El pasaje de la misa que más cambios ha sufrido a través de los siglos es, sin duda, el comprendido entre el evangelio y el prefacio. Más todavía. Mientras en otros trozos, p. ej. en la comunión, aunque trastocados se han conservado por lo menos los principales elementos primitivos, entre el evangelio y prefacio desaparecieron sin dejar apenas rastro de sí dos ritos de importancia. Nos referimos a la despedida de los catecúmenos y a la oración común de los fieles, restaurada con la reforma litúrgica de 1969.
Hurgar en la historia de estos dos ritos nos permite ver mejor algunos de los problemas, aunque quizá los de menor importancia comparados a otros, que hoy se plantean en el tema de la misa.
La despedida de los catecúmenos
Despedida de catecúmenos bizantina
Cuando las lecturas llegaron a formar una unidad más estrecha con el culto eucarístico, hubo que buscar una solución que permitiera a los catecúmenos seguir asistiendo a las lecturas sin que por esto estuvieran presentes en la parte sacrificial. Esto explica la introducción, entre lecturas y oración eucarística, de un acto especial para dar la bendición y la despedida de los catecúmenos. Pero como a las lecturas seguía un acto oracional de la comunidad, se planteó la cuestión de si se podía admitir a él a los catecúmenos o si sería mejor despedirlos antes, pensando que este acto era ya el ejercicio de una función exclusiva de los fieles por poseer estos al Espíritu Santo. Establecieron pues, una diferencia semejante entre la oración de un simple fiel y la del sacerdote.
Al principio se invitaba a los catecúmenos con una sencilla fórmula a que se retirasen, sin añadir más ceremonias. Algo más tarde, en el periodo mejor formado del catecumenado, al aviso se le hacía preceder una oración por los catecúmenos durante la cual debían postrarse en el suelo y el obispo les daba una bendición especial imponiéndoles las manos. En tiempos de San Juan Crisóstomo existía una serie de ceremonias para las diversas clases de catecúmenos, penitentes y energúmenos (con perdón). Entre estos últimos parece que se comprendía principalmente a los epilépticos, cuya enfermedad la atribuían a influencias demoníacas.
No faltaban nunca núcleos de curiosos que asistían casualmente o para ver qué hacían los cristianos. No se les rechazaba, por si, movidos por la gracia se determinaban a solicitar la admisión en el catecumenado. Por no pertenecer a ninguna clase dentro de los catecúmenos, se les despedía sin previa bendición.
En algunas liturgias se fundían los dos actos de oración común de los fieles y de intercesión por los catecúmenos antes de su despedida; es decir, se empezaba con las preces estando presentes los catecúmenos. Al llegar a las peticiones por los catecúmenos, se les daba la bendición y el aviso de que se retirasen. Luego continuaban los fieles en sus oraciones.
Más general, sin embargo, sobre todo en las liturgias africana y romana, se hizo la costumbre contraria, es decir la de despedir a los catecúmenos antes de empezar la oración general de los fieles (que por eso así se llamaba). Contribuiría a ello el “alto aprecio” que los cristianos tenían de su dignidad. La razón decisiva, sin embargo, era de orden práctico. La despedida, con sus varias bendiciones, tenía un carácter tan marcado de ceremonia final de la liturgia de la palabra, que las oraciones que la seguían quedaban enteramente separadas de la misma, constituyéndose en primera parte de la liturgia sacrificial. En consecuencia, se asemejaban cada vez más a la oración suprema eucarística.
Esta fase evolutiva se ha conservado en el rito hispánico o mozárabe. En el romano, explica cómo el papa Inocencio pudo trasladar la lectura de los nombres y otras oraciones intercesoras al canon mismo, y cómo ya antes llegaron a suprimir entre ambas oraciones el ósculo de la paz, que era ceremonia final de la liturgia de la palabra, para trasladarla hacia después del canon. En cambio en el rito hispánico, los dípticos o intercesión por los fieles y el ósculo de la paz se mantuvieron en su lugar original, es decir, entre la liturgia de la palabra y la sacrificial. La consulta que ahora Benedicto XVI ha realizado al episcopado para recolocar el rito de la paz en su lugar original no debe pues extrañarnos y más allá de su motivación práctica (evitar el alboroto y la pérdida de la compostura antes de la comunión) enlaza con las más antiguas tradiciones litúrgicas.
La solemne despedida de los catecúmenos se llamaba “missa cathecumenorum” (despedida o dimisión de los catecúmenos). Solamente en el siglo XI, cuando ya no había catecúmenos, empezaron a usar esta expresión como sinónimo, primero de la liturgia de la palabra y después de toda la celebración. El anacronismo se debe seguramente a una falsa interpretación del término, que en su sentido primitivo era “despedida”. Insistiré en ello al tratar del “Ite missa est”.
En el Oriente cristiano este rito se ha mantenido todavía: “Que salgan, que salgan los catecúmenos” cantan los diáconos greco-bizantinos. Son reliquias de otros tiempos, sin actualidad aplicable, por lo menos por ahora. En Roma, como en la liturgia hispano-mozárabe, se suprimió muy pronto, a tono con la escasa importancia que allí se había dado siempre a este rito de despedida. Algo de ello se ha mantenido vivo en la liturgia del miércoles de la cuarta semana de cuaresma en las referencias que se hacen al “aurium apertio” (apertura de los oídos). Puramente residual.
La oración común de los fieles
El modelo de esta “oración común” habría que buscarlo para la liturgia romana en las oraciones solemnes del Viernes Santo, mientras que en los ritos orientales y en la liturgia hispanomozárabe se centró, y aún se centra, en la letanía diaconal de los kyries.
En Oriente se hablaba comúnmente de la oración “después de levantarse de la homilía” como nos recuerda el Eucologio de Serapión.
Para Roma registra en el siglo III San Hipólito en su “Tradición Apostólica”, la existencia de una oración general, terminada la instrucción. “Oratio communis” es un concepto corriente en San Cipriano y en San Agustín. Este mismo santo acaba a menudo sus sermones con las palabras: Conversi ad Dominum… o sea, que después del sermón, dirigían sus miradas hacia Oriente, que era la postura general de la oración.
En las llamadas oraciones solemnes se alternaban el celebrante con toda la comunidad, algo más tarde, en Oriente, la rezaban el diácono y los fieles, mientras que en Roma la intervención del pueblo era escasa y sólo mediante sus plegarias en voz baja, para las que se hacía una pausa después de indicar las intenciones generales y antes de la oración final del celebrante. El texto de las actuales oraciones solemnes del Viernes Santo se remonta con toda probabilidad al siglo III. Sobre estas intenciones más tarde se enumeran otras: paz en el mundo, buena cosecha, protección de la patria, salud de los enfermos, pobres, viajeros, bienhechores, el templo, el eterno descanso de los difuntos, perdón de los pecados, una vida tranquila y un fin cristiano. En Egipto no faltaba nunca una oración para que el Nilo subiera a tiempo y viniesen las lluvias.
Llegó un tiempo en que este conjunto de oraciones desapareció de la liturgia romana, manteniéndose en la liturgia galicana hasta que esta se suprimió. Todavía en el siglo VII la liturgia galicana hacía mención de ellas.
Se conservaron sin embargo en el Misal Gótico de San Isidoro. El gran Isidoro, conforme a todos los formularios del llamado “Missale mixtum” divide estas oraciones en cuatro grupos:
a.- Oratio admonitio erga populum. Esta es una invitación a la oración seguida por el Trisagion del coro y otra invitación a orar por la Iglesia.
b.- Oratio invocationis ad Deum. Representa la oración final del sacerdote que concluye estas intercesiones:
c.- Oratio pro offerentibus sive pro defunctis fidelibus. Otra serie de peticiones intercesoras por los que ofrecen este sacrificio, en un sentido más amplio, en que se reza por el “Papa romano” y todo el clero. Aquí también se conmemoran a los santos (Apóstoles y demás santos) Todo este conjunto se cierra con la oración sacerdotal llamada “post nomina” (después de los nombres).
d.- Oratio pro osculo pacis. Se dice al beso de la paz, ceremonia con que termina este acto de oración común de los fieles.
