Vaya por delante que me siento muy poco inclinado a leer y comentar los escritos del Dicasterio dirigido por el cardenal Fernández. Y menos, tratándose de algo tan obvio en la Iglesia católica: nada menos que la monogamia. ¿A qué viene ahora salir a defender la monogamia? ¿No será para provocar la apertura del debate sobre la poligamia, y en el mismo paquete, el poliamor en todas sus variantes? Una de ellas, la prostitución, a la que alude la Nota con suma fineza. Pues parece que apunta en esa dirección. Aunque, a decir verdad, la conclusión que saco tras su lectura, es que al título le sobra la mitad. La monogamia es la pantalla tras la que el Tucho, muy tucho él, esconde su gran afición a la carne (caro), que es de lo que le apetecía escribir. No es, por tanto, ningún “elogio de la monogamia” que dice el subtítulo, sino el elogio del placer carnal y de su carácter natural y por tanto querido por Dios, algo divino (consultar su singular obra literaria). ¿Lo vais pillando? Sí, claro, también para el clero, con lo que el celibato es un atentado contra la voluntad de Dios. Calentando motores.
Por empezar, vista su extra-vagante prolijidad, parece mucho más un ejercicio literario, que un documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Tan chusco es el asunto que, en la Presentación, advirtiendo de su exagerada extensión para ser una Nota, advierte al lector que a quien se conforme con una síntesis, le bastará leer el último capítulo y la conclusión. Así funciona el Dicasterio del cardenal Fernández. Originalísimo
En el segundo párrafo de esta “Nota doctrinal” destinada a la Iglesia universal, declara a la brava que su formulación es meramente propositiva, en la que mezcla con la Sagrada Escritura, la filosofía y la poesía como razones y motivaciones que empujen a elegir una unión de amor única y exclusiva”. Gran novedad: la Nota pretende convencer al católico para que elija ese tipo de unión. La pregunta es: ¿entonces, el matrimonio monogámico es algo opcional para los católicos? ¿Pueden elegir, siendo católicos?
Como ejercicio de trivialización de la doctrina de la Iglesia católica sobre el matrimonio y relativización respecto a todas las alternativas que describe, no está nada mal. Como para dejar ahí mismo la lectura del documento. Pero si he de comentarlo, no me queda más remedio que leérmelo de la cruz a la raya.
Empieza la introducción refiriéndose a las palabras del Génesis: “serán dos en una sola carne”, de las que hace una primera exégesis, advirtiendo que la Nota está destinada, ante todo, a los obispos. ¡Otra que tal!
En el cap. II repasa las alusiones de la Sagrada Escritura al matrimonio monogámico, insistiendo en su valor alegórico a la unión de Dios con su Pueblo elegido, y a la Iglesia con Cristo. Relaciones monoteístas y monogámicas. Como si tuviera que convencer a los obispos (supuestamente, principales destinatarios de la Nota), de que el matrimonio cristiano sólo puede ser monogámico. Por cierto, los obispos africanos se ven obligados a responder a los musulmanes que tienen enfrente, que ni el divorcio ni las simoníacas declaraciones de nulidad matrimonial (dejando desamparados a los hijos) aventaja en moralidad y equidad a la poligamia del Islam. Huele fatal eso del “acompañamiento” a los polígamos. Si ha de ser el mismo que a los homosexuales, lo tenemos claro.
El cap. III, muy extenso, lo dedica a los “Ecos de la Escritura en la historia”. Repasa en primer lugar a Tertuliano: “Donde la carne es única, único es el espíritu”. Interesante también lo que sostiene san Alfonso María de Ligorio: presenta la relación sexual de los esposos (con la obligación de satisfacer el débito conyugal: “una sola carne”, unión carnal) como fin intrínseco esencial; mientras que considera la procreación también como fin intrínseco, pero accidental. Grande y oportuna clarificación de la doctrina de la Iglesia.
Sorprendente la nota de Alice von Hildebrand, refiriéndose al amor conyugal incluso como una verdadera y auténtica dimensión “sacrificial” del amor, que consiste en poner el bien del otro por delante del propio. El gran invento cristiano que tradujo el “amarás al prójimo como a ti mismo”, en amarás al prójimo por encima de ti mismo. De ahí nuestra original expresión “tú y yo”, en vez del mucho más lógico y natural “yo y tú”.
Las aportaciones teológicas de los teólogos, pasan por alto que la inmensísima mayoría de los católicos no van al matrimonio tras experiencias místico-teológicas, sino que lo hacen apremiados principalmente por hacer realidad lo de “una sola carne”. Una caro.
