Me
refiero en el título, a la auténtica definición aristotélica del hombre, que es
el zóon logikón, el animal dotado de LÓGOS (palabra, razón, conciencia,
inteligencia -también la emocional-, autopercepción, reflexión, sentido,
sentimientos…). Me refiero también a las primeras palabras del luminosísimo
prólogo del Evangelio de san Juan: En
arjé én ho LÓGOS: en el principio era el Lógos. Mal que nos pese, es ahí
donde se encuentran y se cruzan Dios (Lógos),
La Palabra, y el hombre (loguikós):
el usuario de la palabra (que eventualmente puede elevarse hasta La Palabra).
Lamentabilísimamente
el latín no tiene el término lógos ni
ninguno que se le parezca o se le acerque (el verbum se queda en el umbral). Por eso, a la hora de traducir al
latín la definición de Aristóteles, se optó por la “razón”, uno solo de los
significados de lógos, tremendamente
reduccionista. De ahí que nuestra definición de hombre haya quedado en “animal
racional”, el animal dotado de razón (y no, no se agota en la razón la esencia diferencial
del hombre); desestimando en esa definición el resto de la inmensa riqueza que
abarca la palabra griega lógos y la
condición humana de loguikós.
Y
se me ocurre volver a esta meditación (que me persigue desde hace decenios) en
un momento en que nuestra civilización está siendo puesta patas arriba. Porque
resulta que el arma más poderosa puesta en juego en la terrible confrontación
bélica con que se pretende disputar la victoria en este conflicto, el arma
espectacular, la más potente de todas las armas: definitiva en la batalla
determinante de la guerra y las guerras en que estamos metidos, es una vez más
el lógos. Es la razón de ser de las
civilizaciones que se disputan la hegemonía de este mundo. Un lógos al que hoy se llama “el relato”.
Pero lo más espectacular es que “la palabra”, una vez más, compite con el más
terrorífico y eficaz arsenal de guerra. Porque de nada valen las armas más
precisas y destructivas, de nada valen los más sofisticados misiles de uno y
otro lado, con los búnqueres por una parte y los indestructibles portaviones
por otra, tremendas fortalezas flotantes, si no te asiste la superioridad moral
que, finalmente, se construye con la palabra, con el lógos.
En
nuestra liturgia, orientada a presidir y ordenar nuestra vida, tenemos la
“Palabra de Dios”, que ilumina nuestro conocimiento de nosotros mismos a través
del conocimiento de Dios. Pero esto es sólo para empezar. Eso en el plano
religioso; pero tenemos en el plano civil, el ejemplo luminoso de Demóstenes,
el mejor orador de la historia, que intentó (y en buena medida consiguió)
imponer su relato dando sentido y valor a las guerras y a las paces.
¿Y
qué hace la Iglesia católica, la que tiene de su parte nada menos que el LÓGOS per se, el Lógos que operó la construcción moral del hombre? Sí, sí, Aquel del
que dijo san Juan: “En arjé én ho LOGOS”.
Esta guerra ha pillado al líder de la Iglesia con las defensas muy bajas y
con una mermadísima capacidad logística.
En la escaramuza entre el reyezuelo Trump y el papa, no se puede decir ni de
lejos que hayan triunfado el papa y la Iglesia. El primero, afirmando que él ha
tenido el valor de iniciar una “guerra santa” (en lenguaje laico, “guerra
justa”); y el segundo, afirmando que ésta es una guerra non sancta, ilegítima. Pues resulta que Trump sigue con “su
discurso”, frontalmente opuesto al código moral de la Iglesia. El solo hecho de
que semejante sujeto se haya atrevido a denigrar al papa, y en buena medida le
haya salido la jugada, habla muy claro del acomplejamiento con que la Iglesia
administra su Palabra. Y no, no es una cuestión menor en esta guerra, el penoso
espectáculo de la trifulca entre Trump y el papa. No podemos decir de este
último que se haya llevado el gato al agua.
