viernes, 6 de mayo de 2016

La Glosa Dominical de Gérminans

Reflexión a modo de notas hacia dónde nos orienta la liturgia dominical
JESÚS DE REPOSO: EL DESEMBARCO DE  LA CATEQUISTA
Ella, pobre, lo había intentado. Pero cuando ahora lo recuerdo me parece  ridículo lo que decía. Nos hablaba de la Ascensión -a nosotros, niños que íbamos a catequesis con la pelota o el patinete- aferrándose a un sentimentalismo azucarado, caduco y cansino, a imágenes en desuso, mal encajadas: “Jesús, después de haber trabajado tanto, tenía el derecho de irse a descansar al Paraíso, donde también nosotros iremos cuando acabemos nuestro camino por este valle de lágrimas…”. Sólo faltaba que nos hiciera cantar a coro: “Dale, Señor, el descanso eterno. Que la luz perpetua le ilumine. Descanse en paz. Amén” y el funeral hubiera concluido. Quizás con algún caramelito para festejar el fin de curso de la catequesis. Es decir que para la catequista, la Ascensión era un periodo de reposo y convalecencia en las altas cotas, donde el aire es sano, los enfermeros simpáticos y el hospital de lujo. Jesús en versión “paciente”. Y nosotros, chavales, obligados a escucharla bajo pena de no ser admitidos a la primera comunión.

