Deus qui humanae substantiae Dignitatem mirabiliter condidisti et mirabilius refortmasti, da nobis per huius aquae et vini mysterium, eius divinitatis esse consortes, qui humanitatis nostrae fieri dignatus est particeps, Jesus Christus Filius Tuus Dóminus Nóster. Qui tecum vivit et regnat in unitate Spíritus Sancti Deus, per ómnia saécula saeculórum. Amen.
Al leer la encíclica sobre la Dignidad humana, no puedo evitar que me resuenen estas palabras del ofertorio del Vetus ordo, que aluden explícitamente a la dignidad humana: Deus qui humanae substantiae dignitatem mirabíliter condidisti et mirabilius reformasti. “Dios que admirablemente fundaste la dignidad de la sustancia humana y más admirablemente la reformaste…”! Y cuando acabo de leer completa la oración, me pregunto: ¿Acaso no está bien claro aquí lo esencial sobre la dignidad humana? ¿Para qué necesitábamos, pues, una encíclica con ese título? ¿No sería, acaso, para justificar la eliminación de esta otra clarísima “encíclica” sobre la dignidad humana en la “Nueva” misa? En tres líneas dice lo esencial. Porque esa eliminación (de hecho, de una sola línea, para evitar la alusión al pecado original y a la consiguiente Redención) le da un tremendo revolcón a la doctrina milenaria de la Iglesia. Es eso, ¿no? Los últimos documentos salidos del Dicasterio para la defensa de la Fe (¡y cómo va creciendo el montón!) se están dedicando a fondo a ese trabajo.
Y es evidentísimo que la teología que resplandece en esta invocación del ofertorio del Vetus ordo (que al pasar al Novus ordo se dejó por el camino la parte más conflictiva de la teología sobre la dignidad humana); es evidente, digo, que no coincide con la teología que subyace en los dos últimos documentos evacuados por el Dicasterio para la doctrina de la Fe: la encíclica Magnífica humánitas y la Declaración Dignitas infinita en que se sustentó ésta. En efecto, en estos dos documentos conectados, no aparecen por ningún lugar los dos polares de la Dignidad humana y de la Magnífica Humanidad, que son la Creación del hombre y su Redención (necesaria a causa del pecado original). Lo que nos queda en esos documentos y en el Novus ordo es una humanidad que ha dejado como anécdotas irrelevantes su creación por Dios (Deus qui mirabíliter condidisti) y su restauración por Jesucristo (et mirabilius reformasti). Esos documentos tratan de una humanidad sin su cimiento en Dios y su Redención en Jesucristo.
Pues bien, cada vez que oigo entre las oraciones silenciosas del ofertorio de la misa en latín, la invocación “Deus qui humanae substantiae dignitatem mirabíliter condidisti et mirabilus reformasti…, que tengo memorizada desde cuando éste era el rito único de la misa; cada vez que oigo esta invocación del sacerdote, veo ahí una lección de teología mucho más clara y transparente que los chorros de tinta que ha empleado el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, en adoctrinarnos sobre los descubrimientos de la novísima teología dedicada a celebrar la “infinita dignidad” humana y su magnificencia: a la que rinde culto la Nueva Iglesia.
Para dejar bien cerrada esta argumentación, intento traducir esa invocación, a ver si consigo hacerlo sin torcer para nada su sentido. “Dios que admirablemente fundaste (recuerdo, respecto al “condidisti” el “ab urbe cóndita” del calendario romano) la dignidad de la sustancia humana (la sustancia en oposición a accidente/s, es decir la “esencia”, la “naturaleza”), y más admirablemente (mirabilius) reformaste…
Hasta aquí, queda claro que Dios tuvo que “reformar” (¿volver a formar?) la naturaleza humana creada (condidisti) por Él mismo; pero que se había corrompido (por el pecado original). Dios interviene primero en la Creación, y luego en la Redención del hombre (denominado en la encíclica en cuestión, “humanidad” por no incurrir en incorrección de género). La humana substantia es, finalmente, lo que llamamos la esencia del hombre, es decir el hombre (cuya substantia es la humánitas, es decir el conjunto de caracteres distintivos del hombre; no el conjunto de los seres humanos).
