viernes, 25 de enero de 2019

La Glosa Dominical de Gérminans

LA AUTOESTIMA DE DIOS: NADA MAL PARA EMPEZAR
Entró porque todos tenían derecho a entrar. Y no sólo a entrar, sino a leer y hablar sobre aquello que se había leído un poco antes. Quizás una sala desnuda, una simple casa, un espacio vacío: allí se citaban, razonaban sobre Dios, en compañía y quizás entre hermanos soñaban con Dios. También Él lo hizo: abrió el pergamino de las Escrituras, leyó dos o tres versículos y replegó el rollo. Para empezar a hablar con aquella afabilidad que un día confundirá a escribas y fariseos, con aquel acento amoroso que sanará pecadores y torpes funcionarios, con aquel toque humano que hechiza a las almas femeninas. Aquel texto era conocidísimo, y sin embargo aquel sábado parecía nuevo, se había trasfigurado. Como una vieja partitura que, interpretada durante siglos, se te presenta inédita gracias a la mano que la interpreta. Quizás las palabras se habían acartonado sobre sí mismas: milenios de espera habían resecado incluso las gargantas de los profetas e inflado los ojos de los videntes. Esta mañana en cambio, aquellas palabras parecían adornarse de primavera, retomaban vida y color: como si hubieran salido frescas y festivas por vez primera de la boca de aquel hombre desconocido por la mayoría. En la plaza de Cafarnaún la incredulidad serpenteaba a flor de piel: nadie recordaba haber escuchado a un rabino hablar así. Eran palabras perfumadas de cielo.
C:\Users\FRANSESC\Desktop\Jesus-Child-cropped_20151219110832274108.jpgLa voz se esparció: incluso el hortelano, el hombre ennegrecido por el hollín, el carpintero y el albañil después de la difusión de aquella noticia traicionaron a las verduras en el huerto, las llanas en el cubo, olvidaban los brazos rígidos y los ojos ennegrecidos e iban hacia la sinagoga para escuchar aquella palabra de vida. Como en tiempos del sacerdote Esdras: “Leyó el libro en la plaza, ante la puerta de las Aguas, desde el alba a mediodía, en presencia de los hombres, de las mujeres y de aquellos que eran capaces de entender: todos prestaban oído para escuchar el libro de la ley (…) Este día está consagrado al Señor vuestro Dios. ¡No hagáis luto ni lloréis!” Porque todo el pueblo había sido atravesado por la Palabra. Como la muchedumbre de Cafarnaún aquel sábado por la mañana: las palabras de aquel joven Maestro habían redoblado los latidos de sus corazones fatigados. Aquella explicación con el añadido de la noticia inesperada - “hoy se ha cumplido esta Escritura que habéis escuchado con vuestros oídos” – había sido un alivio de luz, una rendija de cielo, un haz tenue de esperanza para hambrientos y prisioneros, fracasados e incapaces. Fueron palabras que no serán olvidadas por aquella chusma oscura. Falta poco, quizás únicamente el tiempo para concluir la plegaria y lo esperaran en la puerta de la sinagoga: para volverle a ver o simplemente para seguirle. Tímidos y soñadores.
Dentro de la sinagoga aquellos entendieron bien poco: la razón de aquella incomprensión fue la sorpresa por las inesperadas palabras. Lo insospechado de una Palabra capaz de encender la esperanza y estimular sus almas angustiadas. Aquella mañana en la sinagoga cada cual llegó quizás con la nostalgia de lo que habían dejado en casa, como todos los sábados precedentes. Dejadas en casa para acudir a la sinagoga a rezar como estaba preceptuado desde siglos. Sin embargo aquel sábado la añoranza de lo aparcado es borrada por la sorpresa de lo encontrado, mejor dicho, de lo oído. Que a bien decir, fue el mismísimo encuentro en sí: haber encontrado a un Hombre capaz de sentir sus miserias y convertirse en Voz de una humanidad diferente. Una humanidad encaminada hacia el Eterno. 
No por nada apóstol encabezó tal anuncio con una expresa puntualización: “para que te des cuenta, oh Teófilo, de la solidez de las enseñanzas recibidas”. En Cafarnaún se sospechaba que la Profecía era hermana gemela de la Fábula. Bastó el breve espacio de una Palabra encontrada para comprender que el Eterno no faltaba a su promesa. Para despertar la melancolía de la Historia. 
Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

5 comentarios:

  1. En numerosas ocasiones, el Evangelio nos deja desconcertados. Inquietos. Expresiones de Jesús que casan muy mal con el buenismo de sus representantes. Evitaré caer en el cursi "nos interpela" que uno a veces no entiende muy bien a qué se refiere el obispo o sacerdote que lo dice. Inquietos y desconcertados se quedarían los asistentes a la Sinagoga cuando afirmó que se había cumplido la expectativa del profeta. ¿Dónde estaba el Mesías si había llegado ya? Cristo quiere que le busquemos. Señor, ¿dónde habitas?. Venid y vereis. He venido a prender fuego y qué quiero si no que arda? El cristiano no es un sujeto pasivo, ni el cristianismo una religión de quietudes, anulaciones y ejercicios de respiración zénicos. Es una bñusqueda continua del Maestro, de aquel en quien se cumplieron las promesas. Gracias, mosén.

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  2. Querido Francesc. Una simple puntualización. La escena de la sinagoga del texto de Lucas del evengelio de hoy no es en Cafarnaún sino en Nazaret. Yo hubiera desarrollado el meollo teologico que anuncia Jesús: Anunciar la Nuena Noticia a todos los pobre de todos los tiempos y la liberacion a los que sufren. Un abrazo. Isidoro Rodriguez. Presbitero

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    1. También es importante el cumplimiento de una profecía de Isaías sobre Cristo: el espíritu de profecía, que está en segundo lugar después del espíritu de apostolado.

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  3. En realidad, Jesús, se autoproclama como el Enviado según la Palabra, aunque no lo diga expresamente. Ese es el meollo del cristianismo: Creer lo que dice Jesús.
    Hay que orar mucho para que nuestra sociedad, cada día más alejada del Evangelio, comprenda que fuera de Jesús todo son tinieblas e incertidumbres. Orar a Jesús y la Virgen María, que, como vimos la semana pasada, es una mediadora excelente.
    Profunda homilía, Mosén Francesc, gracias.

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    1. Más bien es el Evangelio el que huye del mundo.

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