El Papa León XIV después de reunir al Consistorio de Cardenales ha decidido repetir este tipo de reuniones una vez al año, como fórmula de diálogo y debate sobre las necesidades de la Iglesia, una medida que ha sido muy bien vista por los participantes, que ven, por una parte, como el Papa cuenta con todos ellos, también con los que tienen más de 80 años, y de cara a la opinión pública se vende una imagen de Iglesia Sinodal, de un Pontífice que consulta las cosas y no gobierna como un monarca absoluto, en una línea de continuidad con la del fallecido Papa Francisco.
Ha sido una jugada maestra, porque una reunión con tantos cardenales es poco operativa, va a ser más un encuentro fraterno que un asesoramiento al gobierno del Papa, pero la imagen que se da es muy positiva, la de un Pontífice que quiere escuchar y tener presentes a todas las sensibilidades de la Iglesia y atender sus consejos y propuestas.
Además, hay otro punto más de rebote, y es que con esta fórmula el Papa León se carga el consejo de cardenales que había creado su antecesor, más conocido popularmente como el G-8. El objetivo aparentemente es el mismo, no gobernar la Iglesia en solitario, pero la realidad es que aquel Consejo sí que creaba recelos en el resto de los cardenales, que veían que solo que se contaba con un pequeño grupo, todos de la misma tendencia, y todos considerados "amigos del Papa".
En ese grupo de cardenales estaba nuestro cardenal Omella, desde allí estuvo muy cercano e influyente con el Papa argentino, a la vez que cultivaba su amistad con los otros cardenales del grupito. Fueron los tiempos esplendorosos donde el todavía arzobispo de Barcelona ejercía su inmenso poder en la Iglesia española y universal. Ilusamente, cuando fue elegido el nuevo Pontífice, Omella expresó su convencimiento de que el G-8 continuaría funcionando, pues se equivocaba, en esto y en otras muchas cosas que han llegado con el nuevo pontificado.
Pero no hay nada que sea eterno, entre otras cosas, la vida de las personas, también del mismo Papa, muerto Francisco, las cosas están cambiando, y Omella a punto de cumplir los 80 años, está acabando sus momentos gloriosos en las máximas instancias de la Iglesia, sin el G-8 y muy pronto sin el cargo de arzobispo de Barcelona, el turolense va a ser uno más de esos cardenales eméritos, que acudirán a Roma convocados por el Papa en este nuevo invento sinodal, más teórico que práctico. Eso sí, de regalo, le vendrá un "carguito" de servicio honorífico a la Iglesia universal, algo que le tendrá entretenido.
Queda por ver cuando será el relevo en Barcelona, si antes o después de la visita del Papa a nuestra ciudad, y sobre todo el perfil del sucesor, que Omella intentará pilotar, pero que no queda nada claro que sea un candidato del actual arzobispo, o un hombre de confianza del nuevo Papa, o incluso una solución de compromiso, aquello de "ni para ti ni para mí".
Sea como sea, este año va a ser difícil para Omella, que acaba de perder a su madre a los 100 años, que él mismo será octogenario, que dejará la sede de San Paciano, y que verá como su inmensa influencia en la Iglesia quedará reducida prácticamente a la nada. Siempre le quedará contar "batallitas" con sus colegas generacionales ya jubilados en la residencia de sacerdotes ancianos del Seminario de Zaragoza.
Pietro Romano


Quina postura més triste de GG; on les ganes de fer la punyeta a qualsevol brot de catalanisme, sigui lingüístic, sigui polític, sigui cultural són tan enormes que els porta a escriure veritables tonteries sobre LXIV i sobre el consistori recent només per la oportunitat de despreciar un aragonès de la Franja que sap parlar català.
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