Y continúa la oración: da nobis per huius aquae et vini mysterium, eius divinitatis esse consortes, qui humanitatis nostrae fieri dignatus est particeps, Jesus Christus Filius Tuus Dóminus Nóster. Danos, por el misterio de esta agua y vino, ser consortes (gozar conjuntamente la suerte) de la divinidad de aquel que se dignó hacerse partícipe de nuestra humanidad, Jesús Cristo Hijo Tuyo, Señor Nuestro.
¿Y cómo ha quedado esa Dignidad de la Humana Sustancia, admirablemente creada por Dios y más admirablemente redimida? ¿Cómo ha quedado en el Novus ordo? ¡Pues vaya con las casualidades! Casualmente ha desaparecido. Era un texto enredoso, que dejaba muy en el aire eso de la dignidad de la humanidad sin matices; así que los benefactores del acercamiento de la liturgia a su comprensión y aceptación por el pueblo de Dios, decidieron que era imprescindible eliminar esa muy discreta y velada alusión al pecado original, que hizo que la naturaleza humana, admirablemente creada y dotada de dignidad por Dios, necesitase ser reparada mediante la Redención.
De modo que, una vez expurgado y pasado a las lenguas vernáculas, el texto quedó como sigue: “El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. Esto es lo que ha quedado en el Novus ordo, del Deus qui humanae substantiae dignitatem mirabíliter condidisti et mirabilius reformasti, da nobis per huius aquae et vini mysterium eius divinitatis esse consortes qui humanitatis nostrae fieri dignatus est particeps, Iesus Christus Filius Tuus Dóminus Noster, qui tecum vivit et regnat in unitate Spíritus Sancti Deus per ómnia saécula saeculórum. Amen.
Ese texto en lengua vernácula va precedido por la invocación: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad (no queda claro si lo que recibimos es el pan o el trabajo) y ahora te presentamos. Él sea para nosotros, pan de vida”. A lo que el pueblo responde: “Bendito seas por siempre, Señor”. Y en cuanto a “Él”, parece que se refiere sólo al “pan”.
Y a continuación viene el texto de “El agua unida al vino, sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. Totalmente simplificado (y rebajado) el elaboradísimo texto latino.
Además de la eliminación de la alusión a la Redención (eliminando así la indirecta al pecado original), el texto del Novus ordo pasa del “concédenos ser partícipes de la divinidad de quien ha querido compartir nuestra condición humana”, al “signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. Pasamos, en efecto, de la invocación (da nobis, danos) al Dios que quiso compartir nuestra condición humana, a la expresión del deseo (sea) de que “el agua unida al vino sea”; y no directamente nuestra participación, sino “signo de”, “signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. Muy evidentes las rebajas.
No sé si los textos históricos consolidados (¿cómo calificarlos?) de la misa, tienen valor magisterial, dogmático, encíclico o algo parecido. Pero es una lástima comprobar que se ha hecho jirones una túnica tan bien tejida, y que en la operación de ajustarla a la “nueva” teología, muchos de esos jirones se han perdido por el camino.
Virtelius Temerarius



Pues sí, queda la pregunta en el aire: Los textos de la misa consolidados durante siglos, ¿tienen menor valor "dogmático" que los documentuchos que no para de evacuar el Dicasterio de Tucho?
ResponderEliminarY otra pregunta: ¿No han cometido una culpabilísima prevaricación los funcionarios eclesiásticos que alteraron o se cargaron sin más esos textos sagrados?
He puesto en el buscador de windows la palabra "diluvio" en el texto español de la encíclica mencionada, y sale cero. No entiendo que ha pasado con la Teología que, del gran castigo también llamado "reset" al mundo mundial han desaparecido las palabras o mejor dicho La Palabra en mayúscula. A bien seguro que el Jesucristo Joven que era un superdotado si se presentara delante de los tribunales para ser examinado de Teología le saldría el suspenso.
