Una
guerra confusa, muy confusa, sí que lo es, la guerra que han emprendido Israel
y Estados Unidos contra Irán. Una guerra en la que el mal absoluto
(personificado en la figura de Epstein, creada supuestamente por
los servicios secretos de Israel) combate contra cualquier vestigio de bien que
pudiera quedar en Occidente. Un segmento de la civilización que parece empeñado
en su suicidio. De momento, el suicidio moral.
No
olvidemos que la suprema razón de ser de toda religión, son las costumbres,
es decir la moral de los pueblos. Es que los pueblos dependen mucho más
de su moral, que de sus ejércitos y de su tecnología. Más, incluso, que de su
economía. Instalados como estamos en una inmoralidad desbordada (a la que
“acompañan”, misericordiosos, tantos en la Iglesia católica). Se trata de una
inmoralidad promocionada activamente y blanqueada hasta donde les es posible, por
los organismos internacionales. En eso andan la ONU la UNESCO, la FAO, la OMS y
tantas otras dedicadas supuestamente al bien de la humanidad. Pero he aquí que
lo que se despliega ante nuestros ojos atónitos, es lo más parecido a una
lucha del Mal contra el Bien. Pero en este revoltijo, y con el gran
despiste moral de que últimamente tantos hacen gala la Iglesia católica, no hay
manera de saber quién es quién, porque su principal arma es el camuflaje: es
decir, el engaño.
Porque en la línea de fuego de esta guerra,
lo que hay es la defensa de nuestro bienestar (energía lo más barata posible) a
costa de quien sea, y matando todo lo que haga falta para alcanzar esos fines.
Como decía la canción rebelde de los 60: Haz
mal y no mires a cuál.
Pero
es que, aparte de la actual y evidentísima guerra por las fuentes de energía en
el mundo (en primer lugar, petróleo y gas natural; y a continuación, uranio,
litio y lo que se vaya ofreciendo), es evidentísima la guerra de religión. Sí,
sí, en la guerra de Irán están chocando las tres grandes religiones que se
disputan el poder en Occidente. Son las tres “Religiones del Libro”, que dice
el Islam. Y es pertinente que nos preguntemos si tras esos evidentísimos
intereses económicos, no estará maniobrando la pugna entre religiones: la
religión cristiana subdividida básicamente entre católicos, ortodoxos y
protestantes por una parte, la islámica subdividida entre chiítas y sunitas, y
la religión judía subdividida entre ortodoxos de diverso pelaje y agnósticos.
No olvidemos que el ateo-agnóstico Netanyahu, apela siempre que le viene de
cara, a la promesa que hizo Yahvé a Abraham.
Lo
inquietante de todo este panorama no es únicamente la violencia geopolítica, ni
siquiera la obscena disputa por los recursos que mueve a las grandes potencias
como si fuesen titanes ciegos. Lo verdaderamente alarmante es que, bajo la
superficie, late una batalla mucho más profunda, más antigua y más decisiva: la
batalla por el alma del hombre occidental. Una batalla que ya no se libra
en los templos ni en los concilios, sino en los parlamentos, en los medios de
comunicación, en los algoritmos que moldean la opinión pública y, sobre todo, en
la conciencia anestesiada de millones de ciudadanos que han
renunciado a discernir entre el bien y el mal.
Porque
si algo caracteriza a nuestra época es la renuncia al juicio moral. No
la renuncia humilde del que reconoce su fragilidad, sino la renuncia soberbia
del que decide que la moral es un estorbo para sus deseos. Y cuando una
civilización renuncia a la moral, renuncia también a la religión que la
sostuvo, y con ella renuncia a su identidad. De ahí que resulte tan fácil
manipularla: basta con redefinir el bien y el mal según convenga a los
intereses del momento. Hoy el bueno es Zelenski, mañana será Netanyahu, pasado
mañana cualquier otro que convenga al relato. El bien ya no es una realidad
objetiva, sino un producto de marketing.
