El reciente reportaje de Jon Sistiaga sobre la homosexualidad en el clero —emitido en Cuatro y comentado por InfoVaticana— ha provocado un terremoto mediático y eclesial. No tanto por lo que dice, sino por lo que deja entrever: una tesis previa, un marco ideológico y una conclusión que el propio programa parece querer imponer desde el minuto uno.
Según el testimonio del sacerdote James Alison, la proporción de clérigos católicos homosexuales alcanzaría entre el 70% y el 80%. La cifra, más allá de su precisión (suponiéndola cierta, sólo lo sería en algunos países: en África, por ejemplo, imposible), se ha convertido en un símbolo. Y como todo símbolo, exige ser interpretado.
El documental presenta la castidad como una represión dañina y la homosexualidad activa como la única vía “honesta” de vivir la sexualidad en el sacerdocio. Es decir, se parte de la premisa de que la Iglesia exige lo imposible y de que la única solución es abandonar la doctrina moral católica. Pero esta lectura, tan cómoda como superficial, ignora una verdad antropológica elemental: toda vida en sociedad exige la represión -o mejor dicho, la educación y racionalización- de los impulsos. No existe civilización sin dominio de sí. No existe libertad sin disciplina. No existe amor auténtico sin sacrificio.
La Iglesia no exige más que lo que exige a todos: vivir según la verdad del cuerpo sexuado en masculino y femenino. La Iglesia no inventa la castidad clerical: la recibe de Cristo -pobre, casto y obediente al Padre- y la propone como forma de vida configurada con Él. Y lo hace con pleno derecho. Quien pide ser sacerdote, acepta libremente un camino que incluye continencia, entrega y renuncia. No es una imposición arbitraria, sino una forma de vida que ha dado frutos espirituales, culturales y sociales durante más de dos mil años.
La doctrina moral católica enseña que la inclinación homosexual es un “desorden objetivo” en el sentido técnico de que no está ordenada al fin propio de la sexualidad humana. No es un insulto, ni un juicio sobre la dignidad de nadie, sino una descripción moral de un acto y de una tendencia. Y por eso mismo, la Iglesia afirma que la homosexualidad profundamente arraigada incapacita para el sacerdocio, porque introduce una tensión estructural en la vivencia de la paternidad espiritual, de la fraternidad sacerdotal y de la castidad consagrada.
El documental, sin quererlo, confirma esta enseñanza. Si realmente -como afirma Alison- existe una presencia masiva de clérigos con esta inclinación, y si además muchos viven su sexualidad de forma activa, entonces el problema no es la doctrina: el problema es que no se ha cumplido ni exigido. Y que sus responsables no se han preocupado de aplicarla en los Seminarios donde se forman los futuros pastores.
La prueba está, por tanto, en el propio reportaje. El programa de Sistiaga pretende demostrar que la castidad es dañina. Pero lo que en realidad muestra es que cuando la Iglesia no discierne adecuadamente, cuando se ordena a quienes no pueden vivir la castidad sacerdotal, cuando se toleran dobles vidas, cuando se confunde misericordia con permisividad, entonces aparece el sufrimiento, la contradicción y la incoherencia.
No es la castidad la que hiere: hiere la falta de castidad. No es la doctrina la que oprime: oprime la incoherencia entre lo que se prometió un día y lo que se vive en la actualidad. El documental, sin pretenderlo, es un espejo. Y en ese espejo se ve con claridad que la Iglesia necesita volver a tomar en serio su propia enseñanza.
La sociedad civilizada exige dominio de sí a todos, no solo a los sacerdotes. El reportaje televisivo presenta la represión de los impulsos como algo negativo. Pero la vida humana es imposible sin autocontrol. El ejemplo más llamativo lo ofrece la cultura popular: ni siquiera un icono como Julio Iglesias, con fama, dinero y éxito, ha podido escapar al escrutinio público cuando no ha sabido gobernar sus apetitos sexuales. La sociedad -que presume de libertaria- es implacable con quienes no dominan sus pasiones. Está empeñada en llevar a Julio Iglesias al patíbulo, por su incontinencia sexual. Si eso se exige a un simple cantante, ¿cómo no lo va a exigir la Iglesia a un sacerdote, que debe ser padre espiritual, guía moral y testigo de una vida entregada?
La castidad no es una represión irracional: es una forma de libertad. Es la capacidad de amar sin poseer. Es la madurez afectiva que permite servir sin buscarse a uno mismo.
El verdadero debate, por tanto, no es la homosexualidad: es la fidelidad a la divina vocación recibida. Exactamente igual que se exige fidelidad en el matrimonio. Los casados han de reprimir sus veleidades sexuales: en aras de la fidelidad mutua. Aparte de que el matrimonio no es, ni de lejos, un sistema de buffet libre. También dentro del matrimonio tiene la continencia un papel importante. No obstante, el documental quiere abrir un debate sobre la homosexualidad en la Iglesia. Pero el verdadero debate es otro:
¿Queremos sacerdotes fieles a Cristo o sacerdotes fieles al espíritu del tiempo? Si la Iglesia renuncia a sus principios morales para adaptarse a las modas culturales, perderá su identidad y su misión. Si, por el contrario, reafirma con claridad que el sacerdocio exige castidad, madurez afectiva y masculinidad espiritual -entendida como capacidad de entrega, fortaleza y paternidad-, entonces podrá sanar sus heridas y recuperar su credibilidad.
La solución no es cambiar la doctrina, sino formar mejor, discernir mejor y acompañar mejor. La solución no es bendecir lo que la Iglesia no puede bendecir, sino ayudar a vivir lo que Cristo pide. La solución no es la permisividad institucional cuando las prácticas homosexuales se realizan discretamente con mayores de edad. Una permisividad, en cambio, que no se tiene en las relaciones heterosexuales de los clérigos, pues la mujer siempre acaba exigiendo un compromiso del que, generalmente, el homosexual acostumbra a abominar.
El reportaje de Sistiaga, lejos de demostrar que la castidad es imposible, demuestra que la falta de fidelidad a la castidad, destruye. Lejos de mostrar que la doctrina es inhumana, muestra que la incoherencia es la que hiere. Lejos de justificar cambios doctrinales, muestra que la Iglesia, en la persona de sus obispos, debe volver a tomarse en serio su propia enseñanza.
Si realmente existe un 70–80% de clérigos con inclinación y práctica homosexual -como afirma Alison en el documental y recoge InfoVaticana-, entonces la conclusión no es que la doctrina es equivocada, sino que no se ha aplicado por no vivirla con la gracia de Cristo.
La Iglesia tiene el derecho -y el deber- de pedir a sus sacerdotes lo que Cristo pidió a los suyos: pureza de corazón, dominio de sí, entrega total y una vida casta que sea signo del Reino. La incontinencia –y no sólo en el sacerdocio- es una fuente de grandes males para los individuos y para la sociedad.
Y eso, el valor de abrazar cada uno la cuota de castidad que le corresponde, hoy más que nunca, es un acto de amor: infinitamente mayor que el de vacunarse.
Custodio Ballester Bielsa, Pbro.
www.sacerdotesporlavida.info
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