ocasión de reflexionar sobre el valor de la vida y del alma humanas, así sobre los medios médicos, psicológicos y religiosos para enfrentar graves dolores o penas psicológicas de los que el mundo dispone (Salvador I. Reding Vidaña, Catholic.Net). Recuerdo unas palabras de Victoria Camps: “Debemos avanzar hacia una sociedad cuidadora. Una sociedad donde los más desvalidos no se sientan abandonados, una sociedad menos arrogante, en la que sus miembros, sin excepciones ni dispensas de ningún tipo, estén dispuestos a hacerse cargo de la contingencia humana en todas sus manifestaciones” (…) Lo sucedido, insisto, no es un triunfo de la libertad sino el fracaso de una sociedad que no sabe acompañar el sufrimiento (José Ramón Amor Pan, Fundación Pablo VI). Resulta especialmente preocupante la ausencia de protocolos obligatorios que garanticen que un paciente con enfermedad mental haya recibido una atención psicológica y psiquiátrica adecuada antes de autorizar la eutanasia (Julio Tudela Cuenca, Las Provincias). Noelia se ha sentido muy abandonada (…) Contemplo con absoluto pasmo cómo han fallado nuestra civilización, el sistema sanitario y la red de apoyos en España. Es un día muy triste (Xosé Carlos Caneiro, en conversación con El Debate). ¿Por qué se aplaude el suicidio? Permítanme ser mal pensada: por quitarse de en medio. Por no buscar venganza ni justicia. Por no denunciar. Por permitirnos (…) la valiente defensa de la autonomía del sujeto… sin preguntarnos quiénes la violaron y si están en la cárcel, ni por qué una víctima, en vez de denunciar, se tira de un quinto piso (Teresa Freixas, La Vanguardia). Hice acopio de información y valoraciones sobre los efectos de la legalización de la eutanasia en distintos países o estados (en Oregón, por ejemplo) y tanto de partidarios como de detractores. Los datos, en todo caso, no admitían discusión. Cada vez se aplicaba más y cada vez se ampliaba más el radio de aplicación (Cristina Losada, Libertad Digital).
III
ResponderEliminar¿Quiere alguien de los que han participado en este macabro proceso que ha llevado a la muerte a la pobre Noelia explicar qué ha habido de digno en este homicidio?, ¿Tal vez el hecho de que haya sido “legal”?, conforme a lo dispuesto en la perversa Ley de Eutanasia de 2021, ¿O tal vez la “dignidad” ha residido en que se ha cumplido la voluntad suicida de una persona con las facultades mentales trastornadas? Y si Noelia tenía trastornadas dichas facultades eso quiere decir que no ha podido actuar libremente, pero ese “pequeño” detalle le es indiferente a quienes le han aplicado la criminal eutanasia (Jesús Pastor Fernández, El Español Digital). Si se le hubiera ofrecido algún motivo para la esperanza, un asidero moral para agarrarse que no fuera el andador ortopédico, Noelia no habría sucumbido en la noche oscura de su alma. En España, 54 solicitantes de eutanasia se echaron atrás en 2024 (Mayte Alcaraz, El Debate). Ante el sufrimiento, lo que el ser humano necesita no es la muerte, sino la presencia. El deseo más profundo no es dejar de existir, sino no estar solo. Ser acompañado, sostenido, reconocido incluso en la debilidad. Saber que la propia vida sigue teniendo valor, también cuando pierde autonomía o bienestar. Ahí se juega la verdadera humanidad de una sociedad. No en su capacidad de eliminar el dolor a cualquier precio, sino en su capacidad de permanecer junto al que sufre. (Editorial de Infovaticana). El caso de Noelia debería ser una llamada urgente a replantear nuestras prioridades como sociedad. Mientras la ley pueda ofrecer la muerte como salida rápida, seguiremos ignorando la urgencia de crear redes de apoyo reales, de atender las heridas del alma y de garantizar que nadie se sienta tan solo como para desear desaparecer. Su historia exige compasión activa, no protocolos letales. (Gloria Sánchez-Grande, EuropaSur). Alguien debería aclarar por qué los servicios sociales tampoco pudieron cuidarla ni evitar que abusaran de ella y que cayera en un pozo negro (Lucía Méndez, El Mundo). Una cultura verdaderamente humana se mide por su voluntad de permanecer junto al que padece, acompañando, aliviando, escuchando, cargando con una parte de su angustia. La etimología de la palabra compasión ya nos lo indica: compartir la pasión (…) allí donde alguien encuentra un amigo, el nihilismo retrocede (Daniel Capó, The Objective).