En el apartado de las “intervenciones magisteriales, llama la atención la precisión de León XIII (63): “el matrimonio monógamo es la expresión de una recíproca y exclusiva búsqueda del bien del otro” (de hecho, así se entendió siempre el amor de los esposos en el matrimonio católico). Enorme diferencial respecto a las doctrinas que corren hoy por el mundo respecto a las relaciones “carnales” de pareja.
El cap. IV está dedicado a algunas perspectivas desde la filosofía y las culturas. Una secuencia de consideraciones místico-poéticas laicas, empezando por santo Tomás de Aquino (ahí lo coloca la Nota), con la distinción entre amor benevolentiae y amor concupiscentiae, poniendo el más alto grado en la máxima amicitia. Luego pasa por Sertillanges, Kierkegaard, Mounier, Lacroix, Lévinas y hasta una referencia al clásico “Don Juan”, pasando luego a Karol Wojtyla no como papa, sino como “filósofo” antes de ser papa, con alguna reflexión muy interesante dando un papel especialmente relevante a la mutua satisfacción sexual que, junto con otras características, contribuye a dar estabilidad al matrimonio. Y cierra con el matrimonio Jacques y Raïsa Maritain, con toques místicos.
Una segunda parte, dedicada al Oriente no cristiano, recala en las tradiciones de la India en las que se cultiva la monogamia, aunque coexista con la ocasional poligamia. La gran novedad es el elogio de la castidad de la mujer. Y a continuación dedica dos párrafos (el 106 y el 107) a una reflexión sobre la actualidad, en que a pesar de que la cultura ambiente promociona por todos los medios el divorcio, la poligamia y el poliamor, permanece en el fondo de las conciencias un ideal de amor monogámico. Y para preservarlo, dice, hay que recurrir a la educación, en la que echa mano de la mística nuevamente: “apertura a lo divino” y que la monogamia “anticipa de algún modo el misterio mismo de Dios”.
Y sigue el capítulo V dedicado a “la palabra poética”. Ahí vuelca unas cuantas poesías (no aparece por ningún sitio El Cantar de los Cantares). Y llegamos al último capítulo, el VI: “Algunas reflexiones para profundizar” (“da approfondire” en el texto italiano, que parece el de referencia; y no es el único tropiezo para la traducción. Eso no pasaba cuando el texto oficial se escribía en latín).
La mitad de este capítulo está dedicada a la “pertenencia recíproca”. Lo siento, pero estoy radical y frontalmente contra este concepto de la “pertenencia de una persona a otra. Es un lenguaje esclavista. Por otra parte, este concepto de pertenencia recíproca (que a la hora de la verdad tiene bien poco de recíproca) esconde la antiquísima práctica de pertenencia real de la mujer al hombre. Por eso es un concepto que no me interesa ni rozarlo. Está en paralelo con el consejo paulino (I Cor. 7,5) de “no rechazarse el uno al otro”, que en la práctica resulta ser una orden a la mujer de que no rechace al marido. Es que, tanto la pertenencia como el no rechazarse, tiene una lectura para el hombre y otra muy distinta para la mujer. La historia es tozuda. Y la Nota remata eso de la pertenencia recíproca con los tintes místicos que le son tan queridos a su autor.
Y termina la Nota con la ‘Caridad conyugal’. Otra que tal. Al sostener el amor conyugal en el precepto evangélico de “Amarás al prójimo como a ti mismo”, vuelve a resonarme Fray Gerundio de Campazas. ¡Qué pena! Y para variar, vuelve al canto del sexo, hablando más de pareja y de sexo, que de matrimonio. Y, en continuidad con su anterior producción literaria, añade la fuerza del sexo de curar todas las enfermedades del alma. Tal como vas leyendo esas consideraciones, esperas que en cualquier momento saltará con la novísima teoría del sexo como caridad para los pobres en este sentido, tan tan abundantes.
Conclusión: es tan enorme la distancia entre el auténtico matrimonio cristiano basado en el amor (antes de que fuese sinónimo casi único de sexo) e indisoluble; es tan enorme la distancia entre la abundosa palabrería de esta Nota y la praxis de la Iglesia con respecto al matrimonio de toda la vida, que da grima. Sólo faltó, para rematar el despropósito de esta Nota, la rueda de prensa en que la presentó su autor.
Virtelius Temerarius



