Era poco más de las once de la mañana
cuando este cojico de Calanda se arrimó a la barra del Bar La Bellota con ese
paso torcido que ya forma parte del paisaje del pueblo, como el campanario o el
olor a aceite de las almazaras en noviembre. El tío Caldú estaba en su esquina
de siempre, con el vino de la mañana a medias y el periódico doblado encima de
la rodilla, que para leerlo tampoco había mucha prisa. El Aurelio hacia un
solitario con aire distraído. El tío Emilio
de Pinseque, al que todos llaman Trisca por el mal pronunciar de la vieja
guardia, había bajado esa mañana a Calanda no se sabe muy bien por qué, pero
siempre que baja para en La Bellota. Y el
sargento de la Guardia Civil retirado, que tiene nombre pero nadie lo usa, porque el rango se le quedó pegado al cuerpo como la
tela al botón, ocupaba su silla habitual con la parsimonia de quien ya lo ha
visto todo y no le queda mucho que ver.
—Entonces viene el Papa —dijo el Cojo,
como quien tira una piedra al estanque para ver los círculos.
El tío Caldú levantó la vista del vaso.
—¿A Calanda?
—A España, hombre, a España. Del seis al
doce de junio. Madrid, Barcelona y Canarias.
—Anda, qué bien —dijo Emilio—. ¿Y el
tiempo?
—¿Qué tiempo ni qué niño muerto?
—respondió este tullido—. Lo que importa es lo que va a hacer y lo que no va a
hacer. Porque eso, señores, es lo que tiene miga. Tendremos en acto, la suprema norma de la jerarquía
eclesiástica, incluida la más alta, la del Papa. No viene a la defensa y
exaltación de la gran cruz, de la mayor cruz del mundo, la del Valle de los
caídos, la cruz maldita, sino a bendecir la crucecita discretita y mojigata de la Sagrada Familia, que no ofende al paisaje, porque
cada uno puede entenderla e interpretarla como le guste: gracias a que tiene
tan bien disimulada su sacralidad se
puede interpretar muy bien como
el bello y discreto pináculo de esa especie de templo sincrético, un canto a la ecología en piedra, tan admirado por toda clase de turistas, incluidos los que detestan la familia.
El sargento carraspeó con esa autoridad
que le quedó del uniforme.
—En Barcelona a inaugurar la torre de la
Sagrada Familia. ¿La de Gaudí? Cien años lleva sin terminar ese hombre su obra.
—Gaudí murió en el veintiséis —apuntó el
Aurelio, que a veces sorprende.
—Eso es. Cien años. El centenario. Y
León XIV le pone la guinda al pastel. Muy bonito
todo.
—Lo que es bonito —dije yo— es que le
han buscado bien la agenda al Santo Padre para que haga gestos con la pseudocruz de Gaudí y no le dé por hacer gestos con la
del Valle de los Caídos, que esa le quema. Ya le pasó lo mismo a Juan Pablo II, que en su visita a España en 1982 se empeñó en
visitar el Alcázar de Toledo. Lo tenía dentro… Explicaba que, en su juventud,
durante el asedio al que los rojos sometieron a los defensores del Alcázar en 1936,
“todos en Polonia rezábamos por el Alcázar”. Los obispos de España, muy cucos,
le disuadieron. A Felipe González, esa visita le
hubiese sentado como un tiro.
Silencio en el bar. El Aurelio dejó de echar
los naipes.
—¿Y eso? —preguntó Trisca.
—Maño, que el Gobierno lleva años
dándole vueltas a Cuelgamuros, que así lo llaman ahora para que suene menos a
lo que es. Han sacado un proyecto de "resignificación", que es una
palabra muy fina para decir que van a darle la vuelta como un calcetín. Quieren
meter paneles, derribar la escalinata, hacer una grieta simbólica... Que si
memoria democrática, que si el franquismo, que si tal. Lo que quieren es vaciar
de lo sagrado la basílica y quedarse con la cruz de adorno, como quien pone un
palo en el jardín para que trepen las judías.
—La cruz es la más grande del mundo
—dijo el sargento.
—Lo era. Según parece, un mexicano les está construyendo una más alta para
quitarles el récord. Que ya ven ustedes cómo están las cosas.
—Entonces el Papa... —empezó Trisca.
—El Papa vendrá a Barcelona a inaugurar
la cosa ésa de Gaudí, que es la que le conviene
inaugurar, y de la cruz de Cuelgamuros, ni mú. Ni foto, ni declaración, ni gesto. Todo muy
medido. A ver si alguien se piensa que los viajes apostólicos se improvisan.
El tío Caldú apuró el vaso.
—Y en Madrid, ¿qué?
—En Madrid le recibe el cardenal Cobo
—dijo este Cojo con una sonrisa que no prometía nada bueno.
