Me
ocupé recientemente del animal hablador (el zóon
loguikón) de Aristóteles. Y hoy, tras la lectura del artículo de Appunti – di Stefano Feltri sobre las
máquinas capaces de actuar mientras nos dejan a nosotros pensando, he caído en
la cuenta del socorridísimo Deus ex
máchina (zeós ek mejané) del teatro clásico. Era el gran truco de hacer
bajar a un dios de una máquina (polea) para resolver las situaciones totalmente
irresolubles e ingobernables, resultantes de sacar a escena sin cálculo ni
miramiento, toda clase de personajes con sus pasiones desatadas.
Y
bien parece que es justamente ahí donde estamos. Ya no sabemos cómo desliar
todo lo que hemos liado a fuerza de conocer al hombre tan a fondo, que hasta
hemos llegado a la capacidad de predeterminarlo, atropellando sin
contemplaciones su “libertad”. Es lo que han entendido muy bien que hacían,
empresas como Anthropic y Android, que han ido de frente a imitar
al ánzropos (el hombre; anzropikós = humano) y al andrós (nom., anér), el varón.
Estamos
ahondando nuestra capacidad creadora. Sí, claro. Frente al Dios Creador, está
el hombre creador que, después de varias tentativas con mayor o menor fortuna,
intenta ahora crear al hombre a su imagen y semejanza. Es decir que el Homo Tecnológicus, el brote evolutivo
del Homo Sapiens que ha conseguido
grandes avances en esta línea de la actividad humana, se ha metido hasta las
trancas en su nuevo diseño tecnológico de toda la especie.
El
Homo tecnológicus ha hecho máquinas
tan poderosas en el orden específicamente humano (el lógos con su lógica y su reducción a palabra), que ha conseguido
que sus creaciones superen a la criatura privilegiada con el dominio del lógos; ha conseguido que sus criaturas superen
al zóon loguikón; que superen finalmente
al hombre que salió de las manos del Creador: que tras formarlo del barro de la
tierra, le insufló su espíritu. Resultando esa creación, gracias al lógos, a imagen y semejanza del Creador.
Y
he aquí que una vez más hemos de sorprendernos de la profunda dimensión
profética del en arjé én ho lógos (en
el principio estaba el lógos) de san
Juan; y sobre todo del pánta di’autú
eguéneto: todo se hizo a través de él (del lógos). Respecto al diá conviene
recordar que en griego el “por qué”, es decir el principio de causalidad se
expresa con el diá ti: literalmente, “a través de qué”, “por
medio de qué”: Es decir que toda la creación pasó por el lógos. Todo lo que
existe, fue antes palabra; de manera que si no hubiese pasado antes por la
palabra (pánta di’autú eguéneto) no
hubiese llegado a la existencia.
Es
oportuno, al llegar aquí, recordar al genial Aristóteles (y a su fiel seguidor
Tomás de Aquino) que establece la diferencia metafísica entre esencia y
existencia. Gracias a ellos nos percatamos de que la esencia está totalmente
por encima de la existencia. Que es en la esencia donde se concentra el valor;
que el ser es la condición indispensable del estar y del existir. Que sin
esencia, no hay existencias.
Y
ha venido a resultar que el lógos, la
palabra, que ha sido siempre el identificador y el más evidente diferenciador
de la especie Homo, ha alcanzado vida
propia y autónoma en los cachivaches tecnológicos que ha creado el hombre. Esos
cachivaches humanos que están multiplicando al infinito sus existencias, y que,
para hacer el asunto más realista, hasta pueden tener forma humana, han
iniciado ya su fase de rebelión contra el hombre: contra su creador. Y de paso,
contra su misma esencia humana.
Resulta
que ya son capaces de tomar decisiones por su cuenta (de eso nos informa el
artículo de Stefano Feltri), y ponerlas en ejecución mediante toda clase de
instrumentos ejecutores a las órdenes del respectivo cachivache. Tenemos, en
realidad, a un lógos totalmente
autónomo, metiéndose a creador, por encima incluso del lógos que identifica y caracteriza al zóon loguikón de Aristóteles. Lo que al final hemos conseguido, ha
sido liberar al lógos de su prisión
humana y meterlo a crear lo que se le ocurra: incluso a un ánzropos sometido al lógos
y a los loguismói (razones) salidos
de sus manos. ¿Es ahí donde estamos?
