LA IGLESIA SOMETIDA A SANCIONES: NO ESTAMOS SOLOS

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Las declaraciones del Rvdo. Jaime Conde, párroco de la Oliva (Sevilla), han vuelto a demostrar que en Cataluña existe una categoría no escrita pero muy real: el sacerdote vigilado. No el sacerdote que calla, ni el que se limita a bendecir inauguraciones municipales, ni el que repite consignas sociopolíticas con la docilidad de un funcionario. No. El vigilado es el que osa tocar temas que el discurso dominante considera peligrosos, incómodos o, sencillamente, reservados a otros. Y entre esos temas, pocos tan inflamables como el islam, la integración cultural y la memoria histórica de Al‑Ándalus.
 
Conde ha afirmado que ciertos sectores del islam difícilmente se adaptan a las costumbres europeas y que existen discursos que evocan la recuperación de Al‑Ándalus. Nada que no se haya dicho en informes académicos, en debates parlamentarios o en columnas de opinión de medios generalistas. Pero cuando lo dice un sacerdote, el eco es distinto. De repente, lo que en boca de un sociólogo es análisis, en boca de un cura se convierte en sospecha. Y lo que en un tertuliano es libertad de expresión, en un párroco se interpreta como un posible delito de odio. La situación de hecho es que el poder civil ha impuesto numerosas sanciones a la Iglesia, y ésta se ha sometido dócilmente a ellas.

La reacción no sorprende. En España, la Iglesia lleva años aprendiendo que hay temas que puede comentar y temas que debe evitar. Y que, si se atreve a cruzar ciertas líneas, el precio no lo paga la institución, sino el individuo. Mi caso fue la prueba más clara: fui denunciado por  presunto delito de odio por criticar determinados aspectos del islam. La acusación de momento no ha prosperado, pero la Fiscalía no se resigna a la derrota, por lo que ha recurrido la absolución de la Audiencia Provincial. Sin embargo, se ha dejado una advertencia grabada a fuego: “Esto te puede pasar a ti si hablas demasiado claro.”
 
Un dato más, absolutamente sustancial: gracias a Dios, Jaime Conde y Custodio Ballester no somos los únicos sacerdotes que nos atrevemos a predicar abiertamente la doctrina de la Iglesia en éste y en otros temas “tabú”.  Somos sencillamente los elegidos por el sistema para servir de escarmiento a los demás curas (que no son pocos) que se atreven a predicar libremente. Si nos pusiesen el foco a todos, se les acabaría el “efecto ejemplarizante” que persiguen. Han calculado muy bien: les basta un par de ejemplos, evidentemente llevados a la exageración, para que los curas que ejercen su libertad de púlpito y los que pudieran estar tentados de ejercerla, queden avisados y sepan que el poder civil no se anda con chiquitas, y que al eclesiástico le sale más a cuenta callar y doblegar la cabeza.  
 
   
El doble rasero como paisaje estable
  
La comparación entre Conde y Ballester no es caprichosa. Ambos casos revelan un patrón que se ha convertido en paisaje estable de la vida eclesial española: la crítica al cristianismo es libertad; la crítica al islam es sospecha. 
 
No se trata de negar la protección a esas minorías vulnerables que designa arbitrariamente el poder político. Tal vez la necesiten. Ni de justificar discursos que puedan llamar a hacer un daño real a personas concretas. Se trata de constatar que la vara de medir no es la misma.
 
En España, un artista puede ridiculizar la Eucaristía sin que nadie hable de delito. Un político puede zaherir blasfemamente a la Iglesia sin que nadie invoque el quebranto de la convivencia. Un medio puede presentar a los católicos como encubridores de pedófilos sin que nadie hable de estigmatización. Pero si un sacerdote menciona la dificultad de integración de ciertos sectores del islam, se activa un mecanismo de alarma y persecución judicial que no se aplica a ningún otro colectivo.
 
Este doble rasero no es casual. Forma parte de un ecosistema cultural donde la Iglesia es tolerada mientras no moleste, mientras no contradiga el relato dominante, mientras no recuerde que tiene una voz propia. Cuando lo hace, se la corrige. Y si insiste, se la sanciona socialmente. 
 
