La tarde caía sobre La Bellota con ese color de cobre viejo que anuncia tormenta. Aurelio limpiaba vasos, tío Caldú jugaba con el mechero como quien calibra una sentencia, el benemérito sargento hojeaba un Hola del 2003 —porque el hombre siempre lee cosas antiquísimas— y yo, el Cojo, entré renqueando con el periódico bajo el brazo y una indignación que se me salía por las muletas.
—¿Qué traes ahí, Cojo? —preguntó Aurelio, sin levantar la vista.
—Un artículo que dice que las diócesis agonizan —respondí—. Y un libro que pretende convertir esa agonía en negocio. Su larguísimo título, Parroquias dirigidas por laicos. Configurados bautismalmente con Cristo para el servicio. ¿Qué tal te suena?
Tío Caldú soltó un bufido:
—¿Negocio? ¿De quién? Esto me suena al tardofranquismo, cuando la carrera militar estaba en sus momentos más bajos. Todos sabíamos de sus vicios, pero no de sus virtudes. Algo así le pasa a la carrera eclesiástica.
—Pues ya ves, negocio de los de siempre —dije—. De los que han degradado la carrera sacerdotal los que ya no creen en el sacerdocio y han renunciado a promocionarlo. Es que van locos por acercarse a los hermanos protestantes y han empezado por convertir la misa en una asamblea comunitaria lo más “dinámica” posible, lo más “cercana al pueblo” (guitarras, bongos, parabienes y aleluyas). En fin una iglesia protestante de saldo, un chiringuito en el que colocar laicos meapilas, que no estaría bien despreciar el enorme patrimonio eclesiástico que tan bien afianzó Omella, Y a vivir del momio, que son dos días.
El sargento dejó caer el Hola como quien oye un disparo:
—Eso ya lo vi yo en mis tiempos: cuando uno deja de hacer su trabajo, inventa cargos para que parezca que trabaja. Las diócesis que se mueren… y el libro que las remata. ¡Menuda majadería! El artículo que presentaba el libro hablaba de Solsona, pero podría hablar de tantas otras. Diez años sin ordenaciones, parroquias vacías, templos convertidos en salas de reuniones donde ya no se celebra la Misa sino “celebraciones en ausencia de presbítero”. Misas sin cura.
El Aurelio, que es hombre de pocas palabras, murmuró:
—Ausencia de presbítero… Eso es como llamar “vino” al agua con colorante. Y así es. La Iglesia, en vez de preguntarse por qué no hay sacerdotes, ha decidido que la solución es prescindir de ellos. Una vez aguada la misa, que ya no es sacrificio (para el que es imprescindible el sacerdote), sino “asamblea” para la que vale cualquiera, el gran remedio es el genial libro del tal Bartomeu. Hecha la conveniente reforma litúrgica, la cosa va sobre ruedas. Lo que hace falta no es el sacerdote que celebre la misa, sino La Asamblea de los Fieles. Y, efectivamente, para dinamizar la asamblea valen tanto un cura de los modernos, como un pastor protestante, como un simple laico –o laica, que para dirigir las sambleas no importa el género
El tío Caldú golpeó la mesa:
—¡Pero si eso es protestantismo puro!
—Exacto —dije—. Es la renuncia explícita a la vocación sacerdotal, a la tradición, al ministerio ordenado. Es convertir la parroquia en una ONG gestionada por comités, equipos motores y delegaciones Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como.
El sargento, que siempre habla con tono de parte oficial, añadió:
—Cuando el mando desaparece, proliferan los suboficiales. Y cuando el cura desaparece, prolifera la soldadesca desatada… los laicos clericalizados. ¿El libro de Bertomeu? Manual para la protestantización.
Les expliqué entonces a los parroquianos de La Bellota que el libro de Bertomeu es pura claudicación, es tóxico. Escrito “entre aeropuertos y vuelos”, como presume el autor, parece redactado en las salas de espera de la decadencia y la decrepitud más absoluta. Su tesis es simple: como no hay sacerdotes, pongamos laicos a dirigir parroquias. Si ya no se celebra la misa de verdad, ¿qué más da? Y como no hay vocaciones, dejemos de buscarlas.
Aurelio levantó la ceja:
—Eso es como decir: como no hay panaderos, que el pan lo haga cualquiera.
—Peor —respondí—. Porque el panadero hace pan, pero el sacerdote celebra el santo sacrificio de la Misa. Y como nuestros hermanos protestantes no celebran misa, sino “asamblea” de fieles, con “La Palabra” como núcleo de la celebración (y en esas asambleas hasta “comulgan” a su manera), pues para eso, cualquiera vale.
Tío Caldú, que no es teólogo, pero tiene más sentido común que muchos doctores, sentenció:
—Si la Iglesia deja de ser Iglesia, ¿qué queda?
—Un chiringuito —respondí—. Un chiringuito donde colocar laicos meapilas con cargo, sueldo y despacho. Las diócesis agonizan porque han dejado de llamar. Porque han dejado de anunciar el Evangelio con claridad, de enseñar la fe y la moral – también el sexto mandamiento- sin complejos; han dejado de proponer la vida sacerdotal como camino grande y hermoso. Y como no llaman, no vienen. Y como no vienen, inventan sucedáneos.