¿Por qué desapareció durante muchos siglos la oración común de los fieles?
Hasta la Instrucción “Inter Oecumenici” de la Sag. Cong. De Ritos del 26 de septiembre de 1964 y su posterior inserción, ya en la nueva Ordenación General del MisaL Romano de 1969, esta oración común de los fieles había prácticamente desaparecido durante siglos de la liturgia ordinaria, salvo restos residuales presentes en las “prieres du prône” en Francia y en los llamados “kyrioleis” que se rezaban después de la homilía en Austria y Alemania.
No nos debe extrañar en modo alguno su desaparición. Influyeron ella factores decisivos:
a.- la profundización del sacrificio eucarístico que trajo consigo un mayor desarrollo del rito sacrificial
b.- la introducción de los kyries en las ceremonias introductorias
c.- la necesidad de no prolongar demasiado la función religiosa.
Así pues, en una primera fase, la misa sacrificial se limitaba casi exclusivamente a la plegaria eucarística y durante ella se pronunciaban las palabras de la consagración, es decir, que duraba prácticamente unos minutos. Más tarde y con el correr del tiempo se ahonda en el carácter sacrificial con participación de los fieles por medio de las ofrendas, sintiendo la necesidad de crear una ceremonia que exprese esta intervención. Esto sólo no explicaría el hecho de que el ofertorio tomara el lugar de las preces sin precisar, como dato explicativo, que cada ofrenda tenía carácter impetratorio, es decir, en cada don material (pan, vino, agua, luz,…) se encomendaban determinadas intenciones. Las ofrendas venían a ser, por tanto, algo así como oraciones concretadas en un don físico.
Además, íntimamente relacionado con la costumbre de ofrecer por alguna intención, está el hecho de incluir en el canon romano las oraciones intercesoras antes metidas en la oración general de los fieles. Mientras las liturgias galicanas e hispánica continuaron la costumbre de leer los nombres de los que habían contribuido con sus dones a la celebración, al papa Inocencio I (léase su Epístola 25 en Patrología Latina 20, 553 ss.) le pareció preferible leer los nombres durante la misma acción del sacrificio o lo que es lo mismo, durante el canon: son los mementos de vivos y de difuntos. Con ello la oración común de los fieles en su sitio originario se desmoronó por completo.
Cuando en un posterior avance se introdujeron los kyries, ya no era posible hacerla encajar en la oración común de los fieles, no solamente porque esta estaba en pleno proceso de disolución, sino también porque separada de la liturgia de la palabra o antemisa por la despedida de los catecúmenos, había perdido su carácter de oración popular pareciéndose mucho al canon, con que estaba íntimamente unida.
Hemos de considerar también que el tiempo que dura la función religiosa juega un papel importante en el culto. No se pueden rebasar ciertos límites so pena de que muchos fieles dejen de asistir a los cultos, sencillamente porque no pueden. De ahí el hecho, por ejemplo, de que en la reforma del Triduo Pascual llevada a cabo por Pío XII y que entró en vigor en la Semana Santa de 1956, la Iglesia, aleccionada por la experiencia de muchos siglos, redujo las lecturas de la Vigilia Pascual de doce a cuatro, que siguen siendo las estrictamente obligatorias en el Novus Ordo de Pablo VI. Así pues, de esta manera, el aumento progresivo de las oraciones del canon más la adición de los kyries al inicio de la celebración, sin indicar intención alguna, hacía imposible la oración general de los fieles.
En la nueva Ordenación General del Misal Romano (art. 45-46-47) se restaura esta oración en las misas con asistencia de fieles, con un orden determinado, correspondiendo al sacerdote dirigir estas preces invitando a la oración y concluyéndola con una plegaria. También expresa la conveniencia de que sea un diácono o un cantor quien lea las intenciones, expresando la asamblea sus suplicas con una invocación común o una oración en silencio. Esa práctica habitual en muchas celebraciones, especialmente en los días más solemnes, de una fila de gente con su papelito que pasa a leer “su plegaria” se antoja deleznable y desdibuja la intención inicial.
Mn. Francesc M. Espinar ComasPárroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet







En Navarra, en una iglesia, había una entrada y salida sólo para los para los agotes, diferente de la entrada principal, en el Valle de Baztán, un grupo endogámico que tenia unos rasgos distintivos, que tenían una serie de prohibiciones por creencia de "malditismo".
ResponderEliminarPío Baroja en su obra Las horas solitarias (1918), donde detalla minuciosamente los rasgos de los agotes basándose en observaciones directas en Bozate:
El rostro y la piel: tez blanca y notablemente pálida. Tenían caras anchas con pómulos salientes y marcados.
El pelo: predominaba el pelo castaño o marcadamente rubio, de textura lisa.
Los ojos: destacaban por sus grandes ojos azules o verdes claros, que a veces presentaban una forma ligeramente oblicua.
El esqueleto: estructura física fuerte, de cuerpo grande y ancho.
Debido al severo aislamiento y la endogamia forzada a la que se vieron sometidos durante siglos por sus vecinos (ya que nadie se casaba con un agote), estos rasgos nórdicos se mantuvieron concentrados en el barrio de Bozate y en otros lugares hasta que entraron en recesión.
Deberían celebrarse unas misas dedicadas a los que quieran ser santos, llamadas misas de santos, porque las misas se han devaluado con la tradición, vemos que en las misas multitudinarias asisten chicas jóvenes mostrando sus dos palmitos musleros y esto no constituye santidad ninguna, da hastío asistir a una misa de estas y luego con el cura y su homilía de no enfadar a nadie.
ResponderEliminarCorrecto Sr Garrell. Yo no diría misas para santos pero ciertamente lo de los cardenales Tucho y Roche con su persecucion implacable a la misa traditional es de traca!!! . La demolición de la.Iglesia no la hacen sólo las mozas "jamonas", ni las homilías buenrollistas, mas parece apoyado y promovido por la Curia Romana
EliminarHemos de considerar también que el tiempo que dura la función religiosa juega un papel importante en el culto. No se pueden rebasar ciertos límites so pena de que muchos fieles dejen de asistir a los cultos, sencillamente porque no pueden. De ahí el hecho, por ejemplo, de que en la reforma del Triduo Pascual llevada a cabo por Pío XII y que entró en vigor en la Semana Santa de 1956, la Iglesia, aleccionada por la experiencia de muchos siglos, redujo las lecturas de la Vigilia Pascual de doce a cuatro, que siguen siendo las estrictamente obligatorias en el Novus Ordo de Pablo VI.
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Esa fue la segunda ruptura del desarrollo orgánico de la Sagrada Misa, siendo la primera el Salterio, pues se utilizaron criterios pragmáticos-utilitarios de tipo técnico, basados en una suposición de peritos. Anteanunció la otra ruptura de las modificaciones del misal del Vetus Ordo de 1962 con Juan XXIII, el extraño misal medio Vetus medio Novus Ordo de 1965 hasta la ruptura total con la tradición orgánica del Novus Ordo de 1969, el paulino-bugniniano, cuyo fracaso intentó remediarlo Benedicto XVI con su expresión "Reforma de la reforma", empezando por no tocar nada del Novus Ordo sino hacerlo con unción y espiritualidad, evitando todos los graves escándalos que se dieron y se han dado (Cobo enseñando la Sagrada Forma en la consagración, cura y monjas haciendo una inválida e ilícita consagración feminista, cura negando en homilía los dogmas marianos, danzas anticatólicas de danzarines hombres y mujeres en miriñaques de colores en Santander).