IV
ResponderEliminarYa en junio de 2019 conocíamos el caso de la holandesa Noa Pothoven, la menor de 17 años a la que se le practicó la eutanasia tras sufrir estrés postraumático y depresión como consecuencia de abusos sexuales y una violación (…) Ahora nos hacemos los sorprendidos cuando un caso exactamente análogo llega a nuestro país (Manuel Martín Hernández-Abad, The Objective). Diferentes estudios han demostrado que el deseo de morir que manifiesta un paciente en un momento determinado no se mantiene estable en el tiempo y está directamente relacionado con otras variables que pueden ser tratadas oportunamente y de manera satisfactoria, impidiendo determinadas conductas de tipo impulsivo (Asociación Gallega de Bioética, Mariano Casado Blanco). Hay una tradición política que sencillamente no quiere escuchar planteamientos morales distintos a los suyos. Y cuando eso ocurre, el paso siguiente es casi inevitable: actúa como si ni siquiera los oyera (…) Sin oír no se puede llegar a escuchar. Una sociedad plural empieza, como mínimo, oyendo que existen otras experiencias, otras vidas, otras morales. El paso siguiente —el más difícil— es escucharlas. Cuando eso no ocurre en política, el desacuerdo moral deja de ser un debate y se convierte en una negación del otro (Agnès Marquès, Diario de Ibiza). Subleva la soberbia con la que despachan la eutanasia. En ella se dan tres absolutos: la voluntad individual en una libertad desvinculada, el comité de expertos (autonómico además) y la Ley (Hughes, La Gaceta). Esa ley ni se discutió en serio ni se sometió a referéndum (…) El PSOE la coló en plena pandemia, saltándose el dictamen del Consejo de Estado y contra el informe del Comité de Bioética de España (Federico Jiménez Losantos, El Mundo). No es hora de lamentarse, sino de transformar la ley de eutanasia en una robusta ley de cuidados paliativos que además de evitar la pendiente resbaladiza en la que nos encontramos transforme nuestra gigantesca capacidad de compasión en principio de precaución (Agustín Domingo Moratalla, Las Provincias). A Noelia no pudieron sanarla los servicios psiquiátricos públicos, y este jueves esos servicios (el Estado, a través de Sanidad de la Generalitat) le han ayudado a dejar de vivir. Estas decisiones –la entrevista televisiva y la autolisis programada– suenan a venganza de Noelia contra el fracaso del Estado y de la sociedad, contra el fracaso de sus padres y de su familia (Víctor-M. Amela, La Vanguardia). El Estado certifica que la desesperanza de Noelia tiene un carácter absoluto y perpetuo (…) En España hemos pasado de defender el derecho a la vida como valor superior indiscutible, en el artículo 15 de la Constitución, a consagrar la muerte como un derecho fundamental subjetivo que el sistema debe facilitar. Y lo hacemos con una frialdad burocrática que hiela la sangre. Preferimos eliminar al que sufre antes que invertir recursos, tiempo y conciencia para sostenerlo entre todos. Es más barato, más cómodo y se presenta como lo políticamente correcto (María Jamardo, MurciaEconomía). El Estado está certificando como definitiva una desesperanza nacida también de un fracaso previo de su obligación de protección: buena parte de su desamparo arrancó en el sistema de tutela de menores de la Generalitat (Joaquín Manso, El Mundo). Cuando la vida de los más vulnerables —los no nacidos, los enfermos, los ancianos— se somete al cálculo político, la democracia misma se resiente. Porque una sociedad que no protege a quienes no pueden defenderse difícilmente puede llamarse plenamente justa (Daniel Fernández, Asociación Cristianos en Democracia, ForumLibertas).
