Bueno, si tal como está hoy la Iglesia bajo el mando supremo de León XIV, nos cabe afirmar que su Unidad está perfectamente preservada y totalmente a salvo; si esto es cierto, podemos dormir tranquilos: porque si efectivamente es el papa quien lleva el timón en la preservación de la Unidad, no consentirá que se escinda (que se produzca el cisma) ni por la parte de la Fraternidad, ni por la parte del Camino Sinodal alemán, ni tampoco en la enigmática doble Iglesia China. No, el papa León no está por alentar ni por sancionar ningún cisma. Desde el primer momento de su pontificado, conocedor de las tensiones disgregadoras de la Iglesia, proclamó que su programa de ‘gobierno’ de la Iglesia estaría inspirado en el lema In illo uno unum. La Unidad como primer objetivo de su pontificado. Viniendo el papa León de la participación en el poder vaticano desde el Dicasterio de los obispos, en íntima colaboración con el anterior pontífice, sabía muy bien de qué hablaba.
Por eso es evidente que él, el papa (aunque cada vez parece también evidente que no actúa solo) no se liará a invocar cánones para hacer limpieza en la Iglesia expulsando herejes y cismáticos. Sabe que encontrará cánones para lo que quiera y para echar a quien quiera. No, el papa León XIV no está para expulsar de la Iglesia a los cismáticos. Él está apostando fortísimo por no romper la unidad de la Iglesia por unos cánones de más o de menos. No hay más que ver el guante blanco y sedoso con que está manejando el empeño del episcopado alemán por montarse su propio régimen jurídico totalmente al margen de la Santa Sede. Si es por el papa, no habrá cisma. Lo ha demostrado hasta la saciedad. No está dispuesto a dejar que se rompa la Iglesia ni por la Fraternidad ni por el Camino Sinodal alemán. Otra cosa será lo que muevan otras manos. Evidentemente, manos negras.
Aunque, bien mirado, lo de Alemania son cuestiones menores, puramente organizativas, por más que impliquen una rebelión de hecho contra el mando supremo del papa, con la transgresión de un buen puñado de cánones (o de los mismísimos cimientos del derecho canónico, ¡qué más les da!); y de rebote, algunas cuestiones doctrinales de poco más o menos, como el homosexualismo rampante, y que han calado en el resto de la Iglesia, especialmente en la Conferencia Episcopal Italiana, que incluye la diócesis del papa. No, por ahí no habrá cisma. Eso ya lo tienen toda Italia y hasta el Vaticano, bajando gozosamente por el gaznate.
Lo realmente sustancial es lo que plantea la Fraternidad, frontalmente opuesta al Novus Ordo Missae et Ecclesiae, al Nuevo Orden de la Misa y de la Iglesia: porque es evidente que la nueva misa salida del postconcilio Vaticano II (no del Concilio), ya no es el “sacrificio” de la misa de toda la vida, es decir del Vetus Ordo, tan protestantizado (los ministros protestantes no consagran: van por el camino de la mera simbología). Y si ya no hay misa auténtica, ¿en qué queda la Iglesia?
Misas Novus Ordo hay, en que el sacerdote comparte con todos los fieles la función de consagrante, de manera que las palabras de la consagración son pronunciadas por todos los fieles en voz alta, como si se tratase de una oración. En realidad, estos novedosos formatos de la misa han dejado expedito el camino al sacerdocio femenino, tan legítimo y coherente en estas nuevas misas, como lo es en las “misas” protestantes. En efecto, una vez desaparecido el sacrificio de la misa, y convertida ésta en un ágape sostenido en mera simbología, ya tanto da que el celebrante sea una mujer. Ha desaparecido, en efecto, la barrera religiosa en virtud de la cual, desde los sacrificios de Israel, que de ahí venimos, el sacerdote-sacrificador tenía que ser obviamente un hombre. Ni era ni podía ser oficio de mujer habérselas con las víctimas destinadas al sacrificio (inimaginable si se trataba de víctimas muy corpulentas, por ejemplo, toros). Que mientras el oficio del hombre ha sido la defensa (y el ataque) contando con la muerte propia y ajena, el oficio de la mujer ha sido siempre la vida. Por eso, viniendo de donde venimos, a nadie se le hubiese ocurrido nunca instituir un sacerdocio femenino. Y, sin embargo, cabe con toda holgura en el Novus Ordo el sacerdocio femenino que, al paso acelerado que llevamos, no tardará en llegar: lo exige el Novus Ordo Mundial.