El sacerdote como figura incómoda
 
Gerásimo Fillat lo habría dicho con su ironía habitual: “En España, el sacerdote puede hablar de reciclaje, de movilidad sostenible y de la importancia de la dieta mediterránea. Pero si habla de religión y de moral, ya es más problemático.” 
 
La frase contiene una verdad profunda: el sacerdote que ejerce su misión profética —no la administrativa— se convierte en figura incómoda.
 
El P. Jaime Conde no ha dicho nada que no pueda discutirse, matizarse o contextualizarse. Pero se ha metido en un terreno prohibido a los sacerdotes. Y eso, en el clima actual, basta para que se le coloque bajo sospecha. 
 
Lo mismo ocurrió en mi caso: el delito del que se me acusó, no fue lo que dije, sino que lo dijera un sacerdote. El problema no era el contenido, sino el emisor. Es una genial táctica de aislamiento: somos los raros, los imprudentes, que merecen, por lo tanto, pública condena.
 
La Iglesia en España vive desde hace años en una tensión permanente entre su vocación de anunciar la verdad y la presión ambiental que le exige moderación, prudencia y, en ocasiones, silencio. No un silencio contemplativo, sino un silencio estratégico: el silencio del que sabe que hablar tiene consecuencias.
 
La libertad de expresión clerical: un derecho en retroceso
 
La libertad de expresión de un sacerdote no es un privilegio corporativo. Es parte de la libertad religiosa, que incluye el derecho a manifestar convicciones en el espacio público. 
 
Pero esa libertad se ha ido estrechando. No por leyes explícitas, sino por un “clima cultural” que penaliza la disidencia cuando procede de la Iglesia.
 
Mi caso es un aviso. El caso Conde confirma que el aviso sigue vigente. Y muchos sacerdotes ya lo han interiorizado: evitan ciertos temas, moderan su lenguaje, renuncian a intervenir en debates donde su voz sería necesaria. No por falta de convicción, sino por miedo a la reacción.
 
Sin embargo, la autocensura es siempre una derrota. Y cuando afecta a quienes tienen la misión de iluminar la vida social desde el Evangelio, la derrota es doble: para la Iglesia y para la sociedad.
 
 
La Iglesia española ante su propio espejo
 
La cuestión no es si el P. Jaime Conde tiene razón o no en sus afirmaciones. La cuestión es si un sacerdote puede expresarse sin que cada palabra sea interpretada como una amenaza al sistema.
 
La Conferencia Episcopal debe preguntarse si está dispuesta a defender a sus sacerdotes cuando hablan con libertad y responsabilidad. Y debe preguntarse también si ha contribuido, por acción u omisión, a crear un clima donde el sacerdote que habla claro, se convierte en problema.
 
La misión pastoral exige prudencia, sí. Pero también exige valentía. Y la valentía no consiste en provocar, sino en no callar cuando la verdad —o la simple opinión razonada— puede incomodar.
 
Conclusión: dos casos, un mismo síntoma
 
Los casos de Jaime Conde y Custodio Ballester no son idénticos, pero revelan un mismo síntoma: la creciente dificultad de que un sacerdote pueda intervenir en el debate público sin exponerse a campañas de señalamiento. 
 
Ambos episodios muestran que la frontera entre crítica religiosa y delito de odio se está utilizando de manera desigual, y que la Iglesia debe estar atenta para que esa desigualdad no se convierta en norma.
 
La convivencia se construye con respeto, pero también con verdad y libertad.  Y una sociedad que solo tolera la crítica en una dirección no es una sociedad plural, sino una sociedad sometida al poder politico. 
 
El sacerdote que habla claro no es un enemigo de la convivencia. Es el que se atreve a decir lo que otros muchos piensan y callan. Y no es el único, pero es aquel en quien el sistema ha puesto el foco, para que sirva de escarmiento a los demás sacerdotes que ejercen o se sientan tentados a ejercer su libertad en una sociedad que todavía se dice democrática.
  
Custodio Ballester Bielsa
www.sacerdotesporlavida.info

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