LA COFRADÍA DE LA CRUCECITA ENCASILLADA

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Mediados de abril y el sol ya pega con fuerza sobre el adoquinado de Calanda. Y este pobre cojico entró en La Bellota con ese paso suyo de siempre, torcido y decidido, como quien lleva prisa, pero sabe que no hay ningún sitio adonde ir que valga más la pena que donde ya está.
 
El tío Caldú ocupaba su esquina habitual con el vaso de vino a medias y el periódico doblado sobre la rodilla. Emilio, el de Pinseque, al que todos llaman Trisca por costumbre ya irreversible, había bajado esa mañana desde el pueblo de arriba sin motivo aparente, que es el mejor motivo para bajar. El viejo sargento de la Benemérita, antes de que la jubilación lo devolviera a Calanda con el rango pegado al cuerpo como un tatuaje, estaba sentado frente a la barra con un café solo, que ya se había quedado frío.
 
Este Cojo pidió vino, miró alrededor, y soltó la piedra.
 
—Ahora que andan todos ustedes cavilosos con lo de crucecita sí, crucecita no, ¿saben cómo se aprobó la ley del aborto en España?
 
Nuestro protagonista calló y se quedó mirándolos de hito en hito. El tío Caldú no levantó la vista del vaso.
 
—Con votos, digo yo.
 
—Con votos y con una llamada de teléfono —dijo el Cojo—. Que no es lo mismo.
 
Trisca dejó su café en la barra.
 
—¿Qué llamada?
 
Nuestro protagonista se acomodó en el taburete con la parsimonia del hombre que sabe que lo que va a contar merece su tiempo.
 
—Año ochenta y cinco. Felipe González en el Gobierno. La ley del aborto aprobada en el Congreso y atascada en el Senado, donde Fraga y Alianza Popular tenían mayoría y la estaban obstruyendo coma a coma, acento a acento. Una campaña de filibusterismo parlamentario de libro. La ley no salía.
 
—Fraga era muy de misa —dijo el Aurelio, que conocía el perfil.
 
—De misa y de rosario y de escapulario, sí señor. Hombre de fe de las de verdad, de las que no distinguen entre lo que uno cree en el reclinatorio y lo que uno hace en el escaño. Por eso lo que pasó aquella tarde lo dejó con la boca abierta y el alma seca.
 
—¿Qué pasó? —preguntó Trisca.
 
 
—Que estando Fraga en su despacho con Jorge Verstrynge, que era entonces su secretario general y hombre de total confianza, sonó el teléfono. Al otro lado estaba el Secretario General de la Conferencia Episcopal Española, Fernando Sebastián. El número dos de los obispos españoles. El mismo que tendría que haber estado en las trincheras oponiéndose a la ley. Un meapilas de libro.
 
El tío Caldú levantó la vista por primera vez.
 
—¿El obispo?
 
—El secretario de los obispos. Fraga cogió el teléfono, se puso de pie —que era lo que hacía cuando la cosa era seria— y puso una cara, según cuenta Verstrynge, de no entender absolutamente nada de lo que estaba escuchando.
 
—¿Y qué le decía? —preguntó el Aurelio, ya muy quieto.
 
—Le pedía que dejara de oponerse a la ley. Que permitiera su aprobación. Que no la bloqueara más. Os cuesta creerlo, ¿no?
 
Silencio en La Bellota. El Aurelio dejó el café. Trisca abrió la boca y la volvió a cerrar. El tío Caldú miró su vino como si de repente le hubiera cambiado el color.
 
—El obispo —dijo el tío Caldú despacio—, llamando a Fraga para pedirle que dejara pasar el aborto. Sí, sí, el obispo portavoz oficial de todos los obispos de España. Hablando en nombre y representación de todos ellos.
 
—El mismo.
 
—Pero... —empezó Emilio.
 
—Verstrynge lo cuenta él mismo. Estaba allí. Lo oyó. Vio la cara de Fraga cuando colgó. Y cuando Fraga colgó, se volvió hacia él y le dijo la frase. La frase que resume cuarenta años de política española en doce palabras.
 
—¿Qué frase? —preguntó el Aurelio.
 
El protagonista del día bebíó un sorbo de vino, dejó el vaso en la barra con cuidado, y dijo:
 
—"Por la memoria de mi santa madre, que si no, me daba de baja de esta cofradía ahora mismo."
 
Trisca soltó una carcajada corta, más de incredulidad que de gracia.
 
—No me diga.
 
—Se lo digo. Palabra por palabra.
 
 
El tío Caldú meneó la cabeza con esa cadencia lenta de quien ha vivido mucho y ya pocas cosas le sorprenden del todo, pero esta sí que le ha pillado un poco descolocado.
 
—O sea que Fraga, el más papista de España, más papista que el Papa...
 
—Más papista que el Papa, exactamente.
 
—...se quedó más perplejo que los obispos con el obispo.
 
—Eso es. Porque Fraga era de los que se lo creían de verdad. Y cuando uno se lo cree de verdad y descubre que los que mandan el cotarro están jugando a otro juego, la cara que se le queda es esa. La de no entender nada.
 
El Aurelio cruzó los brazos con la autoridad del hombre que ha visto operar a las instituciones desde dentro.
 
—Siempre hay una razón detrás. Siempre. ¿Cuál era la razón?
 
—Verstrynge se lo contó a Alfonso Guerra —dijo el Cojo—. Y Guerra le respondió: "Mañana sabrás por qué."
 
