¡Qué bien lo dice nuestro refranero! “Obras son amores, y
no buenas razones”. Por más buenas que sean las razones, si las obras van en
dirección distinta, se agota el poder persuasivo de las razones. Y es evidente
que las obras más determinantes del papa no son los viajes (incluidas las JMJ, siempre
con enorme cobertura mediática), ni son los sermones, discursos y documentos de
poco más o menos. Ni las convocatorias de consistorios, sínodos más o menos
sinodales, tan manipulables que dan siempre los resultados predeterminados. Lo
más determinante, y con repercusión extendida en el tiempo, son los
nombramientos.
Ahí tenemos, como nombramientos sumamente conflictivos,
el del cardenal Fernández puesto al frente ¡nada más y nada menos!, que del
Dicasterio para la Defensa de la Fe, y el de Roche para mantener bien vivo y
activar constantemente el conflicto litúrgico que, por la gracia de Dios, es el
más visible que persiste en la Iglesia, consiguiendo hacerles sombra a otros
conflictos nefandos que tanto ruido mediático han producido. Claro que son
nombramientos bergoglianos; pero el mantenerlos en el cargo es ya decisión
total de León XIV: a estas alturas (a cerca de un año de su elección) no son
achacables ya al anterior pontífice. Ni mucho menos la designación del cardenal
Fernández (pronto se verá de qué va la jugada) como interlocutor de la FSSPX.
Desde la elección del cardenal Prevost como nuevo
pontífice máximo de la Iglesia, que eligió como nombre papal el de León XIV, la
primera pregunta que nos hacemos todos respecto al nuevo papa es si seguirá los
pasos de su predecesor Francisco (del que fue íntimo colaborador para el
nombramiento de los obispos), convirtiéndose de hecho en un Francisco II; o si
preferirá marcar el sello del nombre que eligió, intentando ser un continuador
(en y para el siglo XXI) del papa León XIII. Una elección de nombre que, por
cierto, despertó grandes esperanzas: justamente por la impresionante
trayectoria de este pontífice. Y ya no digamos de san León Magno, el primer
papa que eligió este nombre y que creó leyenda atreviéndose a ir al encuentro
de Atila, del sanguinario Atila para salvar de su tremendo ejército, la ciudad
de Roma. Hemos de confesar que el gran nombre que eligió el nuevo papa, nos
llenó a todos de esperanza. Sobre todo, la de que no se escudaría en la
herencia recibida del anterior pontífice, para dejar las cosas como éste las
había trazado.
Forzoso es reconocer que precisamente el Dicasterio en
que el cardenal Prevost trabajó a las órdenes del papa Francisco, no inauguró
su deriva con este último papa, sino que, en todo caso, la acentuó con
nombramientos tremendamente conflictivos que, durante sus dos últimos años de
su pontificado, pasaron por las manos del último prefecto de ese Dicasterio, el
cardenal Prevost.
Tenemos constancia, ciertamente, de los nombramientos
nefastos que le consintió y confirmó el cardenal Prevost al papa Francisco.
Pero quiero creer que no debe de ser pequeño el número de nombramientos (quizás
aún más nefastos) que le frustró al papa el nuevo Prefecto. Me temo que nunca
llegaremos a descubrirlo.
Pero lo que sí es cierto, es que el dicasterio que eligió
Satanás con absoluta preferencia para ofuscarlo con su humo mefítico, fue el de
la elección de los obispos. Y llevamos en eso unos cuantos pontificados: quizá
desde Juan XXIII. Recordemos que fue Pablo VI, el papa al que le tocó salir del
Concilio como pudo, el que dijo, hace ya más de medio siglo (29 de junio de 1972), que “se creía que después del Concilio vendría un día soleado para la
historia de la Iglesia; en cambio, ha llegado un día de nubes, de tormentas, de
oscuridad, de investigación, de incertidumbre”. Fue Pablo VI el que afirmó
con dolor: “Ya no confiamos en la Iglesia”.
Tal y cual. Y dijo todo esto en el mismo discurso en que afirmó desolado que “Por alguna grieta ha entrado el humo de
Satanás en el templo de Dios”. ¿Grieta? Enorme boquete en los muros de la
Iglesia fue el Concilio Vaticano II. Como el boquete que abrieron los troyanos
en sus murallas para “acoger” al celebérrimo “caballo de Troya” con que les
obsequiaron los aqueos.
Era el reflujo del Concilio, que como vemos en ese
célebre discurso de 1972 celebrando el 10º aniversario de su pontificado, veía
con amargo pesimismo. No olvidemos el peso tremendamente agrio del rechazo mayoritario
(sí, sí, mayoritario) de su Humane Vitae.
La verdad innegable es que “el humo de Satanás” venía ya
infiltradísimo en el mismo Concilio Vaticano II. En él había ya muchísima
cizaña mezclada con el trigo limpio. Y es muy posible que los de la cizaña, que
dieron la cara sin complejos, porque llegaron a ser “los buenos”, desarrollando
además una espectacular capacidad de proselitismo, se lanzaran justo en aquel
momento a la conquista de los altos alcázares del poder de la Iglesia. Y entre
ellos, obviamente, el de la elección de obispos y el de la regulación de la
formación en los seminarios.
Desde entonces sabemos muy bien cómo han ido las cosas; y
sobre todo, tenemos a la vista cómo han quedado tanto la elección de obispos,
como las normas que rigen en la formación de los futuros sacerdotes. Esto yo no
es humo de Satanás. Lo que tenemos a la vista es el resultado de un negro
vendaval que ha arrasado con los que hasta antes del Concilio fueron las
características dominantes de los hombres y mujeres (órdenes religiosas) de
Iglesia. Pura desolación.
Y he aquí que, en medio de esta desolación, nos vemos
ante un último nombramiento justo en el ámbito del episcopado y de los
seminarios, el de Roberto María Radaelli, arzobispo de Gorizia, como Secretario
(puede acabar siendo el que suceda al actual Prefecto, a punto de jubilarse) del
Dicasterio para el Clero. Es tan determinante para el futuro de la Iglesia,
como lo fue en su día el del cardenal Fernández para el Dicasterio para la
Defensa de la Fe. Aunque es probable que sea aún más determinante porque de él
dependen, de hecho, todos los seminarios y por tanto la formación de los
futuros sacerdotes. De acuerdo que a Tucho lo nombró Francisco; pero a Radaelli,
por citar sólo su último nombramiento, lo ha nombrado León XIV.
¿Y quién es este Roberto María Radaelli? Uno más del
gremio LGTB+ (a los de esta cuerda, por ofender lo menos posible, los llaman
“homosexualistas”), al que este papa parece mostrar una deferencia parecida a
la que mostró su antecesor (nunca sabremos si por convicción o por presión: el
lobby es tremendamente poderoso). Y además tiene antecedentes como poco adicto
al Vetus Ordo. Considera y manifiesta
que el Motu Proprio Summorum Pontificum de
Benedicto XVI no tiene suficiente sustentación canónica.
En fin, nombramientos son amores, y no buenas razones.
Virtelius Temerarius