No
es esa una cuestión menor porque, nos guste o no nos guste, el hombre es un “zóon loguikón”, el animal único dotado
de lógos, es decir de palabra, en su
extensión más completivamente humana. Y porque, al menos desde la perspectiva
de la Iglesia (y la del papa de turno), en
arjé én ho LOGOS”, en el principio estaba el Lógos, La Palabra. Y La Palabra se hizo carne y habitó entre
nosotros (por cierto, tanto el texto griego como el texto latino, dicen “en
nosotros” –en hemín, in nobis),
siendo el Lógos el que une al hombre
con Dios y a Dios con el hombre. ¿Y la Iglesia pasa de esto? ¿Cómo puede
consentir el custodio de La Palabra, del Lógos,
que tantas palabras y relatos pasen por encima de La Palabra que ha de
custodiar y defender la Iglesia?
Y
claro, ya puestos a someter a examen palabras más potentes que las armas, ahí
están los “Derechos Humanos” en los que tantas guerras se han justificado
últimamente (con la democracia como baluarte), “derechos” que al fin han
conseguido desplazar a los Mandamientos, es decir a los “Deberes Humanos”. Esto
sí que es darle un vuelco al planeta y al hombre que lo habita.
Es
que, como dice el Génesis, Dios formó al hombre con el barro de la tierra y le
insufló su aliento. Y en el aliento de Dios iba el lógos, que hace al hombre distinto de los demás animales; que lo
hace loguikós. Por eso el hombre
lleva el espíritu, el ánemos, el ánima, superpuesta a su estructura
animal y dominándola. Por eso el hombre no se decide en su fuerza bruta, sino
en la fuerza de la palabra, en la acción del lógos.
Entre
las grandes palabras (razones, discursos, relatos) que han movido guerras,
están la Guerra Santa (abandonada ya por el cristianismo, pero sostenida por el
islamismo). ¿La abandonó el cristianismo por no creer ya en la guerra? ¡En
absoluto! En el bando de los cristianos (católicos y protestantes) se cree en
la guerra más que nunca. Pero en vez de su denominación religiosa (la razón
religiosa está en crisis), tenemos la denominación laica: la “Guerra Justa”,
incluyendo en este concepto, claro está, la guerra preventiva. Con este apaño,
hasta el mejor cristiano puede defender fervientemente esta guerra tal como
está planteada por occidente (Estados Unidos e Israel).
Y
precisamente empalmando con la santidad y justicia de esta guerra, tenemos una
gran palabra, el “Holocausto” (obviamente, el de Hitler contra el pueblo judío)
en el que se justifican (se convierten en justas y santas) todas las guerras
que ha emprendido Israel contra los palestinos. Es difícil encontrar en la
historia una palabra bélica tan potente. A unos los estimula para la guerra, a
otros los convierte en aliados más o menos activos, a otros los paraliza. En
efecto, sobre esta palabra se ha construido el Estado de Israel.
Son
muchas las palabras (todas ellas con una fuerte carga doctrinal) que han movido
el mundo, y obviamente han movido guerras: el Bien y el Mal, con visiones
contrapuestas (ahí entran las guerras de religión), la Culpa y la respectiva
Pena, Dios (¡la que se armó con la de Dios es Cristo!), la Libertad, la
Justicia, la Igualdad. Aparte de esto tenemos las guerras económicas
(generalmente, guerras de esclavización, auxiliadas o no con las armas). Y
sustentándolas, siempre hay una gran palabra, un gran nombre, una doctrina
redentora.
Y
resulta que, por más que nos empeñemos en materializar nuestras guerras (que
sí, que es raro que no estén inspiradas “también” en razones económicas), muy
en el fondo está el zóon loguikón de
Aristóteles (el animal dotado de lógos
en toda su extensión), que de manera todavía inexplicada se da la mano con el en arjé én ho Lógos de san Juan: En el
principio estaba el Lógos que se hizo
carne y habitó en nosotros. En el Lógos,
en La Palabra se encuentran la humanidad y la divinidad. Y eso es lo que, mal
que nos pese, encierra la mejor explicación del hombre.
Virtelius Temerarius


