viernes, 26 de agosto de 2016

Domingo XXII del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

Reproducimos el comentario a la liturgia dominical realizado por el Papa Benedicto XVI en el Angelus, desde Castelgandofo, del domingo 29 de agosto de 2013 que coincidía con el Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

En el Evangelio de este domingo (Lc 14, 1.7-14), encontramos a Jesús como comensal en la casa de un jefe de los fariseos. Dándose cuenta de que los invitados elegían los primeros puestos en la mesa, contó una parábola, ambientada en un banquete nupcial. «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: “Deja el sitio a este”... Al contrario, cuando seas convidado, ve a sentarte en el último puesto» (Lc 14, 8-10). El Señor no pretende dar una lección de buenos modales, ni sobre la jerarquía entre las distintas autoridades. Insiste, más bien, en un punto decisivo, que es el de la humildad: «El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» (Lc 14, 11). Esta parábola, en un significado más profundo, hace pensar también en la postura del hombre en relación con Dios. De hecho, el «último lugar» puede representar la condición de la humanidad degradada por el pecado, condición de la que sólo la encarnación del Hijo unigénito puede elevarla. Por eso Cristo mismo «tomó el último puesto en el mundo —la cruz— y precisamente con esta humildad radical nos redimió y nos ayuda constantemente» (Deus caritas est, 35).

Al final de la parábola, Jesús sugiere al jefe de los fariseos que no invite a su mesa a sus amigos, parientes o vecinos ricos, sino a las personas más pobres y marginadas, que no tienen modo de devolverle el favor (cf. Lc 14, 13-14), para que el don sea gratuito. De hecho, la verdadera recompensa la dará al final Dios, «quien gobierna el mundo... Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podamos y mientras él nos dé fuerzas» (Deus caritas est, 35). Por tanto, una vez más vemos a Cristo como modelo de humildad y de gratuidad: de él aprendemos la paciencia en las tentaciones, la mansedumbre en las ofensas, la obediencia a Dios en el dolor, a la espera de que Aquel que nos ha invitado nos diga: «Amigo, sube más arriba» (cf. Lc 14, 10); en efecto, el verdadero bien es estar cerca de él. San Luis IX, rey de Francia —cuya memoria se celebró el pasado miércoles— puso en práctica lo que está escrito en el Libro del Sirácida: «Cuanto más grande seas, tanto más humilde debes ser, y así obtendrás el favor del Señor» (3, 18). Así escribió en el «Testamento espiritual a su hijo»: «Si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le ofendas» (Acta Sanctorum Augusti 5 [1868] 546).

Queridos amigos, mañana recordamos el martirio de san Juan Bautista, el mayor entre los profetas de Cristo, que supo negarse a sí mismo para dejar espacio al Salvador y que sufrió y murió por la verdad. Pidámosle a él y a la Virgen María que nos guíen por el camino de la humildad, para llegar a ser dignos de la recompensa divina.

2 comentarios:

  1. IN MEMORIAM
    (hace un año)

    Josep G. Trenchs 29 de agosto de 2015, 10:33

    El Papa Benedicto XVI, nos hace incapie a las palabas de Jesús que: ... "hace suyas las palabras del profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos» (Mc 7, 6-7; cf. Is 29, 13). Y luego concluye: «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres» (Mc 7, 8).

    Estas palabras del profeta Isaías VIII siglos antes de Cristo sieguen siendo de una palpitante actualidad.

    Muchas veces creemos que ser católicos consiste en una lista larga de normas y mandamientos que debemos cumplir, o por el contrario con ir a Misa los domingos ya basta.

    Algunos sacramentos parecen más un trámite civil que otra cosa. Es como si la vida sacramental se conviertiera en una costumbre o rutina en que cada uno se puede servir, teniendo esto más características sociales que creyentes.

    En este punto el tradicionalismo católico es puesto en cuestionamiento a través de este mensaje fuerte de Jesús.

    Es más, parece que Jesús, en este pasaje, nos complica porque nos saca del “deber ser”. Pero eso no es el catolicismo: “No se comienza a ser católico por una decisión ética o una gran idea, (o, podemos añadir a las palabras del Papa, por el cumplimiento de normas), sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. (Deus Caritas est, n.1). Es una presencia silenciosa y seductora que nos atrae progresivamente y nos conquista el corazón captando todo el sentido que supone su presencia en nuestra vida. Es sólo a través de Cristo, del prisma de su amor, que se puede, no sólo entender, sino sobre todo vivir su propuesta, un mundo nuevo que supone hombres y mujeres nuevas transformados por el Espíritu Santo.

    Es acá en donde se juega la vida cristiana, el ser cristiano; en permanecer con un corazón limpio, humilde. Volcados en el camino de la sencillez, del reconocimiento de nuestra pobreza y así dejarnos renovar desde dentro que es desde donde cambia el corazón y en a donde apunta Dios. Cuando nosotros intentamos hacer de la vida cristina una rutina que se repite día tras día pero carente de sentido, de pertenencia a Dios, terminamos por ahogar la vida del espíritu vaciándola de su contenido.

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