domingo, 11 de agosto de 2013

Los Sacerdotes por la Vida: nuestros motivos

Muchas veces me he preguntado cómo es posible que estando como estamos la mayoría de los sacerdotes contra el aborto, a la hora de la verdad lo consintamos mucho más allá de lo que requieren la compasión y la caridad cristianas; y nos resistamos por tanto a denunciar las perversas maniobras de promoción de esta práctica por parte de las leyes y las instituciones.

La estructura de pecado que constituye el aborto y que sostienen muchos y variados organismos nacionales y supranacionales, se configura hace tiempo como un auténtico tejido social de muerte, como una guerra de los poderosos contra los débiles destinados al sacrificio. El resultado de la anuencia, de la complicidad y la pasividad de tantos es un sistema político-económico globalizado, que con el pretexto de la tolerancia favorece comportamientos contrarios a la vida y alimenta la cultura de la muerte, llegando a crear  y consolidar verdaderas “estructuras”  contra la vida. Se trata pues de una conjura contra la vida más débil, que afecta “no sólo a las personas concretas en sus relaciones individuales, familiares o de grupo, sino que va más allá, llegando a perjudicar a nivel mundial las relaciones entre los pueblos y los Estados” (Evangelium Vitae, 12). Sólo reduciendo el tema a una privadísima cuestión de confesionario en el mejor de los casos, podemos los curas sacudir nuestra conciencia de cualquier personal escrúpulo de inacción y cantar con Rita Pavone: Che m’importa del mondo.  Qué me importa cuando yo ya hago lo que el confesionario me deja y mi oración permite. El mundo gira y gira, y nadie puede detenerlo…

 No olvidemos, sin embargo, que los abortos no los practican las mujeres, sino médicos subvencionados por el Estado. La mujer se someterá o consentirá, casi siempre por fuertes presiones del varón implicado en su embarazo; pero su práctica forma parte de un sistema bien estructurado y financiado. Es en ese frente en el que hay que resistir y en el que contraatacar. La más generosa y exquisita compasión cristiana (si acaso es ésa la coartada de que se valen muchos para cruzarse de brazos ante el tremendo drama humano del aborto y para lavarse las manos como Pilatos), nunca puede ser la excusa de la inacción. El P. Angel Ayala -fundador de la Asociación Católica de Propagandistas-, allá por los años cuarenta afirmaba: “La oración es lo primero, pero no es lo único ni es suficiente”. ¡Hay que actuar!

Lanzo esta hipótesis como respuesta a nuestra inacción: siendo el aborto la culminación de todo un edificio de una “libertad” sin referencia ni a la verdad ni al bien; siendo el recurso al aborto manifestación de la “no represión” sexual, si los que callan se mostrasen claramente contra el aborto, estarían denunciando implícitamente todo el edificio de nueva “moral sexual” del que el aborto no es más que la coronación. Y en esto sí, ya podemos tirarles de la lengua, que la mayoría confesarán sin el menor recato que no están de acuerdo con la rigidez de la moral sexual de la Iglesia que lleva a las gentes al retortero.

Y es que la culpa de la destrucción de la familia, de la extensión de la anticoncepción, del aborto como pandemia y, al final, de la normalización de la eutanasia, la tenemos los curas. Así de claro, hombre. Porque cuando dieron carta de ciudadanía al divorcio en 1981, Landelino Lavilla dijo aquello de que “los católicos no necesitamos que las leyes refrenden nuestras convicciones” y así nos lució el pelo. El clero lloriqueó un poquito
 -sólo un poquito-, pero luego nos callamos como muertos y, poco a poco, el divorcio se convirtió en la solución para muchos, en el parche reconstructivo que les permitió “rehacer” su vida  y encima seguir comulgando con el disimulo del celebrante.

Cuando salió la píldora anticonceptiva, PabloVI, contra la opinión de todos los “sabios” de este mundo, publicó en 1968 la Humanae vitae y a muchos eclesiásticos -de todo rango y condición- les sentó como un tiro, pues veían en la anticoncepción artificial la solución a los problemas morales de la humanidad. Casi todos callaron y silenciaron la voz profética del sucesor de Pedro, haciendo creer al pueblo que todo el monte es orégano. Sólo el Papa intuyó entonces que la separación de los aspectos unitivo y procreativo del acto conyugal, traería unas consecuencias nefastas que aún ahora seguimos pagando: la plaga del aborto, la fecundación in vitro y la experimentación con embriones. Finalmente, el desprecio a la vida que ha de nacer, llevó al desprecio de la que se acaba: y así nos encontramos hoy ante la difusión de la eutanasia, practicada abiertamente o incluso legalizada en no pocas naciones, y subrepticia o encubierta en otras; pero siempre entre la indiferencia de la mayoría.