ResponderEliminarSe llama labor eficaz de la masonería y ursurpación de importantes prelaturas eclesiásticas
EliminarSiempre soñando lo que no es.
Eliminar"He `puesto en el buscador" Garrell y me ha salido "cantamañanas.
EliminarSi no me equivoco, El Novus Ordo quitó entera esta introducción teológica magnífica, una de las mejores de la misa, sin que Bugnini y su comisión diera ninguna razón ni litúrgica ni teológica de tan sorpresiva acción:
ResponderEliminarDeus, qui humanae substantiae dignitatem mirabíliter condidísti, et mirabílius reformásti: da nobis per huius aquae et vini mystérium, eius divinitátis esse consórtes, qui humanitátis nostrae fíeri dignátus est párticeps, Iesus Christus Fílius tuus Dóminus noster: Qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus, per ómnia saécula saeculórum. Amen.
1. Creación (condidisti):
Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (Gn 1,26-27). Le dio una dignidad única entre todas las criaturas: razón, libre albedrío, capacidad de conocerlo y amarlo, inmortalidad del alma, etc. Esto ya es algo “maravilloso” (mirabiliter).
2. Redención / Restauración (reformasti):
Después del pecado original, esa dignidad quedó herida y manchada (Caín, Diluvio, Babel). Dios, mediante la Encarnación, Muerte y Resurrección de Cristo, reformó (restauró y elevó) "dicha dignidad edénica caída" de una manera aún más admirable (mirabilius).
Ahora no solo recuperamos lo perdido, sino que somos elevados a participar de la vida divina (divinización o teosis): dignidad edénica - dignidad caída - dignidad divinizada por participación.
Es una de las oraciones más bellas de la liturgia tradicional precisamente por esta visión completa: creación, caída (Caín, Diluvio, Babel), redención y elevación.
En la Misa del Novus Ordo, esa oración se dice en secreto (en voz baja, casi inaudible) y no se oye durante la Misa. Solo el sacerdote (o el diácono) la reza mientras echa unas gotas de agua en el vino, antes de presentar el cáliz: «El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana.»
.....
Una de las pérdidas del latín sobre las vernáculas es que desaparece la universalidad y la unidad dogmática de las palabras y su significado, afecta a su valor exorcístico y de comunión de los santos: es lo dicho durante siglos por cientos de millones de misas y fieles, el demonio la teme por su ancestralidad y santificación, y conceptualmente es estable y tiene una definición teológica fijada por la tradición viva, perenne y constante de la Iglesia.
En español, los tecnólogos liturgistas suelen dar 2 versiones:
LATÍN: Per huius aquae et vini mysterium eius efficiámur divinitátis consórtes, qui humanitátis nostrae fíeri dignátus est párticeps
- España: «El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana»
- Tercera Edición Típica: «Por el misterio de esta agua y este vino, haz que compartamos la divinidad de quien se ha dignado participar de nuestra humanidad»
Cada Conferencia Episcopal traduce y adapta el texto latino oficial al español vernáculo de su país, y luego Roma lo confirma. Por eso no todos los países hispanohablantes usan exactamente la misma redacción. Ambas son correctas y válidas, y transmiten el mismo significado, pero no tienen la misma fuerza que en latín.
Si ponemos otras lenguas, se ve que todo va variando, "naturaleza divina y humana", en español "vida divina/condición humana":
“Pelo mistério desta água e deste vinho, possamos participar da divindade de vosso Filho, que se dignou assumir a nossa humanidade”
"Par le mystère de cette eau et de ce vin, puissions-nous avoir part à la divinité de Celui qui a daigné prendre notre humanité"
«Per il mistero di quest’acqua e di questo vino, diventiamo partecipi della natura divina di Colui che si è degnato di assumere la nostra natura umana»
«Per aquest misteri de l’aigua i del vi, siguem partícips de la divinitat d’Aquell que es dignà a participar de la nostra humanitat»
Y es que el latín ya tiene fijada por siglos una fijeza escritural y hermenéutica que las vernáculas no tienen al ser volubles y volátiles, arbitrarios y discrecionales (condición, vida, naturaleza humana divina)
Hay una investigación sobre ello que lo expongo, a ver qué parece.