El sargento se ajustó la boina:
—En la Guardia Civil, cuando faltan agentes, se pide más agentes. No se pone a los vecinos a patrullar.
—Pues en la Iglesia —dije— han decidido poner a los vecinos a hacer cada uno la misa que mejor le cuadre.
Aurelio, que siempre piensa en lo práctico, preguntó:
—¿Qué pasa, pues, con la Misa aquí en Calanda, cuando nos falte el cura?
—Que desaparece ya del todo —respondí—. Que la sustituyen por liturgias de la Palabra donde se comulga sin haber oído Misa. Acabando así con el precepto dominical, que cada vez somos menos los que lo cumplimos. Y yo me pregunto: ¿no es ésa una comunión sacrílega, puesto que asistiendo a esas no-misas, una estafa espiritual, me estoy saltando el precepto dominical.
Tío Caldú masculló:
—¡Eso no es católico!
—No —dije—. Es protestante. Y el libro de Bertomeu es el manual de instrucciones.
La Bellota quedó en silencio. Afuera, la tormenta empezaba a descargar.
—Mirad —dije—. La Iglesia no agoniza porque falten laicos. Agoniza porque faltan curas. Y faltan curas porque han dejado de buscarlos. Porque han renunciado a crecer, a evangelizar, a llamar, a proponer. Porque han preferido la comodidad de los comités, a la incomodidad del sacerdocio.
El libro de Bertomeu – sentencié- no es oportuno: es oportunista. No es valiente: es cobarde. No es pastoral: es funeral. Es el intento de convertir la agonía en estructura, la decadencia en modelo, la renuncia en programa.
El Trisca se levantó.
—Pues habrá que decirlo claro, Cojo.
—Eso hago —respondí—. Porque si no defendemos a nuestros curas, nos quedamos sin nada. Y si dejamos que la Iglesia se convierta en un chiringuito protestante, manejado por meapilas a sueldo, lo siento mucho: esto ya no es Calanda, ni Calanda está en España.
El Cojo de Calanda



Falta saber si a la Iglesia Lefebriana tambien le faltan sacerdotes, es un detalle que todavía está pendiente de GG. En la Católica el celibato opcional iría de maravilla en estos tiempos del tercer milenio ya que el problema de las herejías no tendrá solución como ha demostrado la Historia y qué más da de una nueva "falsa" herejía llamada "celibato opcional". Pues está bien visto que a la unión cristiana llamada Catolicismo por mucho que se esfuercen en el "perfeccionismo" luego por las cuatro bandas le salen las setas de las herejías y queda la Iglesia Verdadera sin apenas reaccionar. -------Ya se puede comprar en Amazón la encíclica Magnífica Humanitas esa por el precio de 3 euros en formato digital para leer en el Kindle.
ResponderEliminarSr. Garrell, ha malgastado usted 3 euros en la Magnífica Humanitas? Mire que els calers costen molt de guanyar i no s'ha de fer gasto en coses que no van ni venen
EliminarMonseñor Bertomeu 007 está en las quinielas para arzobispo de Barcelona? Por encima o por debajo de monseñor Planellas?
EliminarExcelente artículo, pésimo libro! Los decrépitos del n acional progresismo de los 70-80 piensan que con esta protestantización verán sus húmedos sueños de convertir los Templos sagrados de Jesús en Sinagogas de cambistas y pueblo simple que va y viene. Poco a poco desaparecen y con ellos, sus malas obras. La Iglesia permanecerá aunque sea en un pequeño resto fiel, sencillo, humilde y sin compadreos con curas traidores ni laicos corrompidos. Desde aquí, muchas gracias a los santos sacerdotes de Barcelona, que los hay, que resisten con entereza toda esa maraña de cambios modernistas.
EliminarEs usted accionista de Amazon, Don Silverio?
EliminarA la Iglesia Lefevbriana no le faltan Sacerdotes y hasta tienen Obispos de sobras.
EliminarPor cierto, no necesitan Arzobispos ni Cardenales, por lo que se ve.
Muy agudos los bellotucos, parece que tienen el cerebro de Bertomeu transparente encima de la barra del casino... por cierto, nada dice de nuevo este chico, hay cosas que las vengo leyendo desde los 1980 y antes incluso, los 1970, cuando el progresismo más agresivo señoreó la Iglesia con propuestas bertomeuadas (dar permisos ad hoc a tres laicos para hacer misa, de los EEUU: dos mujeres y un hombre, por ejemplo). Doy unas opiniones críticas recopiladas para información "sinodal":
ResponderEliminarMISAS SIN CURA: RIESGOS, ABUSOS Y CAMINOS DE REFORMA EN LAS CELEBRACIONES DOMINICALES SIN PRESBÍTERO
I. EL MARCO Y SU DESPLAZAMIENTO
El Directorio para las celebraciones dominicales en ausencia de presbítero (1988) autoriza estas asambleas con carácter estrictamente supletorio: son un remedio de emergencia, no una liturgia alternativa.
