viernes, 2 de noviembre de 2012

Capítulo 12: Intentos de enmienda en la decadencia

Fernando de las Infantas (1534-c.1610), compositor y teólogo.
Con unos criterios de tan poca estima del canto gregoriano por parte de los músicos del siglo XVI, no es de extrañar que esta época algunos insignes músicos pensasen seriamente en reformar el canto tradicional en la línea de una remodelación orgánica de las melodías, especialmente las melismáticas , que ya nadie sabía ejecutar debidamente. De tal reforma se interesó el Concilio de Trento, pero sin hacer nada. Es cierto que Pío V, al que el Concilio confió la cuestión del canto, no deseaba ir más allá de una sencilla acomodación de las melodías al nuevo texto corregido del Breviario y del Misal.
Asimismo parece ser que algunos llegaron a persuadir al Papa Gregorio XIII de la necesidad de enmendar los cantos tradicionales según las leyes del arte musical en boga, en el sentido de una remodelación radical. Efectivamente en 1577 el papa confió el encargo de corrección del repertorio gregoriano a Pierluigi de Palestrina y a Anibal Zoilo, compositores de la Capilla Pontificia. Su estilo fue muy característico en el tratamiento de la prosodia de los textos (la acomodación de sílabas a notas), siempre sujeto a su propiedad de cantable. 

Por suerte, un músico español, don Fernando de las Ynfantas, gran amante del canto gregoriano, visto que el trabajo de ambos compositores se resolvía en una mutilación radical de las melodías, escribió una acalorada protesta a su soberano Felipe II y al Papa. El recurso tuvo su efecto y los trabajos fueron suspendidos. 
Más tarde, en 1582, Giovanni Guidetti, alumno de Palestrina, obtenía el privilegio de editar el canto reformado. Sin embargo sólo apareció publicado el Directorium chori (1582). Y tras la muerte de Palestrina en el año 1594, se observa una pausa.

Edición Medicea de 1614
La cuestión del canto resurgió unas décadas después, cuando Raimondi, director de la tipografía Medici, habiendo inventado nuevos caracteres para la publicación de los libros corales, deseaba publicar una edición del Gradual. Se dirigió a Paulo V que con un breve del 6 de marzo de 1611 encargó al cardenal Del Monte escoger un par de músicos valientes y atrevidos para la enmienda del canto. Esta misión recayó sobre Anerio y Soriano. En menos de un año los trabajos fueron completados y en 1614 apareció el primer volumen. Por primera vez no aparecía la melodía que habían conservado los propios manuscritos del siglo XVI. Una distribución matemática de los acentos, la supresión de la mayor parte de melismas, el hecho de transportar lo que no estaba en el tono, eran los menores defectos de esta edición. El tipógrafo Raimondi hubiera querido que el papa impusiese con una Bula el nuevo canto, pero este únicamente obtuvo un breve laudatorio en el que se exhortaba a los eclesiásticos a hacer uso de él.

Este fue pues el origen de la famosa “edición medicea”, triunfo de una falsificación imprudente, arbitraria y antiestética de las venerables melodías gregorianas, y que sirvió durante más de dos siglos como modelo para numerosas pequeñas y grandes ediciones, y que recibió entre 1870 y 1903 el titulo de “canto oficial”.

En principio, los libros romanos recomendados por el Concilio de Trento, habían sido adoptados en Francia salvo en Lyon. Pero las diócesis en estado de anarquía litúrgica, conservaban también sus antiguos libros. Entonces surgieron numerosas tentativas destinadas a restaurar el canto oficial. Fue el movimiento neo-galicano, mal llamado así puesto que se extendía a una gran parte de Europa.

En primer lugar llegaron los teóricos Kumilhat (1611-1682) y Nivers (1632-1714), que dejaron una obra considerable. Después en 1669 aparecieron las misas de Du Mont, todavía cantadas, que nos dan una idea de lo que fueron estas reformas. Varios breviarios notados fueron publicados en provincias, siendo el más importante el de monseñor de Harlé (Paris, 1681). Estos ensayos continuaron durante todo el siglo XVIII. En 1736 y 1739 el breviario de monseñor de Vintimille, en 1741 el tratado de Lebeae, en 1750 el tratado de Poison y en 1783 el breviario de Bianc.

Un movimiento basado en el buen sentido, se hizo esperar hasta principios del siglo XIX. Saureaun (1771-1834) estuvo encargado de restaurar las escuelas del canto sacro desaparecidas en la tormenta. Al fundar una escuela de música clásica y religiosa, pensó primeramente en las ediciones de música antigua. El impulso había sido dado.

Sin embargo las publicaciones anárquicas seguían apareciendo, y nada ayudó el titulo de “canto oficial” que la edición medicea recibió en 1870 y que se mantendría hasta 1903. Pero se presentía una vuelta al buen sentido… 

Dom Gregori Maria

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