V
ResponderEliminarEste caso emblemático sirve para plantearse muchas cuestiones antropológicas sobre el sentido de la vida, la libertad y el dolor, en una sociedad deshumanizada e impregnada de un alto nivel de relativismo y utilitarismo (Javier Pereda Pereda, Jóvenes Católicos). Se dice, para tranquilizar la conciencia colectiva, que el Estado no ofrece la muerte sino sólo un derecho. Que abre una puerta, sin empujar a nadie. La formulación es discutible. Si una prestación queda integrada en el sistema público de salud —protocolizada, financiada, accesible—, deja de ser una posibilidad abstracta que flota en el horizonte jurídico. Pues ha pasado a formar parte de lo que el propio sistema sanitario presenta como solución final ante determinadas situaciones de sufrimiento. Y eso tiene un peso cultural y simbólico que no puede ignorarse. Las instituciones no son neutrales. Lo que el sistema ofrece como respuesta moldea, con el tiempo, aquello que los pacientes perciben como opción razonable (Esteban Fernández Hinojosa, La Gaceta). Esta es la hipocresía de los que tratan de introducir en nuestra sociedad la cultura de la muerte porque le tienen miedo a afrontar la vida, precisamente con dignidad, que nos tratan de convencer de que somos dueños y señores de la vida y la muerte, olvidando que somos criaturas, olvidando que somos criaturas y que la persona humana está abierta a la trascendencia, es decir a Dios. (José Luis Lafuente, Dignidad Digital). El Estado tampoco te ayudó; al contrario (Javier Redondo, El Mundo). Carlos Prieto Carles, recientemente fallecido, decía: "Después de 38 años como médico en dos grandes hospitales y en contacto permanente con pacientes aquejados de gravísimas enfermedades, nunca, jamás, ningún enfermo ni familiar me ha planteado la eutanasia para sí mismo o su familiar” (Agapito Maestre, Libertad Digital). La puntilla de la esperanza estaba programada para las 18:00 de la tarde. A esa hora este país se asomó a uno de sus abismos éticos, en nombre precisamente del progreso (Chapu Apaolaza, Onda Cero Radio). Los niños en centros residenciales (como los de Cataluña) sufren más problemas conductuales, traumas adicionales y abusos que aquellos en acogimiento familiar o con apoyo intensivo en casa. Los programas de preservación familiar reducen las entradas en el sistema y mejoran el pronóstico (Teresa Giménez-Barbat, The Objective). El mismo Estado que, a lo que se ve, no supo protegerla de acabar con su vida. Eso, nos pongamos como nos pongamos, es una bárbara aberración (Carlos Herrera, ABC). El Leviatán ha recetado a Noelia una muerte dulce para combatir su depresión y envuelve su crimen en repulsivos ternurismos eméticos (Juan Manuel de Prada, Religión en Libertad). Una sociedad no puede limitarse a constatar la voluntad de quien sufre; debe preguntarse si hace todo lo posible para ofrecer alternativas de cuidado, apoyo y dignidad (Fernando Lostao Crespo, Heraldo de Aragón). Noelia fue víctima de unos pésimos progenitores y sospecho que, también, de alienación parental; eso que el feminismo ha decretado que no existe a pesar de que todos conocemos madres que han envenenado a sus hijos contra el padre (…) Horas antes de su muerte, esa madre amantísima está concediendo entrevistas para seguir hablando mal del padre como si acabaran de divorciarse cuando, en realidad, llevan más de una década separados. En todo este desolador espectáculo encuentro un cierto regusto a venganza; si el caso hubiera sido al revés, probablemente las feministas habrían impedido esta eutanasia calificándola de violencia vicaria (Marisol Oviaño, Vozpópuli).
