EL DEBATE SOBRE LA LEYENDA NEGRA ESPAÑOLA

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Palacio de San Lorenzo del Escorial

Desde hace algunos años, España se enfrenta a un desafío a la «Leyenda Negra», que presenta la historia del país, especialmente desde el siglo XVI, de forma simplista y maniquea. He aquí un panorama general de la situación, según uno de los principales intelectuales españoles que luchan contra esta «Leyenda Negra».
 
El acontecimiento más notable en la cultura española durante el último cuarto de siglo ha sido el movimiento popular por la recuperación de la identidad histórica nacional. Hace veinticinco años, era difícil publicar libros que presentaran la historia de España de forma favorable. Hoy, por el contrario, las librerías rebosan de obras que celebran la Reconquista, la conquista de América y el Siglo de Oro español; y no solo las librerías: esta ola se extiende por internet e incluso ha llegado al cine independiente. Todo esto, y es muy importante recalcarlo, ha ocurrido al margen del gobierno y en contra de su voluntad: el discurso oficial en España sigue recurriendo a los clichés de la Leyenda Negra, no por razones científicas, sino políticas, porque es en este discurso donde convergen los intereses de la izquierda hispanófoba, la derecha globalista y las élites separatistas. La endofobia, el autoodio, ha sido política de Estado en España durante medio siglo. Pero hoy, el muro se desmorona desde sus cimientos: un sector creciente de la sociedad ha dejado de creerse esta narrativa. Y el gobierno está preocupado, como es lógico.
 
Recientemente, dos profesores progubernamentales (es decir, de izquierdas), uno de ellos conocido por la absurdidad de sus declaraciones, publicaron un supuesto "estudio" sobre la creciente influencia de este patriotismo historiográfico, un fenómeno que juzgan con suma severidad y equiparan con la "extrema derecha". Este "estudio" solo cobró relevancia porque encontró eco en Eldiario.es, el principal periódico de la izquierda radical española. La acusación nombra a varias personas concretas: Javier Rubio Donzé, Javier Santamarta, Marcelo Gullo, Fernando Díaz Villanueva, Javier Esparza y otros. Sus delitos son principalmente tres. El primero es dedicarse a la divulgación histórica sin haber completado estudios universitarios de historia. El segundo es difundir una visión romántica e irreal de la historia española, muy alejada del "consenso académico". El tercero es cometer errores fundamentales, como destacar la "excepción española" o utilizar conceptos políticos actuales para interpretar el pasado. Analicemos cada uno de ellos.
 
Javier Santamarta y Javier Esparza
 
Empecemos por el final: ninguno de los autores en cuestión, al menos por lo que he leído, se adhiere al cliché del «excepcionalismo español» ni cae en el anacronismo político. En lo que a Javier Esparza respecta —ya que el «estudio» le acusa de ello con cierta virulencia— la realidad es precisamente la opuesta. Tanto en *Te voy a contar tu Historia* como en muchos de sus otros libros, compara continuamente el desarrollo histórico de España con el de otras naciones del mismo período —a veces similar, a veces no—, pero que solo puede comprenderse plenamente estableciendo un marco general. Obviamente, cada nación tiene su propia historia, y en este sentido, la de España es única, pero de ninguna manera es una «excepción» dentro del contexto histórico de nuestra civilización. Una cosa es destacar los episodios históricos que solo España fue capaz de afrontar —la conquista de los océanos, por ejemplo— y otra muy distinta es atribuir un carácter excepcional a su historia colectiva. Si los españoles lograron cosas o acciones que solo ellos podían haber conseguido (por ejemplo, la promulgación de las «leyes de protección» para los indígenas), es natural reconocer este hecho objetivo y explicar las razones que lo justifican. Esto no es lo mismo que suscribir el «excepcionalismo español», como si hubiera algo en el agua que bebemos (o en el jamón que comemos, ¿quién sabe?) que nos hiciera especiales. Mejor aún: en realidad, esta historia del «excepcionalismo español» es un argumento típico de la izquierda, defensora de la Leyenda Negra. España enferma de su historia, España como un error histórico, España como una anomalía en la Europa de la Ilustración… ¿Cuántas veces hemos oído este estribillo? Pero ese es precisamente el discurso clásico de la hispanofobia, no el de Javier Esparza ni el de ninguno de los acusados ​​por nuestros autoproclamados «profesores».
 
