CREDO IN ECCLESIAM UNAM ET SANCTAM

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Esa es la cuestión: que dar con creyentes que pongan en el mismo plano la unidad, la santidad, la catolicidad y la apostolicidad (la herencia apostólica) de la Iglesia, es casi imposible. Tenemos el caso de los que son incapaces de digerir la deriva doctrinal de la Iglesia (es el caso de la Hermandad Sacerdotal San Pío X). Y si por defender la santidad de la Iglesia (su decencia doctrinal y litúrgica) han de poner en riesgo su Unidad y se arriesgan a que los expulsen de la Iglesia, es decir que los excomulguen, pues resulta que esos tales no dan por mal empleados sus esfuerzos por salvaguardar la santidad de la Iglesia y soportan la excomunión con santa resignación; sabiendo, por otra parte, que toda excomunión es reversible.

En el bando contrario tenemos a los que están obsesionados por la Unidad de la Iglesia. Y hay que suponer que con la mejor fe del mundo: llevan decenios luchando por nivelar la liturgia y la moral de la Iglesia, con la liturgia y la moral protestante. Convencidos de que ése es el camino seguro para re-unificar a la/s iglesia/s protestante/s con la Iglesia católica. Y evidentemente, es imposible encontrar un punto de acuerdo entre ambas posiciones, porque las posiciones de ambas partes, tanto en liturgia como en moral, son muy extremas. 

Efectivamente, cuando la Iglesia declara solemnemente que un sector de la misma, que por lo general pretende preservar su santidad, su catolicidad o su apostolicidad, queda excluido de la Unidad (mediante la excomunión) lo hace por preservar su Unidad por encima de su santidad y demás notas características; porque de los defectos de santidad, de catolicidad o de solidez apostólica, se acaba saliendo más pronto o más tarde. Estos otros caracteres de la Iglesia han demostrado tener una gran elasticidad (no está nada claro si sería capaz de sobrevivir a las novedosas opciones morales que están abriéndose paso impulsadas desde su más alta cúpula). La unidad, en cambio, es totalmente rígida. La Iglesia o es una, o es tan caótica como las confesiones “protestantes” que, partiendo del genial invento del “libre examen” de la Biblia, andan ya por más de veinte mil “iglesias”, confesiones o lo que se quiera. Lo previsible, si aprendemos de la historia (magistra vitae, et Ecclesiae), es que las aguas de la doctrina vuelvan a su cauce natural. Lo que, en cambio, no tiene retorno, lo que no se recupera una vez que se ha roto, es la unidad. 
 

No hay más que ver lo tormentoso que está siendo el titánico esfuerzo que está haciendo la Iglesia católica desde el Concilio Vaticano II por recuperar la unidad con la/s iglesia/s protestante/s. Los mayores esfuerzos los ha concentrado en la liturgia, desfigurando de forma grotesca, la que venía practicando desde hace por lo menos un milenio. Y no es la liturgia solamente; que luego, con una determinación digna de mejor causa, ha seguido con la reforma moral, concentrada en la Fiducia suplicante.

Lo que hemos contemplado esta semana, es la culminación de una guerra titánica entre los defensores del Vetus ordo (tanto litúrgico como moral), y los defensores del Novus ordo (a cuyo frente ha puesto la Iglesia al más conspicuo defensor del Novus ordo, muy especialmente el moral). En Suiza se reunieron los amantes de la liturgia de siempre, los de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una celebración tan solemne, en cuanto a esplendor litúrgico, que bien podría competir con la solemnidad litúrgica de la Basílica de San Pedro.

De hecho, lo que en realidad hemos visto ha sido un poderosísimo pulso entre la Unidad (representada por el Vaticano, con su curia), y la Santidad (representada por la Fraternidad). En ese enfrentamiento, iba cada uno con sus armas: el Vaticano tiró de cánones para finalmente lanzar con ellos la que se ha dado en calificar como “bomba atómica”: la excomunión. La Fraternidad, en cambio, se afianzó en la liturgia y en la recta doctrina. Optó por la Iglesia Santa, asumiendo que tal opción podría provocar su expulsión de la Iglesia.