VI
ResponderEliminarExiste el sofisma de que no se puede imponer a las personas vivir con sufrimiento (Javier Perda Pereda, Ideal). Que una «resolución de la Comisión de Garantía y Evaluación de Cataluña» despache una vida humana como un permiso de obra o una escolarización, me resulta inquietante. Lo confieso (Antonio Agredano, The Objective). Echo de menos una voz que diga que la vida de Noelia merece ser amada (…) La vida de Noelia pone de manifiesto muchas contradicciones: un sistema de protección de menores que no la protege, un intento de suicido que se intentaría prevenir pero que ahora se termina de ejecutar. Visto desde fuera, nos dirían que cuánta hipocresía (José Antúnez, Alfa & Omega). El Propofol intravenoso no falla, pero los hombres sí. Por ejemplo, los legisladores no juraron que habían excluido la patología mental como supuesto de la eutanasia (Jorge Bustos, El Mundo). No pienso que la existencia de Noelia haya sido en absoluto inútil. Deja un testimonio que entender (…) Ha expuesto la verdadera cara de la romantizada eutanasia y el rostro de un Estado sin piedad. Flota la sospecha de que en esto pesan también el ahorro del gasto sanitario y el aprovechamiento de la donación de órganos (Enrique García-Máiquez, Diario de Jerez). Lo que no se entiende es la celebración de la muerte, y no como la consecución de un pretendido derecho para poner fin a una vida humana, sino como producto de mercadotecnia política, o como exhibición de un éxito colectivo, o como una demostración de progreso (Manuel Marín, Vozpópuli). En asuntos tan resbaladizos y frágiles se echa en falta un formato, tal vez en TVE, de contrastes calmados y analíticos con auténticas autoridades. Que nos agiten la conciencia. Los grises del caso de Noelia son estremecedores (Diario de Cádiz). Es la distopía de la impunidad: el agresor campa a sus anchas mientras el Estado, en un alarde de cinismo burocrático, le dice a la víctima: “Como no pudimos evitar que te destrozaran”, y como no sabemos sanarte o recuperarte, te ayudamos a morir”. El chantaje se viste como tal cuando recibe la cobertura del fuego amigo de gestores acostumbrados a nadar en océanos de corrupción, en aguas en las que ni siquiera caben un salvavidas de dignidad o brazadas de misericordia. Y esto –entendámoslo bien– no es compasión; es una miserable rendición institucional”. En la ya citada «1984» de George Orwell, el poder secuestra el lenguaje. En el caso de Noelia, también. Hablan de “progreso” y “libertad” a lo que de facto es un asesinato amparado, asistido y alentado por un sistema decadente que invita a la muerte como remedio contra el dolor y el sufrimiento (Emilio Domínguez Díaz, El Español Digital). Muchas cosas que antes se conceptuaban de una manera se han ido reconfigurando en estas últimas décadas: el dolor, el sufrimiento, es una de ellas. También qué se entiende por «una vida que vale la pena» o «una vida bien vivida». En el caso de Noelia no me inquieta tanto que una persona joven quiera morir –siempre ha sucedido y más en los jóvenes– como que la sociedad acepte que su situación casa bien con ese deseo (Gonzalo Núñez, Ethic).
VII
ResponderEliminarLo que debe preocupar es que (…) nos estemos precipitando por una pendiente resbaladiza hacia un destino que siempre habíamos juzgado indeseable: la eliminación de los desposeídos por parte del Estado (Pablo de Lora, El Mundo). España decidió que debía morir, afirmando que era su deseo (…) Su capacidad de decisión le fue arrebatada años antes de su eutanasia. Esto no es una victoria. Esto es maldad (…) El Estado que la puso en peligro se felicitó por concederle "libertad" (Eve Barlow, La Razón). Los mismos que son incapaces de aliviar tu dolor por una mala gestión del dinero público, son quienes te dan una patada en el culo que te manda al otro barrio (Jaume Vives, El Debate). Me niego a cerrar este artículo sin permitirme incluir el patógeno o germen maternal (…) Y es que a mí no me quedarían fuerzas, ganas ni lágrimas para ir a ningún plató televisivo a quejarme, a pocas horas de la muerte de mi hija, de que su padre no quiere pagar el entierro pese a haber heredado no sé cuantos miles de euros (Lola del Toro, Diario de Córdoba). La historia de Noelia Castillo incomoda porque obliga a mirar de frente. Duele porque no permite refugiarse en los márgenes. Entristece porque concentra, en tan sólo un nombre, todas esas preguntas que llevamos años