Georges Duby
 
Lo mismo se aplica a la supuesta interpretación de los acontecimientos pasados ​​a través del prisma de los conceptos políticos actuales, una acusación que, francamente, desconozco de dónde la han sacado estos señores, ni en Esparza ni en el de sus compañeros que se encuentran en el banquillo de los acusados. Cada época tiene su marco de referencia, y precisamente, una de las tareas esenciales de quien narra la historia es explicarlo: esto es algo que el historiador Georges Duby nos ha enseñado a muchos.  Si, por ejemplo, un monje del año 754 escribe sobre la pérdida de España, debemos intentar comprender qué quiso decir con ello. Es absurdo afirmar que, cuando dijo «España», tenía en mente el Estado-nación moderno. Pero es aún más absurdo afirmar que «España no existía», como dicen tantos necios. España ha existido desde que algunos cronistas históricos la denominaron así por primera vez. Pero la España moderna solo existe en la era moderna, y no antes, obviamente. Esto no es tan difícil de entender. Así como los Comuneros de Castilla (los que participaron en la sublevación armada de las ciudades castellanas contra el rey Carlos I de España/Carlos V en 1520-1522) no eran republicanos liberales, tampoco Espartaco fue el primer sindicalista, como ha afirmado la ministra y vicepresidenta española Yolanda Díaz. Es más, en este caso, es de nuevo la izquierda la que, como de costumbre, comete un anacronismo al aplicar marcos conceptuales modernos (por ejemplo, la lucha de clases) a cualquier período histórico.
 
Esto nos lleva a la segunda acusación: la de presentar una imagen idílica de la historia española, ajena al «consenso científico». De hecho, no está claro dónde reside el «pecado», si en el idilio o en el consenso. Pero, ¿qué es el consenso histórico? ¿Quién lo define? ¿Quién tiene la autoridad para decidir en qué deben ponerse de acuerdo los historiadores? En España, durante muchos años, el «consenso» ha sido que la historia española dista mucho de ser idílica: la Reconquista fue un farol, los moros eran los buenos, la conquista de América fue un genocidio seguido de saqueo… Peor aún, en realidad, España, lo que llamamos España, supuestamente no existió hasta algún punto indeterminado del siglo XIX (un punto sobre el que no hay… consenso). Todo esto es completamente ridículo.
 
Pero dado que nuestros detractores tan amablemente plantean esta cuestión, merece la pena detenerse un poco más en ella. Empecemos por recalcar que los términos de este supuesto consenso distan mucho de ser científicos, pues distorsionan flagrantemente los hechos materiales y objetivos. Lo que denominan «consenso» no es más que un conjunto informal de prejuicios ideológicos impuestos por la burocracia académica, clichés obsoletos o negaciones flagrantes de lo evidente. Un ejemplo de prejuicio ideológico: la prohibición de usar la palabra «Reconquista», que, para ellos, equivale prácticamente a una invocación al fascismo. «Reconquista», afirman, es simplemente un término inventado por historiadores del siglo XIX. De hecho, podrían haberlo llamado de otra manera.
Pero este término tiene valor porque expresa algo y se entiende de inmediato, aunque no sea conceptualmente exacto. Es como el término «Renacimiento». Leonardo no se despertó una mañana diciendo: «¡Cómo me siento renacentista!». La idea fue introducida por Vasari a mediados del siglo XVI, pero no se convirtió en un concepto formal hasta el siglo XIX. Y todos la aceptan, simplemente porque es útil. Lo mismo ocurre con la palabra «Reconquista». En realidad, la crítica al término no proviene de su utilidad narrativa, sino de su interpretación política: debemos dejar de hablar de Reconquista —se nos dice— porque implica una idea anacrónica de nacionalismo español, o incluso de «franquismo». Pero esta es una atribución arbitraria por parte del intérprete. Javier Esparza ha dedicado tres monografías y cuatro novelas a este período, y cualquiera que las lea encontrará que no hay ni rastro del nacionalismo español moderno. Por supuesto, siempre está el típico intelectual espontáneo que recurre al argumento simplista al estilo Ortega, a saber, que no se puede llamar «reconquista» a un fenómeno que duró ocho siglos. Pero esta afirmación de Ortega y Gasset es tan frívola como muchas otras del mismo autor y no resiste la objeción elemental: ¿por qué no? La afirmación es tan válida como su opuesto. Y, sobre todo, está el hecho histórico: existió una Hispania cristiana que ya se llamaba a sí misma así, Hispania, España; este mundo se derrumbó, se estableció un período de dominación islámica sobre una parte cada vez más reducida de la península ibérica, luego un período de reconstitución de los reinos cristianos en un contexto que ellos mismos llamaron, naturalmente, España. Así pues, ¿dónde está realmente el problema?
 
Ortega y Gasset
 
«Lo que llamaban España no es lo mismo que la España moderna», objetan. Claro. Pero hay una gran diferencia entre eso y decir «España no existió». España no existió, pero la primera isla que nuestros antepasados ​​colonizaron en América se llamaba La Española, y el primer virreinato, Nueva España. «La Hispania romana no era España», insisten. De acuerdo. Y el acueducto de Segovia se llamaba «aqueductum» porque así se pronunciaba en latín. ¿Acaso no se dan cuenta de lo ridículas que son todas estas afirmaciones?
 
