EL ATAQUE DE QUASIMODO

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Fiel a su estilo disruptor, tanto en sus palabras como en sus hechos, Trump ha soltado una más de las suyas; en este caso, meterse de muy mala manera con el papa León XIV; y ha conseguido, una vez más, su gran objetivo de consolación: convertirse en el centro de máximo interés en todos los medios, de manera que todos ellos hablen de él, incluso en sus cadenas y programas más triviales. El hecho es que, desde que la pasada semana escribió en su red social su andanada contra el papa, dándole de paso buenos consejos sobre cómo gobernar la Iglesia, todo el mundo ha picado el anzuelo, todos los medios se han lanzado a desarrollar sus tesis sobre Trump, sobre el papa y sobre la Iglesia. Con un factor común: la inmensa mayoría, defendiendo al papa. Sí, al papa (que tampoco es que sea la alegría de la huerta por su aceptación universal) le han salido defensores hasta de debajo de las piedras.
 
La guerra mediática Trump/León XIV estalló el domingo de Quasimodo, inmortalizado por Víctor Hugo con su Jorobado de Nuestra Señora de París. ¡Vaya coincidencia, vaya metáfora! Trump robándole protagonismo al Jorobado. El caso es que en una semana se han publicado cerca de 20.000 artículos sobre el tema, el 95% a favor del papa. Pero no de los católicos (que, dentro de la Iglesia, tiene mucha contestación), sino desde todos los ámbitos, incluido el Kremlin. El conflicto iniciado por Trump ha estado presente en todos los medios de comunicación, y con notable intensidad, durante toda esta semana. Enorme, inconmensurable triunfo de Trump. Nuestro Cuasimodo ha sido el centro de atención en todo el mundo. Y él, bailoteando a su estilo de puños cerrados.
 
Lo de este personaje es realmente patológico. Se supone que quienes lo eligieron y lo mantienen en el poder, sabrán lo que se hacen. La mayor parte del mundo (porque es un personaje de relevancia y repercusión mundial) anda acongojada, temiendo cuál pudiera ser su próxima ocurrencia. Y sí, parece ser que tiene en sus manos el mayor poderío del mundo, el de los Estados Unidos de Norteamérica, con el ejército más poderoso, con la flota más omnipresente, con una temible industria armamentística, y cerca de mil bases militares esparcidas por todo el planeta. Un poder inmenso. Pero esta vez lo suyo ha sido una auténtica “estupidez épica”, como tituló alguien su comentario sobre este mal paso de Trump.
 
Y claro, son sus tremendas patologías (las mentales, que las demás, sólo le perjudican a él) las que le han empujado a decir las burradas que ha dicho sobre el papa, como que, si él (Trump) no fuese presidente de Estados Unidos, León XIV no sería el papa. Viniendo a decir que, si no fuese por Trump, el papa no habría sido el cardenal Prevost, sino otro cualquiera de los papables. Puestos a sobreestimar su poder, ya sólo le faltaba asegurar que él es quien pone y quita a Dios. 
 
 
Pero no se ha quedado ahí en su soberbia. Ha ordenado a un tribunal estadounidense que investigue cuál pudo ser la intervención de la CIA (no hay fiesta sin la tía Juana) en la dimisión de Benedicto XVI, y cómo maniobró (se supone que con el único teléfono móvil que se coló) en el Cónclave para que se produjera la elección papal de Prevost, el papa norteamericano. Según Trump, porque quiso EE. UU. que así fuese.
 
Realmente nos costaría mucho encontrar en la política o en cualquier otro ámbito, una figura más soberbia y más infatuada que el sujeto en cuestión. Aquí, tiene poco interés poner atención en lo que dice el personaje. Lo llamativo es quién lo dice. Eso mismo, dicho por una persona sensata y equilibrada, sería gravísimo; pero dicho por quien lo ha dicho, por un orate, no es más que humo negro lanzado con la pretensión de tiznar al papa y ofender a los fieles católicos. Lo preocupante es el inmenso poder que tiene en sus manos, y su inmenso afán por exhibirlo. No usarlo, sino exhibirlo. Si luego tiene un valor práctico la exhibición, pues mejor. Pero si no, no pasa nada.
 
Se mete en guerras que no puede ganar. Como la que emprendió, así por las buenas, contra Irán. Se necesita ser necio y fatuo. Luego pretende ganarla con bravuconadas: y aunque sea evidente que esa fórmula no funciona, él va por ahí cantando victoria.
 
Propaganda, sí que se hace, ¡claro! Es de los que piensan que la peor situación es que no hablen de uno. Que es totalmente preferible que hablen mal de él. Y en eso está, lo está consiguiendo.
 
En efecto, después de despacharse a gusto con su primer comunicado, que ha levantado infinidad de comentarios defendiendo al papa, Trump ha vuelto a las andadas con otro comentario más breve en Telegram dos días más tarde:
 
"Por favor, que alguien le diga al Papa León que Irán ha matado al menos a 42.000 inocentes completamente desarmados, que han protestado en los últimos dos meses, y que es absolutamente inaceptable que Irán tenga una bomba atómica. Gracias por vuestra atención a este asunto. ¡¡¡Estados Unidos ha vuelto!!!".
 
 
Así de simple: Trump pretende que el papa se ponga de su parte, bendiciendo y aprobando su empeño en acabar con la civilización persa (de Irán) en un día. Por dejarlo totalmente claro: pretende que Estados Unidos se erija en justiciero vengador del asesinato de 42.000 personas (matizables tanto los números como los hechos, pero no importa), administrándoles una muerte merecida a 90 millones de iraníes (¡tampoco viene de un millón!). Y sobre todo que le apoye en el castigo preventivo (también matando a cuantos millones de iraníes haga falta) si se empeñan en seguir enriqueciendo uranio hasta conseguir la bomba atómica. Porque ellos, los iraníes obviamente, son los únicos que con toda seguridad harán mal uso de esa arma: no la usarán como elemento disuasorio, sino terriblemente destructivo. Por eso es indispensable que en el concepto de “guerra justa”, que es la defensiva, se incluya la santa guerra preventiva. Como muy bien dijo (decir bien, es bendecir) Maquiavelo, las guerras no se evitan, se aplazan. Así que, ¡al ataque!, que quien da primero, da dos veces.
 
Y claro, se empeña Trump en que el papa se meta en esos cálculos de muerte y horror sin darse cuenta de que ése no es, ni de lejos, su ámbito de actuación. Porque, como muy bien dice Giorgia Meloni, “Yo no me sentiría cómoda en una sociedad donde los líderes religiosos hiciesen lo que dicen los líderes políticos". Incluso suponiendo (que es mucho suponer) que éstos actúan con la mejor conciencia, sin intereses económicos o de otra índole, cumpliendo con su oficio de defender el país y poniendo en ello su mejor entendimiento y su más limpia conciencia. ¡Pues ni con esas! No es misión del papa meterse en estrategias y en asuntos de defensa. Ni más ni menos, su deber moral  es defender y promover la paz y la no violencia: ¡aunque se equivoque!
 
Virtelius Temerarius

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