Tampoco es previsible que el papa León intente poner orden en el Novus Ordo (que en la práctica no es orden, sino total desorden y anarquía) y se dedique a excomulgar a diestro y siniestro a los obispos y sacerdotes que se resistan a volver al misal de 1969 (el de Pablo VI, el del postconcilio). Y no digamos si por calmar las aguas por la parte de la Fraternidad, le impone al Novus Ordo, es decir a toda la Iglesia, la auténtica misa del Concilio, la del misal de 1965, a medio camino entre el Vetus y el Novus Ordo.
Tal como están las cosas, la resistencia a poner orden y disciplina en el Novus “Ordo”, sería tan terrible, que abriría por este lado un nuevo frente cismático. No, no va por ahí, ni en sueños, el papa León, importándole tanto como le importa la pacificación de todas las corrientes y su convivencia en la Unidad, por turbulentas que bajen las aguas.
¿Qué ocurre, pues? Pues que detrás de la defensa del rito milenario de la misa, tenemos también, en el mismo plano, la defensa de la doctrina milenaria de la Iglesia y la recta formación de sus ministros. Teniendo como faro, el concilio de Trento: que restañó las profundas heridas del último gran cisma, el de Lutero. Por eso hablamos de misa tridentina y de seminarios conciliares: en referencia a ese Concilio.
Pero he aquí que hoy, el Concilio de referencia, en el que se justifica toda la deriva de la Iglesia, tanto la litúrgica como la doctrinal y la moral, es el Concilio Vaticano II, piedra de toque para los lefebristas: que huyen de él, como los antiguos cristianos, dispuestos al martirio, huían de ofrecerle incienso a Zeus. En efecto, el Vaticano II es la cara opuesta del Concilio de Trento. Es la más absoluta disolución de la milenaria lex orandi y de la formación de sus ministros: objetivos en los que tanto empeño puso Trento.
¿Que la Fraternidad entiende que para salvar a la Iglesia tal como ellos la entienden, es improrrogable la consagración de nuevos obispos fieles a la Iglesia que quieren salvar? Difícil va a ser que el cardenal Fernández (¿por qué el cardenal Fernández? ¿Por qué?); difícil va a ser, digo, que el cardenal Fernández, precisamente él (¿de verdad ha sido el papa León quien lo ha designado para esto?), les convenza de que no es conveniente ni para la Fraternidad ni para la Iglesia, la consagración de esos obispos.
En cualquier caso, con este choque frontal entre la Fraternidad y el tándem Tucho-León, quedará bien clara la posición definitiva del aparato vaticano (que pretende ser ‘La Iglesia’ de hoy y la de siempre, respecto a la escandalosa asimetría de tratamiento de los máximos movimientos cismáticos del momento: el homosexualista del Camino Sinodal alemán, y el tradicionalista de la Fraternidad. Asimetría a la que debemos añadir el consentimiento gozoso de los abusos y aberraciones que se cometen dentro del llamado Novus Ordo, cuyo propósito parece ser el Nuevo Desorden tanto respecto a la lex orandi como a la lex credendi y a la moral de la Iglesia católica del Vaticano II.
Queda una duda nada irrelevante sobre la soberanía real del Soberano Pontífice: y es que, según creemos, el papa se sirve del monstruoso aparato vaticano para cumplir sus complejísimas funciones. Como dice la IA suministrada por Google, el papa ejerce plenos poderes legislativos, ejecutivos y judiciales, combinando su rol de guía espiritual universal con la soberanía temporal del estado vaticano. La duda, la duda verdaderamente existencial, es si el papa se sirve del aparato vaticano, o es el aparato vaticano, sembrado de manos negras, el que se sirve del papa: sobre todo teniendo en cuenta que el anterior soberano, ejerciendo soberanía absoluta, removió los cimientos de la Iglesia y modificó las estructuras y los cargos (entre ellos el de Fernández) para condicionar la soberanía de su sucesor.
Y entretanto, este conflicto de las ordenaciones episcopales en la Fraternidad (que acaba de responder que ya le han tomado el pelo suficientemente), está inflando el globo de la duda de si los cismáticos no serán precisamente la mayoría que tiene el poder, como ocurrió en la crisis tremenda del arrianismo.
Virtelius Temerarius


