EL MAL MENOR: DIFÍCIL ELECCIÓN

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Mal, muy mal andamos de moral, cuando a la hora de orientar tu conducta (tu voto en el sistema democrático) yo no puedes pensar en “lo mejor”, y ni tan siquiera en lo bueno, sino que te ves obligado a prestar tu asentimiento y tu apoyo a una opción “claramente mala”, por evitar darle tu apoyo a una opción aún peor; o por contrarrestar con tu voto, “la peor opción” en juego. Te ves en la necesidad de apoyar “el mal”; pero te consuelas pensando que tu verdadero acierto ha sido elegir “el mal menor”.

Y, no nos engañemos, muy mal ha de estar la Iglesia para que, de hecho, todos los fieles nos veamos forzados a elegir entre las opciones evidentísimamente heréticas (ahí está el camino sinodal alemán) con las que flirtea la Santa Sede, hasta el extremo de inventar la sinodalidad como mejor opción para “acompañar” al herético Camino Sinodal por ver si se da la ocasión de confluir con él; que nos veamos obligados a elegir entre aceptar eso como un mal menor, u optar, como ha hecho la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, por plantarle cara a la Santa Sede, y decir: “hasta aquí”. Estamos ante el cruel dilema del “mal menor”.
 

Claro que la mínima discreción exigible, nos impone pasar de puntillas sobre los graves problemas dogmáticos, morales, litúrgicos, etcétera, con que ha de convivir el papa (y de paso, la Iglesia), por evitar enfrentarse a los herejes que van surgiendo, al margen de cuál sea su posición al respecto: la del papa y la de la Iglesia. Efectivamente, al papa le ha tocado convivir con todos esos problemas con mayor o menor comodidad, sin que podamos saber cuál es su nivel de “connivencia”, es decir, hasta qué punto comparte él las posiciones heréticas con las que ha decidido convivir y ha determinado que conviva también la Iglesia; por más que no las haya creado él, sino que le vienen de herencia. Lo difícil de discernir, es cuánto de “connivencia” tiene esa “convivencia obligada” que le ha impuesto él, como supremo pastor, a la Iglesia. Lo sorprendente (auténtica confesión de parte) es que siempre se invocan razones pastorales (es decir personales y saltándose todas las normas vigentes) para justificar todas esas convivencias y connivencias. 

No está claro que la unidad de mando sea un bien mayor per se; lo que sí está claro, en cambio, es que se trata de un bien estructural, de los imprescindibles para mantener la estructura en pie, por escaso que sea su valor doctrinal. Las instituciones a menudo están servidas por personas que dañan tremendamente a esas instituciones. Pero no podemos tirar al niño con el agua sucia, no podemos cargarnos las instituciones por problemáticos e incluso indignos que sean los que las sirven. Porque eso es optar por la revolución. Y lo que queda al final, es que todas las revoluciones que conocemos (recordemos nuestras revoluciones por antonomasia: la francesa y la soviética), han sido tremendamente destructivas. La revolución no es una opción: puesto que, no siendo la institución propiedad de cada uno de nosotros, sino de todos, no tenemos derecho de volarla.
 
 
Y justamente porque la Iglesia, con sus instituciones, es de todos los católicos, tenemos el derecho y la obligación de luchar por mantenernos en ella aunque cueste, aunque se produzcan movimientos más o menos explícitos por dejarnos fuera. Somos Iglesia, y ni nos conviene a nosotros, ni le conviene a la Iglesia, aceptar que se nos deje fuera sin tan siquiera luchar por permanecer en ella. 

Puede no gustarte el papa; pero no puedes dejar de defender el papado; no puedes poner en riesgo la institución. Aunque crecen las voces que señalan al mismo papa (ocurrió en especial con el anterior pontífice) como el peor enemigo del papado.

