viernes, 6 de junio de 2014

La Glosa Dominical de Germinans

 Reflexión a modo de notas, hacia dónde nos orienta la liturgia del domingo.


EL DESCONOCIDO Y GRAN OLVIDADO
Por lo que puedo notar en la vida ordinaria de cada día, El Espíritu Santo es, de las tres personas de la Santísima Trinidad, aquella en la que menos pensamos. Al Padre, por ejemplo, nos dirigimos todas las veces que rezamos el Padrenuestro. El Padrenuestro se ha convertido, un poco en todas partes, en el mínimo de oración: si uno lo reza, ya ha cumplido el llamado deber de rezar. Al Hijo lo mencionamos en todas las oraciones, aunque sólo sea al final con la fórmula “por Cristo Nuestro Señor”. Es verdad que el Espíritu también “tiene suerte” porque existe el signo de la cruz y así no nos olvidamos de Él. Pero cuantos no habrá que santiguándose rapidísimamente ni siquiera llegarán a pronunciar la palabra “Espíritu Santo”, vista la velocidad del gesto. Así pues, reconozcámoslo: el Espíritu Santo es nuestro gran olvidado de la Trinidad.
 
Y sin embargo el Espíritu Santo es el gran protagonista de la Creación. Nada existe sin el Espíritu Santo. Dice el salmo en la liturgia de hoy: si les quitas el respiro, mueren y vuelven al polvo; envías tu Espíritu y son creados y recreas la faz de la tierra”. Si Dios es Padre y origen de todo lo creado, si el Hijo es aquel por quien todo fue hecho, el Espíritu es aquel que da la vida, es el que concreta efectivamente lo que Dios -uno y trino- quiere crear. El Padre decide crear, el Hijo se pone a trabajar y el Espíritu son las manos y la energía con las cuales el Hijo realiza la creación. Si recordamos bien, justo en las primeras líneas de la Biblia donde se narra la creación, se dice que el Espíritu “aleteaba sobre las aguas” y acto seguido se dice que Dios inicia la creación. Además, cuando Dios crea al hombre, sopla en su nariz un halo de vida y el hombre se convierte en ser viviente: no se trata únicamente de la vida del cuerpo, sino de la vida completa del hombre, es decir, Dios insufla en el hombre su vida, la vida divina… el Espíritu. Por lo que el Espíritu Santo define nuestra identidad profunda. Es esta convicción que lleva a San Pablo a afirmar que el Espíritu Santo se ha derramado en nuestros corazones. Somos considerados pues por Dios como depositarios (templos) del Espíritu, el cual reza con gemidos inefables. En este sentido, somos privilegiados ante los ojos de Dios: teniendo el Espíritu Santo, formamos parte de la familia de Dios.
 
C:\Users\FRANSESC\Desktop\VENI, Creator Spiritus_thumb[8].jpgConcretando y siendo más precisos: el Espíritu está en nosotros y se manifiesta en lo que es más hermoso, en lo mejor y más noble de nosotros, en lo que nos orienta hacia el otro, en lo que hace de nosotros personas humanas en el sentido más profundo de esta expresión. El Espíritu es Aquel que hace nacer en nosotros el deseo hacia lo mejor, hacia el amor auténtico, hacia la plena felicidad. El Espíritu está en nosotros cada vez que escogemos vivir no únicamente en función de nuestros intereses o según nuestros caprichos.

Está en nosotros cada vez que tratamos de concretar los altos ideales de nuestro corazón, cuando hacemos el bien, cuando nuestro corazón está lleno de gozo y no sabemos de dónde viene esa alegría. Cuando cuidamos con responsabilidad nuestro futuro y el de los demás, cuando nos importa la situación de los demás.

C:\Users\FRANSESC\Desktop\SancteSpiritus.jpgEl Espíritu es la luz y el calor que percibimos todas las veces que nos sentimos comprendidos y amados. El mismo Espíritu es aquel que, en los padres, inspira a ir adelante más allá del propio cansancio y los propios deseos para dar prioridad a los de los hijos.

El Espíritu es la fidelidad que los esposos no deben romper, y es aquel amor que ellos se entregan uno al otro en el respeto y el afecto recíprocos. El Espíritu es el que  impulsa a los sacerdotes y religiosos a dar la vida por el bien de los demás, a pesar de que esta donación no es comprendida e incluso a veces ridiculizada. En una palabra, el Espíritu es lo que podemos tener o hacer de mejor en nuestra vida.

El Espíritu es vida, es gozo, es paz, paciencia, buena voluntad; es confianza, mansedumbre, es amor. Son las actitudes que como huella de Dios podemos encontrar alrededor nuestro. Todo esto es el Espíritu. Ven pues Espíritu,  llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu Amor. Amén.

4 comentarios:

  1. LOS DONES DEL ESPÍRITU Y SU IMPORTANCIA PARA HOY

    Los dones o carismas espirituales son regalos especiales que otorga el Espíritu de Dios en forma individual al creyente y los da para el bien de la comunidad de fe, en este caso, la iglesia. Sólo el don de lenguas se da para el beneficio particular del creyente, es decir, para edificarse a sí mismo (1 Co. 14:4a).

    Los dones espirituales fueron profetizados en el Antiguo Testamento (Dt. 28:1-14; Is. 28:11s; Jl. 2:28); confirmados por las promesas de Cristo (Mr. 16:17s; Jn. 14:12; Hch. 1:8); e impartidos por el Espíritu Santo después de Pentecostés (1 Co. 12:11).