Por
lo visto, hemos dotado a nuestras criaturas de voluntad (nada menos que
voluntad, decisión) totalmente independiente de la nuestra. Sí, claro, la
tercera facultad del alma, eso que nos enseñaron en el catecismo: Memoria,
entendimiento y voluntad. Hemos dotado a nuestras criaturas de una memoria y un
entendimiento (procesado de datos) que superan esas mismas capacidades
nuestras: tanto como cualquier máquina supera nuestra fuerza física, nuestra
habilidad y nuestra productividad. Una memoria mecánica ampliada a lo
absolutamente increíble a través de “la nube”, que ha dejado la nuestra en la
más absoluta indigencia. Y con la tremendísima capacidad de procesamiento de esas
máquinas, resulta que ya ni nos atrevemos a “razonar” por nuestra cuenta.
Preferimos echar mano de ellas y fiarnos de lo que razonen: de su memoria y de
su entendimiento.
Pero
ya no son sólo la memoria y el entendimiento (capacidad de procesamiento) las
áreas en que nos hemos rendido ante nuestras máquinas, porque en eso nos ganan
por goleada. Ahora estamos ensayando con la tercera facultad del alma, la
voluntad. Y sí, les hemos cedido la facultad de tomar decisiones, porque
también en esto han mostrado mayor capacidad que la nuestra. Y por este camino,
estamos corriendo el riesgo de que nos quiten del medio y ocupen ellas,
nuestras criaturas, el lugar que Dios nos asignó en la Creación. Tal y cual. Y
que, empleando los materiales que nosotros mismos les hemos proveído, nos
desplacen de la Creación sin contemplaciones: e incluso actúen frontalmente
contra nosotros.
Y
ya, lo que nos faltaba: hemos conseguido que esos cerebros no-biológicos
adquieran la capacidad de dialogar entre sí, e incluso de organizarse
armónicamente para realizar conjuntamente tareas complejas bajo la dirección
del cachivache más adelantado.
A
estas alturas, tenemos bien claro que la capacidad de análisis y razonamiento
de la Inteligencia Artificial supera astronómicamente nuestras capacidades
respectivas: por el simple hecho de que mientras la máquina es capaz de
procesar millones, billones y hasta trillones de datos en segundos, nuestro
cerebro no sería capaz de desarrollar ni una fracción de esa capacidad, aunque
dispusiese de todo el tiempo del mundo.
Y
como somos listísimos, y lo que más nos interesa es la eficiencia en la
creación de cosas, hacemos como el hombre que, habiendo montado un gran imperio
económico, lo puso en manos de sus siervos más capaces de hacerlo crecer sin
parar: temiendo que, si lo ponía en manos de su hijo mucho menos dotado,
pudiera echarlo a perder. ¡Natural!, ese gran hombre amaba mucho más a sus
riquezas que a su hijo.
Pues
a ver si nos pasa lo mismo a nosotros, que acabemos amando más a las obras de
nuestras manos, que a nosotros mismos. Y como nuestras máquinas lo hacen todo
mejor que nosotros (no somos capaces de superarlas ni en acumulación de datos,
ni en su procesamiento), les cedemos totalmente nuestra voluntad. Dejamos que
ellas decidan por nosotros: porque ellas disponen de una infinidad muchísimo
mayor de datos sobre los que decidir, y tienen una capacidad infinitamente
mayor de procesar esos datos, es decir de pensar y razonar. Eso es, hemos
creado máquinas con las tres facultados del alma: memoria, entendimiento y
voluntad. Nos hemos lucido.
¿Y
cuál es el hueco que le queda al ser humano en ese nuevo mundo que hemos
creado? Del zóon loguikón de
Aristóteles (traducido como “animal racional”), ¿qué se hizo? No quiero ni
imaginarme cuál pudiera ser el deus ex
máchina capaz de desenredar este lío.
Virtelius Temerarius