ResponderEliminar---
LA ORACIÓN SUPRIMIDA. BUGNINI, EL OFERTORIO Y EL SILENCIO DE LAS RAZONES
En el antiguo Ofertorio romano —suprimido en su práctica totalidad con la reforma de Pablo VI-Bugnini en el Novus Ordo o nuea litúrgica de 1969— figuraba una oración de singular densidad doctrinal. Su texto completo en la forma tradicional del rito rezaba:
Deus, qui humanae substantiae dignitatem mirabiliter condidisti, et mirabilius reformasti: da nobis per huius aquae et vini mysterium, eius divinitatis esse consortes, qui humanitatis nostrae fieri dignatus est particeps, Iesus Christus Filius tuus Dominus noster: Qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti Deus, per omnia saecula saeculorum. Amen.
La oración es un compendio de tres grandes arcos teológicos:
1. la creación del hombre a imagen de Dios (mirabiliter condidisti),
2. su restauración mediante la Encarnación (mirabilius reformasti)
3. y la participación en la vida divina que de ello resulta (eius divinitatis esse consortes).
Esta última expresión es la traducción literal de la theosis griega patrística, la divinización por participación que alcanza al hombre precisamente porque el Hijo de Dios tomó nuestra naturaleza humana. La doble maravilla —creación y redención— construye una estructura teológica perfectamente articulada que enlaza Génesis, Encarnación y escatología en un único acto de alabanza ofertorial.
En el Novus Ordo, esta oración subsiste reducida y empobrecida a una sola frase, pronunciada en silencio durante la mezcla del agua y el vino, y ya sin la conclusión cristológica. El cuerpo doctrinal desapareció sin dejar rastro litúrgico.
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Bugnini y la reforma global del Ofertorio
El arzobispo Annibale Bugnini, secretario del Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia y principal artífice de la reforma, dejó una crónica exhaustiva de todo el proceso en su obra La riforma liturgica (1948-1975), cerca de mil páginas, publicada en español por la BAC en 1999.
En ella describe el tratamiento del Ofertorio de manera global: las antiguas oraciones fueron suprimidas en conjunto y reemplazadas por unas fórmulas nuevas de tipo berajah judía (Bendito seas, Señor…, fruto de la tierra y del trabajo del hombre).
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Las razones invocadas fueron genéricas:
1. simplificación del rito (abreviación, opcionalidad, innovación, variabilidad)
2. participación activa de los fieles
3. y desplazamiento del acento desde el carácter sacrificial explícito hacia la «preparación de los dones».
En ningún pasaje de su libro ofrece Bugnini una justificación teológica o litúrgica específica para la supresión de la oración "Deus qui humanae substantiae dignitatem: absolutamente nada, un criterio arbitrario y discrecional, nunca justificado. La riquísima teología de la divinización que esa oración contiene no fue objeto de análisis ni de crítica. Desapareció silenciosamente, envuelta en la lógica de la reforma global, tratada como un elemento más del conjunto, lo que invita a la sospecha de que no existía ninguna justificación para suprimirla, sólo por manu militari.