esquivando como sociedad: por pudor, por tendencia, por ideología o, sencillamente, por miedo (Alba Vila, La Gaceta). Hay, sin embargo, algo que, dentro de esta historia, ofrece un pequeño consuelo. La figura de su padre, que, con sus limitaciones y errores –como todos–, luchó hasta el final por defender la vida de su hija. No lo hizo por imposición ideológica ni por cálculo político, sino por amor. Porque creía que su hija era digna de ser amada y que su vida tenía valor. Esa actitud, más allá de las controversias jurídicas, recuerda algo esencial: que la dignidad de una persona no depende de su salud, de su autonomía o de su sufrimiento, sino del simple hecho de existir (Aniceto Masferrer, ABC). Si el mundo afirma la indignidad de una existencia dolorosa, nosotros afirmamos la dignidad de toda existencia, incluso de las miserables (…) Para el cristiano la existencia es un bien, aunque sea un bien herido; es un don, aunque sea un don desgarrador (Julio Llorente, Alfa & Omega). Convertir la eutanasia en solución preferente para sufrimiento tratable —especialmente en jóvenes con trauma no plenamente abordado— es una traición al núcleo de nuestra profesión (Miguel Fuentes, El Confidencial Digital). Apelar a la libertad individual es insuficiente en biografías devastadas (Carola Minguet Civera, Religión Confidencial). Hay que favorecer la cultura de la vida, del cuidado, del amor, de la protección y del cariño, teniendo en cuenta siempre la dimensión espiritual de la persona (…) Cuando alguien pide la muerte, la pregunta no es “¿tiene capacidad?”, sino: ¿qué heridas lo han llevado a creer que no hay otra salida? (ForumLibertas). El mal siempre se hace en nombre del bien. En los regímenes totalitarios ocurre así, lo revisten de derecho para deshacerse de aquellos que consideran inútiles, costosos, desechables. (Juan Pérez de Mungía, Periodista Digital). La muerte voluntaria, aunque se presente como una decisión individual (…) proyecta consecuencias públicas, afectivas y simbólicas, deja tras de sí a quienes han de sobrevivir a ella y abre una cuestión todavía más inquietante, la del mensaje que una sociedad empieza a emitir cuando convierte determinados desenlaces en hitos de legitimación pública. Lo que una comunidad valida, también enseña (…) Este caso obliga a pensar qué aprendizaje moral empieza a sedimentarse cuando determinados desenlaces dejan de percibirse sólo como tragedia y comienza a presentarse, siquiera de forma implícita, como respuestas comprensibles, legítimas e incluso ejemplares (Iker Peregrina Rey, El Mundo).
VIII
ResponderEliminarSe nos repite constantemente que la eutanasia es un acto de libertad. Que es la conquista de un derecho. Que es la expresión máxima de la autonomía personal. Pero hay una verdad más profunda, más incómoda, que no queremos escuchar: no hay verdadera libertad cuando el alma está herida, cuando la vida duele sin consuelo, cuando el horizonte ha desaparecido (Ana del Pino, Religión en Libertad). El Código Deontológico Médico, de obligado cumplimiento, es taxativo en su artículo 38.4: “el médico no deberá provocar ni colaborar intencionadamente en la muerte del paciente”. Su participación rompe el compromiso de la medicina con la vida (Pablo Monedero Rodríguez, Diario de Navarra). Por mucho intento de justificación de un caso de eutanasia siempre hay un resquicio de duda, de amargor (José Javier Ruiz Serradilla, Vida Nueva). Noelia: la línea roja que estamos cruzando sin querer mirarla (Rocío de los Reyes -CEDDD Andalucía-, Prensa Social). A mi juicio plantear el debate y la cuestión judicialmente desde el enfrentamiento del deseo de morir de la hija y la negativa de los padres es otro fracaso. Porque los padres siempre están y han estado con la hija, es el sistema el que ha apoyado el fin de la vida de Noelia. Pero cuando digo sistema no estoy refiriéndome a una entelequia o algo despersonalizado, no. Me refiero a intereses ideológicos que han hecho de la eutanasia bandera y rédito electoral. Porque sí, hay asociaciones a favor de la eutanasia, familiares que han vivido en primera persona el fracaso de la sociedad en sus familiares y no quieren que se repita. Pero lo que no quieren que se repita es el fracaso que llevó a sus familiares a desear la muerte por encima de todo. Cualquiera de ellos si su familiar hubiese mostrado el deseo de vivir habría estado igualmente a su lado (Txenti García Corres, Religión