Me
incomoda tremendamente ver cómo desde distintas instancias, se le sugiere al
papa León XIV la conveniencia y hasta la urgencia de liquidar de una vez el
caso Lute: el sacerdote acusado de graves abusos sexuales, cuyas víctimas
acudieron al obispo del lugar (Chiclayo), a la sazón monseñor Prevost, que no
dio con el modo más acertado de atenderlas. Una espada de Damocles que pende
sobre su cabeza.
Es
que resulta que esa ha sido la peor lacra de la Iglesia en varios siglos; y
resulta que ha resultado ser la conducta errada de los obispos, el abono más
potente para nutrir ese gusano que royó el corazón de la Iglesia. Y el de
Chiclayo no fue excepción, sino que siguió la norma en vigor, la de mantener
ocultos y tapar todo lo posible los escándalos de los clérigos. Eso implicaba
que, a los sacerdotes responsables de esos escándalos, ni se les investigaba ni
se les castigaba: por no levantar sospechas que diesen la razón a las
acusaciones de las víctimas de abusos. Para mal de la Iglesia, ésa fue la
conducta que, toda ella (incluidos los dicasterios vaticanos), consideró normal
y conveniente. Y lo que pretendió ser el remedio, fue mucho peor que la
enfermedad: porque no hizo más que fomentarla y agravarla.
La
incomodidad más mortificante es sin duda el paralelismo con el presidente
Trump, sobre cuya cabeza pende también la espada de Damocles de los abusos en que
le atrapó y sigue teniéndole atrapado Eppstein. Pecados de acción los de Trump,
y pecado de omisión, en todo caso, el de Prevost; que, por otra parte, no hizo
más que seguir el comportamiento tácitamente establecido de todos los obispos,
por proteger “el buen nombre” de la Iglesia. Con todo, la situación de ambos es
análoga. No sabemos si son chantajeados; pero lo que sí es evidentísimo es que,
tanto el uno como el otro, son chantajeables. Quedando siempre la duda razonable
de si, a fin de cuentas, conservan la facultad de hacer lo que les dicta su
conciencia.
El
tremendo problemón de la Iglesia es que está entretejida tan sólidamente con el
mundo, que cada vez se le va pareciendo más. Tan entretejida como Estados
Unidos con Israel. Funcionan como si fueran la misma cosa, compartiendo una
misma alma, sin la menor probabilidad de que actúen autónomamente: porque ahí
está Eppstein vigilando que no se rompa el fortísimo vínculo de unión entre
ellos. Y en efecto, la Iglesia no está lejos de ese esquema, porque su Eppstein
(quizá es más acertado decir sus Eppstein, que llevan decenios trabajando en lo
suyo) han dejado una tupidísima red infiltrada en el poder, que controla todo
el funcionamiento de la Iglesia. Tremendísimo problemón.
Cada
vez se escuchan más expresiones como “los amigos de Eppstein”, refiriéndose a
los que manejan el poder en Occidente, o “esto nos tememos o nos podemos
esperar de un Donald Trump amigo de Eppstein”. Es decir que los analistas
políticos introducen cada vez más el factor Eppstein para explicar lo que está
ocurriendo en el mundo en que Occidente-Estados Unidos lleva la voz cantante.
Cada vez más, se invoca a Eppstein como la clave que le da sentido a todo lo
que está ocurriendo en el plano bélico: dando a entender que sin la existencia
y la actuación de Eppstein, el mundo no estaría como está, a una distancia cada
vez menor de la 3ª guerra mundial. Y la explicación siempre resulta ser Eppstein.
Son cada vez más, en efecto, los analistas que ponen la degradación moral
suministrada por Eppstein a nuestros gobernantes, como causa del actual estado
del mundo. Degradación que ha llegado al fondo de la inmoralidad más ignominiosa.