Hay que entender que lo que se produjo el día 1 de julio en Ecóne, fue un hecho puntual de desobediencia al papa: la consagración de cuatro obispos, sin la autorización que prescriben los cánones. El “estado de necesidad” alegado por la Fraternidad, cierto, pero difícil de marcar con una fecha concreta, como lo fue la del 1 de julio del 2026, lo dejó el Vaticano fuera de combate desde el primer envite. Efectivamente, al haber decidido la Iglesia que no pueden convivir en la Iglesia Una, el Vetus ordo (tanto litúrgico como moral) con el Novus ordo (tanto litúrgico como moral) sin poner en riesgo la Unidad de la Iglesia, La Santa Sede y el Santo Dicasterio para la Doctrina de la Fe (anteriormente, Santo Oficio) han decidido cortar por lo sano (ya suele ocurrir); con lo que, incluso antes de definirse el conflicto, tienen tomada la decisión de jugar todos sus triunfos en favor de la reforma: tanto la litúrgica como la moral. Echando mano de la excomunión. Por supuesto.

Pero tenemos en el Vetus ordo (tanto litúrgico como moral), que la biología juega en su contra: porque cuando la edad haga desaparecer a los obispos que consagró Lefebvre, este poderosísimo movimiento de defensa de la Iglesia para mantenerse en pie, caerá irremisiblemente: y por ese camino tan fácil, que se sostiene perfectamente en el dejar pasar el tiempo, prevalecerá el Novus ordo (tanto litúrgico como moral), dando paso así a una Nueva Iglesia, dramáticamente distinta de la Vieja Iglesia de siempre, pero muy parecida ya a la/s iglesia/s protestante/s con la/s que pretende recuperar la Unidad. Eso es lo que ocurrirá, si Dios no lo impide. 

¿Y si se consigue mantener la Unidad (al menos de momento), pero a costa de conseguir una Iglesia tan desfigurada, que ya no habrá quien la reconozca? La gran pregunta en tal caso, es: ¿Y cuánto puede durar una Iglesia así desfigurada, un auténtico Ecce Homo en todos los sentidos? Una Iglesia, insisto, que sueña con la Magnífica Humanidad recién descubierta; dotada, además, de una Dignidad Infinita, a cuyo servicio pone a Dios sin el menor miramiento. Esa es la pregunta clave: ¿De verdad que una Iglesia así puede durar como ha venido durando la Iglesia católica? No tiene pinta.

Por eso es tan fácil de entender a la Fraternidad en una apuesta tan alta y arriesgada como la de este fin de semana. Las excomuniones tienen fácil arreglo. Bien lo demostró Benedicto XVI. Pero lo que no tiene arreglo (que para eso tendría que volver Dios al mundo), lo que no tiene arreglo es la ruina litúrgica; y menos arreglo todavía, la ruina moral que se está gestando en la Iglesia católica, que tiene como máximo defensor de la fe y la moral, a un enemigo declarado de la fe y la moral cristianas.  


¿Qué vimos, pues, el día 1 de julio de 2026? Lo que vimos fue el desafío ostentoso y solemnísimo entre la Unidad de la Iglesia, defendida por el cardenal Tucho y el papa León XIV, y la fidelidad de ésta a su tradición. El choque entre los que están dispuestos a sacrificarlo todo (la liturgia, la tradición, la moral) en aras de la unidad, y los que por defender la santidad de la Iglesia están dispuestos a afrontar la excomunión (es decir, su expulsión de la Iglesia). Vimos el choque por mantener a toda costa la unidad de culto (sólo el Novus ordo en la liturgia) y la imposible unidad moral con el novus ordo moral que promueven el cardenal Tucho y los suyos, con el apoyo incondicional del papa.

¿Es éste el final del cisma existente en la Iglesia? ¡En absoluto! A partir de este mismo momento, el Vaticano ha puesto ya en marcha la táctica de la deserción que, al tener, previsiblemente, efectos muy limitados, se verá obligado a completar con tácticas de “acompañamiento” y de “inclusión”: las mismas que emplea para mantener la “unidad” con los que, con su nueva moral, pretenden ser “acogidos” por la Nueva Iglesia.

¿Habrá valido la pena para la totalidad de la Iglesia, el desafío del 1 de julio de 2026? ¡Dios dirá! En cualquier caso, se ve como bastante lejano del non praevalebunt.

Virtelius Temerarius

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