Por otra parte, es tremendamente llamativo (un mal síntoma, diría yo), que en momentos tan turbulentos para la Iglesia, se produzcan unos despliegues impresionantes para dar la imagen de que el papado (y en especial, el papa en ejercicio) goza de una espléndida salud; fomentando de paso una papolatría tremendamente peligrosa, que convierte los viajes del papa en lo más importante que ocurre en la Iglesia católica. Tanto para los fieles como para los ajenos a la fe. Y eso que tiene tan buena apariencia, tan buena prensa y da tan buena imagen, resulta muy peligroso: porque distorsiona la figura del papa y sobre todo, la misión de la Iglesia, y en ella, la del papado. 

En fin, que esa focalización de la Iglesia en la figura del papa, en momentos en que la Iglesia va dando tumbos tras una inexplicable pasión reformista (lo del sínodo y lo de la sinodalidad es justamente el mecanismo para dejar abierto el camino reformador); esta focalización en la figura del papa cuando por oficio es el líder de todos los cambios y de todas las reformas, de manera que sin su asentimiento son totalmente imposibles; esa focalización en el papa cuando tiene todo el sentido cargar sobre él la responsabilidad de todo lo que ocurre en la Iglesia (porque lo promueve o porque lo consiente) no deja de ser un grave riesgo para el papado. 

Porque resulta que históricamente, el espíritu reformador corresponde a Lutero y a los suyos. Tan cierto, como que la Iglesia, para luchar contra esa fiebre reformista, tuvo que instituir la “Contrarreforma”: que fue la manera de luchar contra el cisma producido por los protestantes y su reforma. Y que hoy tengamos al papa al frente de todas las reformas habidas y por haber (empezando por la litúrgica), para acabar en el fantasma de la reforma integral de la Iglesia, que es lo que estamos viendo; una reforma bastante más audaz que la que lideró Lutero, es como para que nos planteemos en serio adónde nos puede llevar el tremendo fomento de la papolatría.
 

Bien, muy bien que defendamos el papado; pero peligrosísimo que lo identifiquemos con un papa concreto. Tenemos un ambiente tan enrarecido en la Iglesia, con la sodomía como bandera enarbolada más alto, que ya se habla sin rubor de la chantajeabilidad del papa. Es el último recurso que se invoca para explicar tantas cosas inexplicables.

Al final venimos a parar al mal menor, que tampoco es tan menor, a ojo de buen cubero. ¿De verdad que es menor el mal de comulgar con el papa en las sinodalidades alemanas y en las aberraciones que le consiente a su cardenal puesto ahí para defender la fe; es menor ese mal, que el mal evidente de criticarlo precisamente en esas actuaciones y el de poner en duda su buena fe y su fiabilidad como pastor de la Iglesia?

Está claro que la elección es realmente dificilísima. ¿Alguno de los dos males es menor que el otro?
 
Virtelius Temerarius

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22 comentarios

  1. Referente a males menores y mayores, esta web nos demuestra que siendo el mosén Temerarius (que se ha ganado el calificativo de mosén), nos demuestra repito que ni un ordenado aunque sea para distraerse es capaz de escribir un un buen artículo aquí, lo hacen cuatro aficionados padres de familia como mosén Temerarius y otros, con la excepción del pesadísimo plomo del usurpador con texto larguísimo que le puse el nombre de "Copipasteano". Tan mal estamos que en GG que todavía no aparece un intelectual de talla como el obispo Sanz Montes. La pregunta es: Si el celibato de los ordenados les habilita mejor en cerebro para escribir o más bien los inutiliza para estas artes apostólicos. En Catalunya Religió un libro del obispo Gordó sobre controlar parroquias por laicos.

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    1. Sr Garrell..ha pensado usted en hacerse evangelista o anglicano?

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    2. Para ursurpadores los que hay instalados en puestos claves de la jerarquía. Apostatas al servicio de muy oscuros lobbies...Deje al amigo "copipasteano" explayarse y si usted se anima, publique un artículo sobre el Diluvio de fuego, la Tierra plana o el cuento chino de Darwin

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    3. El actual Obispo de Tortosa es Sergio Gordo.

      Sr. Garrell, el acento en la o sobra.

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    4. 18:28. El actual Obispo de Torotsa es Sergi Gordo no Sergio. Puntualice por favor y diga el nombre correctamente.

