Es
lo que tiene ser un creyente racional. No, a mí la fe no me viene de las
entrañas (no; la mía no es una fe visceral), sino de la razón. Y es la razón la
que me dice que eso de la libertad sustentada en la democracia que nos vende
hoy la política, es un camelo: hemos picado el anzuelo y nos lo hemos tragado;
y ya de puestos, nos hemos tragado también el sedal y la caña.
El
molde con el que se construyó el cristianismo y su venerable institución
orgánica a la que llamamos “La Iglesia”, fue el único existente. Cuando vino
Cristo a redimirnos hace unos 2.000 años, el mundo estaba hecho una auténtica
calamidad. En el mundo romano, en el imperio, que es donde nació, vivió y murió
Cristo, dos tercios de la población eran esclavos, es decir que eran propiedad
de su dueño y señor. Sí, claro, en esos tiempos era lo más normal tener un
dueño y señor. Tanto el dueño (la propiedad) como el señor (la autoridad) se
llamaban dóminus. La bifurcación de
esas dos realidades, la establecimos posteriormente. De todos modos, ahí
tenemos el molde inconfundible. El cristianismo nació en un mundo cuya clave de
funcionamiento era que hubiese unos pocos señores que tuviesen bajo su poder,
su autoridad y su propiedad, gran número de esclavos. Era más importante la
división social entre señores y esclavos, que la división natural entre hombres
y mujeres.
Tan
marcado teníamos el tema del señorío (y la correlativa esclavitud), que a la
hora de articular la doctrina de la Redención (redentor –de redímere, recomprar), se concibió ésta
como un cambio de señor, un nuevo señorío, en el que sería Cristo, el
crucificado como un esclavo, el que pasaría a llamarse “Nuestro Señor
Jesucristo”. Con prerrogativa de Dios, por supuesto: obviamente, sinónimo de
Señor (en este caso, con mayúscula) y con todos sus atributos.
Claro
que fue dificilísimo explicar eso, y en ello anduvo enfrascada la cristiandad
recién nacida. Obsesionados por explicar (¡y entender!) a Dios, nadie se
preocupó entonces de explicar al hombre, tan sumamente difícil de explicar: porque
veían todos con enorme naturalidad que dos tercios tuvieran un dueño, un señor,
siendo su condición la de propiedad de ese señor; y una parte menor del otro
tercio fueran los amos, los señores de esos esclavos, forzados a mantener ese
señorío con una vida sacrificada. Más que nada, por impedir que los esclavos se
alzaran con la dominación sometiendo a los señores. Es decir que, una vez
realizado el impresionante invento de la esclavitud, quedaron atrapados en ella
tanto los esclavizados como los esclavizadores, tanto los esclavos como los señores.
Estoy
intentando describir el molde en el que se formó nuestra sacrosanta religión.
Así era el mundo, y no había otro. De ahí que, todo intento por armonizar la
religión con los principios doctrinales del mundo actual, articulados en torno
a una “libertad” imposible de demostrar, no hacen más que desfigurar y
emborronar los cimientos de la religión.
En
efecto, frente a la tremenda dificultad lógica de demostrar que la política
occidental está construida sobre la libertad, la demostración de la existencia
de Dios es un ejercicio para principiantes. Por eso, todo intento de
armonización de los principios nacidos de la revolución francesa (precedida por
la Ilustración) con la existencia de un Dios (Señor) tal como nos lo define el
Credo, no consiguen más que proyectar negras sombras sobre nuestra sacrosanta
religión. O lo que es peor, sustentarla sobre un armazón argumental tan endeble
(y por ende, tan poco creíble) como el fantasioso armazón argumental sobre el
que está construido nuestro fantástico mundo político de libertades (que no
paran de crecer) que le garanticen al poder la más absoluta dominación.
En
efecto, ¿cómo podemos adorar al Señor (el Único, por cierto) si no somos
esclavos? Sin esclavos no hay Señor. ¿O es que Señor ya no significa Señor,
desde que esclavo ya no significa esclavo, y siervo podría tranquilamente
significar ciervo?
Entonces
ha resultado que desde que hemos perdido la conciencia de que, en virtud de la
Creación somos hechura de Dios y somos por tanto propiedad suya, como esclavos
(otra cosa es que nos haya elevado a la condición de hijos); desde que hemos
perdido esa conciencia y nos hemos creído la milonga ésa de la libertad que nos
vendieron la Ilustración y la revolución francesa, Dios se ha difuminado en
nuestras mentes y en nuestras conciencias. Y de resultas de ello, el culto a
Dios se ha ido apagando hasta quedar en lo que es hoy. No nos engañemos, lo que
hoy se lleva, es el culto al Pueblo Soberano y a los líderes que han
encandilado y sojuzgado al pueblo.
Y
entre los líderes que hoy reciben culto público y ostentoso, he aquí que uno de
los más celebrados, es el culto al papa de turno. Papa que desde hace algo más
de medio siglo, pasea la Iglesia por todo el mundo. Y efectivamente, nadie
percibe que el papa se mueva de un país a otro para promover la gloria de Dios
y su culto (eso de ad maiorem gloriam Dei
ha quedado ya anticuadísimo).
Efectivamente,
cuando leo la programación oficial difundida por el Vaticano, del viaje de León
XIV a España, lo que mayormente me llama la atención es una potente línea de
promoción del papa, cuidadosamente preparada por el aparato de propaganda (no fide) del Vaticano y la
Conferencia Episcopal Española. Veo el culto al papa haciéndole una sombra muy
alargada al culto a Dios. Veo incluso una calculadísima incidencia política en
varias direcciones, que darán mucho que hablar sobre el papa; gracias a lo
cual, éste queda muy por encima del interés y el celo por el culto de Dios.
Sí,
claro, veo al papa y a los obispos (a todo el sistema de poder eclesiástico que
nos cae cerca) acaparando todo el protagonismo posible, dejando en la mayoría
de los actos, el culto a Dios en segundísimo plano.
Si,
como decía recientemente mosén Francesc Espinar, estamos soportando cada vez
más estoicamente la ausencia de Dios en las iglesias, ¡qué no ha de ocurrir en
la calle!, que es donde se organizan la mayor parte de los actos del papa. ¡Me
cuesta tanto ver a Dios en la Sagrada Familia! Me cuesta muchísimo ver el culto
a Dios en la arquitectura de esta increíble atracción turística. ¿Dios
señoreando la incrédula ciudad de Barcelona? Pues no, no lo veo, no me cuadra.
Lo que veo más bien es el poderío babilónico de una ciudad orgullosa que se
atreve a horadar el cielo con su brazo orgullosamente erguido (el único
“rascacielos” de la ciudad), y no precisamente para ver a Dios ni para rendirle
culto; ciudad a la que acude el papa a rendirse ante los poderosos de la
tierra.
Bueno,
ya, pero lo compensará yendo a predicar a la cárcel y a las pateras.
Virtelius Temerarius