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El criterio ecuménico y la cita de Bugnini: precisión necesaria
Entre los criterios directores del Consilium figuró de modo explícito la sensibilidad dúplice:
1. judaizante tipo berajah judía (Bendito seas, Señor…, fruto de la tierra y del trabajo del hombre), como un regreso a la Ley Antigua de Abraham
2. y ecuménica hacia las comunidades protestantes, sobre todo luteranos de los años 1960, como otro regreso a Lutero y su legitimación reformística. Atención: se quería integrar el catolicismo de 1960 a un luteranismo de los 1950, que ya no existe al haberse distanciado en la Fé, la EKD (Evangelische Kirche in Deutschland), Iglesia Evangélica en Alemania, creada en 1948
A este respecto circula desde hace décadas una cita célebre, atribuida a Bugnini, según la cual habría declarado la necesidad de «despojar nuestras oraciones y la liturgia católica de todo lo que pueda ser la sombra de un obstáculo para nuestros hermanos separados, es decir, para los protestantes». La frase se reproduce con frecuencia como si fuera textual.
ResponderEliminarLa investigación sobre el documento original permite precisar. El texto auténtico de Bugnini fue publicado en L'Osservatore Romano el 19 de marzo de 1965, en el contexto de las reformas del Viernes Santo. En él, Bugnini escribía que «el amor a las almas y el deseo de facilitar en todo lo posible el camino de unión con los hermanos separados, removiendo toda piedra que pueda constituir, aunque remotamente, un obstáculo o causa de dificultad, han llevado a la Iglesia incluso a estos dolorosos sacrificios». La frase más difundida —«despojar la liturgia de todo lo que pueda ser sombra de obstáculo para los protestantes»— es una síntesis interpretativa posterior, no la cita literal, aunque el espíritu que expresa es coherente con el texto original, y no sólo se limitó al Viernes Santo: donde no se justifica la desaparición de ritos, éste es el criterio: crear una extraña misa ecuménica protestantizada (dar la razón a Lutero, "Lutero, testigo del Evangelio") y judaizada (vuelta al origen remoto), como un retorno a "hermanos lejanos y separados"...
Lo que sí resulta verificado es que el criterio de no crear «piedras de tropiezo» para los protestantes funcionó como principio rector en diversas decisiones del Consilium, comenzando por la reelaboración de las oraciones del Viernes Santo —donde se eliminó la histórica mención a «herejes y cismáticos»— y extendiéndose a la reestructuración del Ofertorio y a toda la Misa: abreviación, simplificación, opcionalidad, variabilidad, innovación, lógica racional humanizada.
Las oraciones tradicionales de esta sección eran especialmente sensibles desde una perspectiva protestante por su carácter sacrificial explícito, sus referencias a la reparación por el pecado y la acción sacerdotal como tal. La oración Deus qui humanae substantiae dignitatem, aunque no directamente sacrificial en su contenido, forma parte de ese conjunto y cae en la reforma indiscriminada de todo el bloque: los protestantes no aceptan la Eucaristía Sacrificial y el Sacerdocio ordenado.
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Una laguna que los propios críticos moderados señalan
La ausencia de una justificación específica para la supresión de textos de esa densidad doctrinal no es un reproche exclusivo de la crítica tradicionalista. Teólogos e historiadores de posiciones diversas han subrayado que la reforma del Ofertorio procedió por demolición global —sin discernir entre textos medievales tardíos, eventuales duplicidades y oraciones de profundidad patrística genuina—, privilegiando criterios pastorales y ecuménicos sobre la conservación razonada de la tradición romana.
La oración Deus qui humanae substantiae dignitatem, con sus raíces en la liturgia toledana y su formulación enriquecida por la tradición romana, expresaba en treinta palabras lo que Pedro afirma en su segunda epístola (ut… divinæ consortes naturæ, II Pe 1,4) y lo que los Padres griegos y latinos desarrollaron bajo el nombre de theosis o deificatio.
Que esa oración haya desaparecido sin análisis previo, sin argumentación teológica suficiente y sin que en la obra memorialística del propio artífice de la reforma figure siquiera una línea dedicada a explicarlo, constituye uno de los episodios más reveladores de un proceso donde la lógica de la revolución rupturista litúrgica prevaleció sobre la custodia del patrimonio doctrinal.
Lo que se perdió no fue un ornamento litúrgico. Fue la voz más concisa y más antigua con que la liturgia romana proclamaba la finalidad última de la Encarnación.