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  2. https://www.catalunyareligio.cat/ca/bisbe-sergi-gordo-disminucio-preveres-no-es-pot?utm_campaign=website&utm_medium=butlleti&utm_source=enviament&utm_term=butllet%C3%AD

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    1. No sea copipasteano... ;-)
      ¿O le podemos llamar pentapasteano?

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    2. Que el obispo Gordo obsequie con un ágape a, "obispable" Bertomeu no nos debe alejar del foco que 007 reporta al cardenal Fernández, astuto y sagaz purpurado que vendría a ser un Richelieu en versión argentina. Barcelona y sus curiales deben tener ya la piel de 🐓

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    3. El actual obispo de Tortosa se llama Sergi (no Sergio).

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    4. Estoy muy de acuerdo con Garrell con casi todo, menos lo de Mosenes casados.

      Cambie la guardia por favor.

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  3. Como el Sr. Lozano, entretiene la tarde de domingo con disquisiciones sobre el poder vaticano y sus intríngulis diabólicos a escala urbi et orbi y más modestamente a nivel diocesano.

    Todo ello lleva a que creyentes de buena voluntad pierdan la confianza en la Iglesia. Mientras, los curas de misa y olla han de lidiar con el tráfico de la AP-7 y las carreteras secundarias antes que auxiliando al Pueblo de Dios.

    El libro "Parroquias dirigidas por laicos" de Mons. Bertomeu no es inocente. Situa el problema sin apuntar medidas de alcance. ¿Lleva un "trumfo" escondido? Algo debe haber detrás. ¿Las bases de una política personal y un plan de trabajo que documente sus aspiraciones? Al fin y al cabo conviene y puede hacerlo. Sean pragmáticos y no invoquen la tírria, por favor.














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  4. La elección del Trucho fue una burla , no solo al Catolicismo, fue más allá.

    Que lo echen, y se dedique a hacer el boca a boca a algún macho Cabrio.

    Es lo que le va.

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  5. Buen artículo. He investigado y doy mi opinión, a ver qué críticas o mejoras, pueden haber. El nivel jerárquico superior de toda la fractura no es litúrgico, ni siquiera doctrinal en sentido estricto, sino escatológico: la pregunta decisiva no es qué liturgia se celebra ni qué disciplina se aplica, sino qué destino último se atribuye, según el obispado en que un fiel viva, al mismo acto moral objetivo (adulterio, concubinato mismo o diferente sexo, en referencia a los mandamientos cuarto a noveno del Decálogo). Solo desde esa cumbre tiene sentido descender a las categorías intermedias, que no son cuatro opciones equivalentes sino cuatro respuestas de gravedad creciente a esa única pregunta escatológica: el acto puede juzgarse intrínsecamente malo, exigiendo conversión so pena de condenación; puede tratarse como un bien imperfecto e incompleto, sometido a discernimiento pastoral discrecional y secreto clerical, sin proceso ni registro ni publicidad; puede reinterpretarse como intrínsecamente bueno, invirtiendo la valoración moral tradicional; o puede subordinarse, en un cuarto orden ajeno a la lógica moral, a las necesidades del poder político del Partido Comunista Chino, mediante la sinización de la Iglesia a través de la Asociación Patriótica, configurando el bien político. De estas cuatro categorías derivan, y no al revés, los distintos bloques geográficos.

    Roma, junto con Italia, Francia y Portugal, sostiene formalmente la categoría del bien imperfecto e incompleto, aplicando Amoris laetitia y Fiducia supplicans bajo la fórmula del discernimiento caso por caso; pero en la práctica pastoral concreta, bajo un misericordismo de ética situacional, ha terminado por declarar buena, de hecho, una situación objetiva de pecado grave e intrínsecamente malo, con acceso eucarístico y absolutorio antes reservado a quienes se hallaban en situación regular, en tensión abierta con Familiaris consortio y con la tradición moral, como observó con particular agudeza Josef Seifert.

    Alemania, junto con Austria, Bélgica, los Países Bajos y sectores de Suiza, ha avanzado un paso más y sostiene de facto el intrínsecamente bueno, al reinterpretar positivamente realidades antes juzgadas irregulares.