Sin embargo yo, me quedaba lleno de dudas, creo que igual que los apóstoles que agachados sobre la cima de aquel monte, asistieron en directo a la escalada hacia el cielo de su Maestro. San Mateo, uno de los que la presenciaron con sus ojos, sintetiza todo con un verbo muy duro: “Sin embargo ellos dudaron”. Es decir, no creían. Quizás empujados por las lejanas olas de aquel mar amigo, postrados en el suelo oían decir: “Recuerda, Pedro, el Maestro te ama y apacentarás sus ovejas. Recuerda, Juan, que reclinaste la cabeza en Su pecho y escuchaste el latido de un corazón ajeno. Recuerda, Tomás, que has dudado porque querías verle. Y ahora que lo has visto ya no puedes perderlo nunca más. Recuerda, Santiago, aquella improvisada empresa constructora en el Tabor: montar tres tiendas en un abrir y cerrar de ojos. Recuerda, Mateo, aquel mostrador de los impuestos que abandonaste por Amor…”
Es como decir: “Recordad y marchaos” Recuerdos tristes, gravosos, improvisadas imágenes sobre los hombros demasiado débiles para aguantar. Quizás era mejor la Cruz: al menos la podías mirar y tocar, embalsamar y ungir, adorarle y hablarle. Llorar, esperar y desear. O el pesebre navideño: estrellitas y alfombras de musgo en torno al Niño, aprisionándolo en una fiesta que nos recuerda la infancia, los recuerdos contados junto a un camino de luces. Hoy lo piensas y te preguntas: ¿Dónde están y para qué sirvieron aquellos pesebres? Aquel Niño al hacerse mayor, dejó su casa y su pueblo. Inútil esconderlo: también nosotros hubiéramos preferido un Dios de barro como los viejos ídolos, ante el cual rezar, bailar, imprecar, soñar, volver a empezar. Un Dios para exponerlo en la iglesia para la colecta de los donativos, con el que dar un nombre a un equipo de fútbol, o sacar a relucir en toda ocasión: política, religiosa, pastoral. Un Dios versión “huevo Kinder”, magdalena “La bella Easo” o miel “de la Granja San Francisco”.
Me parece verlos: con la imagen fija de aquel cielo, vuelven a Jerusalén y están siempre en el templo. Parecen atontados, dormidos en una fábula prolongada poco más de 36 meses y pocas horas. ¡Qué hermoso! Sería la Iglesia que tantos soñarían: una Iglesia que contempla las nubes, que no molesta a nadie, que se ocupa de las cosas del alma. Una Iglesia recluida en la sacristía, que cultiva las flores en el jardín. Una Iglesia que te ayuda a dormir, que te da seguridades, que atonta, que duerme en el centro del barrio. La tentación de los apóstoles es la de empantanarse en los recuerdos, en las nostalgias, en la añoranza por lo que fue, por lo que hubiera podido ser, por lo que nunca fue. Vivir melancólicamente, comer los recuerdos del pasado hasta explotar, beber el agua de la morriña hasta sentir la panza llena, coleccionar los cromos de un pasado en que todo era más fácil, más fascinante, menos complicado. Cristo es tajante: volved en seguida a la ciudad. A Jerusalén: entre las risas, las burlas, las maldades de quien está pasándoselo bien. Quedaos allí, hasta que irrumpa el Espíritu Santo y os empuje a salir, a anunciar, a predicar al precio de una muerte segura, prometida, cierta.
Y ellos, discípulos atemorizados, dispuestos a una pregunta directa: ¿Cuándo sucederá todo esto? ¡Avísanos con tiempo! ¡Tenemos miedo! El hombre es siempre el mismo. De entrada, prisa, impaciencia, orgullo de estar entre los que asisten al estreno de la solución final. Ansia de ver resultados, manía por los primeros puestos, instinto de éxito inmediato. Como en casa: rápido, “sí señor”. ¿Quieres una contrapartida? El domingo sucede eso: Cristo te lleva a un lugar a solas, te da instrucciones, después te invita a salir “escoltado” por el Espíritu Santo. Pero te das cuenta: tendremos un día entero para estar con Él: el domingo. No es únicamente la misa. Reposar la mente, dilatar el tiempo, respetar el descanso dominical es ley divina. Hasta el punto que pagarás aquí todo el tiempo que no has usado para descansar. Dios no bromea: te obliga a reposar para poder hacer aquello que entre semana no puedes hacer. El domingo es hacer gratis las cosas que nadie te pide, te impone, te paga: estar con los amigos, visitar un enfermo, estar con la familia sin reloj, organizar una partida de cartas, un paseo. ¿Y en cambio? Todos al mar en verano, a la montaña en invierno. Al futbol, por la autopista, al torneo, de rebajas. Y la  cosa más absurda: juventud que duerme hasta las 5 de la tarde porque volvieron a las 9 de la mañana de la discoteca, como zombis, idiotizados por el ruido, las luces, el sueño, las drogas, el cansancio.
De esta manera lo perdieron de vista: ayer ellos, hoy nosotros. Porque no comprendieron que lo suyo fue una broma: subir a los cielos para esconderse en cualquier lado aquí en la tierra. Bastaba bajar, abandonar la capillita construida en el monte y arriesgar. Bastaba eso y lo habrían encontrado en los brezos barridos por el viento, en los graneros desconocidos convertidos en improvisadas posadas, en las crestas de las montañas, debajo de la cama o sobre los tejados de la ciudad, en la inmundicia de una cárcel. En los ojos de la gente. Y fue así que entre los hombres la Ascensión se convirtió en tristeza.
Y la catequista pudo dormir sueños tranquilos porque tantos la creyeron.
Fr. Tomás M. Sanguinetti

5 comentarios:

  1. Josep G. Trenchs6 de mayo de 2016, 23:15

    Fray Tomás, le felicito por esta Glosa de la Ascención del Señor.

    La Solemnidad de la Ascensión del Señor, tiene dos vertientes.

    Por una parte, Jesucristo sube al cielo, asciende hacia el Padre, de quien ha venido.

    Pero, por otro lado, sus Discípulos no se quedan huérfanos ni abandonados, después de cuarenta días de su RESURRECCIÓN, y tras aparecer glorificado varias veces a los Apóstoles, se va definitivamente a la derecha del Padre, como rezamos en el Credo, dejando el encargo de enviarles el Espíritu Santo.