1. El Salterio de 1911: La verdadera «ruptura estructural»: la reingeniería litúrgica pragmático-utilitaria de peritos-expertos contra el desarrollo tradicional orgánico: el utilitarismo weberiano
Según leo, antes de 1911, el Oficio Divino conservaba la estructura tradicional donde los 150 salmos se repartían a lo largo de la semana siguiendo un orden predominantemente secuencial (los salmos 1 al 108 repartidos principalmente en Maitines, los salmos 109 al 147 en Vísperas, etc.).
La reforma de San Pío X modificó profundamente este esquema de la tradición gregoriana-tridentina basado en un hecho de sobredimensión salterio-misas:
a) La fragmentación semanal del Salmo 118 (119): tradicionalmente, el Salmo 118 (el más largo del salterio, con 176 versículos) se recitaba íntegro todos los días, repartido de forma invariable entre las Horas Menores (Prima, Tercia, Sexta y Nona).
En 1911 se eliminó esta repetición diaria: sus 22 octavas se distribuyeron a lo largo de la semana entre las horas de Tercia, Sexta y Nona (liberando a Prima), de modo que el salmo pasó a completarse una sola vez por semana en lugar de siete.
b) La supresión de los salmos Laudate (148, 149 y 150): Históricamente, la Hora de Laudes terminaba siempre con el rezo conjunto e invariable de estos tres salmos de alabanza, de los cuales la Hora toma literalmente su nombre.
En 1911, esta tríada fue desmantelada y los tres salmos se separaron para repartirse individualmente en distintos días de la semana, dejando a Laudes sin su sello distintivo tradicional.
c) Reordenación por criterios de brevedad y equilibrio: la motivación de San Pío X era pastoral y piadosa: evitar que los sacerdotes sobrecargados prefirieran celebrar siempre fiestas de santos (que utilizaban salmos comunes y más cortos) para esquivar el Oficio Dominical o Ferial, el cual exigía rezar salmos inmensamente largos.
Para acortar y nivelar la duración del rezo, la comisión rompió la secuencia continua del salterio y diseñó un sistema sintético donde todas las Horas del día tuvieran una extensión homogénea.
Cuando el sacerdote abre cada mañana su breviario, no está simplemente leyendo un libro de oraciones: está haciendo suya, en nombre de toda la Iglesia, la voz con que el pueblo de Dios ha alabado a su Creador desde el destierro de Babilonia.
ResponderEliminarEse acto se llama el Oficio Divino, y su columna vertebral son los ciento cincuenta salmos de la Biblia, repartidos para ser rezados, en principio, una vez por semana, sin excepción, siglo tras siglo.
Entender por qué esa columna vertebral se quebró en 1911 —y cómo se intentó repararla— exige mirar cuatro heridas distintas que sufrió el rezo del clero, y en cada una de ellas encontramos el mismo patrón: un problema real, un remedio que la tradición ya tenía a mano, y una solución distinta, más técnica que espiritual, que finalmente se impuso, por reingeniería litúrgica por funcionarios burócratas weberianos fundados en la búsqueda de lo pragmático-funcional-utilitario.
A. El santoral que se comió la semana
1. El problema. En la Iglesia, lo que estructura el año no son los santos, sino el itinerario de Cristo: el Adviento que espera, la Navidad que anuncia, la Cuaresma que purifica, la Pascua que resucita, los domingos ordinarios que despliegan el misterio a lo largo del año.
A eso se le llama el Temporal.
La memoria de los santos —el Santoral— nació como algo secundario, un homenaje puntual a quienes ya viven la gloria que el Temporal todavía anuncia.
Pero con los siglos el calendario se fue llenando de fiestas de santos hasta el punto de que casi no quedaba un solo día "libre" para la semana común.
Y aquí estaba la trampa: en cuanto había fiesta de un santo, las rúbricas —las instrucciones en tinta roja de los libros litúrgicos— mandaban dejar de lado los salmos largos que correspondían a ese día de la semana y rezar en su lugar un grupo fijo y breve de salmos llamado el Común de Santos.
Las fiestas se clasificaban por rango —Dobles, las más solemnes; Semidobles, de rango medio; Simples, las más sencillas—, y "doble" significaba, técnicamente, que la antífona que enmarca el salmo se cantaba entera antes y después de él, en vez de solo apuntada al principio.
Pero, paradoja curiosa, cuanto más solemne era la fiesta en ceremonial, más corto solía resultar el rezo, porque los salmos del Común eran breves.
El resultado es previsible: un clero agotado por el ministerio pastoral acababa prefiriendo, sin necesariamente quererlo con mala voluntad, que hubiera fiesta de santo, porque así el rezo se acortaba. Y así, año tras año, los 150 salmos dejaban de completarse en la semana.
2. Lo que la tradición ya ofrecía como remedio
ResponderEliminarLa respuesta orgánica —es decir, la que respeta el desarrollo vivo de la Iglesia a lo largo de los siglos— se basaba en un principio fundamental:
a) El Temporal manda: El ciclo de la vida de Cristo (Navidad, Cuaresma, Pascua y los domingos comunes) es el corazón espiritual del año.
b) Y el Santoral sirve: Las fiestas de los santos son un acompañamiento que debe sumar, nunca estorbar: Cristo es el primero en todo
La solución tradicional era sencilla en su lógica, aunque exigía valentía pastoral en su ejecución: podar el calendario.
O, si se prefería una transición más suave, ofrecer una doble vía: mantener el Breviario tradicional para quienes quisieran rezarlo completo y ofrecer una versión podada (abreviada) como opción de libertad para los sacerdotes con más carga de trabajo.
Podar significaba algo muy concreto: bajar de categoría a la mayoría de las fiestas de santos menores, convirtiéndolas en simples conmemoraciones.
Para entender esto hay que repetir cómo funcionaban las normas litúrgicas antes de 1911. Las fiestas se dividían en rangos. Las más importantes eran las Dobles y Semidobles: en ellas se cambiaban los salmos del día por salmos especiales del santo que eran muy breves. Si un santo tenía rango Doble, borraba por completo el rezo del día normal de la semana. Las fiestas Simples, en cambio, no borraban el día: el sacerdote rezaba el salterio normal de la semana y, al terminar, añadía una conmemoración, que no era más que una breve oración de tres líneas —una colecta— pidiendo la intercesión del santo.
No se trataba de negar el culto a los santos ni de restarles devoción, sino de devolverles su lugar propio: el de intercesores que se suman al año litúrgico, no el de sustitutos que lo desplazan y eclipsan la Biblia.
Con esa sencilla poda de categorías, el clero habría vuelto, de forma natural y sin artificios ni inventos de laboratorio, a rezar el Salterio completo de 150 salmos cada semana.
Porque el problema real nunca estuvo en que los salmos bíblicos fueran "malos" o "largos", sino en la superpoblación del calendario, que usaba las fiestas de los santos como pretexto para acortar el rezo.
3. Lo que realmente se hizo mediante la reingeniería
San Pío X escogió el camino contrario: en vez de reducir el número de fiestas de santos y restaurar la primacía de la semana, prefirió rediseñar por completo la distribución de los salmos de los días comunes para que fueran tan breves como los del Común de Santos.
(El Común de Santos era el repertorio fijo de salmos breves que se utilizaba para las fiestas de los mártires, obispos o vírgenes. Como eran salmos muy cortos, los sacerdotes preferían que el calendario estuviera lleno de santos para terminar antes el rezo diario).