Hablando de ridiculeces, y siguiendo con el tema del supuesto «consenso científico», conviene destacar otros puntos esenciales. El primero es que ningún campo del conocimiento progresa sobre la base del consenso; todo lo contrario. El segundo punto es que la Academia Española, en materia de historia, se ha caracterizado con frecuencia por su afán de imponer ideas decididamente anticientíficas. Por ejemplo: consagrar la idea del genocidio en América a pesar de la evidencia física de la supervivencia de millones de indígenas y a pesar de la evidencia documentada que demuestra que nada respalda tal tesis. Otro ejemplo: imponer el dogma del saqueo de las riquezas de las Indias a pesar de la evidencia objetiva de que México y Perú siguen estando entre los principales productores mundiales de oro y plata. Un ejemplo más: normalizar el uso de una expresión completamente ficticia como «Confederación Catalano-Aragonesa» para referirse a la Corona de Aragón. Y así sucesivamente.
 
Pero eso no es todo. Resulta que las principales innovaciones en el campo de la Historia en los últimos años han surgido precisamente fuera del ámbito académico. Quien revolucionó las ideas preconcebidas sobre la Segunda República fue un investigador independiente, Pío Moa, gracias a un ejercicio tan poco arriesgado como recurrir a los textos de los protagonistas de este episodio, algo que, al parecer, no se le había ocurrido a nadie en la universidad (y a quienes sí se les ocurrió, como a Ricardo de la Cierva, simplemente se les desestimó). Quien estableció, con precisión documentada, el número exacto de ejecuciones de posguerra fue un periodista, Miguel Platón, mediante un método tan poco original como encontrar y publicar los datos contenidos en el Archivo Militar de Ávila, que siempre habían estado allí, pero que ningún profesor "ortodoxo" se había molestado en consultar. El hombre que transformó nuestra comprensión de la ciencia y la tecnología españolas durante el Siglo de Oro fue Nicolás García Tapia, ingeniero industrial y profesor de mecánica de fluidos, gracias a su audaz método de estudio de los "privilegios de la invención" en el Archivo Simancas, una colección aparentemente ignorada por nuestros académicos, quienes seguían aferrados al cliché decimonónico de que "en España nunca ha habido ciencia". Quien deconstruyó con mayor eficacia la narrativa de la leyenda negativa fue Elvira Roca Barea, filóloga, mediante un método tan básico como la comparación documental. Podríamos multiplicar los ejemplos. Mientras la clase académica se mantenía comprometida con el "consenso", otros impulsaban el conocimiento.
 
Elvira Roca Barea
 
Esto no significa que los académicos no aporten nada. Podríamos, de nuevo, multiplicar los ejemplos que demuestran lo contrario (Martínez Ruiz, Emilio de Diego, etc.). Pero lo que me parece significativo es que lo hacen por capacidad, por amor a su disciplina, y no como parte de una labor científica organizada por sus departamentos. Los departamentos universitarios españoles, tanto en este campo como en otros, concentran la mayor parte de sus esfuerzos en mantenerse a sí mismos, en un proceso de endogamia que los lleva a la absoluta insignificancia.
 
Abordemos finalmente la primera acusación: ¿cómo se atreve uno a escribir sobre historia sin haber completado los cursos necesarios? Francamente, ¿es esto siquiera serio? Los títulos universitarios tienen lo que tienen. En humanidades, pueden —aunque no siempre— conferir cierta presunción de conocimiento adquirido, pero no otorgan una especie de competencia exclusiva, un conocimiento secreto reservado solo para unos pocos. Nos encontramos ante un discurso elitista que resulta patético. Peor aún: un discurso sectario. 
 
Pero lo cierto es que incluso los historiadores de formación, como Fernando Paz, quedan excluidos por “no seguir la corriente”. Como ya he dicho, nos encontramos ante un discurso completamente sectario. Si dependiera de esta gente, habría que llevar una pegatina de “políticamente correcto” en la frente para poder hablar.
 
Fernando Paz
 
Vayamos al grano: lo que les molesta es que exista una ola de revisionismo positivo de la historia española, que el público haya respondido con entusiasmo a esta propuesta, que estemos vendiendo muchos libros (mientras que ellos venden muy pocos), y que todo esto haya ocurrido al margen de los presupuestos oficiales y de los círculos universitarios que tanto les costó conquistar. Como no pueden imponer su discurso —anticientífico, obsoleto, plagado de clichés y prejuicios— reaccionan con ese reflejo despótico y autoritario tan común entre los viejos burócratas. Pero también en esto fracasarán: la ola seguirá avanzando, sus departamentos permanecerán cada vez más aislados y, por supuesto, nosotros, los contribuyentes, seguiremos pagando sus sueldos. Probablemente ese sea el único consuelo que les queda.

Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

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