Su finalidad confesada es sostener «el hambre de Eucaristía» del pueblo cristiano mientras se resuelve la causa real del problema, que es la falta de sacerdotes.
Nada en el texto sugiere que puedan estabilizarse como forma ordinaria de vida parroquial.
Sin embargo, treinta y ocho años después, esa cautela empieza a desdibujarse en el propio discurso eclesiástico.
El canonista Jordi Bertomeu-Farnós, en su reciente obra "Parroquias dirigidas por laicos. Configurados bautismalmente con Cristo para el servicio" (PPC, 2026), sostiene que confiar a fieles no ordenados el gobierno pastoral de la parroquia —apoyándose en el canon 517 §2— ha dejado de ser una excepción para convertirse, a su juicio, en «una necesidad» en la mayoría de las parroquias españolas, hasta el punto de proponer que un mismo laico o laica administre varias comunidades a la vez.
Ahí se sitúa el punto de fractura: lo que nació como paliativo transitorio se está teorizando como modelo estructural permanente y con un León XIV bizcochable.
Y un remedio de urgencia, cuando se cronifica, deja de curar y empieza a sustituir y destruir aquello que debía preservar.
II. EL ESPACIO SAGRADO Y SU USO INDEBIDO
El presbiterio del rito reformado Novus Ordo se articula en tres polos con significado propio:
1. el altar, lugar del sacrificio;
2. la sede, lugar de la presidencia in persona Christi Capitis;
3. el ambón, lugar del anuncio.
La norma vigente —el propio Directorio de 1988 y la instrucción Redemptionis Sacramentum— es inequívoca: ningún laico, hombre o mujer, debe ocupar la sede presidencial ni situarse tras el altar imitando la postura del celebrante. Su lugar es el ambón; su relación con el altar se limita al gesto instrumental de tomar el copón cuando distribuye una Comunión ya consagrada.
Cuando se observa a animadores laicos sentados en la sede o de pie ante el altar reproduciendo ademanes sacerdotales, no se está ante una simple torpeza escenográfica, sino ante una infracción medida por la norma que la propia Iglesia se ha dado.
Redemptionis Sacramentum califica de graves las conductas que confunden la distinción de roles ante el Santísimo Sacramento. El principio que subyace es sencillo y antiguo: el espacio litúrgico enseña con su sola disposición; si quien no ha recibido el carácter sacerdotal ocupa el lugar reservado a quien sí lo ha recibido, el espacio deja de decir la verdad que está llamado a significar, y empieza a enseñar, sin palabras, una falsedad sacramental.
III. EL GESTO Y LA REVERENCIA DEBIDA A LA EUCARISTÍA
Bajo el problema espacial hay uno más grave, porque toca directamente al Cuerpo de Cristo: la falta de purificación de manos antes y después de distribuir la Comunión, y la ausencia de purificación del copón cuando queda vacío.
No es cuestión de estilo devocional, sino de disciplina sacramental estricta, exigida por igual a ministros ordinarios y extraordinarios.
La negligencia sistemática en este punto, el permitir que queden fragmentos sin recoger, prescindir del purificador, tratar el sagrario con la misma familiaridad con que se abre un armario cualquiera, no es católica.
El próximo Arzobispo de Barcelona será el que ahora es de Solsona.
EliminarNo le den más vueltas.
Por cierto, Mosén Jordi será el próximo Papa.
O sino,al tiempo ⏱️⏲️!!!
Agradecería saber de Don Silverio si hay versión en Latín de dicha encíclica.
EliminarMuchas gracias.
Constituye, en la teología sacramental clásica, una falta grave contra la reverencia debida, con independencia de quién la cometa.
ResponderEliminarQue se repita sin corrección durante años no habla ya de un descuido puntual, sino de una pérdida colectiva del sentido de lo sagrado, tolerada porque nadie la vigila: ni curas ni obispos, no les interesa.
A esto se suma un riesgo menos discutido: la reserva y el traslado del Santísimo en condiciones que no siempre garantizan la reverencia mínima —ausencia de lámpara indicadora, transporte poco cuidado, exposición del copón sobre superficies impropias—.
Cada uno de estos detalles, tomado aisladamente, puede parecer nimio; acumulados, configuran un trato con la Eucaristía que roza el descuido material y que, en la praxis antigua de la Iglesia, jamás se hubiera tolerado ni siquiera en el clero: signo de decadencia eclesial.
IV. LA PALABRA PREDICADA Y SU AUTORÍA CANÓNICA
El canon 767 §1 y Redemptionis Sacramentum (nn. 64-66) reservan la homilía, sin excepción alguna, al obispo, al presbítero o al diácono.
Lo que el laico puede ofrecer tras las lecturas en esa "misa sin cura" es, en rigor técnico, una reflexión sobre la Palabra, y solo si el obispo diocesano lo ha autorizado expresamente, dentro de los términos que él mismo fije y en comunión con el párroco.
La crítica no recae sobre esta reflexión en sí —admitida por la norma—, sino sobre su descontrol: cuando no consta que esté preparada, revisada o siquiera conocida por la autoridad competente, se ha pasado, sin que nadie lo declare, de la reflexión delegada a la predicación autónoma, que es justamente lo que el Código quiere impedir.