Es decir, la reforma de 1911 no tocó la causa real del problema —la saturación y el colapso del calendario por la acumulación de fiestas—, sino que adaptó el efecto —la extensión del salterio bíblico— a esa misma saturación.
Se rompieron salmos venerables, se fragmentó el Salmo 118 y se desmantelaron los salmos Laudate del amanecer para que el día normal de la semana durase pocos minutos, imitando la brevedad de los santos.
El síntoma (el cansancio del cura al rezar en los días comunes) quedó camuflado con un rezo más corto y simétrico.
Pero la enfermedad de fondo —la inflación del Santoral sobre el Temporal— permaneció intacta.
De hecho, como el calendario siguió abierto a nuevas fiestas en las décadas siguientes, la sobrecarga de santos continuó creciendo.
Se vio que cuando se hace reingeniería en lugar de una reforma orgánica, el problema de fondo solo se pospone y agrava más.
B. Maitines: el peso sagrado de la noche
ResponderEliminar1. El problema: la noche se hacía demasiado cuesta arriba
Desde los primeros siglos, los monjes rezaban de noche los salmos en orden correlativo (del salmo 1 al 108), sin saltarse ninguno.
Es la llamada lex continua (la regla de leer la Biblia "de corrido"). Esa oración de madrugada se llamaba Maitines.
En el Breviario tradicional, la noche tenía un peso de plomo:
En los días normales: se rezaban 12 salmos seguidos.
En los domingos y fiestas: se rezaban de 9 a 12 salmos (repartidos en tres bloques llamados Nocturnos), más las lecturas bíblicas.
Esta cifra de 12 salmos no era un capricho: el historiador san Juan Casiano (siglo V) contaba que un ángel reveló a los monjes de Egipto que doce salmos era la medida perfecta para la vigilia nocturna. En el siglo VI, san Benito fijó esa misma cifra en su célebre Regla.
El conflicto del siglo XX: Un sacerdote del siglo XX ya no vivía en la calma de un monasterio, sino desbordado por el trabajo parroquial.
Rezar 12 salmos de golpe a oscuras —y empalmar inmediatamente con Laudes (la oración del amanecer)— se había convertido en un esfuerzo agotador.
2. La solución orgánica (lo que la tradición habría hecho)
Si el problema era que la noche se hacía muy larga, la solución respetuosa con la historia habría sido muy sencilla: reducir el número de salmos nocturnos (por ejemplo, pasar de 12 a 6 salmos por la noche), pero manteniendo el orden de la Biblia.
Se acortaba el tiempo de sueño sacrificado, sí, pero la noche seguía conservando su sentido sagrado: el momento en que el cristiano vela en la oscuridad leyendo la Biblia de corrido, como dice la Tradición: los siervos del Evangelio que esperan despiertos la llegada del Señor.
3. La reingeniería de 1911 (lo que realmente se hizo)
San Pío X y su comisión aplicaron una solución puramente utilitaria y de "diseño de oficina" weberiana, pragmática, utilitaria y funcional, de funcionario prusiano:
Recortaron la noche: Dejaron todos los Maitines fijados en 9 salmos.
¿Qué hicieron con los 3 salmos sobrantes? En lugar de podar el rezo general con lógica, desarraigaron esos 3 salmos de la noche y los colocaron con calzador en las oraciones del día —las llamadas Horas Menores:
Prima (amanecer)
Tercia (9:00)
Sexta (12:00)
Nona (15:00)
Las oraciones breves del día, ideadas históricamente como pausas rápidas de meditación durante la jornada laboral, pasaron a ser un "almacén de depósito" para guardar el material que ya no cabía de noche.
Fue la gran idea de una burocracia litúrgica obsesionada con la eficiencia matemática de un burócrata: un parche pragmático que salvaba el expediente de leer los salmos en la semana, pero destruyendo la lógica espiritual, la simbología del tiempo y la tradición venerable de la Iglesia.
El Salterio tiene 150 salmos en total. Decir "del 1 al 108" en Maitines se debe a que tradicionalmente el bloque del 1 al 108 se reservaba para la noche/madrugada (Maitines), mientras que los salmos del 109 al 147 se rezaban en la tarde (Vísperas) y los del 148 al 150 en la mañana (Laudes).
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C. Las columnas que no se movían: desarmar lo inamovible
1. El problema: los salmos "fijos" que sostenían la arquitectura del día
No todos los salmos del Breviario cambiaban según el día de la semana. Había un grupo muy especial de salmos que eran fijos: se rezaban todos los días del año, de lunes a domingo, a la misma hora.
No estaban ahí por turno numérico, sino porque eran la columna vertebral del rezo diario.
Destacaban dos pilares fundamentales:
a) Los salmos Laudate (los salmos 148, 149 y 150):
Son los tres últimos salmos de la Biblia, una explosión de alegría llena de la palabra "alabad". Se rezaban siempre juntos cada mañana al salir el sol. Su importancia era tal que la oración del amanecer tomó de ellos su propio nombre: Laudes (que en latín significa literalmente "alabanzas").
b) El Salmo 118 (119):
Es el gigante de la Biblia: tiene 176 versículos divididos en 22 estrofas. En el esquema antiguo, este salmo no variaba nunca: se rezaba completo todos los días, repartido entre las cuatro pausas de trabajo de la jornada (Prima, Tercia, Sexta y Nona).
Era como una melodía de fondo continua, un "rosario" de meditación sobre la Ley de Dios que acompañaba al sacerdote de la mañana a la tarde.
2. La solución orgánica (lo que la tradición habría hecho)
Si la intención de la reforma era aligerar el tiempo de oración del sacerdote, la solución que respetaba la historia era muy clara:
- recortar en las partes que cambiaban (lo variable) y proteger las columnas que no se movían (lo fijo).
Se podía acortar la duración de la noche, pero dejando los salmos Laudate intactos cada mañana, porque eran los que le daban sentido y nombre a la hora de Laudes.
Se podía seleccionar una porción más breve del Salmo 118 para cada día, pero manteniendo su presencia diaria como hilo musical del trabajo sacerdotal.
Tocar lo que cambia y respetar lo sagrado inamovible; o bien dejar la Tradición para quien la quisiera cumplir: ese había sido el criterio no escrito de la Iglesia desde san Benito en el siglo VI. Pero no dejaron ni libertad de escoger, todo lo trituraron unos intelectuales ingenieros liturgistas.
3. La reingeniería de 1911 (lo que realmente se hizo)
La comisión de 1911 no tuvo contemplaciones y desmontó también las columnas históricas:
a) Desmantelaron los Laudate
Separaron el bloque de los tres salmos de alabanza y los repartieron a lo largo de la semana (el salmo 148 el lunes, el 149 el martes, el 150 el miércoles...).
El resultado del funcionario liturgista weberiano es absurdo: la oración del amanecer (Laudes) se quedó la mayoría de los días de la semana sin los salmos de alabanza que le daban su propio nombre.
b) Trituraron el Salmo 118
Le quitaron su presencia diaria continua. Lo trocearon en fragmentos y los repartieron entre los distintos días de la semana.
Lo que durante más de mil trescientos años había sido una meditación diaria e ininterrumpida, se convirtió en una lectura a pedazos que solo aparecía de vez en cuando.
En lugar de restaurar el edificio antiguo quitándole la carga, la reingeniería de 1911 tiró abajo los muros de carga para que el cronómetro diera exactamente los mismos minutos todos los días: nuestro funcionario vaticano prusiano weberiano estaba satisfecho: el cronómetro era el dios Saturno, Cronos, que todo lo regulaba, no la Tradición.
