LAS DOS CRUCES

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El bar La Bellota estaba a reventar. Con estos fríos y estas lluvias los calandinos no pisan el campo. Los únicos, los de las granjas, que por muy automatizadas que estén, siempre hay que echar un ojo.  Pero, por lo demás, la imposibilidad de hacer gran cosa al aire libre, nos reunía a la manada el cálido refugio de La Bellota. Y estando el mundo como está, que si no lo arreglamos entre trago y trago, se nos cae a pedazos, van pasando los sabios del lugar proponiendo sus arreglos. Y el tío Caldú había avanzado uno de sus temas preferidos, creando una expectación exagerada. Por ello, el ambiente estaba casi incandescente.
—Mira, Aurelio, que yo ya no sé si estamos en España o en un capítulo raro de El Ministerio del Tiempo —dijo el tío Caldú mientras removía el carajillo como quien remueve la conciencia nacional—. Porque lo del Papa León XIV… eso ya es de sainete. Llovía sobre mojado. El tío Caldú no tardó ni un mes en torcer al morro ante algunas conductas inexplicables del nuevo papa. Eso de que a pesar de que iban saliendo y publicitándose las obras completas del cardenal Tucho, y el nuevo papa no encontrase el momento de mandarlo al infierno sin más contemplaciones, tenía soliviantado a nuestro sabio paisano.  
—¿Qué pasa con el Papa? —preguntó el tío Aurelio, que acababa de echar la partida de guiñote y tenía la mente más despejada que la nevera del bar después de Semana Santa.
—Pues que dicen -respondió Caldú- que cuando venga a España van a inaugurar la cruz de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia el mismo día que derriban la del Valle de los Caídos. ¡Toma sincronización! Como si fueran los fuegos artificiales de las fiestas del Pilar, pero en versión “cruces dentro, cruces fuera”.
Aurelio dejó el dominó encima de la mesa, como quien deja caer una sentencia:
—Eso es como si en Calanda inauguráramos la rompida el Jueves Santo mientras prohibimos los tambores. Un despropósito. ¿Pero quién organiza estas cosas?
—¿Quién va a ser? —terció Caldú—. Los mismos que creen que la historia empieza cada cuatro años y que las cruces son como los muebles del IKEA: se montan y desmontan según el gusto del gobierno de turno.
El Aurelio, que llevaba ya dos carajillos y medio y un copazo de sol y sombra (anís matarratas y coñac asalta-parapetos a partes iguales) se animó:
—Y espérate todavía a que el Papa vaya a Canarias. ¡Ahí sí que se va a liar! Con la regularización masiva de ilegales que ha hecho el gobierno, la visita papal va a ser como poner un megáfono en la playa diciendo: “Mohamed, vente pa España que aquí te lo dan todo y no piden nada”. Efecto llamada, lo denominan. Efecto altavoz, digo yo.
—Pues claro —asintió Caldú—. Si ya vienen en pateras hechas con cuatro tablas y un motor de batidora, imagínate cuando vean que el Papa aterriza allí como quien inaugura un resort. ¡Van a pensar que Canarias es la antesala de los palacios Vaticanos, donde el papa podría hospedarlos en Santa Marta!
Aurelio se rascó la cabeza, que es lo que hace cuando piensa en cosas serias.
—Y mientras tanto, ¿qué hace el cardenal Omella?
—Juan José Omella —dijo Caldú, levantando el dedo como quien va a recitar un dogma— está fuera de concurso. Como los buenos perniles en la feria: no compiten, se exhiben. Pero ya le decimos desde aquí, desde Calanda, la tierra de sus padres, que cuando quiera volver, le guardamos mesa en La Bellota. Eso sí, que venga con tiempo, que sobre todo los domingos esto se llena. La misa realmente solemne es la de La Bellota.
—Hombre —añadió Aurelio—, que no se diga que en Calanda no sabemos recibir a los nuestros. Que Juan José será muchas cosas, pero es de casa. Y aquí, aunque discutamos, aunque nos peleemos por si la cruz va arriba o abajo, aunque nos cambien el país cada dos semanas… a los nuestros se les quiere y respeta.
El tío Caldú dio un sorbo final al carajillo, como quien cierra un capítulo de la historia universal y afirmó:
—Pues eso, Aurelio. Que España está como está, pero mientras tengamos conversación, no nos hunde ni la demolición de una cruz ni la inauguración de otra: La Iglesia ha tenido enemigos más poderosos que esos mequetrefes pervertidos que ahora nos gobiernan: “El poder de la muerte no la podrá destruir”. Ah, y si el Papa quiere venir a Calanda, que venga. Aquí le enseñamos cómo se toca el tambor… y cómo se arregla el país desde un lugar tan remoto y humilde como La Bellota.
-¿Pero cómo te has enterado de la voladura de la cruz del Valle de los Caídos, el mismo día de la inauguración de la cruz de la Sagrada Familia?
-Tengo mis espías uruguayos –respondió el tío Caldú con aires de misterio.
A Aurelio le bastó la explicación y asintió solemnemente:
—Amén. Y los demás concurrentes de La Bellota, contagiados del estilo protestante, que también lo había, respondieron a coro: Amén, Amén, Amén.
 El Cojo de Calanda

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