El mismo criterio se reafirmó cuando el Sínodo alemán planteó extender la homilía a los laicos: Roma recordó que corresponde al párroco o, en su defecto, al diácono, y a nadie más.
V. EL SIGNO DE LA VESTIMENTA Y EL DECORO
Alba, estola y casulla son vestiduras vinculadas al carácter recibido en la ordenación; su uso fuera de ese carácter no es un matiz estético, sino una usurpación de signo.
El laico que dirige la celebración o distribuye la Comunión debe vestir con dignidad y sobriedad, sin apropiarse de ningún elemento clerical.
Pero el problema observado en las misas sin cura va más allá: personas que acuden con atuendo de calle, como si se dirigieran a hacer un recado, revelan un tercer nivel de deterioro, previo incluso a la cuestión clerical, que es el simple decoro exigible a cualquier fiel investido de un servicio litúrgico público.
La liturgia enseña también por los ojos; el descuido visual comunica, aunque no se pretenda, que lo que allí sucede carece de carácter sagrado.
VI. LA VIGILANCIA EPISCOPAL COMO ORIGEN DE TODO LO DEMÁS
Los cuatro niveles anteriores remiten, en último término, a una misma raíz: la dejación de la vigilancia que el canon 838 y Redemptionis Sacramentum (nn. 176-180) atribuyen al obispo diocesano y, subsidiariamente, al párroco.
El Directorio de 1988 no deja margen de duda: es el obispo quien determina la necesidad real de estas celebraciones, quien designa y forma a los responsables, y quien debe comprobar que se ajustan a la norma.
Cuando no consta siquiera si las reflexiones están autorizadas, y los abusos rituales se repiten año tras año sin corrección, la responsabilidad principal no recae en el laico que, de buena o mala fe y con formación insuficiente, ocupa un vacío que sí o no eligió, sino en la jerarquía que ha permitido que ese vacío se convierta en costumbre sin ejercer el gobierno que le compete.
Un fiel tiene, además, derecho —y en ocasiones deber moral— de manifestar estas carencias a su párroco y a su obispo, conforme al canon 212 §2-3, y de acudir, si la respuesta es insuficiente, al dicasterio competente, documentando hechos, fechas y normas concretas, sin sensacionalismo y con la caridad que no excluye la firmeza.
VII. RIESGOS PSICOLÓGICOS Y SOCIOLÓGICOS DE FONDO
ResponderEliminarLa acumulación de estos abusos no queda en lo litúrgico: proyecta efectos sobre las personas y sobre la comunidad.
El presidente, lector, reflexionador, animador y distribuidor laico o laica en las misas sin cura que ocupa de forma habitual el lugar y el gesto del sacerdote se instala en un papel ambiguo y antagonista: ni verdadero laico ordinario ni ministro ordenado, lo que a la larga puede generar frustración cuando se le recuerdan sus límites, o incluso una suerte de vocación sacerdotal frustrada que no encuentra cauce ni en el matrimonio ni en el servicio laical propiamente dicho: frustra vocaciones masculinas.
La parroquia corre el riesgo de derivar hacia una comunidad terapéutica organizada en torno a dinámicas de grupo y liderazgos informales, más que hacia una comunidad sacramental jerárquicamente ordenada: o peor, protestantizarse.
Un segundo riesgo, más difícil de cuantificar pero repetidamente señalado por la pastoral tradicional, es la desafección de los varones jóvenes en los ambientes donde la identidad sacerdotal se difumina: la liturgia clásica ha sido históricamente un espacio de referencia masculina clara en torno al altar, y su dilución tiende a coincidir con el alejamiento de los varones más que con su incorporación.
Un tercer riesgo afecta a los niños: la normalización visual de una «misa sin cura» les transmite, antes de cualquier catequesis, que el sacerdocio es una figura prescindible u opcional, lo cual siembra en la edad más receptiva justo la semilla contraria a la que la Iglesia necesita para sus futuras vocaciones.
VIII. LA CONFUSIÓN DE LOS DOS SACERDOCIOS Y SU RAÍZ CANÓNICA
El Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 10) distingue el sacerdocio común de los fieles del sacerdocio ministerial como diferentes «en esencia y no solo en grado», distinción que la teología clásica sostiene con Santo Tomás (Summa Theologiae III, q. 82).
Esa distinción es precisamente la que se oscurece cuando el laico ocupa la sede, gesticula como el celebrante o predica sin diferenciarse visualmente del ministro ordenado.
El propio debate canónico ofrece la clave técnica de por qué esto es un error de fondo y no solo una cuestión de sensibilidad: el canon 129 distingue con nitidez la potestad de orden, recibida en el sacramento y no delegable, de la potestad de régimen o gobierno, que puede en ciertos casos admitir cooperación laical «a tenor del derecho».
Bertomeu se apoya en esta segunda potestad —de gobierno, jurisdiccional— para defender que un laico dirija la economía y la organización de una parroquia.