El Salmo 118 se cantaba en la Pascua judía, salmo conclusivo del Hallel pascual y según la tradición cristiana, Jesús y los apóstoles cantaron antes de salir al Monte de los Olivos (Mt 26,30)
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D. El reloj del sol frente al reloj de fábrica: mi dios es Saturno
1. El problema
La liturgia se medía por la luz, no por un cronómetro. La oración tradicional de la Iglesia no se diseñó con un reloj de pulsera ni con criterios de producción industrial. Se medía con el sol y con la teología.
Cada momento del día tenía una atmósfera o "sabor" espiritual propio:
a) Laudes (el amanecer): Sus salmos hablaban de la luz que vence a las tinieblas, del despertar de la creación, de la Resurrección de Cristo y de la purificación del alma al empezar la jornada.
b) Vísperas (el atardecer): Usaba tradicionalmente la serie final del Salterio (del salmo 109 al 147). Sus textos olían a la luz que se apaga, al "sacrificio vespertino", al agradecimiento por el trabajo cumplido y al reposo confiado en Dios ante la llegada de la noche.
El Oficio Divino no era un reparto mecánico de texto para ir tachando páginas. Era una liturgia cósmica: el texto del salmo encajaba como un guante con la luz del cielo y el estado de ánimo del ser humano en ese momento preciso del día.
2. La solución orgánica (en tradición)
Si el objetivo de la reforma era equilibrar la carga de trabajo de los sacerdotes para que las horas no resultaran desproporcionadas, la vía lógica dentro de la tradición era dar libertad: o seguir lo tradicional, o bien ajustarlas respetando la identidad propia de cada hora:
Se podía acortar la duración de Vísperas, pero sin quitarle sus salmos de atardecer.
Se podía aligerar Laudes, pero sin arrebatarle su tono de amanecer.
Ajustar el volumen de texto, sí, pero sin mezclar las canciones de la mañana con las de la noche.
3. La reingeniería de 1911
La comisión reformadora aplicó un criterio puramente matemático, simétrico y casi industrial, weberiano-prusiano: el objetivo principal pasó a ser que todas las oraciones del día durasen prácticamente los mismos minutos.
Para conseguir esa uniformidad de "fábrica":
a) Mezclaron textos sin importar su significado: Salmos con lenguaje marcadamente nocturno pasaron a rezarse por la mañana, y salmos luminosos pasaron a la tarde, simplemente porque encajaban en la suma de versículos que la comisión necesitaba para rellenar el hueco.
b) Sustituyeron la simbología por la eficiencia: La prioridad absoluta fue la brevedad y la comodidad cronometrada por encima de la teología, la historia y el ritmo natural del sol.
c) El Oficio Divino, que durante casi 13 siglos había sido un camino espiritual vivo adaptado a la luz del día, se convirtió en 1911 en un paquete de bloques de texto estándar de idéntica duración.
- Conclusión: La diferencia entre podar un árbol y fabricarlo de plástico
Al analizar los cuatro puntos (El Santoral, Los Maitines, Las Columnas y El Reloj del Sol), la decisión de fondo en 1911 fue siempre la misma: nunca se atacó la raíz real del problema.
La raíz real era la sobrecarga del calendario: la acumulación masiva de fiestas de santos y el ritmo de vida de un clero cada vez más volcado en la acción parroquial y menos en la vida contemplativa.
La falsa solución: en lugar de dar libertad, seguir la Tradición, o bien ordenar el calendario y quitar las fiestas secundarias que asfixiaban la semana (el camino orgánico), la comisión de San Pío X prefirió recortar, desmontar y reordenar el texto bíblico de los salmos para adaptarlo a esa saturación SIN eliminar a ningún santo.
Es la diferencia definitiva en la historia de la liturgia:
- Reforma orgánica: podar ramas por razón de carga de trabajo respetando su tronco y su savia interior para que vuelva a dar fruto. Y dejar libre el uso del Tradicional
- Reingeniería de escritorio: tala el árbol antiguo y construye un árbol sintético diseñado en una oficina para que ocupe exactamente el espacio que nos conviene en la agenda: a martillazos todo ha de cuadrar, aunque salga un pan como una torta.
Introducción: la Pascua en 1955
ResponderEliminarPara entender lo que ocurrió en la Iglesia católica a mediados del siglo veinte conviene fijar la mirada en un episodio menos conocido que el Concilio Vaticano II, pero que en muchos sentidos fue su ensayo general: la reforma de la Semana Santa de 1955, bajo Pío XII, obra de una comisión litúrgica cuyo secretario técnico era un joven sacerdote, nuestro amado amigo llamado Annibale Bugnini, el mismo que años después dirigiría la elaboración de la misa nacida del Concilio, el Novus Ordo.
El Papa, aquejado entonces de una grave enfermedad estomacal que lo mantenía en larga convalecencia, seguía los trabajos a través de únicamente dos intermediarios de confianza: monseñor Giovanni Battista Montini, futuro Pablo VI, y el padre Agostino Bea, su confesor.
El resultado, publicado el 16 de noviembre de 1955 mediante el decreto Maxima Redemptionis nostrae mysteria, tocó por primera vez en siglos algo que ni san Pío X se había atrevido a tocar: no ya el rezo cotidiano de los salmos, sino la liturgia central del año entero, la Noche en que la Iglesia canta que Cristo ha resucitado.
El resultado fue una cascada de rupturas de la Tradición Litúrgica: primero en 1955 con Pío XII con Bugnini, y una vez éste obtuvo el entrenamiento necesario, y pasado el Concilio Vaticano II, vino la aprobación bajo un ya contestado Pablo VI por el progresismo por culpa de Humanae vitae (condena el aborto y la anticoncepción) en forma de Novus Ordo en 1969, cima de la ruptura de la Tradición Orgánica litúrgica que empezó en 1911 con San Pío X, luego con Pío XII con la reforma bugniniana de Semana Santa de 1955, para acabar con la reforma bugniniana del Novus Ordo de 1969 bajo criterios de innovación, abreviación y opcionalidad que nunca fueron tradicionales, y que hasta hoy han sido y serán polémicos, pues llevaron a Benedicto XVI a su idea de la "Reforma de la reforma": Que el Novus Ordo se celebrara bien, para luego reformalo en línea con el Vetus Ordo. De estas lluvias de ingenieros litúrgicos, estos lodos y barros de hoy en día con Traditionis custodes de Francisco-León XIV.
A. Las Doce Profecías: la memoria entera de la salvación
ResponderEliminar1. Qué había.
Antes de 1955, la Vigilia Pascual abría con la lectura de doce pasajes del Antiguo Testamento, uno tras otro, sin prisa. No era una selección arbitraria: era un recorrido pedagógico completo, pensado originalmente para catecúmenos que esa misma noche iban a ser bautizados.
Se empezaba por la Creación del mundo —para que el neófito entendiera que el agua bautismal repite, en pequeño, el gesto de Dios separando la luz de las tinieblas—; se pasaba por el sacrificio de Isaac, figura del Hijo entregado por el Padre; por el paso del mar Rojo, figura clásica del Bautismo como liberación de la esclavitud del pecado; por la visión de Ezequiel y los huesos secos, que anunciaba la resurrección de las almas muertas por la gracia del Espíritu; y se llegaba hasta los oráculos de los profetas que anuncian una alianza nueva y un agua que purifica.
Doce lecturas: el número no es casual en una liturgia que piensa siempre en clave bíblica, y evoca las doce tribus de Israel y los doce apóstoles, la totalidad del pueblo de Dios convocado ante el misterio central de su historia. El catecúmeno que escuchaba esas doce lecturas no aprendía datos sueltos: entendía que su bautismo, esa misma noche, era la culminación de todo lo que Dios había estado haciendo desde el principio del mundo.
