En efecto, se ha producido recientemente el nobilísimo gesto del cardenal arzobispo de Barcelona, defendiendo en su Full dominical a los proxenetas del siglo XXI, henchidos de amor por los extranjeros (interesado, claro está): entre ellos, muy especialmente, los okupas. Y no ha dudado en llamar “xenófobos” a los que se oponen a tan benéfica obra.
¿Proxenetas? ¡Pues claro!, y además son los buenos, son los amantes de los extranjeros. ¡Ya ves!, las palabras están por encima de nosotros y a veces nos fustigan sin piedad y se ríen de nosotros. Creemos que somos sus dueños y que les podemos asignar el significado que se nos antoje. Pues no, que luego van y nos dan en los morros. Ya ves, los proxenetas son los buenos (parece que de mentirijillas); pero los xenófobos no renuncian a su aspiración de ser los buenos de verdad. ¡Menudo enredo!
Las palabras griegas (¡cómo nos gusta hablar en griego para hacernos los cultos!); digo que las palabras griegas xenós y fóbos, nos dan “extranjero” y “miedo”. Y sí, clarísimo, es lo más natural del mundo tenerle miedo al extranjero: sobre todo cuando viene en hordas. Tampoco es extraño que, al verlos en tan gran número, y siempre todos juntos, sin romper el pelotón, especialmente en sus grandes festividades tribales, es bastante posible, digo, que el miedo (fóbos) se convierte en odio (mísos) y que acabe dándosele valor de odio al simple miedo. Suele ocurrir.
Es normal que quienes no sacan ningún provecho de los extranjeros, se dejen llevar por el miedo (fóbos, fobia) al verlos en tan gran número. Y obviamente, aquellos que sacan provecho de los extranjeros, practican el amor al extranjero: amor interesado, claro está. A los que practicaban ese interés por los extranjeros, en griego se les llamó proxenetas: pro, a favor de; y de nuevo xenós, con su desinencia adjetivadora, extranjero. Proxeneta era el que estaba interesado en los extranjeros. Bueno, el que traficaba con ellos. Pues lo mismo que hoy.
Y, ahí va un paralelismo inquietante: el sistema político-empresarial pone en marcha sus recursos para atraer el mayor número posible de extranjeros, porque necesita mano de obra, especialmente para los trabajos que no están dispuestos a hacer los autóctonos. Y para bajar el precio del trabajo. El invento es sencillo: “efecto llamada” complementado con las políticas adecuadas para acentuar la pobreza de los países de origen (cierre de nuestro mercado a sus productos mediante aranceles y normativas inalcanzables); más las medidas convenientes para que las mafias que viven de su desesperación, tengan todas las facilidades para empujarlos hacia los países más prósperos. Y es así como conseguimos enormes ejércitos de esclavos (no, no lo son jurídicamente, que hace tiempo se abolió la esclavitud jurídica, pero no la económica). Antiguamente no eran ni tan refinados ni tan retorcidos: para conseguir esclavos, tenían las guerras y las razzias.
Los que les abren las fronteras para estrujarles a fondo, son los proxenetas de hoy. El que los llama poniéndoles el cebo, ayudas y demás, se beneficia de ellos; pero la población de base (sobre todo, la más pobre) sufre los inconvenientes. Se te mete un ocupa en tu escalera y ha arruinado la inversión de tu vida: el precio de tu piso se ha desplomado, porque el “proxeneta” que “lo llamó” lo defenderá contra ti (nuevo efecto llamada), y tras él vendrán otros a comprar el resto de pisos, ya baratísimos. Eso no les ocurre a los que viven en fincas con conserje. Tampoco el palacio episcopal se verá afectado por el fenómeno okupa. Naturalmente que la infinita misericordia de nuestros obispos está a favor de la legalización de los 500.000 ilegales. ¡Como si son un millón o dos o tres!