Y
como no podía faltar Eppstein (el que todo lo explica) en la actual guerra
entre Irán y la coalición entre Israel y Estados Unidos, que llevan la guerra
conjuntamente, se le está dando, cada vez por más comentaristas, el nombre de
“la coalición Eppstein”; porque se da por seguro que Eppstein no era (¡o es,
vaya usted a saber!) más que un agente secreto de los servicios israelíes de
Inteligencia, precisamente para tener bien amarrados por sus vergüenzas a todos
los mandatarios occidentales; y muy especialmente al que, siendo el implicado
más intenso en los abusos sexuales suministrados por Eppstein, y hasta quizá incluso
socio suyo en momentos puntuales, ha llegado a ser presidente de los Estados
Unidos: total y absolutamente sometido a la voluntad (es decir al chantaje) de
Israel.
¿Y
qué tiene que ver el fenómeno Eppstein con la Iglesia católica? Pues todo,
porque también nuestra Iglesia ha tenido su Eppstein. Y quiera Dios en su
infinita misericordia, que haya sido sólo uno, y que podamos hablar de él en
pasado. ¡Quiéralo Dios! ¿Fue el cardenal Mccarrick el Eppstein de la Iglesia
católica? Es tremendamente difícil saberlo, sobre todo por haber prevalecido en
la Iglesia durante medio siglo y también ahora, la política de ocultación de
los crímenes de pederastia cometidos por sacerdotes, obispos y cardenales. Una
corrupción tremendamente triunfante, instalada desde lo más alto a lo más bajo:
tan triunfante que prevaleció como doctrina más santa y conveniente para la
Iglesia, la doctrina de la ocultación. Una corrupción tan generalizada en la
Iglesia como la de Eppstein en el mundo. Y en ambos casos, ¡extrañísima
coincidencia!, el empeño de los que tienen el poder, por mantener en la
ignorancia y en la ocultación reforzadas por la confusión, el verdadero alcance
de los crímenes de nuestros gobernantes.
Cuanto
más se enmaraña la situación, siguiendo en paralelo todo el barullo informativo
del caso Eppstein, más claro veo que es precisamente este personaje, el que
mayormente contribuyó a tener atrapada a toda la élite del poder de Occidente
para llegar hasta aquí. A toda: nada menos que la Casa Real británica, que era
uno de los importantes objetivos de la operación, tiene ya a uno de sus
miembros en prisión. Era una de las piezas importantes de la Operación Eppstein
(que el Reino Unido es pieza clave de la gran política norteamericana). Y tras
esta pieza, todo el aparato de poder de Estados Unidos, del que Donald Trump,
una especie de socio-rival de Eppstein, resultó ser la cabeza.
La
lista de los políticos occidentales sometidos a chantaje por Eppstein, es
abrumadora. Todo el poder de Occidente, encabezado actualmente por Trump, está
en esa lista. Una estremecedora lista de “legisladores” de los parlamentos más
“democráticos” sometidos al chantaje de Eppstein. Y esta lista terrorífica, está
completada por la otra lista, aún más extensa, de parlamentarios sobornados por
los mismos servicios secretos que montaron la Operación Eppstein. Esto no son
especulaciones, son documentos: que efectivamente se acumulan, se relacionan y
se interpretan para llegar a esta conclusión, compartida cada vez por más
analistas políticos.
Y
es estremecedor descender a la analogía de ese fenómeno en la Iglesia católica
(no se ve nada parecido en las distintas ramas de la iglesia ortodoxa). Es
evidente que toda la estructura jerárquica del episcopado alemán, está tomada
por el lobby gay, que es el que tiene, obviamente, mayor información sobre los
abusos del clero, y mayor capacidad de manejo de esa información. Y no es ésa
la única porción de la Iglesia que sufre esa ignominiosa invasión. Aparte del
número considerable de conferencias episcopales que sufren del mismo síndrome,
es evidente (porque no se cuidan de ocultarlo) que tampoco se ha librado de ese
cáncer, la curia principal de la Iglesia: la vaticana. Presidida nada menos que
por el incalificable cardenal Prefecto de la Doctrina de la Fe.
Virtelius Temerarius