2. Qué habría hecho la reforma orgánica
El problema pastoral era real: doce lecturas largas, en latín, cantadas en tono solemne, resultaban difíciles de sostener para parroquias pequeñas con escaso clero y fieles cansados. La respuesta orgánica habría sido ofrecer un mínimo facultativo —seis lecturas, por ejemplo— para las comunidades con pocos medios, conservando siempre las doce completas como norma en catedrales, monasterios y parroquias con capacidad, del mismo modo que hoy un misal solemne conserva ritos que uno de misión abrevia sin abolirlos.
3. Qué se hizo
Se recortaron ocho de las doce profecías sin distinción de lugar ni de recursos: la reducción a cuatro lecturas se convirtió en norma universal, también para catedrales y monasterios. La gran catequesis bíblica que enlazaba la Creación con la Redención, pensada para explicar el sentido cósmico del Bautismo, quedó reducida a un resumen.
Se ganó tiempo, cosa que agradeció dios Saturno, pero se perdió buena parte de la integridad del argumento teológico que esa noche estaba destinada a exponer, pero para la burocracia de expertos liturgistas eso era un detalle menor: Cronos manda, tempus fugit.
B. El Lumen Christi y la caña trinitaria: la luz que crece
ResponderEliminar1. Qué había
La iglesia estaba completamente a oscuras. El diácono no encendía el cirio pascual desde el primer momento: llevaba una caña rematada en tres velas —la llamada arundo o caña trinitaria— y, avanzando hacia el altar, encendía una vela cada vez, cantando tres veces la aclamación Lumen Christi en un tono cada vez más agudo.
La lectura espiritual tradicional veía en esas tres luces crecientes una imagen de cómo Dios revela el misterio de la Santísima Trinidad: no de golpe, sino por etapas —los patriarcas, la Ley y los profetas, y finalmente la plenitud de Cristo—, cada etapa más luminosa que la anterior, hasta que la claridad total inunda el templo. El fuego nuevo se bendecía fuera, en el atrio, junto con los granos de incienso, pero el cirio mismo —símbolo de Cristo resucitado— aún no se tocaba: se encendería y consagraría dentro, en el corazón de la asamblea, durante el canto del Exsultet.
2. Qué habría hecho la reforma orgánica
Si el rito se consideraba largo, cabía simplificar la letanía que acompañaba la procesión sin desmontar la estructura simbólica: acortar el trayecto, reducir repeticiones secundarias, pero conservando la caña de tres luces y la lógica de una revelación progresiva que culmina, y no empieza, en la luz plena de Cristo. O bien dar la libertad de seguir el rito tradicional casi bimilenario.
3. Qué se hizo
Se suprimió la caña trinitaria. El cirio pascual pasó a bendecirse y encendirse él mismo en el atrio, desde el primer instante, sostenido por el diácono durante toda la ceremonia. Desapareció con ello la pedagogía de la luz creciente y gradual, y con ella una de las catequesis trinitarias más elegantes que tenía el rito romano: la enseñanza, hecha con cera y con fuego, de que Dios no se revela todo a la vez.
Lo que tiene lógica weberiana: la función simbólica carece de practicidad y utilidad práctica-material alguna, el rito debe de seguir lo más abreviado y sintético posible, el tiempo apremia que es oro.
C. El Exsultet: cuando la palabra y el gesto se desincronizan
ResponderEliminar1. Qué había
El Pregón Pascual, joya poética y teológica de los siglos quinto y sexto, no era solo un texto cantado: era un texto actuado en tiempo real.
Cuando el diácono cantaba sobre la abeja que fabrica la cera sin perder su virginidad —imagen patrística venerada para explicar la pureza del parto virginal de María—, en ese mismo instante clavaba en el cirio los cinco granos de incienso que representan las cinco llagas gloriosas de Cristo (manos, pies y costado).
Cuando cantaba que la llama recibe fuego del cielo, en ese mismo instante encendía el cirio con la caña trinitaria.
Palabra y materia avanzaban juntas: era una catequesis sensorial, casi sacramental en su lógica, donde lo que se decía y lo que se hacía eran una sola cosa ante los ojos del pueblo.
2. Qué habría hecho la reforma orgánica
Bastaba con no tocar el orden de las acciones: si se quería adelantar la bendición del fuego al atrio por razones prácticas, se podía seguir reservando la unción de los granos de incienso (las llagas) y el encendido definitivo del cirio para el momento exacto en que el texto los menciona dentro del templo. Y como siempre, dar libertad a usar el rito tradicional.
3. Qué se hizo
Como el cirio ya llegaba encendido y grabado desde el atrio, cuando el diácono cantaba dentro sobre la abeja, la cera y el fuego que desciende, estaba narrando en presente algo que ya había sucedido diez minutos antes, fuera, ante un público distinto.
El texto y el gesto quedaron desincronizados: la poesía siguió siendo bellísima, pero dejó de ser, en sentido estricto, un signo que se cumple mientras se canta.
Curiosamente, forma parte de la "lógica ilógica" del absurdo funcionario prusiano weberiano obsesionado por el cronómetro: rapidez y simplificación son la primacía de todo, el símbolo espiritual y teológico es irrelevante, la funcionalidad práctica es suprema, y la espiritualidad queda aplastado sin misericordia en favor del cronómetro, gentileza de Saturno.
D. La bendición del agua: el vientre nuevo del mundo
ResponderEliminar1. Qué había
La fuente bautismal se bendecía sumergiendo tres veces el cirio pascual en el agua, en clara referencia a la Santísima Trinidad y a los tres días de Cristo en el sepulcro.
La imagen teológica de fondo es de una audacia hermosa: evoca el Ruaj (el Espíritu de Dios) que al principio del Génesis se cernía sobre las aguas purificándolas, y el agua y la sangre que brotaron del costado abierto de Cristo en la Cruz.
El agua, elemento estéril y caótico, se convierte por el contacto físico con Cristo —representado en el cirio encendido— en una matriz viva, un vientre espiritual capaz de engendrar a los nuevos hijos de Dios.
La Iglesia, en esa ceremonia, se presentaba como una Madre cuyo vientre es literalmente fecundado por el Espíritu Santo.
2. Qué habría hecho la reforma orgánica
Este rito no tenía, en rigor, ningún problema pastoral grave que corregir: era breve, elocuente y no exigía cambio estructural alguno. La vía orgánica, aquí, era simplemente no tocarlo. Pero eso es exigir un imposible a un burócrata liturgista weberiano.
3. Qué se hizo
Sobrevivió en lo esencial, aunque quedó englobado en un conjunto de ceremonias reordenadas y abreviadas alrededor suyo, dentro de la misma lógica general de simplificación que afectó a todo el rito de la Vigilia.
E. El Oficio de Tinieblas: cómo apagar un rito sin decretarlo
ResponderEliminar1. Qué había
En los días previos a la Pascua, Maitines y Laudes se rezaban por la tarde o noche anterior —una anticipación que se remontaba, como práctica, al siglo noveno— para que el pueblo pudiera asistir.
En un candelabro triangular, el tenebrario, ardían catorce velas amarillas y una vela blanca central (total 15 velas) que se iban apagando una a una mientras se cantaban los salmos:
- las 14 representaban a los apóstoles (12) y a las mujeres que fueron abandonando a Cristo o perdiendo la fe durante la Pasión; la decimoquinta, la más alta, no se apagaba: se ocultaba tras el altar, símbolo de Cristo que muere pero cuya luz divina —a diferencia de la de los hombres— jamás se extingue del todo.