—Anda —dijo Emilio.
 
—Al día siguiente abrió los periódicos y ahí estaba. Primera plana. Una fotografía de Alfonso Guerra rodeado de obispos. Todos sonrientes, todos de acuerdo, todos con cara de haber resuelto un asunto difícil de la manera más satisfactoria para todas las partes.
 
—¿Y qué habían firmado? —preguntó el tío Caldú.
 
—En efecto, a cambio de la llamada traicionera, firmaron la actualización del acuerdo de financiación de la Iglesia a través del impuesto sobre la renta. La casilla del IRPF. Esa crucecita que usted marca en su declaración anual de la renta si quiere destinar un porcentaje de sus impuestos a la Iglesia Católica.
 
El Trisca tardó unos segundos en encajarlo.
 
—O sea... que cada año pagamos el precio de la legalización del aborto
 
—O sea —dijo este Cojo— que el aborto entró por la puerta y el dinero entró por la ventana. El mismo Gobierno que aprobó la ley del aborto implantó el mecanismo por el que la Iglesia empezaría a cobrar de los presupuestos del Estado de manera discreta, recurrente y perfectamente presentable. A partir de 1988, primer ejercicio con el nuevo sistema: colecta anual pro aborto. Primero fue el cero coma cinco por ciento del IRPF. Luego, con Zapatero, proabortista donde los haya, lo subieron al cero coma siete. Doscientos cincuenta millones de euros al año, señores. Cada año sin falta, la Iglesia (con la anuencia de todos los fieles a la crucecita) renueva su ferviente adhesión a la legalización (y financiación pública) del aborto.
 
 
El Aurelio no dijo nada durante un momento. Cuando habló, fue con esa voz de quien lleva toda la vida viendo cómo funcionan las cosas por dentro y ya no se indigna: porque la indignación gasta mucho y rinde poco.
 
—Un acuerdo de caballeros: porque no, en él no intervinieron damas.
 
—El peor tipo de acuerdo —confirmé—. Porque no lo puede usted llevar ante ningún juez. No hay papel. No hay cláusula. Sólo una llamada de teléfono, una foto en los periódicos al día siguiente (sin caer en la cuenta de la relación entre la crucecita y el aborto), y cuarenta años de encaje perfecto.
 
—Y Fraga sin enterarse de la película —dijo el tío Caldú.
 
—Fraga se enteró en el momento en que colgó el teléfono. Lo que pasa es que Fraga era de los que se lo creían. Y los que se lo creen de verdad son siempre los que se quedan con la cara de no entender.
 
El tío Trisca tamborileaba los dedos en la barra.
 
—¿Y los obispos no protestaron después? ¿Con el aborto, con el matrimonio gay, con la eutanasia?
 
—Protestaron —dijo el Cojo—. Siempre protestan. Pero con el volumen justo, para no desbaratar el pacto. Lo necesario para que conste en acta, para que nadie les pueda decir que se callaron del todo. Notas, pastorales, declaraciones. Pero sin volcar la mesa. Sin romper el trato. Rubalcaba lo dijo años después, cuando la Iglesia volvió a ponerse tensa con la ley de Zapatero. Les advirtió que, si la Iglesia rompía los consensos de la Transición, los socialistas se sentirían libres del pacto (entiéndase, tirarían la crucecita a la basura). Sólo se puede decir eso si hay un pacto, claro está. Y si todos en la sala saben que lo hay.
 
—Claro —dijo el Aurelio—. Porque si no hay pacto, no hay nada de lo que liberarse.
 
—Exacto, mi sargento.
 
El tío Caldú bebió un largo trago de vino y dejó el vaso en la barra.
 
—Y ahora el cardenal Cobo negociando con Sánchez lo del Valle de los Caídos y el futuro de su gran Cruz.
 
 
—El mismo —dijo el Cojo—. Heredero de una tradición. La Iglesia que negocia, que cede lo que hay que ceder, que guarda lo que hay que guardar, y que todos los años, en abril, cuando llega la campaña de la renta, cobra la crucecita. Doscientos cincuenta millones. Puntuales como la misa del gallo ya decadente, mientras se encumbra la crucecita.
 
—Y el aborto sigue siendo legal —dijo Trisca, que estaba haciendo la suma-, y lo pagamos religiosamente todos los españoles con la maldita crucecita.
 
—Y el Valle se resignifica. Y Cobo sonríe. Y la casilla sigue ahí, con su ignominiosa crucecita, para pagar el aquelarre.
 
Nadie habló durante un rato. Por la ventana de La Bellota entraba el sol de abril sobre el adoquinado de Calanda, y afuera todo era como siempre: el campanario, el olor lejano a aceite, los gatos en las esquinas.
 
Fue el tío Caldú el que habló primero, con esa lentitud suya de hombre que no malgasta las palabras.
 
—El pobre Fraga, con la memoria de su santa madre…
 
—El pobre Fraga —convine con cierta tristeza—. Que se lo creía…
 
—Eso es lo peor —dijo el Aurelio en voz baja—, que se creyó a esos impresentables, que son los mismos de hoy, pero con diferentes caras y nuevas inclinaciones.
 
Y el Aurelio pidió otro café, que ya se le había quedado frío el primero, y Caldú encendió otro caliqueño… Y La Bellota siguió oliendo a sábado de abril y a historia de España, que, al final y en el fondo, viene a ser lo mismo.
 
El Cojo de Calanda

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