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No es raro que en aquella época de 1960 se inicia a la muerte de la mujer, la esposa, la madre: divorcio, promiscuidad, anticonceptivos, aborto, eutanasia, reproducción asistida, demografía interna caída, refuerzo de la emigración.
Se dice que León XIV escogió seguir la secuencia de León XIII por inspirarse en su atención al problema principal del tiempo en que le tocó vivir: la cuestión social. El suyo, el del papa agustino, sería la revolución informática con la inteligencia artificial.
ResponderEliminarA uno le hubiera gustado que la imitación del papa americano hubiera sido más honda, más profunda. León XIII fue el papa de la renovación teológica. Ante el hundimiento doctrinal de Bergoglio cabía esperar que la imagen señera de León XIII alumbrara los pasos hacia la doctrina genuina del papa León XIV.
Parece comprobado que, con Tucho al frente, que ha demostrado capacidad para mentir en los documentos hasta con las citas de santo Tomás, seguiremos en tiempos turbulentos.
La contribución de Virtellius hoy tiene mucha más miga que una simple glosa del lunes.
Techo debe estar a punto de deponer cualquier otra pieza de magisterio errático más..en pocos días tendrá que levantar acta de excomunión contra los patri de la FSSPX......
EliminarEste trípode americano postvaticano segundo que nos ha tocado, Bergoglio (Francisco), Tucho (Fernández, exSanto Oficio) y Prevost Martínez (León XIV), procedentes del peronismo (Bergoglio-Tucho) y del partido demócrata de la periferia de Chicago de los 1960 (Prevost Martínez) carecen de toda la dimensión intelectual, teológica y filosófica que tenía Gioacchino Pecci (León XIII) y su segunda alma, el antepapa Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro, Secretario de Estado, el León XIII-bis, una especie de Juan Pablo II-Ratzinger. El tipo de obispo antes y después del concilio XXI, el Vaticano II es radical: uno sabía (el tridentino, concilio XX) el otro nada sabe (el vaticanosegundista, concilio XXI).
EliminarObviamente, nada tiene que ver el jesuitismo y agustinismo de la época de León XIII (1878-1903), patrístico-escolástico, con el jesuitismo y agustinismo vaticanosegundiano del ex-jesuitismo y ex-agustinismo, modernista y progresista de Arrupe y Trapè, dos órdenes condenadas a la decadencia y extinción, si observamos la tendencia demográfica matemática más estricta.
Si Arrupe fue el hombre que aplicó el Concilio en la Compañía de Jesús, en la Orden de San Agustín ese papel de "implantador" de la reforma y la modernización le correspondió al teólogo italiano Agostino Trapè, elegido Prior General en 1965, coincidiendo con la clausura del Vaticano II.
Trapè fue una de las mentes teológicas agustinianas más brillantes del siglo XX (fundador del Institutum Patristicum Augustinianum de Roma).
El Capítulo General Extraordinario en la Universidad de Villanova (Filadelfia, EEUU, 1968) se hizo bajo el liderazgo de Trapè, se promulgaron las nuevas Constituciones de la Orden, reformadas de arriba abajo a la luz del Vaticano II; por sus efectos catastróficos, este capítulo fue el equivalente agustiniano a la histórica Congregación General XXXI de los Jesuitas con Arrupe (Curia General de Roma, 1965-66).
Dos grandes entre los grandes que llevaron a sus órdenes por el camino del progresismo modernista (como pasó a todas las centenares de órdenes masculinas y femeninas) hasta la actual decadencia y desaparición en unos 10-15 años.
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LA CRISIS AGUSTINIANA POST-1968
Del paradigma ontológico-participativo al paradigma hermenéutico-funcional
La crisis agustiniana posterior a 1968 es una reconfiguración filosófico-teológica que erosiona la categoría central del agustinismo clásico: la participatio del ser creado en el Ser divino.
Esta erosión sustituye la ontología de la participación por categorías inmanentes (experiencia, praxis, interpretación, función, historia) que operan con autonomía.