1. Los 12 Apóstoles (12 velas)
No sólo se incluye a Judas Iscariote por su traición manifiesta, sino al conjunto de los Doce, simbolizando el desmoronamiento de la Iglesia naciente ante la prueba:
Judas Iscariote: La traición y la desesperación.
San Pedro: Su triple negación en el patio del Sumo Sacerdote ("No conozco a ese hombre").
Santiago, Juan y los demás apóstoles: La huida generalizada en el Huerto de Getsemaní cuando prendieron a Jesús ("Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron", Mt 26, 56) y el encierro posterior por miedo a los judíos.
2. Las Marías / Las Santas Mujeres (2 velas)
Aunque las mujeres mostraron un valor y una fidelidad heroicos al pie de la Cruz —muy superior al de la mayoría de los apóstoles—, los comentaristas medievales del rito explicaban que las dos velas restantes representaban a las Santas Mujeres (como María Magdalena, María de Cleofás o Salomé).
El sentido de "perder la fe": En la teología litúrgica medieval no se las acusaba de traición, sino de haber caído temporalmente en el desaliento, el escándalo y el duelo desesperanzado. Cuando fueron al sepulcro al tercer día con aromas para embalsamar un cadáver, iban a llorar a un muerto, habiendo olvidado o dudado de la promesa formal de la Resurrección. Su fe "se apagó" momentáneamente bajo el peso del dolor hasta que vieron la tumba vacía.
3. Por qué la 15.ª vela no se apaga
La decimoquinta vela (la blanca, situada en el vértice superior del tenebrario) representa a Jesucristo, la Luz del Mundo.
El matiz sobre la Virgen María: En algunas explicaciones locales de la piedad popular, se decía que esa última vela imborrable también evocaba a la SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA. Según la tradición de la Iglesia, el Sábado Santo María fue la única criatura humana en toda la Tierra cuya fe jamás se apagó ni vaciló, conservando ella sola la llama viva de la Iglesia mientras el Cuerpo de su Hijo yacía en el sepulcro. Por eso, en la ceremonia, la vela no se apaga: solo se oculta temporalmente detrás del altar para reaparecer encendida al final (el strepitus), anunciando la Resurrección.
Al final, en medio de la oscuridad total, la asamblea golpeaba bancos y libros contra el suelo —el strepitus, "estrépito"— evocando el terremoto que sacudió la tierra y el rasgado del velo del Templo a la muerte del Señor; y entonces reaparecía la vela oculta, encendida, señal silenciosa de la Resurrección ya preludiada en plena Pasión. Cerraba el oficio, desde al menos el siglo doce, el canto del salmo Miserere, el mismo texto penitencial que en el siglo diecisiete inspiraría la célebre polifonía de Gregorio Allegri.
2. Qué habría hecho la reforma orgánica
El verdadero problema no era el rito en sí, sino su horario duplicado: al restaurar la Vigilia Pascual a la noche, ya no hacía falta anticipar tanto Maitines y Laudes para evitar solapamientos. La solución orgánica era ajustar los horarios de la anticipación a la nueva Vigilia nocturna, conservando la ceremonia pública del tenebrario, que durante mil años había sido, para el pueblo sencillo, una de las catequesis más intensas, visuales y silenciosas de todo el año litúrgico.
3. Qué se hizo
ResponderEliminarSe prohibió la anticipación:
- Maitines y Laudes debían rezarse en su hora canónica real, de madrugada, cuando en la práctica ningún fiel podía ya asistir.
El oficio no fue "abolido" en el sentido de borrarse de los libros; fue vaciado de su dimensión pública, que es la que le había dado sentido pastoral durante siglos
- además se suprimió expresamente el Miserere final por considerarse repetición tardía.
El resultado neto fue el mismo que el de una supresión: hoy, fuera de comunidades que siguen los libros anteriores a 1955, el Oficio de Tinieblas es, para el pueblo católico ordinario, un rito completamente desconocido.
Conclusión de todo ello
En los cinco casos se repite un patrón muy parecido al de la reforma del Breviario de 1911, pero llevado a una escala mayor: nunca se decretó de frente la abolición de un símbolo, sino que se tocaron los engranajes que lo sostenían —el horario, la sincronía entre texto y gesto, el número de lecturas— hasta que el símbolo, aunque técnicamente seguía existiendo en el libro, dejó de poder vivirse. Es la misma reingeniería silenciosa, aplicada esta vez al corazón mismo del año litúrgico.
...
F. El puente de 1955 a 1969: personas, método y una confesión papal
1. La continuidad de las personas
La reforma de 1955 no la hizo un comité anónimo que luego se disolvió. La firmaron, en la práctica, los mismos hombres que una década después redactarían el Novus Ordo: Annibale Bugnini, secretario técnico ya desde 1948 de la Comisión Piana para la Reforma Litúrgica General; el franciscano Ferdinando Antonelli (entonces relator de la Sección Histórica de la Congregación de Ritos) y el padre Carlo Braga.
En 1964, Pablo VI creó el Consilium para aplicar la constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio recién clausurado, y puso de nuevo a Bugnini al frente como secretario, con Braga y Antonelli en el núcleo de trabajo. No son coincidencias de nombres: es el mismo equipo, con el mismo estilo, aplicando en 1969 a la Misa entera lo que en 1955 habían ensayado en la Semana Santa. Bugnini mismo, ya en 1949, había publicado un artículo programático titulado "Por una reforma litúrgica general", en el que exponía de antemano el método que después se fue aplicando por etapas.
2. La confesión del propio Pablo VI
No hace falta acudir solo a fuentes críticas para establecer el vínculo: lo dijo el mismo Papa que promulgó el Novus Ordo. En la constitución apostólica Missale Romanum (3 de abril de 1969), con la que presentaba el nuevo misal, Pablo VI escribió explícitamente que la primera etapa de esa reforma general había sido obra de su predecesor Pío XII, con la reforma de la Vigilia Pascual y de la Semana Santa, "que constituía el primer paso en la adaptación del misal romano a la manera de pensar contemporánea".
Es decir, el propio pontífice que cerró el proceso identificó 1955 como el punto de partida explícito de la misma obra que culminaría en 1969, no como un episodio aislado o ajeno.
3. La continuidad del método: el problema pastoral como licencia para rediseñar el símbolo
Ya en el informe oficial de 1955 sobre el experimento de la Vigilia nocturna —la Positio redactada por el padre Antonelli para la Congregación de Ritos— se reconocía que la asistencia de fieles había empezado a descender y que el clero llegaba exhausto a una ceremonia exigente tras un día entero de confesiones. Varios obispos protestaron con fuerza, entre ellos el arzobispo John Charles McQuaid de Dublín y el cardenal Francis Spellman de Nueva York.
Esa misma secuencia —se detecta un problema pastoral real, se diagnostica que el símbolo tradicional es la causa y se rediseña el símbolo en lugar de aliviar la causa pastoral de fondo— es exactamente el mecanismo que después, a mayor escala, justificaría cada recorte del Novus Ordo: menos genuflexiones, menos repeticiones, horarios más cómodos y textos más breves en nombre de la "utilidad pastoral", el mismo criterio que en 1955 sirvió para talar la caña trinitaria y las doce profecías.
4. Los peldaños intermedios de Juan XXIII
ResponderEliminarEntre 1955 y el Concilio no hubo un vacío: Juan XXIII prosiguió conscientemente el mismo camino con la codificación de las rúbricas del Misal y del Breviario en 1960 (que eliminó fiestas antiguas y acortó lecturas), una reforma amplia del Pontifical Romano ese mismo año, y la reforma del Ordo del Bautismo de adultos en 1962, justo antes de abrir el Concilio Vaticano II. Cada paso, tomado aisladamente, parecía modesto; la serie completa dibuja una trayectoria continua e ininterrumpida desde 1911-1948 hasta 1969.