    China representa el caso aparte del bien político, la moral del bonum politicum, donde la subordinación de la organización eclesial al Estado desplaza la cuestión moral a un plano distinto: el de la soberanía, la oportunidad y la conveniencia del Partido.

    Frente a estos tres bloques se sitúan los defensores del intrínsecamente malo en su forma más estricta. Por un lado, el tradicionalismo, que conviene distinguir en tres grados: el tradicionalismo integrado, que permanece en comunión jurídica plena con Roma; la Fraternidad San Pío X, que ha profundizado una separación episcopal todavía parcial, sin dejar por ello, en su propia autocomprensión, de considerarse Iglesia católica plena; y el sedevacantismo, que niega legitimidad a la autoridad romana misma. Por otro lado, el bloque del Sur Global, África, buena parte de Asia, Europa oriental y sectores de América, que defiende la misma doctrina estricta sin romper, todavía, en ningún momento la comunión canónica con Roma, constituyendo así, a diferencia de los tradicionalistas, una resistencia por ahora plenamente interna al sistema.

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  6. Conviene ahora reconstruir objetivamente la secuencia histórica de esta fractura, documento por documento y con las fechas exactas. En 2016, la exhortación Amoris laetitia abrió, mediante la nota 351 y su interpretación posterior —sobre todo el rescripto del 5 de junio de 2017, que la elevó a magisterio auténtico—, la posibilidad de que personas divorciadas vueltas a casar, es decir, en la valoración tradicional adúlteros impenitentes en tanto persista la convivencia more uxorio, accedieran a la absolución sacramental y a la comunión eucarística sin exigir el cese de la relación irregular como condición previa. Esto planteó de manera directa el problema paulino de 1 Corintios 11, 27-30, sobre quien come y bebe indignamente el Cuerpo del Señor sin discernirlo, con las consecuencias que el propio Apóstol enuncia: juicio contra sí mismo, y entre los corintios, muchos enfermos y débiles, y no pocos que murieron; y también la incoherencia eucarística ya señalada en Sacramentum caritatis, 83: escándalo, confusión, riesgo para la salvación de las almas, ruptura de la coherencia entre vida privada y vida pública, e incumplimiento de los cuatro principios no negociables: la vida, la familia y el matrimonio, la educación paterno-filial y el bien común patriótico-nacional.

    En julio de 2021, concretamente el día 16, el motu proprio Traditionis custodes restringió drásticamente el uso del misal de 1962, revirtiendo los amplios permisos que Benedicto XVI había concedido en 2007 mediante Summorum Pontificum. Fue la primera ruptura disciplinar de gran escala con la sensibilidad tradicional, y significativamente coincidió en el tiempo con el proceso sinodal alemán, iniciado en 2019.

    En marzo de 2023, entre los días 9 y 11, la quinta y última asamblea del Sinodalismo alemán en Fráncfort aprobó, entre otros textos, la bendición pastoral de parejas homosexuales y de divorciados vueltos a casar, abrió la discusión sobre el diaconado femenino y la ordenación de personas homosexuales y transexuales, permitió que laicos predicaran, bautizaran y asistieran matrimonios, y pidió a Roma el estudio de la abolición del celibato sacerdotal. Fue una ruptura total y simultánea en cuatro planos distintos: el moral, el de la fe, el litúrgico y el eclesiológico, porque no se limitó a pedir excepciones disciplinares, sino que cuestionó la doctrina misma sobre estas materias y el modo de gobierno de la Iglesia local frente a Roma.

    En diciembre de 2023, el día 18, la declaración Fiducia supplicans universalizó para toda la Iglesia la posibilidad de bendiciones pastorales, no litúrgicas ni rituales, sin proceso ni registro, a parejas en situación irregular, incluyendo tanto a divorciados vueltos a casar en cuanto adúlteros impenitentes como a parejas del mismo sexo impenitentes, sin comprobación previa de ninguna condición de validez: edad, religión, capacidad, nombre, domicilio, nacionalidad, filiación, parentesco, consanguinidad, adopción, estado civil y religioso, conocimiento, consentimiento, libertad, error, ignorancia, violencia, crimen o rapto.