El eje es el optimismo antropológico postconciliar, que relativiza el pecado original y sus consecuencias.
I. Optimismo antropológico como eje
EliminarEl agustinismo clásico, forjado en la polémica anti-pelagiana, afirma una naturaleza humana herida: voluntad debilitada, entendimiento oscurecido, incapacidad de bien estable sin gracia.
La verdad requiere iluminación divina; la política, realismo sin utopías; la moral, normas objetivas externas; la Iglesia, estructuras firmes contra el amor propio.
El nuevo agustinismo de 1968 (de León XIV) desplaza el centro hacia la dignidad y la imago Dei plena, atenuando la herida del pecado.
Influido por fenomenología, personalismo (Blondel, Mounier, Maritain) y teilhardismo, relee a Agustín como pensador de la inquietud, la interioridad y el deseo natural de Dios, omitiendo su rigor anti-pelagiano.
La gracia aparece más como culminación que como remedio. Consecuencia: conciencia subjetiva gana peso moral, historia se vuelve lugar de salvación y se reduce la necesidad de mediaciones objetivas.
II. Desplazamiento antropológico-epistemológico (máxima gravedad)
Clásico
In interiore homine habitat veritas significa recepción por illuminatio. El alma es capax Dei; la verdad es participación en la Verdad increada y adecuación al esse. La conciencia moral lee la ley eterna, no la produce.
Vaticanosegundista (León XIV): La interioridad se vuelve auto-referencial. La illuminatio se transforma en experiencia subjetiva y autenticidad. La verdad ya no se recibe, se interpreta; la conciencia deja de ser espejo y se erige en criterio normativo.
Esto fundamenta lecturas de Gaudium et Spes y Amoris Laetitia que priorizan la conciencia subjetiva sobre la norma objetiva (Amoris laetitia, Fiducia supplicans: moral subjetivista luterana, que León XIV conserva).
Es el desplazamiento raíz: sin verdad recibida, falla la objetividad doctrinal en todos los ámbitos.
III. Desplazamiento teológico-político (gravedad alta)
Clásico:
Distinción de las dos Ciudades por el amor (Civitas Dei contra civitas terrena). La historia (saeculum) es ambigua, marcada por el pecado y la libido dominandi. Ninguna estructura temporal realiza la salvación; la paz política es temporal y limitada.
Escatología participativa
El Reino es consumación trascendente.
Vaticanosegundista (León XIV):
Historicización de la salvación (Metz, teología de la liberación, de Lubac reinterpretado). La historia se convierte en mediación constitutiva de la gracia. El pecado se hace principalmente estructural; la redención, praxis emancipatoria. La caridad se politiza. La escatología se temporaliza. Esto relativiza la mediación sacramental eclesial y choca con la necesidad de la Iglesia para la salvación.
IV. Desplazamiento eclesiológico (gravedad media-alta)
EliminarClásico
La vita communis agustiniana es forma teologal de existencia: conversio ad Deum, comunión de bienes y corazones, primacía de la contemplación, densidad ontológica escatológica. La acción apostólica es derivada.
Vaticanosegundista (León XIV):
Funcionalización. La identidad religiosa se define por funciones (educador, animador, agente social). La comunidad y la oración se adaptan a la eficacia apostólica y a la inserción secular. Se sustituye ontología por funcionalidad: el religioso se valora por lo que hace, no por lo que es ante Dios.
Consecuencia:
Pérdida del signo escatológico y crisis vocacional en las formas secularizadas.
V. Desplazamiento académico (gravedad media)
Clásico:
Síntesis agustiniano-tomista con analogia entis, causalidad, ley natural y metafísica de la participación como marco unificador que integra Escritura, Patristica y doctrina.
Vaticanosegundista (León XIV):
Ressourcement sin mediación metafísica suficiente. Los textos patrísticos leídos con categorías modernas (fenomenología, historicismo, sociología) generan hermenéuticas plurales e incompatibles (teología política, liberación, narrativa, etc.).
