viernes, 29 de noviembre de 2013

Capítulo 49: La Misa de difuntos: los "Nómina"

Ofertorio en una misa de difuntos (miniata)
La recitación de los nombres
Podemos afirmar con fundamento que la Iglesia desde los inicios comenzó a aplicar en sufragio de sus hijos difuntos, toda la fuerza del sacrificio de Cristo celebrando por ellos la Santa Misa. Ya la Apología de Arístides del año 140 nos da testimonio de ello: “Si alguno de los fieles muere, despedíos de él celebrando la Eucaristía y rezando en torno a su cuerpo”. También en el apócrifo oriental Acta Johannis redactado hacia el año 150, se representa al apóstol que reza sobre la tumba de Drusiana fallecida tres días antes celebrando cerca la “fractio panis” (ut ibi frangeret panem). En Cartago, Tertuliano hacia el final del siglo II, menciona como práctica usual la celebración de la misa en el día de la sepultura y en el aniversario de un fiel: oblationes pro defunctis, pro nataliciis, annua die facimus. También San Cipriano nos habla de una tradición eclesiástica antigua: no ofrecer el sacrificio en sufragio de aquel que haya trasgredido la prohibición de nombrar a un clérigo como su tutor o cuidador. A menudo utiliza las expresiones: ofrecer el sacrificio por alguien, con motivo de  su muerte, nombrarlo en las preces y similares. Estas expresiones se convertirán en normales en los escritores eclesiásticos de siglos posteriores.
La expresión nominare in prece hace referencia a algo particular: que el diácono pronunciase en el altar el nombre de un difunto en la misa pro dormitione. San Agustín hace referencia al deseo de su madre: “haced memoria mía en el altar”; deseo que él y sus amigos satisfacen “rezando por ella, con fervor, mientras se ofrecía según su deseo, el sacrificio de nuestra Redención”. Y el mismísimo Agustín, responde al herético Aerio del Ponto, que retenía como irracional y absurdo la costumbre de nombrar a los difuntos en el santo sacrificio, respondiéndole que tal era la práctica admitida universalmente en la Iglesia, con la cual entendía expresar que los difuntos vivían con Cristo y que por Él nosotros permanecemos en comunión con ellos. Por este motivo la lectura de los nombres de aquellos que habían muerto fuera de la comunión de la Iglesia estaba excluida.
Diptico Barberini (Museo del Louvre)
Además fuera de los difuntos ocasionales, había una serie de nombres de difuntos, beneméritos de la Iglesia o particularmente recomendados a las oraciones de los fieles, que debían ser leídos habitualmente excepto los domingos y fiestas durante la misa. Formaban el Díptico de los Difuntos, cuya lectura pública se mantuvo al menos hasta el siglo X y quizás incluso más tarde. Tenemos un ejemplo en el célebre “Díptico Barberini”  que en el reverso de la placa ornamental lleva grabados más de 350 nombres pertenecientes a la época merovingia. La española Ana Belén Sánchez Prieto, doctora en Historia Medieval y dedicada a la Codicología, y residente en los Paises Bajos está concluyendo o ha concluido ya una tesis doctoral en la Universidad de Tilburg sobre los “libri vitae” y los “rotuli mortuorum”.
La española Ana Belén Sánchez Prieto, doctora en Historia Medieval y dedicada a la Codicología, y residente en los Paises Bajos está concluyendo o ha concluido ya una tesis doctoral en la Universidad  Católica de Tilburg sobre los “libri vitae” y los “rotuli mortuorum”.
Libri vitae et rotuli mortuorum
Ambos son medievales, aunque los libri vitae son más antiguos, la mayor parte de ellos empiezan en el siglo IX y algunos de ellos se continúan hasta el siglo XVI. Son unos tomos en los que algunas iglesias (los que se nos han conservado son normalmente de instituciones monásticas, a veces también catedrales) en los que se inscribían los nombres de miembros de otras comunidades religiosas o de benefactores laicos, con el fin de interceder por ellos durante la misa. De hecho, se depositaban sobre el altar o cerca de él, de modo que los inscritos allí (vivos y muertos) podían participar del sacrificio ofrecido. Se puede decir por tanto que son una especie de continuación de los dípticos, tanto de los dípticos de vivos como de los de difuntos, y que cuando la lista empezó a hacerse demasiado larga para recitarlos durante la misa se cambiaron por esta modalidad.
Los rotuli mortuorum son un poco más recientes, pero obedecen a la misma necesidad de intercambiar oraciones. Los más antiguos son del s. X. Cuando alguien importante moría (obispo, abad, noble laico) un emisario (normalmente un monje) iba recorriendo los lugares de alrededor (aunque a veces el periplo duraba más de un año con un radio de unos 700 km), comunicando la noticia y portando un rollo de pergamino en el que quienes lo desearan escribían una oración por el difunto.