Lo que en 1955 fue un caso particular —anular la anticipación de Tinieblas para devolverla a su "hora verdadera", aunque significara vaciarla totalmente de fieles— se convirtió en la norma general de la reforma conciliar: preferencia por la "noble simplicidad", supresión de duplicaciones y prioridad de la practicidad sobre la forma heredada. Sacrosanctum Concilium no inventó ese criterio: lo recibió ya probado, ensayado y depurado en el laboratorio de 1955.
5. Una precisión final, para que el argumento quede bien fundado y no se lea como una simple sospecha: que hubo continuidad de personas y de método entre 1955 y 1969 es un hecho documentado por historiadores de la liturgia de todas las sensibilidades, no solo por autores tradicionalistas; lo que sí sigue siendo objeto de debate legítimo dentro de la Iglesia es si esa trayectoria fue un desarrollo pastoral necesario y bien dirigido, como sostienen quienes defienden la reforma conciliar, o una ruptura del principio de desarrollo orgánico de la liturgia, como sostiene la crítica tradicionalista que este artículo recoge. Los hechos —Bugnini, Braga, Antonelli, la cita de Pablo VI, la secuencia 1948-1955-1960-1962-1969— son sólidos en cualquier caso; la valoración final es la que corresponde a cada lector formarse.
Pero viendo cómo León XIV hace el sostenella e no enmendalla de la absurda Traditionis custodes de Francisco (que prohíbe-limita el Vetus Ordo de 1962 de Juan XXIII, con sus defectos incluso bugninianos), indica que la crisis en la Iglesia sigue en su plenitud, amplitud, extensión e intensidad (Fé, moral, liturgia y eclesiología), agravada por las ordenaciones sin mandato papal de la FSSPX y su publicacion de la Profesión de Fé católica de Menzingen de San Juan Bautista (24.6.26) de 154 puntos, donde se declaran heterodoxas a Amoris laetitia y Fiducia supplicans, que como dijo Seifert, destruyeron toda la doctrina moral objetiva católica en el VI-IX Mandamientos en familia y matrimonio, junto con los actos morales intrinsece malum, y haciendo entrar la moral de conciencia subjetiva y de la ética de situación protestante luterana radical (actos bonum imperfectum et incompletum).
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G. La mentira sobre la que se basa Traditionis custodes
Efectivamente, esa es una de las mayores controversias históricas e institucionales que rodean la promulgación del motu proprio Traditionis Custodes (16 de julio de 2021).El núcleo del debate sobre la veracidad o manipularidad de los argumentos oficiales se centra en la encuesta mundial enviada a los obispos en 2020 por la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) para evaluar la aplicación de Summorum Pontificum (el decreto de Benedicto XVI de 2007 que liberalizó la Misa Tradicional)
1. La versión oficial
ResponderEliminarEn la carta que acompañaba a Traditionis Custodes, Francisco justificó la drástica restricción del uso del Misal de 1962 afirmando que las respuestas de la consulta episcopal «revelan una situación que me preocupa y me entristece, y me persuade de la necesidad de intervenir»
Según la tesis oficial del Vaticano, el informe demostraba que las facilidades dadas por Benedicto XVI habían sido instrumentalizadas para fomentar la división, rechazar el Concilio Vaticano II y crear «una Iglesia dentro de la Iglesia»
Por esta razón, la Santa Sede rehusó hacer públicos los resultados numéricos o el texto del informe final de la encuesta. No hubo transparencia sinodal y se ocultó la verdad al Pueblo de Dios
2. Filtración del informe oficial de la CDF
La acusación de que Traditionis Custodes se construyó sobre un relato falso o distorsionado dejó de ser una mera especulación cuando la periodista vaticanista Diane Montagna publicó el texto del informe interno elaborado por la IV Sección de la Doctrina de la Fe (la antigua comisión Ecclesia Dei)
Las conclusiones de dicho documento vaticano contradicen directamente la narrativa de la carta de Francisco:
- Mayoría en contra de modificar Summorum Pontificum: La mayoría de los obispos de todo el mundo que respondieron al cuestionario indicaron explícitamente que modificar o derogar Summorum Pontificum «haría más daño que bien», reabriendo viejas heridas y creando divisiones donde ya había paz litúrgica
- Pacificación lograda: Gran parte del episcopado (incluso obispos no especialmente afines a la Misa Tradicional) reconoció que el marco de Benedicto XVI había logrado integrar a fieles tradicionales y que las tensiones eran menores o de carácter meramente práctico (horarios, uso de parroquias), no doctrinal
- Advertencia expresa de la CDF: El propio informe de la Doctrina de la Fe preveía que suprimir Summorum Pontificum alimentaría el resentimiento, empujaría a fieles hacia posiciones extraeclesiales (como la FSSPX, de visión profética, tal como pasó el 1 de julio del 2026) y destruiría la labor pastoral con comunidades compuestas mayoritariamente por jóvenes y familias (profético)
3. La conspiración previa: La Plenaria de Enero de 2020
Investigaciones posteriores revelaron que, antes de enviar la encuesta a los obispos (mayo de 2020), en enero de ese mismo año tuvo lugar una sesión plenaria en la Congregación para la Doctrina de la Fe impulsada por figuras de la Curia
En esa reunión ya se abordó la necesidad de desmantelar la línea de Benedicto XVI, llegando a calificar la atracción de los jóvenes por el rito antiguo como un fenómeno ligado a «problemas psicológicos o sociológicos»
Para los analistas e historiadores que señalan la irregularidad del proceso, la encuesta a los obispos no fue un estudio objetivo para tomar una decisión, sino un mero trámite cuya interpretación posterior simplemente se manipuló y sesgó injustamente, sólo para justificar una decisión que ya estaba tomada de antemano en los pasillos romanos: hay que acabar con el Vetus Ordo
4. En resumen
La afirmación de que Traditionis Custodes se promulgó ignorando el resultado real de la consulta es un hecho documentado por los propios archivos internos de la Doctrina de la Fe. La encuesta mostró que la mayoría de los obispos no deseaban la supresión de Summorum Pontificum, pero se priorizó la postura de una minoría episcopal hostil y la línea ideológica de la Curia francisquista para forzar la drástica prohibición
El motivo era bien claro: quien sigue el Vetus Ordo rechaza de plano a Amoris laetitia y Fiducia supplicans, así como el pontificado modernista y progresista de Francisco en Fé, moral (ecología, emigración, economía, ecumenismo, indigenismo), liturgia (Novus Ordo exclusivo) y eclesiología (sinodalismo)
Era un muro sólido, imposible de eludir o derribar, porque se basaba en la Tradición y no el el Modernismo Progresista que la Iglesia Sinodal Alemana quería implantar. Y así estamos, en plena crisis y en su pleno desarrollo: 1911-2026.
Suerte que no desanimo leyendo los comentarios a mí artículo. Sale por peteneras y por los cerros de Úbeda
EliminarEl feraz enfrentamiento litúrgico es un dislate. Las formas no son ni hacen Evangelio. Jesucristo no se hizo hombre para debatir sobre albas, sotanas o cíngulos con ánimo parabélico. Él curaba heridas; no las provocaba. Charitas.
ResponderEliminarMuy interesantes los artículos de Mosén Espinar.
ResponderEliminarSe agradecería un monográfico sobre la Consagración en el Vetus Ordo y el papel que representan el Diácono y Subdiácono.
Muchas gracias.
Nunca he asistido a una.Santa.Misa Vetus Ordo, pero me fijo que para ser monaguillo se tiene que hacer un master en Sagrada Lirurgia.
ResponderEliminarY más, cuando no hay Diacono presente.