Cuando despenalizaron el aborto en 1985, un documento de doctrinal lamento y luego… un clerical y sepulcral silencio que ha durado -con breves y prudentes excepciones- hasta el día de hoy. Con la ley Aído del derecho al aborto y el “matrimonio” gay han sido los laicos -aquí y allá- los que han sacado de su postración, apoltronados en el dolce far niente, a unos eclesiásticos resignados a seguir la corriente de un río impetuoso que está arrasando nuestros valores. Es que nos hemos acostumbrado a asumir el aborto como daño colateral de la sociedad del bienestar; como el precio, que pagamos resignados, de una pegajosa comodidad. A pesar de todo, mucho me temo que todo haya pasado con más pena que gloria al archivo episcopal, a esas cajas de los definitivos que se cierran para no abrirlas jamás. Bueno, alguna vez, para que no digan los más intransigentes que estos temas han dejado de importar a ciertos pastores, aunque les importen más otras cosas…

Ya dijo Juan Pablo II en Evangelium Vitae -la encíclica olvidada- que la anticoncepción y el aborto son frutos del mismo árbol. Cuando la sexualidad se despersonaliza e instrumentaliza, ya no es el lugar y el lenguaje del amor -don de sí mismo y acogida personal del otro-, sino que se convierte en ocasión para afirmar el propio yo y satisfacer así los propios instintos y deseos. Se separan entonces los aspectos unitivo y procreativo del acto conyugal, se traiciona la unión del hombre y la mujer y la procreación es evitada absolutamente. La anticoncepción frustrada lleva entonces, como lógica consecuencia, al aborto provocado. La extensión de esta mentalidad no ha hecho más que aumentar el número de abortos a nivel planetario. Hasta el punto que hasta la Iglesia se ha visto chapoteando muy a su pesar en el fango que el silencio y la inacción de tantos eclesiásticos han fabricado. No son éstos los gozos y esperanzas, tristezas y angustias que los discípulos de Cristo debemos compartir. No es ésta la encarnación a la que estamos llamados.

Sólo el Evangelio de la Vida proclama esa cruz que nos salva, porque el Evangelio de la Vida es el propio Jesucristo que “ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia” (Jn 10,10). Por ello, cada uno de nosotros está ante el dramático choque entre el bien y el mal, entre la muerte y la vida. No estamos “ante”, sino necesariamente en medio de este conflicto. Todos nos vemos implicados y obligados a participar, con la responsabilidad ineludible de elegir a favor de la vida. No hay una vía intermedia entre la resistencia o el colaboracionismo. Si la vida de cada ser humano, desde que existe en el vientre de cualquier madre, es una palabra definitiva de Dios al mundo; si la vida que Dios nos concede es sagrada porque sólo a El pertenece; si el hombre por pura gracia está llamado a una plenitud de vida que va más allá de su existencia terrena; si esto es así, toda amenaza a la dignidad y a la vida del hombre, naciente o terminal, sana o enferma, es un atentado al corazón mismo de la Iglesia, al núcleo de su fe en la encarnación redentora del Hijo de Dios. Es la diabólica destrucción de la única criatura que Dios ha querido por sí misma como signo de su presencia y resplandor de su gloria.

El compadreo, el silencio y la ambigüedad nos conforman con la mentalidad del mundo. Ésta nos hostiliza y nos hace impopulares. Sin embargo, debemos estar en el mundo, pero sin ser del mund,o con la fuerza que nos viene de Cristo que con su muerte y resurrección ha vencido al mundo. El Apóstol nos recuerda: “Dimos por segura la sentencia de muerte y así aprendimos a confiar sólo en Dios, que resucita los muertos” (2Co 1,9). ¿Es verdaderamente así o venderemos de nuevo nuestra primogenitura por un plato de lentejas cada vez más exiguo?

Custodio Ballester Bielsa, pbro.
www.sacerdotesporlavida.es

10 comentarios:

  1. Si todos los católicos empezando por los OBISPOS, denominaran la "interrupción voluntaria del embarazo" como MATAR A UN HIJO DE DIOS, que es lo que realmente ocurre y no la estupidez del facha lenguaje, otro gallo cantaría.
    Sera que en lugar de OBISPOS SANTOS tenemos gallinas?