Falta principio común de arbitraje, lo que debilita la coherencia doctrinal y la capacidad argumentativa frente a la filosofía contemporánea.
Todos los desplazamientos convergen en la erosión de la participatio. El agustinismo clásico integraba ontología, epistemología, moral y escatología en torno a la dependencia del Ser divino.
El paradigma hermenéutico-funcional vaticanosegundista del nuevo agustinismo (León XIV)
Genera autonomía inmanente de las mediaciones humanas, con efectos doctrinales, eclesiológicos e institucionales persistentes. La verdad ya no se entiende primariamente como participación ontológica en la Verdad eterna (participatio), sino como interpretación subjetiva o comunitaria de la experiencia, el texto o el contexto histórico. Las realidades teológicas (Iglesia, vida religiosa, sacramentos, moral) se valoran sobre todo por su función o utilidad (pastoral, social, emancipadora, inclusiva) y no por su densidad ontológica o escatológica.
La conciencia personal, la experiencia, la praxis histórica, el diálogo cultural o la opción por los pobres se convierten en mediaciones autosuficientes. Ya no se ven para nada como participaciones subordinadas y corregidas por la Verdad divina y la gracia sobrenatural. Esto genera una lógica interna donde lo humano (subjetividad, historia, estructuras) adquiere un peso casi autónomo: Dignitas infinita (sin pecado original ni social, sin redención ni conversión, sin escatología), Magnifica humanitas (paradigma hermenéutico-funcional vaticanosegundista: la dignidad se custodia principalmente a través de la acción histórica y funcional en el mundo actual).
Analizando el pasado, vemos como jesuitas y agustinos están contaminados por el giro revolucionario salido del Concilio Vaticano II, por eso se entiende cómo León XIV conserva estructuras, nombramientos y normas del terrible y catastrófico Francisco: es que ambos han salido del mismo horno vaticanosegundiano y son hijos de la ruptura de 1960.
Totalmente de acuerdo con el Sr. Valderas Gallardo.
ResponderEliminarHasta que no manden
al ostracismo al prefecto de la congregación para la doctrina de la fé, vamos de lleno al precipicio.
Ya tardan en enviarlo a Korea del norte de embajador plenipotenciario con derecho a roce.
¿A roce con quién? ¿Con el Kim Jong? No creo que le gusten anti-cardenales maduritos, preferirá brotes mas tiernos...
EliminarPlenipotenciario era 👞👞🥿, más pronto que tarde lo será del Penal de Ocaña.
EliminarAl 🦜.
¿Todavía sigue Tucho?
EliminarDice mi abuelo que más vale Tucho conocido y en mano que cientos de buenos por conocer, sabiendo que sigue León XIV, pues otro vendrá y qué bueno hará a Tucho.
Al menos, Tucho hace gracia y nadie le hace caso... Ya sabemos de qué pie cojea...
ResponderEliminarPara el anónimo de las 03:14h y continuaciones.
Que tostón, Dios mío, que tostón. ¿Puede hacer comentarios simples y cortos para cristianos de alpargata? Gracias.
Pues sí, cada vez está más claro que Prevost fue el padre Arrupe de los agustinos; que hizo en esta orden, el mismo destrozo que hizo Arrupe en loa jesuitas. Y van y nos lo ponen de papa. Y así le va a la Iglesia. Como a la Compañía de Jesús y como a la Orden religiosa de san Agustín. (por cierto, "aún" no sabemos nada de cómo gestionó el Arrupe agustino, los escándalos de pederastia que se produjeron en su orden, siendo él provincial durante un tiempo, y general de la Orden finalmente).
ResponderEliminarPerdoneu, el text actual és: "Pe'encarnació del Verb r huius aquae et vini mysterium eius divinitatis efficiamur consortes qui humanitatis nostrae fieri dignatus est particeps". És una secreta i es pot dir en llatí sempre si es vol, perquè el poble no l'ha de sentir.
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