Ahí tenemos el paralelismo: el proxeneta griego era el que traficaba con esclavos y esclavas (extranjeros por definición). Pero puesto que, tanto en Grecia como en Roma, el principal negocio era el de esclavos, resultó que en Grecia se llamó proxeneta al que se dedicaba al comercio y a la trata de lo que fuera (con el ligero detalle de que el de esclavos y esclavas era el principal, por ser el más lucrativo). Obsérvese de paso, que al estar formado más del 50% de ese negocio por esclavas y mancebos, del oficio de proxeneta se apreció especialmente esta especialidad; de ahí que en nuestra lengua (y sospecho que no la única), acabó siendo proxeneta el comerciante especialista en proveer esclavas y esclavos como “trabajadores sexuales”. Y como lo más normal es que éstos fuesen extranjeros, siguió cuadrándoles de maravilla el nombre de proxenetas. Recordemos la pesadilla de los países cristianos del Mediterráneo, en los que los moros se proveían de cautivos para pedir rescate por ellos, y de cautivas para venderlas.
Me ha sorprendido, al consultar a fondo el tema, la información de que, en el griego del siglo pasado, aún existía la palabra proxenetes para designar a los celestinos y celestinas que arreglaban matrimonios: los casamenteros. Recordando, obviamente, el principal oficio del proxeneta, que era vender o alquilar mujeres. Supongo que, al desaparecer el oficio de casamentero, el nombre de proxeneta lo habrán devuelto al lugar que ocupa entre nosotros.
Curiosamente, en Roma ocurrió algo parecido en cuanto a la consideración del hombre como la principal riqueza, la riqueza por antonomasia. En efecto, al esclavo lo llamaban mancipium (manu captum, cogido de la mano; de ahí, mancebo, emancipación y manu-tención; aunque ésta la ha resuelto la modernidad brillantemente, consiguiendo que sea el mismo esclavo el que cuide de ella). Y esta denominación de mancipio se extendió a cualquier propiedad (ver diccionario). Pues lo mismo que en la Grecia clásica, se llamó proxeneta al traficante o comerciante de cualquier mercancía, aunque ese nombre correspondía en rigor al comerciante de esclavos (extranjeros -xénoi- por definición).
Y claro, inevitablemente, a los que vemos hoy sumamente interesados en la entrada de extranjeros en el país, hemos de llamarles “proxenetas”: que son, simplemente, los que están a favor de los extranjeros. Y cuando vemos a tantos interesados en los extranjeros (sobre todo, políticos y empresarios), vemos que no se distinguen en absoluto de los proxenetas de antaño; aunque ahora está abolida la forma antigua de explotación, por lo que ha cambiado también el modo de explotar a los extranjeros, destinados al trabajo esclavo.
Sin olvidar que también en el puro negocio del proxenetismo, la inmensa mayor parte de la mercancía es extranjera. No, tampoco es tan enorme la diferencia entre lo que fue ayer y lo que es hoy.
Y bueno, aparte de los realmente interesados en el negocio del proxenetismo, tenemos el numeroso ejército de despistados que, sin saber lo que piden, defienden vociferantes a los proxenetas con causa y con beneficio. En el número de éstos, hemos de colocar a nuestro cardenal arzobispo que, supuestamente por caridad cristiana, ha salido en su full dominical en defensa de los okupas multitudinarios de Badalona. Haciendo gala de su talante estrechamanos y tiendepuentes, les ha echado un cable a los proxenetas a los que, en su día les ofreció para estos menesteres el edificio de la Conrería, el seminario menor: y de ese generoso ofrecimiento, nunca más se supo.
Todos, tanto los justos como los pecadores, necesitan el acompañamiento de la Iglesia: también los proxenetas, que la han pillado con el pie cambiado. Le ha ocurrido en efecto que, al posicionarse contra los xenófobos, se ha puesto decididamente del lado de los proxenetas. Cosas que pasan por desconocer el sentido de las palabras.
Virtelius Temerarius


