viernes, 20 de julio de 2012

Capítulo 8: La difusión del Canto Gregoriano

El Abad Agustín del Monte Celio con sus monjes romanos evangelizando a los anglos (más tarde San Agustín de Canterbury)

 Al emprender la reforma litúrgico-musical, San Gregorio no tenía en vista el imponerla a todas las Iglesias particulares, si no únicamente proveer a las necesidades particulares del servicio litúrgico pontificio, o al máximo, a todas las iglesias romanas estrictamente dependientes del Papa. Si en cambio, su obra acabó por adquirir una importancia mayor, se debe a parte de la calidad litúrgica y artística de la misma, a las circunstancias que favorecieron su difusión.

Una de estas fue la expedición organizada por San Gregorio el año 596 para evangelizar Inglaterra. Cuarenta monjes del monasterio benedictino de Monte Celio en Roma, con el abad Agustín en cabeza, se trasladaron ampliamente provistos, como narra San Beda el Venerable, de todo lo necesario para la decorosa celebración de la liturgia, entre lo cual los libros de canto, probablemente las primeras copias del antifonario gregoriano.

En las iglesias que poco a poco eran fundadas, junto con las instituciones litúrgicas de Roma, se implantaba también el canto romano; y San Beda recuerda el nombre de famosos cantores: Jaime, primicerio de Canterbury y después obispo de Cork (633), Teodoro, monje romano, más tarde Arzobispo de Canterbury (669), Aeddy, Esteban, Aeonau, Putta, después obispo de Rochester, Maban (700), los cuales eran celebres maestros de canto more romano. Las escuelas de canto instituidas junto a las catedrales y monasterios benedictinos como York, Glasgow, Malmerbury u Oxford pronto fueron muy famosas.

Este progresivo desarrollo del canto gregoriano fue siempre favorecido y animado por los Papas. Importantísima contribución a este fin fue el envío de Juan, archicantor de la Iglesia de San Pedro en Roma, hecho por el papa Agatón en el año 678, el cual por expreso deseo del obispo Benito se quedó durante dos años en el monasterio de Vermouth para enseñar cursum canendi annuum, sicut Sanctum Petrum Romae agebatur .(…a cantar el ciclo anual como se hacía en San Pedro de Roma) 

San Pedro otorga el palio a León III 
y el estandarte a Carlomagno
Sus lecciones suscitaron tal entusiasmo que acudían a escucharle desde todos los monasterios de la provincia, influyendo también en los más alejados escribiendo algunos opúsculos litúrgicos de primera importancia para la historia del Oficio y de la Misa Romana. Este amplio movimiento hacia la liturgia de Roma fue sancionado en el Concilio de Clyff (cerca de Rochester- Concilium Cloveshoe) del año 747, el cual estableció que las melodías tanto de la misa como del oficio debían adecuarse “a los ejemplares escritos que tenemos de la Iglesia romana”

En el sur de Alemania (Baviera) parece ser que el antifonario gregoriano penetró a principios del siglo VIII. Gregorio II el año 716 escribía a sus legados Martiniano y Jorge, recomendándoles que en toda iglesia hubiesen sacerdotes con la facultad de celebrar (sacrificandi et ministrandi) así como de cantar según el modelo de la tradición de la Iglesia de la Santa y Apostólica Sede Romana. Más tarde la liturgia franco-romana enseguida encontró una amplia difusión y el canto gregoriano fue cultivado maravillosamente gracias al influjo de numerosas escuelas catedralicias y monásticas. Baste recordar la celebérrima de San Galo (Saint-Gallen), que ha conservado los códices más antiguos e interesantes de canto, y cuyos maestros han dejado escrito para siempre un nombre ilustre en la historia de la música y la liturgia (Iso, Ratpert, Notker Balbulus, Tutilo, Ekkehard I, Notker III, Labeo, etc.) 

San Crodegando de Metz
Una mayor difusión del canto gregoriano comenzó hacia la mitad del siglo VIII en Francia, cuando por iniciativa de los reyes francos, fueron abolidos la liturgia y el canto galicano. 

Fue el obispo de Metz, Crodegango, el que a su regreso de una misión en Roma, en el año 723, fue el primero a introducir entre su clero, la romana cantilena. El rey Pepino, que en ocasión de la estancia en Paris del papa Esteban II (754) había tenido la oportunidad de conocerla y apreciarla, quiso que los cantores romanos la enseñasen a los cantores franceses, y que un maestro de canto fundase una escuela en Metz. Estos fueron enviados diligentemente por el Papa a tal fin. Más tarde, siempre a instancias del rey, Pablo I (757-767) mandó a Francia los primeros libros gregorianos, un Antifonario y un Responsorial, así como otro maestro de canto romano, un tal Simón, el cual organizó una escuela en Rouen. Carlomagno, hijo de Pepino, se ocupó quizá con un celo aún mayor que el de su padre, de la adopción cada vez más amplia de la liturgia y del canto romano. A él, tras una petición suya, el papa Adriano (772-795) mandó a Teodoro y a Benito, doctísimos cantores de la Iglesia romana, que eran eruditos en la escuela de San Gregorio, y les entregó los antifonarios gregorianos con notación romana. En los frecuentes capitulares por él emanados insiste en la obligación de los obispos de cuidar la buena ejecución de la salmodia, corregir los errores y los abusos y de proveer a la institución en las parroquias y sedes episcopales de escuelas de “pueri cantores”, así como examinar detenidamente a los clérigos acerca del oficio diurno y nocturno según el rito romano. 

Después de una medidas tan enérgicas, no nos podemos extrañar que a finales del siglo VIII, Carlomagno pudiese asegurar que el canto romano estaba ya establecido en todas las iglesias de Francia. De esta manera se expresaba, medio siglo después el papa San León IV (847-855) en una carta a Honorato, abad de Farfa cerca de Roma, reprochando una meticulosa aversión contra el canto reformado por San Gregorio, mientras todas las iglesias de Occidente lo habían recibido con ilusión y lo cultivaban con amor. Lo mismo hizo el papa Esteban IX con los monjes de Montecassino.
Abbazia di Farfa - stemma
Escudo de la Abadia de Farfa Vista general de Montecassino
 
Pero la conducta de Farfa y de Montecassino constituía una excepción. En esta época todas las grandes comunidades monásticas esparcidas por Occidente competían con las iglesias seculares en el cultivo del canto gregoriano. Todos los días, de una medianoche a otra, el canto del oficio litúrgico non cesaba de resonar y encontrar eco en la boca de centenares de monjes, con una solemnidad que hoy apenas podemos imaginar. La más importante de estas era sin duda la suiza de San Galo (Saint-Gallen)



Dom Gregori Maria

1 comentario:

  1. Gracias Dom Gregori Maria por este nuevo tema que ahora nos ocupa, martavillosa síntesis de la difusión del Canto Gregoriano. Es una maravilla poder leer y leer esta historia que enos enmarca en el tiempo de presencia del canto de los monjes, que en medio de los avatares de la historia,han difundido, popularizado, en monasterios y parroquias, iglesias,en un clima de acercamiento del mensaje bíblico hecho melodía que en definitiva ha sido medio de crear comunidad cristiana. Gracias.

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