—Ah, Cobito —dijo el Aurelio.
—El mismo. Arzobispo de Madrid,
vicepresidente de los obispos, el que llegó de auxiliar y en un consistorio se convirtió en cardenal casi sin que
nadie lo viera venir. El que habló con el Gobierno para lo del Valle de los
Caídos. ¡El que les entregó la cabeza del abad Cantera! El que manda mensajes
de fraternidad a los católicos arco iris. El que tiene un amigo cura muy
entrañable al que se le vio bendiciendo una boda entre dos hombres en una
azotea de Madrid con la catedral de la Almudena de fondo, que es un sitio con
mucho simbolismo para este tipo de ceremonias.
—¿Y eso es verdad? —preguntó Trisca.
—Lo publicaron con vídeo. La vida
privada del cardenal, lo que se llama vida privada, ha dado bastante que hablar
por ahí. Federico Jiménez Losantos dijo en la radio lo que dijo, y nadie puso
el grito en el cielo, que eso también dice mucho del estado de la Iglesia y de
los tiempos que corren.
Nuestro sargento miraba el techo como
pasmado.
—En mis tiempos,
esto no pasaba.
—En sus tiempos pasaba igual, mi
sargento, pero no había internet —dijo este cojico con toda la caridad
cristiana de que era capaz.
—¿Y Canarias? —preguntó el Aurelio, que
había vuelto a echar el solitario.
—Ah, Canarias, lo mejor del viaje. El
Papa va a Canarias a estar cerca de los inmigrantes de las pateras. Que no es
que esté mal, ojo, que uno tiene su corazón. Pero hay que ver quién se frota
las manos con eso. La Fundación de Soros lleva años financiando todo lo que
tenga que ver con rutas migratorias, con ONG's del Mediterráneo, con narrativa
sobre la acogida. Y ahora el Papa va a hacer una performance en las islas, con
los inmigrantes, con las cámaras, con el mensaje universal... y resulta que ese
mensaje es exactamente el que le conviene a Soros y a sus fundaciones para
justificar la política de fronteras abiertas. Yo no digo que el Papa lo sepa o que sea Soros quien le prepara la agenda. Sólo digo
que hay quien le calienta el caldo sin que él lo pida.
Trisca frunció el ceño.
—Es muy fuerte lo que dices, Cojo.
—Es lo que hay, querido amigo. El lema
del viaje es "Alzad la mirada". Muy bonito. Pero a veces, cuando alzas la mirada,
no ves a Dios: ves a quien te ha puesto el foco
y te va a dar en el cielo de la boca. Luego,
la corresponsal de COPE, durante el vuelo a África, va y le entrega al papa un
fragmento de un cayuco naufragado. Ella lo presentó como un símbolo de la
tragedia migratoria cuando es, en realidad, el de una infraestructura criminal
de trata de personas. Descontextualiza así su origen delictivo, oculta el papel
de las mafias, normaliza las rutas ilegales y las muertes en el mar. Y pretende
que el papa le bendiga todo eso… ¡Más tontita no puede ser la zagala!
El tío
Caldú dejó el vaso en la
barra con un golpe seco.
—Que venga el Papa, que es lo suyo. Que
diga misa, que bendiga a la gente, que inaugure torres
y minaretes. Pero que no le cuenten películas.
—Eso —dijo el señor sargento.
Yo me quedé un momento mirando por la
ventana, hacia la calle donde el sol de abril ya pegaba con fuerza sobre el
adoquinado de Calanda.
—El caso es que la fe es la fe —dije al
final, en voz más baja—. Y eso no lo va a resignificar nadie.
Y nadie respondió. El Aurelio siguió con
su solitario y el sargento, con la mirada
perdida haciendo os con el humo del cigarro, adivinando
en él el futuro. Sabía algo, ¿qué sabía?. Y La Bellota olía a café, a
caliqueño y a mañana de sábado, como siempre.
El Cojo de Calanda



¡¡¡Terrible!!!, el Papa se va a las Canarias para bendecir la llegada de pateras, más compadreo con la mafia imposible, porque su presencia va asociada forzosamente con su "bendición" y no consiste precisamente en dar el pésame mortuorio a nadie. Luego a bendecir la Sagrada Familia de Barcelona, y esto lo encuentro normal dentro del protocolo. Referente y analizando su desafío al Trump y los poderosos señores de la guerra tiene sólo algo de razón pero, no ha sabido dar las gracias de antemano al Trump que es el único presidente mundial que exalta el Cristianismo y felicita las navidades, debería tener mas buen ojo con el Trump porque con el tiempo proclamará los 6 dias de la Creación, el Diluvio y la Pentápolis, mucho mejor que el Papa que sólo predica "amor fraterno", lo mismo que todas las demás religiones.
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