Aunque suene un tanto herético, antes del Concilio Vaticano II, es decir en tiempos de Pío XII para los que aún tenemos memoria de ese pasado de la Iglesia, creer en el Papa era prácticamente lo mismo que creer en Dios. O, dicho de otro modo, la fe de los fieles se sostenía firmemente en la fe en el Papa. Porque confiábamos plenamente en la fe del Papa. ¿Papolatría? ¡Pues sí! Pero es que el Papa era la roca firmísima sobre la que se sostenía la fe de los católicos. El Papa (que, por cierto, en aquellos tiempos se escribía en mayúscula) era visto y vivido como auténtico vicario y representante de Cristo en la tierra. Al gran Papa preconciliar, le pegaba de maravilla el dogma de la infalibilidad proclamado por el Vaticano I.
Tras la ocupación de la silla de Pedro por Francisco, lo de la infalibilidad ha quedado tan matizado y tan “recargolat” (por no ir frontalmente a la negación del dogma), que podemos darlo por definitivamente archivado. Uno más de los dogmas que dice Tucho Fernández que no conviene ir recordándolos. Es que este papa ha dado motivos más que suficientes para dudar no ya de su infalibilidad, sino incluso de su fe católica; e incluso, en algunos momentos, de su equilibrio racional y anímico. En momentos, un auténtico orate. Vamos, algo parecido a lo que es hoy Trump para los Estados Unidos y para el mundo. Nos mantenía a todos en vilo, temiendo su siguiente ocurrencia, y dudando de hacia dónde dirigiría a la Iglesia de ocurrencia en ocurrencia, y de nombramiento en nombramiento. Se coronó poniendo al Tucho al frente de la Doctrina de la Fe. Como para sostener firme como una roca, la fe de los creyentes.
Es evidente, con este cuadro, que el papa Francisco (hay quien se empeña en seguir llamándolo el papa difunto: ¡no será por la institución!, ¿no?) acabó ciertamente con la papolatría; acabó con la fe de muchísimos católicos en el papa; y acabó con la fe en Dios de muchos otros. Su palabra distaba mucho de la “palabra de Dios”.
En efecto, con Pío XII, que inspiraba rectitud, rigor doctrinal y disciplina (a nadie se le ocurrió llamarle “el papa bueno”), se acabó esa especie de sacralidad del papado. Con él se acabó el tomarse la Iglesia y sus instituciones en serio. Y ocurrió que el sucesor del gran Pío XII, Juan XXIII, fue percibido como un signo de relajación de los rigores eclesiásticos. Relajación que, quizás a su pesar, se institucionalizó mediante el Concilio Vaticano II, convocado deprisa y corriendo. Por lo visto, Juan XXIII debió de percibir la urgencia de poner en marcha esa válvula de escape para liberar (¿controladamente?) algo de la presión disciplinaria en que se encontraba el clero: tanto el secular como el regular, tanto el bajo como el alto clero. Además de los institutos religiosos.
Pero eran tantos los que se sentían oprimidos por la disciplina de la Iglesia (y ocupaban la mayoría de asientos en el aula conciliar), que no bastó la válvula de escape, sino que hicieron estallar la olla, derramándose gran parte de la sustancia que contenía. Fue así como el Concilio Vaticano II, expresando el impulso de la gran mayoría de los ‘padres conciliares’, se convirtió desde su inicio, en el gran movimiento reformador de la Iglesia que, bajo la bandera del aggiornamento izada y ondeada por el mismo papa, como las hordas de Atila (pero esta vez desde dentro) arrasó cuanto pudo de la santa institución y, sobre todo, movilizó a una tropa inmensa que no pudo asistir al Concilio, pero se sintió henchida del “Espíritu del Concilio” (de hecho, espíritu de indisciplina, al que llamaron espíritu de libertad) que, finalmente, degeneró en una nueva versión del “libre examen” de Lutero, corregido y ampliado a todos los ámbitos que construían la Iglesia: desde la liturgia a los dogmas.
Murió el “Papa Bueno”, pero continuaron el Concilio y sus bondades, que pontificados más tarde retomó el papa Francisco con su apelación a la Misericordia como guía y norma suprema del gobierno (desgobierno) de la Iglesia.
Y así nos fue. Del aggiornamento, que como herejía no estuvo nada mal (por sus frutos los conoceréis: han pasado 60 años y seguimos poniéndonos al día, que el mundo gira que es una bestialidad), pasamos a la misericordia sin límites y a la negación de toda disciplina. Una forma de “vivir la fe” que produjo en la Iglesia una clerecía baja y alta de niños consentidos, a los que hay que dejarles que hagan lo que les dé la gana, si no quieres encontrarte con las rabietas que les caracterizan. El “Quién soy yo”, con la liquidación del pecado, fue la síntesis del nuevo papado (henchido aún del Espíritu del Concilio y su aggiornamento) para afrontar el mayor problema de “modernización” o “puesta al día” de la Iglesia por acomodarla a los coloridos dictados del mundo.
Y claro, los cristianos de a pie, de catecismo básico, seguimos mirando al Papa con la firme esperanza de que él nos confirmará en la fe. Y es cierto que la generación cuya niñez coincidió con el pontificado de Pío XII, tuvimos claro que el papa estaba para eso, y otro tanto los obispos. Y que el cura que nos había correspondido, era la prolongación de ese poder afianzador de la fe. Nos movíamos en un mundo de certidumbres respecto a la fe.
Pero tras Pío XII nos llegó “El Papa Bueno”, Juan XXIII, que, a fuerza de bondad y blandura, derribó todos los diques que mantenían las aguas en su lugar. Pero tan magna operación no quiso hacerla solo: por lo cual convocó el Concilio Vaticano II, la inmensa mayoría de cuyos Padres Conciliares coincidían con ese afán relajador del Papa Bueno.
La Iglesia en su conjunto pasó de la certeza y la firmeza absoluta en todos los órdenes, a la precariedad y a la mutabilidad casi ontológica de todo lo que había formado el caudal de convicciones, de ritos y de conductas que habían formado el cimiento de valores y convicciones de toda la vida: desde nuestros padres y abuelos hasta muchas generaciones atrás. Pasamos en un abrir y cerrar de ojos, justamente a raíz del Concilio (tan reformador e innovador), de las certezas absolutas, a la duda sistemática, al cambio por el cambio, a la reforma convertida en el bien supremo de la Iglesia. Soplaron vientos huracanados de renovación que se llevaron por delante el edificio venerable de una Iglesia que había envejecido con gran dignidad: como envejecen las catedrales y los monasterios construidos con perspectiva de eternidad.
Pero el abismo abierto por Francisco entre el papa y los fieles es tan grande, que va a ser muy difícil que se salve en el papado de León XIV. La desconfianza y la zozobra no hay modo de despejarlas. Al descomunal ejército jerárquico de la Iglesia, presidido hoy por León XIV, es difícil percibirlo como instrumento de confirmación de los fieles en la fe.
Virtelius Temerarius