En
este contexto, no es descabellado pensar que lo que se libra en Oriente Medio —y
por extensión en todo el tablero global—
es también una guerra de religiones. No en el sentido medieval de
cruzadas y medias lunas, sino en el sentido más profundo: una guerra entre
visiones del hombre, entre concepciones de la verdad, entre modos de entender
la vida y la muerte. Una guerra entre quienes aún creen que existe un orden
moral inscrito en la naturaleza humana y quienes sostienen que el hombre
es dueño absoluto de sí mismo, sin más límite que su voluntad.
Y
aquí es donde Occidente aparece como el gran enfermo. Porque mientras
las otras civilizaciones —la
islámica, incluso la china o la hindú—
mantienen, con mayor o menor coherencia, un núcleo moral que les da cohesión,
Occidente ha decidido dinamitar el suyo. Ha sustituido la ley natural por la
ley del deseo, la tradición por la ingeniería social, la religión por la
ideología, la verdad por la opinión. Y lo ha hecho con una alegría suicida,
convencido de que puede sostener su prosperidad material sin sostener antes su
alma.
Los
clérigos, que deberíamos ser faro en medio de esta tormenta, atravesamos una
especie de crisis de identidad que nos vuelve incapaces de ofrecer una palabra
clara. En lugar de recordar al mundo que sin Dios el hombre se pierde, parecemos
empeñados en acompañarlos en su extravío,
no vaya a ser que nos tilden de rígidos. Y así, mientras las potencias juegan a
dioses y los organismos internacionales dictan dogmas laicos con pretensiones
de infalibilidad, los católicos callamos o balbuceamos cosas ininteligibles. Y
cuando la Iglesia calla, otros hablan en su lugar.
Por
eso, quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es si esta guerra es o no una
guerra de religión, sino qué religión está realmente en guerra. Porque
puede que no estemos ante un conflicto entre cristiano-judíos y musulmanes, sino
ante algo más sutil: un conflicto entre la
religión del hombre que se sabe criatura y la religión del hombre que se cree
creador. Entre la religión que reconoce un orden moral objetivo y la religión
que proclama que todo es relativo. Entre la religión que adora a Dios y la religión del hombre que se adora a sí
mismo.
Si
esto es así —y cada día parece más
evidente—, entonces la batalla
no se libra en Teherán, ni en Tel Aviv, ni en Washington. Se libra en
nuestras casas, en nuestras escuelas, en nuestras parroquias, en nuestros
corazones. Se libra cada vez que aceptamos sin resistencia la redefinición del
bien y del mal que hace el poder continuamente. Cada vez que renunciamos a la
verdad para no incomodar al que manda. Cada vez que preferimos la comodidad a
la coherencia. Cada vez que nos dejamos arrastrar por la corriente dominante
sin preguntarnos adónde nos lleva.
Y
es aquí donde Occidente se juega su futuro. No en los campos de petróleo, ni en
los acuerdos comerciales, ni en los pactos militares. Se lo juega en su
capacidad —o incapacidad—
de recuperar una moral que no dependa de los intereses del momento, sino
de la verdad permanente sobre el hombre. Una moral que no se vote en los
parlamentos ni se negocie en los despachos, sino que brote de la ley inscrita
por el buen Dios en el corazón humano. Es precisamente ahí donde nos jugamos nuestro futuro.
Si
Occidente no recupera esa moral, podrá ganar todas las guerras económicas,
tecnológicas o militares que quiera, pero habrá perdido la única batalla que
importa: la batalla por su alma. Y un Occidente sin alma no será
derrotado por Irán, ni por Rusia, ni por China. Será derrotado por sí mismo.
Tal
vez, después de todo, la pregunta inicial no era retórica. Tal vez sí que estamos
ante una guerra de religión. Pero no
entre religiones distintas, sino entre la religión verdadera y sus sucedáneos.
Entre la fe que salva y las ideologías que esclavizan. Entre la luz y la
sombra.
Y
como siempre, la victoria dependerá de si somos capaces de reconocer el bien y
abrazarlo, aunque cueste la vida. Porque lo que está en juego no es el control
del petróleo ni la hegemonía global. Lo que está en juego es el destino
moral de nuestra civilización. Y ese destino, nos guste o no, se decide en
el terreno de la religión.
Custodio
Ballester Bielsa, Pbro.
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