El problema no está en negar esa cooperación, jurídicamente posible dentro de límites, sino en la ambigüedad práctica con la que se traslada al terreno litúrgico: sede, altar, gestos e indumentaria pertenecen al ámbito de la potestad de orden, no al de régimen, y ninguna extensión legítima de la segunda autoriza a invadir los signos reservados a la primera.
Confundir ambas potestades —como reconocen los propios canonistas que han estudiado la cuestión— es un equívoco clásico que la disciplina vigente quiso precisamente evitar al separar con tanto cuidado las funciones del Directorio de 1988.
IX. EL SÍNTOMA EDITORIAL Y SU ALCANCE
Que un canonista vinculado al Dicasterio para la Doctrina de la Fe presente, coincidiendo con la reciente visita de León XIV a España, una obra que legitima esta deriva como necesidad ordinaria —dedicada, además, a Francisco y a León XIV como «papas visionarios»— no es un dato periférico.
Si lo entiendo bien, indica que la cuestión ha dejado de ser una mala praxis parroquial aislada para convertirse en propuesta de teología oficial de gobierno eclesial. Cuando la excepción se teoriza como estructura, dejar de corregir los abusos descritos en los apartados anteriores equivale a legitimarlos de facto y a destruir la esencia católica, reconociendo el fracaso del modelo francisquista-leonino: León XIV implanta el progresismo modernista de 1970 destinado al fracaso más absoluto.
X. DE LA ASAMBLEA AL SACRIFICIO: EL DESPLAZAMIENTO ECLESIOLÓGICO
ResponderEliminarTodos los niveles anteriores convergen en un mismo desplazamiento de fondo. El Directorio de 1988 concibe estas celebraciones como sucedáneo temporal cuya finalidad confesada es preservar el hambre de Eucaristía.
Cuando ese fin se pierde de vista y la liturgia de la Palabra se estabiliza como forma aceptada de vida dominical —como sugiere el propio Bertomeu al hablar de «necesidad» y no de «excepción»— se opera un tránsito del sacrificio ofrecido por un ministro configurado in persona Christi a la asamblea reunida en torno a la Palabra y presidida por quien la comunidad tenga disponible.
Esta es, estructuralmente, la forma litúrgica de las comunidades surgidas de la Reforma protestante, para las cuales el ministerio no es sacramental, sino delegado por la congregación.
No hace falta atribuir esa intención a nadie: basta con que la forma se repita para que, con el tiempo, la forma acabe generando el contenido que le es propio, según el principio clásico lex orandi, lex credendi: como se reza, se acaba creyendo.
XI. EL CÍRCULO VOCACIONAL
La experiencia pastoral constatada en ambientes de fuerte identidad sacerdotal —reverencia, claridad ritual, distinción visible de roles— muestra que son estos, y no los de funciones difuminadas, los que generan vocaciones.
Allí donde casi todo se hace ya sin el sacerdote, la pregunta implícita
—¿para qué ordenarse, si ya se hace casi todo sin él?
se instala sin que nadie la formule en voz alta.
La crisis vocacional que Bertomeu diagnostica correctamente como hecho no queda resuelta, sino agravada a medio plazo, por una solución progresista de 1970 que normaliza la sustitución del ministerio ordenado: es un círculo que se retroalimenta, no una salida.
XII. DOS VÍAS EN DEBATE: TRADICIÓN CONTRA PROGRESISMO
Frente a este diagnóstico se enfrentan hoy dos caminos, ambos partiendo del mismo hecho —la escasez de sacerdotes es real e inmediata—, pero con remedios opuestos.
La primera vía, la de la expansión ministerial laical, es la de Bertomeu, tal como propuso ya el progresismo de 1970: ampliar el canon 517 §2, encomendar a laicos formados la economía y el gobierno pastoral —no litúrgico— de varias parroquias, y avanzar hacia lo que él llama gobierno compartido.
En esa misma familia se sitúa el debate, ya antiguo, sobre el diaconado de viri probati, planteado en la Alemania de posguerra y reactivado en los sínodos amazónico y alemán: ordenar diáconos permanentes a varones casados de probada virtud para garantizar, al menos, una presidencia diaconal, e incluso sacerdotal, de estas celebraciones.
La segunda vía de restauración disciplinar, no es gestionar mejor la ausencia del sacerdote, sino revertir sus causas y blindar mientras tanto la disciplina para que la excepción no se convierta en regla.
Sus líneas son coherentes entre sí: agrupar parroquias en torno a un sacerdote itinerante, multiplicando la frecuencia real de la Misa aunque sea rotatoria, nunca multiplicar liturgias de la Palabra —una Misa mensual bien preparada y vivida como acontecimiento rinde más fruto espiritual que una asamblea semanal que erosiona el sentido de lo insustituible—; aplicar sin excepciones Redemptionis Sacramentum en materia de vigilancia episcopal, con supervisión efectiva de sede, gestos, vestimenta e higiene sacramental y corrección disciplinar inmediata de los abusos detectados; formar obligatoriamente a los ministros extraordinarios en la distinción esencial de los dos sacerdocios y en los riesgos de la clericalización laical, no solo en el aspecto rubricista.