    En este segundo caso se toca directamente una de las categorías morales más graves de la tradición católica, la de los peccata clamantia, los pecados que claman al cielo, entre los cuales la teología moral clásica sitúa expresamente el pecado sodomítico. La declaración insiste en que la bendición no aprueba la unión ni modifica la doctrina sobre el matrimonio; pero el hecho mismo de universalizar el gesto, sin distinguir con claridad pastoral suficiente entre la persona y la situación objetiva bendecida, ha sido interpretado, con fundamento, por buena parte del episcopado africano y asiático, y por los distintos tradicionalismos, como una ratificación práctica del modelo del bien imperfecto e incompleto que corre el riesgo de deslizarse hacia el intrínsecamente bueno.

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  7. Finalmente, el 24 de junio de 2026, festividad de San Juan Bautista, la Fraternidad San Pío X promulgó en Menzingen una profesión de fe propia de ciento cincuenta y cuatro puntos, y pocos días después, el 1 de julio de 2026, consagró cuatro obispos sin mandato pontificio, acto que la Santa Sede calificó de naturaleza cismática —si bien recurrido por estado de necesidad de urgencia doctrinal, sin sentencia todavía firme—, decretando las correspondientes excomuniones y declarando ilícita la administración de los sacramentos por parte de sus ministros. Esta secuencia de 2016 a 2026 muestra que el proceso de ruptura no ha avanzado por una sola línea, sino por dos simultáneas y opuestas: una que se desliza desde el discernimiento hacia la inversión moral, y otra que se endurece desde la fidelidad íntegra hasta la separación episcopal efectiva.

    Un fenómeno adicional merece atención objetiva, porque muestra que la lógica de Amoris laetitia no se ha detenido en el ámbito de la absolución y la comunión eucarística, sino que ha tendido a extenderse, por vía de ética situacional y de misericordismo pastoral, hacia otros oficios eclesiales que tradicionalmente exigían situación matrimonial regular: el padrinazgo bautismal y de confirmación, el ejercicio de los ministerios de lector y acólito, y la función de ministro extraordinario de la Eucaristía a nivel parroquial. En no pocas diócesis se ha ido admitiendo, de manera informal o mediante criterios pastorales locales, que personas en situación objetivamente irregular asuman estos oficios, bajo el mismo razonamiento de discernimiento gradual que originó Amoris laetitia. Se trata de una extensión lógica y previsible del mismo principio, y por eso conviene señalarla: si el criterio decisivo para acceder a la comunión eucarística deja de ser la situación objetiva y pasa a ser el discernimiento subjetivo de cada caso, no hay razón interna al sistema para que ese mismo criterio no se aplique también al padrinazgo o a los ministerios laicales, que exigen, en la disciplina tradicional, una coherencia de vida equivalente. Algo que Josef Seifert discernió con claridad ya en 2017, al calificar Amoris laetitia como una verdadera bomba atómica contra toda la fe y la moral objetiva católicas, destinada a introducir en su lugar la moral de conciencia subjetiva de raíz luterana.

    Queda, por último, el modo hipotético y prospectivo de cómo podría producirse, en la peor de las hipótesis, una desintegración eclesial sin que mediara nunca una declaración formal de ruptura. El mecanismo más probable no sería una herejía proclamada abiertamente, al estilo de Lutero en 1517, pues hoy la tendencia dominante parece más bien la de querer seguir habitando el mismo hotel doctrinal sin resolver la contradicción interna, sino la elusión sostenida del problema mediante el aparato del sinodalismo permanente: reuniones, conferencias, encuentros, sínodos continuos, y una fraseología cuidadosamente ambigua construida en torno a términos como inclusión, caminar juntos, integración, modernidad, sufrimiento y acogida. Esta fraseología dilatoria, subrepticia, hecha de subterfugios, de consistencia líquida, tiene la virtud, desde el punto de vista de quien la emplea, de no afirmar nunca explícitamente la tesis rupturista, y por eso resulta canónicamente inatacable en el corto plazo; pero tiene también el defecto de no negarla nunca con la claridad que la gravedad de la materia exige.