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  2. Mn. Custodio, me alegra mucho de volver a leer sus artículos.

    A mi modesto entender el problema del aborto, tiene dos vertientes, una moral y otra legal.

    En el Occidente cristiano y concretamente en paises como España hemos pasado de un catolicismo tradicional, en que se asistian a los actos religiosos, muchas veces por costumbre, en que las leyes civiles, estaban de acuerdo con las morales y tan tanquilos.

    Se iba a Misa, y es cierto que muchos fieles, participaban de ella con el Misal y aunque fuera en latín, la podíamos seguir facilmente, però también es cierto que había muchos fieles más que aprovechaban la Misa para rezar el Rosario y confesar. La formación religiosa en líneas generales era más bien escassa.

    Vino el Concilio y en el caso de España, la "democràcia", la pongo entre comillas, porque se ha visto con el paso del tiempo que es muy relativa.

    Pero lo peor o major, según se mire, para nosotros, los católicos, ha sido que se han cambiado leyes civiles, que estan en contra de la moral catòlica y la verdad es que esa nueva situación sòcio-política, nos ha cogido con una poca fornación y con la necesidad de ser coherentes.

    Ahora estamos en una época, en que habla de ilegalizar el aborto, me parece fantástico, pero, ¿cuantas veces se oye que para los católicos, el aborto es pecado mortal. Ahora bien, ¿por qué se ha llegado hasta aquí? ¿por qué no se ha insistido, sobretodo en las dècades de los 70 y 80, en que amor fuera del matrimonio, es pecado?. Hoy día parece que Satanàs, haya ganado la batalla, porque no se hable de él. El quinto y sexto mandamientos de la Ley de Dios, siguen en vigor ¿no?

    Ahora vienen muy bien las palabras que dijo el Beato Juan Pablo II en Madrid, el 2 de novembre de 1982, en la Misa a las Familias:

    ..."Además, según el plan de Dios, el matrimonio es una comunidad de amor indisoluble ordenado a la vida como continuación y complemento de los mismos cónyuges. Existe una relación inquebrantable entre el amor conyugal y la transmisión de la vida, en virtud de la cual, como enseñó Pablo VI, “todo acto conyugal debe permanecer abierto a la transmisión de la vida”. Por el contrario, —como escribí en la Exhortación Apostólica “Familiaris Consortio”— “al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal”.

    Pero hay otro aspecto, aún más grave y fundamental, que se refiere al amor conyugal como fuente de la vida: hablo del respeto absoluto a la vida humana, que ninguna persona o institución, privada o pública, puede ignorar. Por ello, quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad.

    ¿Qué sentido tendría hablar de la dignidad del hombre, de sus derechos fundamentales, si no se protege a un inocente, o se llega incluso a facilitar los medios o servicios, privados o públicos, para destruir vidas humanas indefensas? ¡Queridos esposos! Cristo os ha confiado a su Espíritu para que no olvidéis sus palabras. En este sentido sus palabras son muy serias: “¡Ay de aquel que escandaliza a uno de estos pequeñuelos! ... sus ángeles en el cielo contemplan siempre el rostro del Padre”. El quiso ser reconocido, por primera vez, por un niño que vivía aún en el vientre de su madre, un niño que se alegró y saltó de gozo ante su presencia."

    Y en estas circunstancias, uno se aparta libremente del Amor de Dios, que a pesar de todo, Dios nos sigue amando y esperando nuestra reconciliación a través del Sacramento del Perdón.

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  3. Defensar la vida és una cosa molt noble i per això no calen gaires discursos ni escrits com aquest d'avui però fer un poti-poti a base de divorci, contracepció, avortament i eutanàsia no sé pas a què treu cap. I a més a més amb algunes frases que són autèntiques perles per a meditar en aquests dies d'estiu. Aquí en van dues:

    1) "la culpa de la destrucción de la familia, de la extensión de la anticoncepción, del aborto como pandemia y, al final, de la normalización de la eutanasia, la tenemos los curas."

    2) "La anticoncepción frustrada lleva entonces, como lógica consecuencia, al aborto provocado".

    I embolica que fa fort!

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    1. Dons a mi em sembla que calen molts mes discursos com aquest, ja que l'article denuncia, que hi ha un silenci sepulcral d'aquest temes per part dels Capellans. Mai he sentit en una homilia de parròquia que es parli del avortament ni del divorci, i aixó que porto una pila d'anys acudint a la missa dominical. I no parlem de cursos prematrimonials, de moltes parròquies que ensenyen una moral més mundana que catòlica, i el responsable es el capellà.
      Coincideixo amb l'article d'avui que tota la moral familiar te relació, i està tot connectat.