    El Espíritu Santo, el Paráclico, el Consolador, ... bajará para acompañarnos, a los Discípulos y a los que formamos el Cuerpo místico de Cristo, hasta el fin de los tiempos. Él nos dará fuerza, coraje y también inteligencia para comprender todo lo que ha ocurrido.

    Jesucristo sube al cielo, por su fuerza divina, distinto de la Virgen que la suben los ángeles, mientras el Espíritu baja y llena la faz de la tierra.

    Ver la vida, la muerte y la historia de nuestro mundo desde la resurrección nos da una perspectiva amplia y luminosa. No estamos aquí sólo para sufrir.

    El mundo no es un caos sin sentido. La historia no camina hacia un final catastrófico y absurdo. Si únicamente miramos lo que vemos y lo que sabemos, podemos llegar a una conclusión muy pesimista.

    Pero Jesucristo volvió, resucitado, para comunicarnos que la muerte y la destrucción no son nuestro destino final. El destino, nuestro y de todo el universo, es una vida gloriosa y resucitada, como no llegamos a imaginar. Esta es la esperanza a la que estamos llamados, como dice San Pablo.

    No es un saber lógico y racional, sino una certeza de fe, vivencial y profunda.
    El Espíritu Santo nos lo hará comprender. Es el mismo Espíritu que descendió sobre los apóstoles y les hizo vivir la aparente ausencia de Jesús con alegría. ¡No estaban solos! Tampoco los cristianos de hoy lo estamos.

    Tenemos siempre con nosotros a la Santísima Trinidad, velando como Padre, cuidando como madre, animándonos con su fuego y su luz.

    Tenemos a María, la mujer llena de gracia, que Jesús antes de morir, nos la dio por Madre en la persona del Apóstol San Juan, representando a toda la humanidad.

    La Iglesia nos ofrece los sacramentos, regalos preciosos que nos permiten alimentarnos de Dios. Especialmente la Eucaristía, para que vivamos cada MISA, como una nueva efusión del Espíritu Santo derramado sobre nosotros y el sacramento de la Confesión o Reconciliación, en que Dios nos está esperando para derramas su MISERICORDIA INFINITA al perdonar nuestros pecados.

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  2. Gracias, sr. Trenchs, por su comentario, siempre tan inspirado. Sin él, la glosa de Fr. Tomás está bien, pero con su comentario está mucho mejor. Expresa usted muy bien lo que todos pensamos. Por mi parte, estoy haciendo un recopilatorio de sus comentarios en GG, que, Dios mediante, algún día tendré termindado, y ese día se lo mandaré gustoso para que lo revise. Estoy seguro quye de ahí podría salir un best seller espiritual.

    Gracias nuevamente y reciba un saludo afectuoso y admirado, de un padre de familia (diez, somos) en la cual todos somos lectores entusiastas de sus comentarios. Que Dios le bendiga.

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    1. Josep G. Trenchs7 de mayo de 2016, 17:36

      Sr. Anónimo de las 11,00h.

      Ante todo muchas gracias por leer mis comentarios y por sus inmerecidos elogios. Solo trato de hacer de la mejor manera posible lo que Dios me da ha entender.

      Usted si que necesita y le deseo todas las bendiciones de Dios y de la Santísima Virgen para seguir adelante con su numerosa familia, en esos tiempos tan difíciles especialmente por el ambiente social en que se mueve la mayor parte de la juventud.

      Pero por favor, no me compare con Fray Tomás. El si que sabe sacar jugo de la Palabra de Dios, con unas preguntas y respuestas sencillas, que prácticamente la inmensa mayoría podemos entender.

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    2. Todo eso me huele a tomadura de pelo. No?

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  3. Laurentius Dertosensis7 de mayo de 2016, 20:48

    MARAVILLOSA GLOSA FRAY TOMAS,IMPRESIONANTE,Y LA REFLEXION DEL SEÑOR TRENCHS,TAMBIEN HACEN ENTRE LOS DOS UN MAGNIFICO EQUIPO.

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