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  8. Y ahí reside el verdadero peligro: si el Romano Pontífice no ejerce en algún momento el acto de magisterio claro y vinculante que la situación demanda, conviene recordar en virtud de qué poder podría y debería hacerlo, y bajo qué límites. El canon 331 le reconoce, como sucesor de Pedro y Vicario de Cristo, una potestad ordinaria sobre toda la Iglesia que es suprema, plena, inmediata y universal, de ejercicio siempre libre: no depende de nadie, abarca toda materia, actúa sin necesidad de intermediarios, se extiende a toda la Iglesia peregrina, purgante y triunfante, y nada puede impedir su ejercicio. Pero la tradición reduce esa potestad a la de administrador de una doctrina que no le pertenece, y le impone límites precisos por imperativo crístico: no puede crear ni cambiar el depósito de la fe, sino solo custodiarlo, interpretarlo y definirlo con mayor precisión, al servicio de la Revelación y no por encima de ella; su potestad se le da, según 2 Corintios 13, 10, para edificar y no para destruir; su fundamento evangélico es Juan 21, 15-17, apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas, que define el oficio petrino como servicio y no como dominio arbitrario, razón por la cual los papas se titulan servus servorum Dei; y no puede disolver la sucesión apostólica, ni suprimir el episcopado, ni alterar la constitución divina de la Iglesia. Queda, además, el límite disputado que buena parte de la escuela clásica, Belarmino incluido, sostiene para el caso extremo de que un Papa enseñara formal y pertinazmente la herejía: perdería entonces, ipso facto, el oficio, por la incompatibilidad radical entre hereje y cabeza visible de la fe.

    Ese silencio prolongado, hoy bajo el pontificado de León XIV, no es neutral, sino que constituye de hecho una aceptación implícita de la fragmentación en piel de leopardo, porque deja que cada territorio consolide su propia praxis bajo la cobertura de una ambigüedad que nunca se resuelve desde el centro.

    Conviene cerrar con la precisión doctrinal necesaria: todo este esquema describe una situación de hecho, pastoral y disciplinarmente observable, y un modelo prospectivo de sus consecuencias posibles; no equivale a afirmar que la Iglesia católica haya perdido ya, en el plano dogmático, su indefectibilidad ni la asistencia del Espíritu Santo prometida hasta el fin de los tiempos, sino a señalar la deriva concreta de quienes hoy ocupan la Cátedra de San Pedro. El objeto de este análisis es la claridad: solo distinguiendo con precisión los niveles de la fractura, sus categorías morales y su secuencia histórica exacta, puede el fiel formado orientar su conciencia hacia lo que verdaderamente importa, que es la salvación de las almas, el bien común de la Iglesia y la permanencia en la verdad íntegra de la fe recibida, mientras se ruega y se trabaja para que la claridad magisterial que hoy falta llegue antes de que la ambigüedad se convierta en costumbre.

    Muy posiblemente, si las cosas siguen este curso, en uno o dos años podría comenzar ya la gran ruptura de la Iglesia. La situación, sin lugar a dudas, no podrá sostenerse indefinidamente tal como está, y tenderá a agravarse si no llega una reacción clara desde Roma.

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  9. Por eso conviene recordar las palabras del que fue el último gran papa y doctor de la Iglesia contemporánea, Benedicto XVI, quien en su homilía de inicio de pontificado, el 24 de abril de 2005, advirtió:

    «El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Al contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra: no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente, a sí mismo y a la Iglesia, a la obediencia a la Palabra de Dios, frente a todo intento de adaptación, alteración u oportunismo».

    Es decir:

    el Papa no es dueño de la fe, sino su administrador y custodio, al servicio de una Palabra que lo precede y lo obliga a él en primer lugar.

    La imagen que usó explícitamente para expresar esto, meses después, el 7 de mayo de 2005, en la homilía de toma de posesión de la Cátedra de Roma, fue la de la Cátedra como "Cátedra de este Credo": el sucesor de Pedro está ahí para confirmar a sus hermanos en una fe que recibe, y que en modo alguno inventa, ni es su propietario ni puede ceder.