Y fomentar los institutos y comunidades vinculados a la liturgia tradicional —Fraternidad Sacerdotal San Pedro, Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote, Administración Apostólica personal San Juan María Vianney, monasterios benedictinos de observancia clásica como Fontgombault o Le Barroux— que se han mostrado, de forma demostrable, más fecundos en vocaciones que las estructuras que han diluido la identidad sacerdotal.
XIII. SÍNTESIS Y LLAMADA AL DISCERNIMIENTO
ResponderEliminarOrdenados jerárquicamente, los problemas descritos se encadenan como causa y efecto: la dejación episcopal de la vigilancia permite que se pierda el control sobre la palabra predicada, que se descuiden la reverencia y la higiene eucarística, que se profanen funcionalmente los espacios sagrados y que se abandone el decoro del signo externo; y todo ello, sostenido en el tiempo, produce el desplazamiento eclesiológico de fondo: de la Iglesia como comunidad sacramental jerárquicamente estructurada a la Iglesia como asamblea funcionalmente organizada.
Nada de esto niega la buena voluntad de quienes, laicos y laicas, sostienen estas celebraciones cuando no hay otra opción, ni minimiza la gravedad real de la escasez vocacional que las motiva. Lo que se sostiene es que la respuesta a esa escasez no puede consistir en normalizar su sustituto sin corregir, al mismo tiempo y con la misma urgencia, los abusos que la acompañan y la deriva doctrinal que los legitima.
Restaurar la reverencia, la disciplina y la claridad de los signos no es nostalgia: es, según muestra la propia experiencia pastoral, la condición para que el sacerdocio vuelva a presentarse como deseable y necesario, y para que la excepción, algún día, vuelva a ser lo que nunca debió dejar de ser: excepción.
Esta es, en definitiva, la cuestión que corresponde discernir a todo el pueblo de Dios, pastores y fieles, cada uno desde su lugar propio: si la vía elegida sostiene o disuelve aquello que la propia Iglesia, desde el Directorio de 1988 hasta el Código vigente, ha querido siempre preservar como centro insustituible de la vida cristiana: la Eucaristía celebrada por quien ha recibido, para ese servicio irrepetible, el carácter del sacerdocio ministerial.
XIV. UNA NUEVA IGLESIA PROTESTANTE
Desde hace mucho tiempo, observo la propuesta de esta nueva Iglesia de "laicos" y viri probati (laicos fieles) ordenados sacerdotes. Lo que no cuentan es que hay un deseo de sacarse de encima un gasto para la diócesis.
En efecto, los laicos que dirigen parroquias y los laicos viri probati que son ordenados sacerdotes se buscarán ya jubilados y atendidos por sus esposas. Esto es fácil de entender: la diócesis se ahorra la formación del seminario (7 años), el sueldo del laico y párroco (cobra jubilación de la SS), los tiene abundantes, cercanos, obedientes y gratuitos, no los debe de cuidar en residencias (ya los atenderá la SS), y no hay que sufrir por bajas y turnos (habrán muchos por parroquia).
Eso llevará a un gran ahorro económico para la diócesis, junto con un crecimiento espectacular de los sacerdotes. Estos, obviamente, serán de diferentes categorías de presbíteros:
Presbíteros mínimos (PM) de grado 1 "Eucarísticos Básicos" (formación 1-4 sem.): solo Misa Ultra-Mínima con homilía leída; parroquias periféricas.
PM Grado 2 "Eucarísticos y de Enfermos" (1-2 meses): añade confesiones ordinarias y Unción de Enfermos; hospitales y residencias.
PM Grado 3 "Eucarísticos Pastorales" (3-6 meses): añade Bautismos, Confirmaciones en necesidad y Matrimonios preparados por laicos; parroquias grandes, salvo casos complejos.
PM Grado 4 "Eucarísticos Administradores" (6-12 meses): añade gobierno pastoral limitado como quasi-párroco, bajo vicario u obispo; zonas de escasez total.
Cuando el canonista Jordi Bertomeu-Farnós, en su obra "Parroquias dirigidas por laicos. Configurados bautismalmente con Cristo para el servicio" (PPC, 2026), sostiene que confiar a fieles no ordenados el gobierno pastoral de la parroquia, apoyándose en el canon 517 §2, esto viene precedido de la agrupación de parroquias, primer síntoma de la decadencia del sacerdocio hacia su extinción por falta de vocaciones en diócesis progresistas.
ResponderEliminarEl fundamento jurídico y la precisión sobre el origen
Conviene precisar, ante todo, que el fenómeno de las agrupaciones parroquiales nacen en París ni en Milán por el 2000 como la cristalización institucional madura de un proceso que arranca veinte años antes, con la promulgación del Código de Derecho Canónico de 1983.
El fundamento jurídico general de toda agrupación posterior reside ya en el canon 374, parágrafo 2, que permite unir varias parroquias vecinas en grupos peculiares, como los arciprestazgos, para facilitar la cura pastoral mediante una actividad común. A esta norma matriz se suma el canon 517, parágrafo 1, novedad introducida respecto al Código de 1917, que permite encomendar solidariamente la cura pastoral de una o varias parroquias a un equipo de sacerdotes presidido por un moderador; y el canon 526, parágrafo 1, que contempla la unión de varias parroquias bajo un mismo párroco.