    Los propósitos de los dones espirituales son dos: la edificación espiritual de la iglesia (1 Co. 12:7; 14:12; Ef. 4:7-12) y la conversión de los incrédulos (1 Co. 14:21-25).

    Para tener estos dones espirituales es necesario dos condiciones: en primer lugar, tener un nuevo nacimiento y en segundo lugar, vivir una vida en santidad. Estos pasos son necesarios para iniciar una vida de fe en Jesucristo. Sin esos requisitos el Espíritu Santo no puede operar en la vida del creyente, ni menos otorgar los dones, ya que ningún don es evidencia de una vida llena del Espíritu. Sólo una vida de santidad de corazón y vida es la única evidencia de la llenura del Espíritu. En la Biblia nunca se dice que a un creyente verdadero se le reconoce por los dones que posea, sino más bien por sus frutos, es decir, por su calidad de vida, santidad. Este mismo énfasis lo hace Jesús en toda su prédica (Mt. 7:16.20), lo mismo hace John Wesley en toda su predicación. Wesley creía que los Dones del Espíritu eran para nuestros tiempos. En una carta escrita en junio de 1746, declara: “No recuerdo de ninguna Escritura donde se nos enseñe que los milagros debían confinarse a la edad apostólica o cualquier otro período de tiempo. Es cierto que San Pablo dice que las profecías y las lenguas cesarán, pero en ningún momento dice que estos milagros cesarán antes de que cesen la fe y la esperanza...”

    El Dr. Ken Kinghorn en su libro Dones del Espíritu (Nashville:Abingdon Press, USA, 1976) hace referencia a cinco principios básicos referentes a los dones espirituales:

    1. Dios imparte los dones espirituales conforme a su gracia; no pueden ser adquiridos por mérito humano.

    2. Dios imparte los dones espirituales de acuerdo a su propia discreción; no está limitado a los deseos humanos.

    3. Dios desea que todo cristiano ejercite los dones espirituales; estas capacidades no están limitadas a ningún creyente.

    4. Dios provee los dones por causa del ministerio y servicio de la iglesia; no son dados para atraer la atención hacia una persona o satisfacer su ego.

    5. La intención de Dios es que el ministerio de la iglesia sea ejercido a través de los dones espirituales.

    Hoy en día, muchos creyentes están muy preocupados por saber qué dones han recibido del Espíritu Santo, o cómo lograr tenerlos, y por último, cuán espiritual se es al tener varios dones espirituales. Recordemos que los dones tienen un fin, estar al servicio de la iglesia para que pueda seguir cumpliendo su Misión. No son pues para lucimiento personal o de jactancia alguna. Si tenemos dichos dones espirituales debemos ser agradecidos al Señor por habérnoslo dado y ser humildes al ejercitarlos.

    Por otro lado, debemos tener muy en cuenta que nosotros los creyentes, al ser parte de la iglesia, constituimos todos un tesoro valioso, al poseer diversos dones y talentos. Cada hermano y hermana es muy importante en el seno de la iglesia, ya que Dios ha dado a cada quien un don en particular. Muchas veces descuidamos este detalle y sólo nos fijamos en el hermano o hermana, ya sea por su aspecto personal o condición social y no por lo valioso que es en sí como persona, criatura de Dios.

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  2. Es el fundamental, el que nos prometió y nos dejó cuando se fue a la derecha del Padre, hasta el JUICIO FINAL.

    tras el CVII se lo fueron cargando ya taxativamente, poco a poco, HOY YA CASI NO VIVE, excepto en los que se le entregan de verdad y lo viven.

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    1. La afirmación que el Concilio Vaticano II es muy grave. Supongo que khispano atlántico estará muy documentado. Me gustaría que nos pusiese ejemplos para poder compartir su pensamiento.

      Me sorprende que no haya citado también el pensamiento del Papa Francisco como una de las causas del empobrecimiento de la presencia del Espíritu Santo en su Iglesia.

      Por mi parte, sigo creyendo: "Et portae inferi non prevalebunt adversus eam".

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  3. Desde mi punto de vista, falta mucha didáctica por parte de la Iglesia en relación a la Trinidad. Desde un punto de vista "natural" se puede entender quién y qué es el Padre y quién y qué representa el Hijo. Pero el concepto del Espíritu Santo se nos escapa a la mayoría de los mortales. La Iglesia prácticamente nos deja con las nociones básicas que se estudian en el catecismo (a un nivel de niños de 8 años) y a partir de ahí, poco más.

    En ese sentido, me parece del todo normal que el Espíritu Santo sea un desconocido y un olvidado. La Iglesia no hace ningún esfuerzo por iluminar al feligrés al respecto. Imagino que esto radica en la secular prevención de la Iglesia Católica, que prefiere dejar la Biblia en manos "del que sabe" (el sacerdote) para evitar que la feligresía, poco preparada en cuestiones complejas como ésta, pueda descarrilar en sus análisis.

    Esto es comprensible, pero ahora que los feligreses somos los que queremos ser (nadie se siente obligado para ir a Misa hoy en día, creo) es el momento de dar un paso adelante y profundizar un poco más en conceptos básicos como el de la Trinidad. Si le preguntamos a cualquier feligrés, diría que el 95% de nosotros (me incluyo) no entendemos del todo la distinción y sus consecuencias. Con un poco de didáctica por parte de la Iglesia, eso podría mejorar.

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