Digital). Me pregunto si a los 25 años no hay ningún tipo de esperanza para esta chica. Noelia, ¿de verdad era ésta tu única opción? (Rubén Arranz, El Confidencial). Más grave aún es el silencio que rodea sus declaraciones televisivas sobre presuntos abusos sexuales sufridos en tres ocasiones. Si esos hechos fueron reales, la indiferencia institucional resulta monstruosa: delitos gravísimos sin reacción pública, policial ni política. Y si no lo fueron —si respondían a una psique dañada por una patología severa—, el problema no es menor, sino mayor: quedaría entonces abierta una pregunta radical sobre su capacidad de discernimiento. El resultado final ha sido un silencio atronador. No hubo manifestaciones. No hubo concentraciones en decenas de ciudades. No hubo oleada emocional en defensa de una joven rota por el dolor físico y psíquico. Apenas unas pocas personas rezando a la puerta del hospital de Sant Pere de Ribes (…) Pero la muerte se ha convertido en el tótem de nuestro tiempo (ForumLibertas). El aborto ampliado y la eutanasia a lo bestia, sin agotar los medios paliativos, tiene sello de origen. Made in Catalonia. Denominación de origen (…) La actual legislación española es obra de Illa, el que va proclamando por ahí que él defiende el humanismo cristiano (JMVG, Germinans Germinabit). Noelia Castillo no ha muerto, la han matado. No es un suicidio asistido, es asesinato (carmelita Olga María del Redentor, El Español -edición de Castilla y León-).
IX
ResponderEliminarHay mucha gente, incluso intelectuales ‘progresistas’, que apoyan la eutanasia y el aborto; eliminar a los no nacidos y a los mayores (o no tanto) con sufrimientos intolerables. Y lo hacen apelando a la humanidad y a la dignidad. Pero olvidan algo esencial: el cómo se llega a las situaciones de extremo dolor y sufrimiento físico y mental. Yo no me puedo sentir orgulloso de una sociedad porque facilita la eutanasia olvidándose de que esa sociedad y sus instituciones han sido las culpables de los sufrimientos y dolores intolerables de quienes piden la muerte (Ramón Gómez Carrión, Hoja del Lunes de Alicante). Aun valorando el valor de la libertad y la propia voluntad y autonomía, un creyente nunca puede dejar de considerar estas palabras que se ponen en labios del Señor: “Pero ahora, mirad: soy yo, solo yo, y no hay dios fuera de mí. Yo doy la muerte y la vida, yo hiero y yo curo, y no hay quien pueda librar de mi mano” (Dt 32,39), (Pedro Barrado, Vida Nueva). Si el sacrificio de Cristo tuvo como misión primordial a través de la penitencia "que muriera inocente todo aquel que vivió en delito" (enfatiza Quevedo), alguien como Noelia (que, por los avatares padecidos y no compadecidos, vivió inocente y fue víctima de agresiones, manipulaciones y coacciones) no podía morir culpable, pues bien es sabido que la culpabilidad es la desobediencia voluntaria y consciente de la ley de Dios. Los verdaderos transgresores fueron los custodios políticos y verdugos medicinales que la atendieron, por la osadía de querer cambiar el designio divino de la muerte (Eduardo Gómez, Religión en Libertad). Se pone el foco en los 601 días de litigio judicial, pero se omite un dato esencial: desde los 13 años hasta su fallecimiento a los 25, Noelia estuvo bajo la tutela y el cuidado de la administración pública de la Generalitat de Cataluña. Primero, en centros de acogida hasta la mayoría de edad; después, debido a una trayectoria vital marcada por la vulnerabilidad, entrando y saliendo de distintos servicios públicos. Contaba con una discapacidad del 67 % antes del intento de suicidio que la condujo a la paraplejia; había sufrido intentos de suicidio previos y, según sus propias declaraciones, abusos sexuales reiterados. La pregunta es inevitable: ¿qué hizo la administración pública, a la que los ciudadanos sostienen con sus impuestos, para proteger a los más vulnerables? La respuesta, a la luz de los hechos, es inquietante: acompañarla hasta la muerte, hasta la eutanasia. Esta es la realidad que, desde el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, hasta la ministra de Sanidad, Mónica García, se intenta soslayar (…) Se impone la apertura de una investigación institucional: una comisión en el Parlament de Cataluña, la actuación de oficio de la Sindicatura de Greuges y, en su caso, el traslado del caso a las Cortes Generales para abordar las reformas legislativas necesarias (Editorial, ForumLibertas).