Bertomeu-León XIV avanzan en el canon 517, parágrafo 2, añade además la posibilidad de que un diácono u otra persona sin carácter sacerdotal, o una comunidad entera, participen en el ejercicio de la cura pastoral, siempre bajo la dirección de un sacerdote dotado de las potestades propias del párroco.
Es decir, el derecho universal precede en dos décadas a las experiencias diocesanas concretas que suelen citarse como origen del fenómeno. Milán y las demás diócesis europea desarrollaron pastoralmente una potestad que el legislador universal ya les había otorgado en 1983.
Esta distinción resulta decisiva desde el punto de vista metodológico, pues permite diferenciar entre el derecho universal constitutivo, vigente desde 1983, y el derecho particular aplicativo, que cada obispo diocesano fue desplegando progresivamente a partir de los 1990 según las necesidades pastorales de su territorio, oído el consejo presbiteral, conforme exige el canon 515, parágrafo 2.
Sobre esta base común se construyeron después tres capas cronológicas distintas y no simultáneas:
- una primera experimentación pastoral débil en los años noventa, con Milán bajo el cardenal Martini como caso pionero;
- una formalización decretal fuerte en los años dos mil, con Milán bajo el cardenal Tettamanzi como modelo de referencia;
- y una difusión paralela y policéntrica por buena parte de Europa occidental, que no depende de un único centro difusor sino de una causa estructural común: el descenso del número de sacerdotes y el cambio en la relación entre las personas y el territorio.
'...esto viene precedido de la agrupación de parroquias, primer síntoma de la decadencia del sacerdocio hacia su extinción por falta de vocaciones en diócesis progresistas.'
EliminarNomés allí?
Ens pot citar bisbats on no passa ara; sigui en Catalunya o en l'Estat Espanyol?
F.E.M.
11.48 por aclarar que vol dir l'Estat Espanyol? Es un club de fútbol?
EliminarA Toledo no pasa, creo, viven de las rentas de Don Marcelo, que si se hubiese quedado en Barcelona, otro gallo cantaría. Valía más despedir a cientos de
Eliminarcuras que a Don Marcelona. Es un lapsus, pero lo dejo.
La primera experimentación: Milán bajo el cardenal Martini
ResponderEliminarAntes de las comunidades pastorales existieron las llamadas unidades pastorales, que empezaron con el cardenal Martini en los años noventa.
La motivación explícita de aquella primera reforma no fue, según el testimonio de sus propios artífices, la escasez de clero, sino un diagnóstico eclesiológico y sociológico más amplio: se advirtió que la relación entre las personas y el territorio había cambiado sustancialmente, de modo que la parroquia tradicional, cerrada sobre sí misma, ya no bastaba para responder a la movilidad y a las nuevas formas de vida urbana las claves para hacer el cambio en los noventa fue darse cuenta, no de que faltaban sacerdotes, sino de que la relación entre las personas y el territorio había cambiado.
Sin embargo, el diseño jurídico de estas primeras unidades pastorales resultó estructuralmente débil. En las unidades pastorales las parroquias eran solitarias, insuficientes y cerradas; además, a pesar de crear estas pequeñas agrupaciones, solo se reunían para algunos aspectos; y los sacerdotes mantenían el título de párrocos, existiendo un párroco moderador que resultaba poco eficaz y muy frágil.
En términos canónicos, esto significa que la unidad pastoral martiniana constituyó una aplicación tímida y yuxtapuesta del canon 374, parágrafo 2, sin recurrir todavía a la fuerza jurídica plena del canon 517, parágrafo 1: existía coordinación pastoral entre parroquias vecinas, pero no una verdadera unificación de la cura pastoral bajo un único titular con potestad real y efectiva sobre el conjunto.
Este dato histórico tiene una importancia argumentativa considerable, porque muestra que el tránsito posterior hacia las comunidades pastorales no fue un simple cambio de nombre, sino una corrección deliberada de una debilidad jurídica y pastoral ya diagnosticada por la propia diócesis.
La experiencia de los años noventa funcionó, en ese sentido, como un banco de pruebas cuyo fracaso relativo —una estructura coordinadora pero no verdaderamente unificadora— hizo evidente la necesidad de acudir a instrumentos canónicos más exigentes, ya disponibles desde 1983 pero hasta entonces infrautilizados, para lograr una auténtica comunión presbiteral y una gestión pastoral realmente conjunta del territorio, y no una mera suma administrativa de estructuras autónomas coexistentes bajo un rótulo común.
En el año 2000, la diócesis de Milán inicia, bajo el mandato del cardenal Tettamanzi, el tránsito de las unidades pastorales a las comunidades pastorales. En este 2000 la diócesis de Milán comienza un proceso de cambio en la estructura de sus parroquias, y bajo el mandato del cardenal Tettamanzi pasa de tener unidades pastorales a contar con comunidades pastorales.
ResponderEliminarLa diferencia entre ambas figuras no es meramente nominal, sino de naturaleza jurídica: se cambió el concepto, y las unidades pasaron a ser comunidades pastorales con un solo párroco.