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    2. Per a Fred.

      A l'Església Catòlica no es parla gaire de l'avortament?

      Potser encara descobrirem que tu i jo vivim en planetes diferents.

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    3. Sr Morros:

      No aporta ningún argumento para rebatir el escrito. Solo ironiza. Carece de razones.

      Su forma de expresarse la he oído a muchos relativistas.

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    4. Jordi: segur que vivim a planetes diferents. La CEE ha escrit documents, el Papa n'ha parlat, però els capellans ni mu, i axó es la queixa del present article i meva.

      Fins i tot un bisbe català, quan una activista provida, li va dir que els capellans no parlaven del mal que suposa el avortament, el bisbe li va respondre amb ironia: "no et preocupis, els capellans son molt grans, no avortaran pas". O sigui, passotisme total del tema. Si aquesta es l'Església que ha de evangelitzar, efectivament jo soc d'un altre planeta.

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  4. No somos del mundo... pues el principe de este mundo es Satanás.

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  5. Muy bien explicado lo del aborto y muy atinada la acusación de que la culpa es de los curas. Yo voy más allá. Y digo que no sólo los curas (y obispos) sino también los seglares hemos caído delante de los compañeros de trabajo, de los propios familiares y de la sociedad en general en el más cobarde los silencios posibles, nos hemos encogido de hombros o hemos mirado para otro lado. Nos ha vencido el relativismo, y como dice Cain en un chiste en la prensa, "de la flaqueza humana, como del cerdo, todo se aprovecha". Es lo que ha estado haciendo, y en ello continúa, el mismísimo diablo. Meda culpa.

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  6. Gracias Mn Custodio por su apostolado provida en Cristo. Y digo gracias porque no está mal recordar que en virtud de la Comunión de los Santos su actitud beneficia a todos.

    Creo que en esa apatía que nos describe, aparte de sacerdotes y religiosos, también estamos implicados los laicos.

    Quisiera decir a los laicos, fundamentalmente, que la obras de misericordia las llevamos mal, tal como “enseñar al que no sabe” o corregir al que se equivoca”, tan mal que las hemos obviado totalmente. No hemos corregido a los otros laicos que han extendido a sus anchas doctrinas anticatólicas. Y ante ese escándalo no hemos actuado. Y consecuentemente, hemos sido tan pasivos ante el escándalo, tanto que lo hemos erradicado como pecado de omisión.

    Y esta omisión nuestra se hace particularmente relevante con nuestros sacerdotes y consagrados, a los que tampoco hemos sido capaces de intentar enmendar sus errores. Y no digo ya de una ardua lucha para hacerlos cambiar en sus razonamientos. Hablo simplemente de mostrarles nuestra desaprobación antes ciertas doctrinas. Porque a veces ellos, especialmente los sacerdotes regulares están muy solos y agotados. Y se pueden despistar con tanta presión, como somos proclives a despistarnos todos. Son personas y su vida es mucho, mucho más dura que la nuestra. Necesitan todo nuestro apoyo, nuestro amor, digo amor que no falsas caridades. Y esa auténtica caridad, no la hemos ejercido.

    También, en nuestra forma de actuación como laicos, se une el hecho de que hemos malinterpretado la mansedumbre y hemos asumido equivocadamente la mansedumbre de los consagrados que se dedican a la vida contemplativa, como nuestra propia mansedumbre. Ese silencio no es el nuestro. El ejercicio de nuestra mansedumbre como laicos, no está en callar, ocultándonos en casa. Tenemos que dialogar con el resto de componentes de la Iglesia y con el mundo, explicar al mundo, testimoniar al mundo, no utilizando la violencia por supuesto, pero si la inteligencia.

    Como laicos, el mundo es nuestro campo específico de acción. Nuestro campo no está en las iglesias intentando competir con las funciones propias de la ordenación sacerdotal. Aunque también tenemos que ayudar aquí, por supuesto, sin nuestra ayuda a veces el ministerio tendría muchas dificultades o no se podría realizar. Pero somos muchísimos, somos en palabras de Juan Pablo II, “el gigante dormido al que hay que despertar”.

    Por ello quiero recordar a laicos y sacerdotes que todos los 25 de mes nos reunimos enfrente del H de S Pablo a las 8,30 de la tarde, en testimonio provida, por el derecho a vivir y contra la cultura de la muerte.

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