X
ResponderEliminarLa muerte de Noelia debe ser leída bajo esa luz. Lo que su suicidio asistido a cargo y cuenta del Estado pone de manifiesto no es la existencia de un mal, sino la de un orden que bloquea la pregunta misma por el bien. En ese punto —el punto en que se encuentran todas las sociedades denominadas avanzadas—, los instrumentos habituales de juicio fallan, no porque esos instrumentos, morales, jurídicos o incluso teológicos, sean falsos, sino porque presuponen un orden que ha sido desactivado (…) Vivimos en esa «sociedad técnica», tan bien descrita por Jacques Ellul, en la que se ha producido una mutación profunda del poder político: el Estado actúa como gestor de sistemas complejos —jurídicos, educativos, sanitarios, técnicos, asistenciales— cuya propia densidad operativa suscita una obediencia que ni necesita justificarse. La técnica se convierte en un sistema autónomo que condiciona todos los aspectos de la vida humana, en un entorno donde «el mejor método» prevalece sobre cualquier otro valor humano. En ese contexto, el sistema adquiere rasgos idolátricos: aparece como el único horizonte para organizar la vida de manera viable, configura él mismo los problemas y moldea los criterios mediante los cuales las soluciones a esos problemas resulten aceptables. Además, esa sociedad que pierde su referencia a la trascendencia, no se queda en un limbo neutral, sino que, como señaló Eric Voegelin, reorganiza el orden desde sí misma. Nociones como dignidad o justicia no desaparecen, son redefinidas funcionalmente de modo que decisiones que antes habrían resultado inaceptables puedan ser percibidas como razonables dentro del sistema. Y en semejante sociedad, ¿qué papel le cabe a la Iglesia. Ahí emerge una grave cuestión teológica, porque si el mal deja de percibirse como quiebra del orden y se inserta en la operatividad ordinaria de la sociedad establecida, el juicio moral pierde su punto de apoyo tradicional, y en consecuencia, la respuesta de la Iglesia no puede ya agotarse en la moderación de excesos del sistema dominante (...) «¿Quién mató a Noelia?» es una pregunta que apunta más allá del caso concreto. Porque a Noelia no la mató solamente la doctora que ejecutó el procedimiento letal, el juez que autorizó su muerte, el legislador que redactó la ley o el Parlamento que la aprobó. Ninguno de estos colaboradores necesarios está libre de culpa, pero el sistema los precede y los excede. Ese sistema que, tras debilitar progresivamente los vínculos y estructuras en los que la vida encontraba sostén —desde el arraigo familiar hasta las formas concretas de pertenencia, cuidado y sentido compartido—, termina por presentar la aniquilación de la vida como una salida ordenada y conforme a protocolo, como una forma legítima de cuidado (Pedro Gómez Carrizo, InfoCatólica).
Los fieles católicos nada podemos esperar de estos obispos.
ResponderEliminarLos trastornos depresivos suelen ir acompañados con el inevitable deseo de morir como solución al final del túnel, el caso de Noelia con el tesoro de su juventud es algo terrible, el médico que la aplicó iría con una capucha como los verdugos medievales pero es que Noelia no cometió ningún delito no hizo daño a nadie y el Estado la condenó a muerte, el señor super rollo dice que un médico con muchos años de carrera jamás le pidieron la eutanasia como solución por grave que fuese el caso pero seguro que oiría a muchos de ellos el querer morirse para descansar, mi abuela la pobre cada noche gritaba que la vida era un asco y solo quería morirse hasta que se fue pero nunca pidió la eutanasia.
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