Las comunidades pastorales implican que, según los barrios y las zonas, se realizan agrupaciones de parroquias con una parroquia central, de referencia y moderadora, con un único párroco para todas las parroquias agrupadas, mientras que los responsables de las demás parroquias forman una diaconía, equipo colaborador subordinado al párroco moderador.
Resulta útil, para nuestra argumentación, la crítica que el propio proceso milanés hace de los modelos alternativos más débiles: que un párroco lo sea de dos o tres parroquias no significa que estas colaboren o trabajen conjuntamente, pues ello supone más trabajo y más clericalismo.
Esta observación distingue con precisión el uso débil del canon 526, parágrafo 1 —simple unión administrativa bajo un mismo titular, sin transformación estructural real— del uso fuerte del modelo de comunidad pastoral, que persigue una fusión funcional efectiva de la actividad pastoral conjunta.
La fecha decretal precisa de institución formal fue 2006: mediante un decreto del arzobispo Dionigi Tettamanzi se instituyeron las llamadas comunità pastorali, entendidas como agrupación de varias parroquias confiadas a un único párroco, sin que cada parroquia pierda su identidad propia, sustituyendo o complementando a las unidades pastorales preexistentes según los casos.
No obstante, la regularización canónica plena tardó todavía más: pese a haberse iniciado el proceso en el año dos mil, no fue hasta 2017 cuando se emitió el documento que regularizó, allí donde fuera posible, la formación de comunidades pastorales entre tres y seis parroquias.
El balance, transcurridos quince años desde las primeras experiencias, arroja ya ciento setenta y cinco comunidades pastorales y más de seiscientas parroquias involucradas, con una valoración positiva de la colaboración fraterna entre sacerdotes, aunque con frentes todavía abiertos.
Pero todo encubría una Gran Crisis del progresismo: vocaciones 0, ordenaciones 0, clero existente decadente en extinción. Remedio del progre pobre: agrupar y exprimir a los pocos curas.
Conviene añadir, para no reducir el fenómeno a un solo centro difusor, que la reorganización milanesa se inserta en una secuencia interna más larga: la subdivisión de parroquias en decanatos y zonas pastorales se remonta ya al sínodo diocesano de 1972, celebrado bajo el cardenal Giovanni Colombo, que sustituyó el antiguo sistema de "porte cittadine y vicariati foranei".
ResponderEliminarLa secuencia completa en Milán es, por tanto,
1. decanato en 1972
2. unidad pastoral con Martini en los años 1990,
3. y comunidad pastoral con Tettamanzi entre 2000 y 2017, lo que muestra una intensificación jurídica progresiva sin ruptura con la base codicial de 1983.
El fenómeno, además, es europeo y policéntrico, no derivado exclusivamente de Milán.
La diócesis de Turín inició su propia experimentación de unidades pastorales en 2003, entendidas como agrupación de varias parroquias y demás presencias eclesiales del territorio que colaboran sin que ninguna sea suprimida.
En Francia se produjo, durante los años 1990-2000, una oleada difusa de reformas diocesanas bajo la denominación de nouvelles paroisses, no unificada nacionalmente sino desplegada diócesis por diócesis en virtud de la autonomía que otorga el canon 374.
La diócesis suiza de Lausana, Ginebra y Friburgo fundamentó explícitamente sus propias unités pastorales en la tradición eclesial, el Concilio Vaticano II y el Código de derecho canónico, tras deliberación del obispo con su consejo episcopal.
Luxemburgo llevó a cabo una reorganización decretal reciente en treinta y tres nuevas parroquias.
La crítica francesa más lúcida sobre el fondo del proceso señala su principal riesgo: el motivo último invocado como justificación suele ser la falta de sacerdotes, lo cual legitima una decisión administrativa, quizá quirúrgica pero juzgada inevitable, si bien el modo de proceder termina modificando el sistema parroquial sin transformarlo realmente, quedando administrativo sin apoyarse en el origen sacramental de la vida cristiana: desaparece el padre "rector" y aparecen los burócratas.
Esta es, en sustancia, la misma advertencia que el proceso milanés hace contra el modelo de simple suma de parroquias bajo un párroco común: el riesgo constante de toda esta familia de reformas es que la aplicación del canon 517 quede reducida a mera gestión administrativa de la escasez clerical, en lugar de constituir una auténtica renovación de la comunión presbiteral y de la corresponsabilidad laical que el propio canon, leído a la luz del espíritu conciliar, hace posible.
Todo ello es el remedio del pobre progresista: su modelo de catolicismo lo empuja a la pérdida ineludible de laicos, religiosos y curas, y estos, ante el desastre católico de los obispos, se largan a la FSSPX y a otros movimientos tradicionalistas o carismáticos: literalmente, huyen del desastre conciliar progresista y modernista. Y León XIV parece no hacer nada, sólo agravar la crisis por su inacción.
El N.O tiene mucho que ver en la falta de vocaciones y en el abandono del sacerdocio por muchos.
ResponderEliminarEl mejor camino para que no haya ninguna vocación sacerdotal, el descabello vocacional. Tal cual, y pensar que hay quien decía que Bertomeu era obispable, què desastre...
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