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    1. Esto es sencillo...el Papa debe confirmarnos en la Fe y Magisterio de Jesucristo. Nada de predicar "credos ecologistas", sumisión a dioses paganos y nada de mercadeo con los agentes de Anticristo sean comunistas o liberales

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  10. Vaya, vaya, parece que nuestro mosén Temerarius, que dice don Silverio, se ha inspirado en la durísima invectiva que acaba de lanzar el arzobispo Viganó contra León XIV, acusándole de ser él, el papa, el mayor enemigo del papado.

    Claro que, en recta doctrina o en recta administración, Viganó no es arzobispo y ni tan siquiera es católico, por decisión del eminentísimo Chucho del papa León, que tiene puesto ahí al obsceno "Defensor Fídei" (como Enrique VIII, pero en versión guarra), decidiendo él, el gran heresiarca con mando en plaza, quién es fiel a la doctrina de la Iglesia y quién es hereje. Y don Chucho, hereje donde los haya, decidió y decretó que el hereje es Viganó.

    Por supuesto que es por voluntad de León XIV que el cardenal Fernández (el Tucho o el Chucho del papa) que ese impresentable está a la cabeza de la defensa de la ortodoxia católica. Si eso (más el tira y afloja con el "Camino Sinodal" alemán y los turbios manejos con la "Iglesia Católica China" )no desacredita al papado, ya me dirán qué le falta hacer al papa para ganarse a pulso la oposición de una parte de la Iglesia.

    Y encima va y se cree que con los vedettistas espectáculos que se monta constantemente con sus viajes (dizque apostólicos) consigue borrar el descrédito del papado que está acumulando con su sospechosa forma de gobernar la Iglesia.

    Tan sospechosa, que no para de crecer la sospecha de que justamente el dicasterio del Tucho lo tiene chantajeado. Porque es ese Dicasterio el que se cuida de "decidir" qué obispos han actuado contra los abusos sexuales de los sacerdotes, y qué obispos los han encubierto. y los siguen encubriendo Y ahí está la larguísima sombra del Lute, proyectando una sombra siniestra sobre el papa reinante.

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  11. Benedicto XVI bifurcó el papado. La dupla Francisco/León administran y se sientan en la cátedra de Pedro pero su "magisterio" es errático e inspirado en el ya tristemente célebre "espíritu del cvII". Si Bugnini acabó de obispo en Teherán, Fernández bien podría ser premiado con un obispado en las Malvinas

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  12. Alguien puede explicar la obsesión de León XIV con lo del 6-7 (six-seven) y que nos dicen que suma 13??? Es por ser matemático que le va la deriva gnóstica? O son sólo cosas insignificantes para hacerse el simpático?

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  13. Como siempre, Virteliius amigo, un artículo luminoso y necesario.
    Ando estos días con la ética personalista, que es la ética iusnaturalista defendida por la Iglesia Católica, hasta el punto de hacerla suya.
    La doctrina del mal menor ha prendido entre el clero barcelonés de militancia anticristiana, o extracristiana si se prefiere, y en determinados laicos a los que se les concede incluso la falda de la Hoja Dominical. Su artículo me trae a la memoria cierta reunión en las Teresianas de Ganduxer donde el ponente fue el entonces presidente del Parlament y ex sacerdote. Con una superficialidad llamativa defendió la tesis del mal menor como un `postulado de esos democristianos que han abrazo el socialismo de Illa, el criminal de la epidemia del Covi por abandono de médicos y pacientes. Su petulante --propio de un sector de la Iglesia catalana-- disertación recibió la oportuna zasca del doctor Simón, a la sazón presidente de médicos católicos. La verdad es que la arrogancia y vaciedad del ponente tuvo que sufrir las numerosas objeciones que muchos expresaron en esa reunión. El mal nunca es menor. El daño siempre es daño. El asesinato siempre es asesinato, ¿o es menor porque se cometa a los veinte días en vez de a los ocho meses?

    Mientras la sesión continuaba, el doctor Carles tuvo que hace de tripas corazón para aguantar hasta el final. Carles era muy paciente con un clero levantisco, con unas doctrinas que estaban minando la moral de la Iglesia.

    De nuevo, gracias Virtellius.

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