La idea de una tesis sobre estos documentos puede decirse que fue casi por inspiración divina –me confesó un día la investigadora-  ya que surgió del entierro de una tía de su marido en un pequeño pueblecito del sur de los Países Bajos, donde han conservado costumbres similares. Desde aquí saludo con simpatía de amigo y fervor de liturgista a nuestra historiadora en Holanda.
Es fácil imaginar que con el tiempo llegó a resultar imposible recitar la legión de nombres que debió acumularse y debía alargar muchísimo la celebración. El sacerdote se contentó pues con leer el nombre de los más importantes añadiendo acto seguido una fórmula colectiva de recomendación a Dios, bajo el modelo de “collectio post nomina, post dyptica”, propia tanto de la liturgia galicana como hispánica. Bajo esta forma apareció el Memento de difuntos en nuestra liturgia romana. En el Leoniano encontramos cinco formularios para difuntos para el mes de octubre, y posee un “Hanc igitur” propio. Así ocurre en el Gelasiano con 13 formularios propios. El Gregoriano es más parco en el número de formularios y muy parecido a los hoy presentes en el Misal.

Dom Gregori Maria

2 comentarios:

  1. Dom Gregori Maria. gracias por su artículo de hoy.

    San Gregorio Magno afirma: "Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso".

    De San Gregorio se narran dos hechos interesantes. El primero, que él ofreció 30 misas por el alma de un difunto, y después el muerto se le apareció en sueños a darle las gracias porque por esas misas había logrado salir del purgatorio.

    Y el segundo, que un día estando celebrando la Misa, elevó San Gregorio la Santa Hostia y se quedó con ella en lo alto por mucho tiempo. Sus ayudantes le preguntaron después por qué se había quedado tanto tiempo con la hostia elevada en sus manos, y les respondió: "Es que vi que mientras ofrecía la Santa Hostia a Dios, descansaban las benditas almas del purgatorio". Desde tiempos de San Gregorio (año 600) se ha popularizado mucho en la Iglesia Católica la costumbre de ofrecer misas por el descanso de las benditas almas.

    La respuesta de San Agustín: a este gran Santo le preguntó uno: "¿Cuánto rezarán por mí cuando yo me haya muerto?", y él le respondió: "Eso depende de cuánto rezas tú por los difuntos. Porque el evangelio dice que la medida que cada uno emplea para dar a los demás, esa medida se empleará para darle a él".

    ¿Vamos a rezar más por los difuntos? ¿Vamos a ofrecer por ellos misas, comuniones, ayudas a los pobres y otras buenas obras? Los muertos nunca jamás vienen a espantar a nadie, pero sí rezan y obtienen favores a favor de los que rezan por ellos.

    POR LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO

    La doctrina de la Iglesia sobre el Purgatorio encuentra fundamento en la Biblia. EL texto de 2 Macabeos 12,46, da por supuesto que existe una purificación después de la muerte. Asimismo, las palabras de nuestro Señor: "El que insulte al Hijo del Hombre podrá ser perdonado; en cambio, el que insulte al Espíritu Santo no será perdonado, ni en este mundo ni en el otro" (Mt 12,32). Se llega a semejante conclusión en el texto de 1 Corinitios 3, 11-15.

    El Concilio Vaticano II hizo profesión de fe en la Iglesia Sufriente diciendo: "Este Sagrado Concilio recibe con gran piedad la venerable fe de nuestros hermanos que se hallan en gloria celeste o que aun están purificándose después de la muerte".

    Aunque no sea doctrina definida, se mantiene como doctrina común que sufrimiento mayor del Purgatorio consiste en la "pena de ausencia", porque las almas están temporalmente privadas de la visión beatifica. Sin embargo, no hay comparación entre este sufrimiento y las penas del Infierno. Es temporal y por eso lleva consigo la esperanza de ver a Dios algún día cara a cara. Las almas lo llevan con paciencia, pues comprenden que la purificación es necesaria. La aceptan generosamente por amor de Dios y con perfecta sumisión a su voluntad.

    Es probable que las penas del Purgatorio van disminuyendo gradualmente de manera que en las etapas finales no podemos comparar los sufrimientos de este mundo con los que padece un alma próxima a la visión de Dios. Pero las almas experimentan también inmensa alegría espiritual. Están totalmente ciertas de su salvación. Tiene fe, esperanza y caridad. Saben que ellas mismas están en amistad con Dios, confirmadas en gracia y sin poder ofenderle.

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  2. Gracias por este artúclo, interesante como siempre.

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